miércoles, diciembre 2, 2020
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LA MORAL DEL NUEVO ORDEN SEXUAL DE OCCIDENTE

Número 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Ester Pérez Opi y Joserra Landarroita Jauregi –

Toda moral sexual deviene al menos de cuatro fuentes de autoridad: la Costumbre, la Ley, la Verdad y el Bien; o si se prefiere: los usos, las normas, el conocimiento y los valores. Como la primera de estas fuentes es la Costumbre, todo hecho moral asentado en la Cultura tiende a ser inercial y resistente al cambio. Incluso llegado el caso, reaccionario. Así mismo todo cambio pretende ser perfectivo y progresista. Incluso llegado el caso, revolucionario. A todos nos convendría evitar la ingenuidad de creer que todo cambio es -de sí- benéfico; o que toda conservación es -de sí- pérfida. O al revés, que toda conservación es valor y toda transformación, amenaza. Esta tensión entre cambio y costumbre puede ser conflictiva, pero es benéfica siempre que no sea paralizante.

Desde finales del s. XVIII se vienen produciendo hechos de transformación de la moral sexual (esto es: cambios en las costumbres, en las leyes, en los conocimientos y en los valores sexuales) que resultan ser una ruptura de Paradigma moral. Muchos de estos hechos han eclosionado ya en el conocimiento, los valores y las leyes del s. XX y marcarán ya ineludiblemente las costumbres del s. XXI. Se trata de la construcción de un nuevo Orden Sexual que sustituye al Antiguo Orden Sexual. Precisamente sobre este tránsito versa este artículo, escrito en un tiempo en el cual el paradigma antiguo se hunde y el nuevo, aún no flota.

Tránsitos matrimoniales

Por ejemplo el año pasado fuimos testigos de un encendido debate político en torno al matrimonio homosexual. El asunto tenía múltiples prismas, pero uno subyacía a todos: se trataba de una cuestión de moral sexual. Básicamente litigaban progres frente a regres, la regulación estatal frente a la eclesial, el contrato civil frente al sacramento religioso,… pero también el matrimonio erótico (casarse por amor) frente al matrimonio proletario o progenitor (casarse para producir progenie). Con apoyos y detracciones finalmente la ley se hizo y hoy pueden contraer matrimonio civil las personas que aman a personas de su mismo sexo. Con esta modificación legislativa la institución matrimonial civil resulta ahora un contracto legal, convivencial, cooperativo, patrimonial y erótico de ciudadanos con iguales derechos y obligaciones al margen de su condición sexual. En términos legales ha prevalecido el principio de igualdad jurídica y en términos morales ha prevalecido el matrimonio erótico (“si se aman, pueden casarse; y si se casan, pueden amarse”).

El asunto parece novedoso, pero se asienta en un lecho moral bicentenario. Pues aunque suela creerse que casarse por, y con, amor es costumbre ancestral, lo cierto es que se trata de un invento del s. XVIII que sólo ha triunfado en los códices, valores y costumbres del s. XX. E matrimonio erótico fue durante mucho tiempo un fenómeno desacostumbrado, heterodoxo y desaconsejable; incluso, inmoral. Flandrin informa de la existencia de abundante literatura polémica en torno al matrimonio en la Francia del siglo XVI que ponía en tela de juicio la institución matrimonial misma y desde luego ridiculizaba a los casados. Así mismo señala que a los moralistas medievales y renacentistas les inquietaba muy poco si los esposos sentían amor el uno por el otro, pues sólo les era exigido el cumplimiento de sus deberes conyugales (producción de prole). O así mismo apunta que en los dieciocho catecismos publicados en Francia entre el Concilio de Trento (1542) y el final del siglo XVIII, sólo encontró uno que prescribiese el amor entre los cónyuges3 y que esto ocurría ya muy avanzado el s. XVIII. Fue precisamente en aquel tiempo prerrevolucionario francés que este cambio comenzó a fraguarse e impregnó los tratados de moral. Por ejemplo el anónimo autor del Catéchisme de 1785 escribiría: “Sólo de las manos del Amor deberían recibirse los dones del Himeneo”. Hasta entonces Amor y Matrimonio caminaban tan separados que la unión amorosa era fundamentalmente extraconyugal.

Hoy nos parece ortodoxia moral afirmar que el Amor es la razón y el sostén matrimonial. Incluso en el marco eclesial el matrimonio es: “comunidad de amor y vida”. Sin embargo el matrimonio de los enamorados fue una revolución ilustrada de la moral sexual. Fruto de aquello, y parafraseando aquel catecismo dieciochesco, podríamos afirmar: “Sólo de las manos del Amor deberían recibirse los dones del Matrimonio”. Y de este consenso participarían hoy: hombres y mujeres, progres y regres, religiosos y laicos, homos y heteros del mundo occidental.

Aquel tiempo ilustrado también propuso otra reforma de moral sexual: el matrimonio igualitario (esposos iguales en derechos y obligaciones). Sin embargo tras la Revolución Burguesa los valores de igualdad, fraternidad y libertad germinaron más entre los ciudadanos que entre las ciudadanas. La mujer posrevolucionaria siguió siendo más un objeto patrimonial que un sujeto político, así que la costumbre dictase que la esposa fuese una especie de menor que pasaba de la tutela del padre a la tutela del marido. Esto definía la relación conyugal en términos de jerarquía y de educación (el esposo tenía para sí el deber y el derecho de educar a la esposa; incluso castigándola). La máxima medieval “mulieres subjectae sint viris suis” siguió regulando el matrimonio hasta bien entrado el siglo XX. Incluso sigue haciéndolo hoy: inequívocamente en buena parte del mundo; e implícitamente en buena parte de nuestro rincón occidental.

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