LA PLAZA DE LAS MUJERES

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Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: Cándida Martínez López –
 
HACE algunas semanas una ilustre investigadora en historia de las Mujeres, Mary Nash, recibía el doctorado honoris causa en la Universidad de Granada. Es la segunda mujer que obtiene la máxima distinción académica en la centenaria y prestigiada institución granadina. ¡Sólo dos mujeres! En el hermoso edificio renacentista que ocupa el Rectorado, Mary Nash habló de los inicios de la historia de las mujeres en España y Europa, de feminismo, y de los conceptos y metodologías creados por los Estudios de las Mujeres que han transformado la perspectiva analítica de las ciencias sociales. Lo hizo con el rigor y la brillantez que la suelen acompañar. Una situación, la vivida esa mañana, que es fiel exponente de cómo las mujeres hemos ido ocupando y transformando la plaza pública, como lugar metafórico del saber, del prestigio y del poder.

Me vinieron a la mente numerosas reflexiones sobre el proceso histórico vivido por las mujeres para acceder a la plaza pública, y sobre sus aportaciones teóricas para reconstruir ese espacio en igualdad. Al hilo de ello me animé a trasladar al papel algunas de ellas: qué está suponiendo la irrupción de las mujeres, con voz propia, en los espacios públicos; las exigencias y aportaciones de las nuevas ciudadanas, o qué viejos y nuevos obstáculos pueden arruinar o invisibilizar uno de los cambios más pacíficamente subversivos producidos en la historia: el protagonismo de las mujeres en la plaza pública.

1. LA ENTRADA DE LAS MUJERES EN LA PLAZA PÚBLICA O EL ÉXITO DE SU PALABRA

Desde que se constituyeron las primeras democracias, allá en la antigua Grecia, las mujeres estuvieron excluidas del espacio de los iguales. Al negárseles el ejercicio de la ciudadanía quedaron al margen de la polis, y, relegadas al ámbito privado, se consideró el silencio como una de sus mejores virtudes.

La arquitectura social y política de nuestras sociedades se levantó y consolidó, desde entonces, a partir de esa división de papeles sociales entre hombres y mujeres. Mientras que el colectivo masculino era definido como portador del “logos”, de la creatividad, de la palabra pública y del poder, las mujeres aparecían ligadas a la naturaleza, mediatizadas por su biología, recluidas en el silencio, socializadas en el “no poder”. Si la diferencia entre los sexos era considerada natural, las relaciones de desigualdad entre ellos también lo eran, luego no era teóricamente posible ni aceptable cambio alguno en la situación. Y así se ha argumentado y justificado durante siglos por filósofos, políticos, científicos y por las religiones.

En la sociedad contemporánea, de la mano del pensamiento y de la práctica feministas, se inició una fase de deconstrucción de esta tradición intelectual occidental, a la que ha seguido una tarea de reconstrucción desde nuevas perspectivas. El acceso de las mujeres a la educación y al voto comenzó a quebrar ese modelo y ha llevado a redefinir los principios mismos de la ciudadanía y de la democracia. Y, sobre todo, ha abierto la posibilidad de cambiar los papeles sociales atribuidos a hombres y mujeres, y, con ello, la pérdida de los ancestrales privilegios masculinos.

¿Cómo han conseguido las mujeres salir del silencio impuesto y hacer oír su voz en la plaza pública? Aunque la presencia de las mujeres en el espacio público tiene una amplia trayectoria histórica, es con el movimiento feminista cuando éstas se plantean una acción colectiva con estrategias orientadas a eliminar las desigualdades de género creadas desde siglos. Para ello se organizaron e iniciaron una andadura, con voz propia, que ha trastocado las tradicionales fronteras de los espacios sociales y políticos atribuidos a ambos sexos.

La toma de la palabra pública de las mujeres ha significado su entrada en el ágora como colectivo, la afirmación del yo-nosotras, la publicidad de sus creaciones y opiniones, y la posibilidad de establecer pactos y alianzas entre las mujeres, y, por ello mismo, también con los hombres, desde el mutuo reconocimiento como iguales. Hasta hace muy poco, la ausencia de las mujeres de los centros de decisión y de prestigio no planteaba problemas ni en la normativa de la teoría democrática, ni en los presupuestos de los análisis sociales. Sin embargo la irrupción de las mujeres en la esfera pública ha provocado una importante convulsión en los supuestos tradicionalmente aceptados. Esta evolución se expresa abiertamente, al menos, en el ámbito político, con los cambios en la consideración de la ciudadanía, y en la producción del pensamiento, con la incorporación de nuevas teorías y enfoques analíticos desde los Estudios de las Mujeres.

