lunes, abril 12, 2021
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La provocación de un Dios diferente.

Memoria passionis

Juanjo Sánchez

La Modernidad ha sometido al monoteísmo a una severa crítica política. En primer lugar, se lo considera fuente de legitimación de un concepto de soberanía pre-democrático, reñido con la división de poderes, raíz de un patriarcalismo obsoleto e inspirador del fundamentalismo político.

“Por política democrática moderna se entiende, según la idea hoy corriente, una política sin anclaje de ningún tipo en la trascendencia; es decir, una política en la que la legitimación del poder es puramente mundana; una política, por tanto, de estricta separación de toda religión… Y cualquiera que se atreva a ponerlo en duda, atraerá sobre sí la acusación de antimoderno y fundamentalista… Esto es así en la Modernidad, pero … ¿debe ser así ineludiblemente?”

Un teólogo alemán, recientemente fallecido, se atrevió a ponerlo en duda y nadie se atrevió, sin embargo, a acusarle de antimoderno y fundamentalista, y en efecto, no lo era; más bien fue un moderno radical, más moderno que los modernos corrientes, y por supuesto que los modernos dogmáticos.

Se llamaba Juan Bautista Metz y abrió una corriente nueva y crítica de filosofía y teología, que denominó teología política. Una corriente de teología que levantó ampollas y por eso fue incomprendida y acusada de” política”. Pero…, sin razón. Su teología tenía, ciertamente, una dimensión política, pero limpiamente política en el sentido de pública y crítica. Y justamente por ello le dio también, con la misma fuerza, la dimensión de mística, en lo que no repararon sus críticos, o no quisieron, o, más probable, ni la olieron…

Sin embargo, fue en razón de esas dos dimensiones: política y mística, que Metz se atrevió a dudar de la severa crítica a la que la Modernidad había sometido al monoteísmo, como reza en la cita de entrada. Y lo hizo no, evidentemente, para retornar a un monoteísmo político del poder, ignorando su merecida crítica, sino para rescatar lo más peculiar del monoteísmo bíblico: el “flanco escatológico”, que somete todas las relaciones de poder a una reserva escatológica y con ella a una crítica relativizadora del poder y, sobre todo, para asegurar las señas de identidad del monoteísmo bíblico: las del Dios bíblico, un Dios “sensible al sufrimiento”, un Dios “débil”, vulnerable, por tanto un monoteísmo con pathos, con memoria del sufrimientomemoria passionis-, un Dios singular e inconfundible.

Aquí quería desembocar con esta introducción a la breve reflexión que deseaba compartir con los lectores de nuestra revista ÉXODO: a descubrir o redescubrir la provocación de este Dios diferente, del Dios bíblico, del Dios de Jesús, a quien no le va el poder, como al dios del monoteísmo político, sino la solidaridad con el sufrimiento de la humanidad. Por eso escribe Metz frente a la crítica de la Modernidad:

Un Dios diferente“La crisis de Dios es una crisis de la humanidad, pues Dios, o es un tema que afecta a la humanidad entera o carece por completo de interés” (MP 78) La crisis de Dios se debe a que hemos hablado demasiado de Dios “de espaldas a la historia de sufrimiento de la humanidad”. Y concluye rotundamente: “El que habla de Dios y en su hablar no se escucha el eco del sufrimiento del mundo, ése no habla de Dios, sino de un mito, y no hace teología, sino mitología” (MP 21).

Esa es la “provocación” del Dios diferente.

Un Dios diferente

Uno de los grandes y lúcidos teólogos del siglo xx, el dominico Ch. Duquoc, supo, como pocos, expresar la diferencia y singularidad del Dios bíblico desde la experiencia y la praxis de Jesús de Nazaret. En un libro, titulado justamente Dios diferente, lo condensó luminosamente: “…Jesús –escribe– muestra por medio de su acción que el Dios que él invoca como Padre no es un Dios que oprime, sino un Dios que libera…El combate por la libertad de Dios apasiona a Jesús…Dios es honrado allí donde el hombre deviene libre.”   La cuestión que llevó a Jesús a la cruz no fue una cuestión política, sino una cuestión de Dios, la cuestión de quién es verdaderamente Dios… Y Duquoc lo identifica meridianamente: “Que Jesús invoque a Dios como Padre no es lo original en él, –dice–, sino que lo invoque en una acción de liberación”. Esa es la singularidad y la provocación del Dios diferente, del Dios que ya descubrieron lúcidamente los grandes profetas de Israel: “Practicó la justicia y el derecho, defendió la causa del pobre y el indigente: ¿no es esto conocerme?” Jer 22, 16).

Un Dios “expulsado del mundo”

Merece una mención especial el testimonio de creyentes que llegaron a descubrir la singularidad del Dios diferente y la mantuvieron consecuentemente en historias de sufrimiento propias, pero de sufrimiento por los demás. Evoco dos testimonios especialmente auténticos y profundos.

  1. A) De una forma muy particular, desde la cárcel de la Gestapo, la cara y la noche más oscura de la modernidad, el teólogo Dietrich Bonhoeffer escribía, divisando ya en el horizonte el mundo “radicalmente secular, desencantado”, que se avecinaba:

“Nosotros no podemos ser honestos sin reconocer que hemos de vivir en el mundo etsi Deus non daretur…Es el mismo Dios quien nos obliga a dicho reconocimiento: ¡El Dios que está con nosotros es el Dios que nos abandona! Dios es impotente y débil en el mundo, y precisamente solo así está Dios con nosotros y nos sostiene. Ante Dios y con Dios, vivimos sin Dios… Dios, clavado en la cruz, permite que lo expulsen del mundo. Dios es impotente y débil en el mundo, y precisamente solo así está Dios con nosotros…”

Esta es la diferencia decisiva con respecto a todas las demás religiones. La religiosidad humana remite al hombre, en su necesidad, al poder de Dios en el mundo… Pero así Dios es deus ex machina. La Biblia, en cambio, lo remite a la debilidad y al sufrimiento de Dios. Solo el Dios sufriente puede ayudarnos.”

Estamos, ciertamente, ante una de las expresiones más profundas y atrevidas, pero certeras, de la singularidad y de la provocación del Dios diferente cristiano, lejos de un dios omnipotente, sacralizador del poder y de todos los totalitarismos. Estamos ante el Dios impotente y débil, solidario y salvador en el sufrimiento. Un Dios, como mostraba Duquoc, que provoca desconcierto y escándalo en los propios creyentes convencionales y pone incluso a prueba la fe de los más auténticos, como los discípulos, e incluso introduce en la “noche más oscura” del abandono al propio Jesús en la cruz.

  1. B) Otro testigo de la relevancia de la singularidad del Dios diferente bíblico-cristiano, esta vez desde la periferia del mundo, desde el mundo de la pobreza y la exclusión, desde “el lugar donde no queda más que el sufrimiento, la desesperación y el grito desde lo hondo”, el teólogo de la liberación Jon Sobrino lo ha expresado con no menos lucidez y sensibilidad, hablando no de “trascendencia”, sino de “tras-descendencia”, que libera de la hybris humana y conforta a los pequeños y sufrientes.

Esta es efectivamente, la singularidad del Dios del monoteísmo bíblico-profético y particularmente del Dios de Jesús. Singularidad que Metz reivindica con toda convicción y con todo derecho porque ella, esa singularidad, pudo y aún podría provocar una profunda transformación del propio cristianismo en una religión, mejor, en una mística mesiánica kenótica “de ojos abiertos”, del no-poder y de la compasión universal.

Ha habido en el cristianismo, ciertamente, momentos señalados de descubrimiento y reconocimiento de esta singularidad, como en el Pablo del Aerópago anunciando el Dios crucificado a los primeros ilustrados de la razón y del “dios desconocido”; en la teología negativa del Aeropagita; en la teología de la Cruz de Lutero y en las cimas de la mística… Pero no llegaron a calar suficientemente en la comunidad eclesial como para romper y superar la perversión generada por la capitulación del cristianismo ante el Imperio, o, si lo hicieron, la ruptura no se sostuvo en la historia y no transformó radicalmente la Institución eclesial en el sentido del Dios mesiánico-kenótico de Jesús. Esa singularidad sigue siendo asignatura pendiente del cristianismo mientras no se logre en él quebrar la lógica, la dinámica dominante del poder.

Una laicidad radical mesiánica

Para despejar el camino hacia ese horizonte mesiánico es ineludible una intensa obra de desacralización radical de la Institución eclesial, es decir, de despojo de todo poder como categoría que la defina: justamente lo contrario de la querencia de la que adolece la Institución. Pero la lógica y la dinámica del Dios diferente, mesiánico, kenótico apunta meridianamente hacia ese despojo, hacia esa laicidad radical.

La acusación que suele repetir la jerarquía una y otra vez contra el exceso de secularización en la comunidad cristiana no tiene fundamento en la dinámica del Dios diferente, kenótico… La idea radicalmente singular del Dios diferente cristiano tomada en serio es, justamente, uno de los impulsos más inagotables de una secularización consecuente, de una laicidad plena y transparente. No hay nada más radicalmente profano y secular que el no-poder, que la pobreza, la exclusión y el sufrimiento que ello generan, y, aún más:  no hay nada más secular, desencantado y desacralizado que la cruz de un condenado, que un Dios “expulsado del mundo y colgado en la cruz”. Desde luego, no será ningún poder – por muy moderno y secular que se precie-. Más bien es la cruz el cuestionamiento más radical de todo poder, en cuanto sólo él, el poder, como afirmaron lúcidamente los pensadores críticos, Horkheimer y Adorno, puede cometer la injusticia.