Al pretender consolidarse como ciudadanas de pleno derecho, las mujeres detectaron que el conocimiento podía abrirles las puertas para un futuro propio que antes les había sido negado. El movimiento feminista ha necesitado repensar el mundo para explicar a las mujeres y las claves de su dominación histórica, pero también ha querido repensar el mundo desde la perspectiva de las mujeres. La crítica feminista al saber científico y las nuevas propuestas teóricas y metodológicas han comenzado a crear fisuras en el paradigma intelectual que legitimó durante siglos la supremacía masculina, han replanteado conceptos y saberes tradicionales para desvelar la secular invisibilidad de las mujeres, y están creando conocimiento nuevo desde una rica pluralidad de enfoques.

Muchos de esos nuevos presupuestos han tenido su trabazón a través de conceptos, entre ellos el de “género”, que están permitiendo detectar la especificidad de la experiencia femenina, la pluralidad de sus trayectorias vitales, y, al tiempo, establecer las pautas de su integración en los procesos históricos y sociales.

Junto a la relevancia de las teorías, metodologías y análisis efectuados por los Estudios de las Mujeres, hay un hecho sumamente relevante, el que las mujeres hayamos comenzado a aparecer también como organizadoras de sentido, como nuevas creadoras de orden. Con ello se ha iniciado un pacífico y subversivo cambio en el tradicional orden de la producción del conocimiento hasta hace poco basado en la “auctoritas” masculina. La profusión y capacidad transformadora de las investigaciones, espacios y redes de Estudios de las Mujeres han supuesto una cierta convulsión en el modelo que había legitimado durante tantos siglos la supremacía masculina del conocimiento y del poder.

Uno de los elementos primordiales del cambio reside, precisamente, en la feminización del “auctor”, es decir, en la afirmación, por parte de las mujeres, de la propia autoría, de la capacidad de crear teorías y enfoques metodológicos propios, en el hecho de reconocerse con capacidad de innovar y de crear, de considerarse artífices de significado del mundo y, por tanto, con capacidad de transformarlo.

Se ha pasado del silencio y la exclusión, de la suplantación del nombre y de la obra de las mujeres, a la conciencia de que el mundo también ha sido y es nuestro y, sobre todo, a la conciencia de que es necesario crear otra aproximación al conocimiento que no sea parcial y excluyente. Pero sabemos que es el inicio de un largo camino, aún sin terminar de recorrer, porque todo pensamiento innovador implica riesgo, incluso una cierta extravagancia, es más, implica libertad, y eso aún cuesta admitirlo en las mujeres.

2. PARIDAD Y PODER MIXTO, O LAS EXIGENCIAS DE LAS NUEVAS CIUDADANAS

A pesar de esos riesgos, o tal vez por ellos, si hoy contamos con leyes que impulsan la igualdad entre hombres y mujeres se debe, también, a ese nuevo caudal de saberes que ha sustentado y dado argumentos a los movimientos de las mujeres en favor de su igualdad y libertad. Detrás de los gobiernos paritarios, de la mayor presencia de las mujeres en los centros donde se toman las decisiones, están la teorización y los análisis sobre el poder y los mecanismos de exclusión de las mujeres, o sobre cómo debe de producirse su inclusión.

En sólo un siglo hemos pasado de la lucha en favor del voto de las mujeres a la aspiración del poder compartido. Iniciamos el siglo XX con el debate del sufragismo y lo cerramos con el de la sociedad paritaria o mixta, y con ello las mujeres han contribuido a replantear, como antes señalaba, los propios fundamentos de la democracia. La reconsideración de la ciudadanía provocada por el feminismo no ha concernido sólo a las mujeres, sino a otros grupos marginados de la toma de decisiones, y, por ende, al conjunto del sistema democrático.

Replantear la composición y funciones de la ciudadanía ha significado replantear la raíz misma de los modelos políticos existentes, basados, entre otras cuestiones, en la exclusión de las mujeres. La ausencia de las mujeres de los centros de decisión públicos y su no consideración como ciudadanas de pleno derecho ha sido uno de los grandes caballos de batalla del siglo XX.

Hoy la paridad y la consecución de un poder mixto son los eslóganes de esta exigencia democrática renovada. Ambas propuestas son testigos de una radicalización de la crítica respecto a la concepción misma de la democracia occidental. Ahora bien, no es posible hablar de paridad sin hablar de la libertad de las mujeres. Entre la igualdad y la libertad nos encontramos, sin duda, como afirma Geneviéve Fraisse. Y entre ambas están hoy situadas las piezas sobre las que se ha de construir el nuevo modelo de relaciones, esa forma nueva de estar en la plaza pública.

Nuestra irrupción en la plaza pública, en la toma de decisiones, está provocando, pues, un cambio histórico de dimensiones aún difíciles de valorar para nosotras. Pero a nadie se nos escapa que es muy frágil, que apenas ha echado a andar, que hay que cuidarlo, que tiene muchas amenazas, que necesita complicidades.

3. LA EXPERIENCIA DE LAS MUJERES, U OTRA FORMA DE ESTAR EN LA PLAZA PÚBLICA

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