Una mirada invertida de la historia

Realmente, bien pensado, lo propio debería haber sido un teólogo del Dios diferente quien hubiera reclamado una lógica, una dinámica invertida de la historia, pero yo la encontré en el mencionado pensador judío Max Horkheimer, y tras él, el también judío, Walter Benjamin. Ellos, y Adorno tuvieron una diferente y penetrante mirada a la historia, una mirada invertida, en cuanto historia de sufrimiento, una visión que hace justicia a la verdad de la historia en cuanto historia de las víctimas.

Como afirma Horkheimer, esta es la dialéctica de la historia: “El bien es bueno no en cuanto triunfa, sino en cuanto resiste al triunfo.” Por eso, “triunfar puede en la historia siempre solo aquello que no es digno de triunfo.” Tal es la tesis, también, de Marcel Gauchet, un pensador, sociólogo y antropólogo, enteramente laico, en absoluto sospechoso de debilidades religiosas… Su tesis, originalísima, apunta más bien en la dirección opuesta. Por eso resulta tan interesante.

El cristianismo, la religión de la salida de la religión

Según Gauchet, ha sido precisamente el cristianismo la religión que, en una larga y quebrada historia, ha conducido a su propio abandono y negación como principio estructurante y configurador de la sociedad, y por tanto a su “salida” de la esfera pública, dejando el espacio vacío, despejado y libre para la acción autónoma de los seres humanos. De modo que la historia política de la religión aparece como un complejo, pero imparable proceso de creciente desencantamiento del mundo, que culmina en la libertad y la autonomía de los hombres, en la sumisión solo a sí mismos, en el alumbramiento de la democracia y los derechos humanos.

Expulsado del mundo y colgado en la cruzPero por lo que la tesis de Gauchet se hace particularmente relevante es porque muestra hasta qué punto el aliento de la singularidad del Dios diferente fue determinante para la génesis del proceso de inversión que marcará con rasgos singulares e inequívocos  desde la fe monoteísta y el mesianismo profético hasta  el mismísimo mesianismo de Jesús, el “mesías al revés”, “invertido”.

 El mesías invertido: Jesús

El mesianismo de Jesús quedó así también configurado como un “mesianismo débil”, débil y solidario con el sufrimiento del mundo. Un  ”mesías al revés”, un mesías que ocupa una posición “rigurosamente inversa” a la idea dominante de mesías en el judaísmo…

 La inversión mesiánica del poder y la democracia

“Lo que el monarca del mundo es en lo alto, en la cima de la pirámide humana, lo es él “en lo bajo”, uno cualquiera entre los hombres del común… Es la réplica perfecta, en sus antípodas, del mediador imperial. La encarnación de lo invisible era el medio por excelencia de indicar la continuidad de la jerarquía terrestre con el orden celeste… Pero cuando la articulación de lo humano y lo divino se opera lejos del poder…comienza a significar lo contrario de lo que tradicionalmente transmitía, por dejar de insertarse en la cadena de las superioridades terrestres… De una lógica de la superioridad se pasa a una lógica de la alteridad.”

De ahí concluye Gauchet: La extraordinaria radiación de la figura crística radica justamente en esta incomparable inversión de la lógica dominante del mundo humano, profundizando radicalmente también el sentido del monoteísmo y del mesianismo. Gauchet hace referencia en este momento a la extrañeza y el rechazo que ha suscitado tradicionalmente esta anomalía fundamental, pero ello revela más bien… el desconocimiento del reto que en ella se contiene.

Enseña lo contrario de lo que hubiera sido su mensaje y su implacable norma. Allí donde el rey de los últimos días hubiera llamado a la guerra, Jesús anuncia el amor. Dicho de otro modo, la ley del otro mundo, de cuyo testimonio es portador, nada tiene que ver con los supremos imperativos del poder en este mundo.

Es necesario tener presente este asunto para apreciar el inconmensurable alcance de esta inversión crística.  El encuentro con el Dios del otro mundo no está al final de un camino cualquiera… Es, más bien, lo opuesto: requiere un camino a contrapelo de todos.

Jesús, en suma, “invierte” las perspectivas del mesianismo en que se inscribe su mensaje y su praxis. Una subversión que revela –dice con agudeza Gauchet–  la singularidad de su trascendencia (exactamente como lo subrayaba Jon Sobrino). Y esta inversión y excepción crística, esta “desjerarquización” significada por el advenimiento del Mesías fuera del orden de las grandezas terrestres por estar en lo más bajo, podría considerarse, para él, como “el primer paso verdaderamente decisivo de lo que será “la deconstrucción occidental del principio jerárquico. Y con él, el inicio de una completa inversión también de la esencia de la legitimidad política, revolución –añade– en la que se juega nada menos que el inicio de la política moderna, es decir, en definitiva, de la política.

La singularidad del Dios diferente cristiano nos deja en la frontera de la más completa “salida” de la religión y ahí, a las puertas de la democracia.

 

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