miércoles, diciembre 2, 2020
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LA IGLESIA QUE SOÑAMOS

Éxodo 95 (sept.-oct.’08)
– Autor: Varios Autores –
 
Somos un grupo de gente entre 25 y 40 años, con orígenes distintos, muchos de parroquias, pero no todos, con diferencias en muchos ámbitos de la vida, pero un deseo común: un increíble afán por crecer como personas a la luz del Evangelio de Jesús. La pregunta “¿cómo es la Iglesia con la que soñamos?, y, sobre todo, ¿cómo se construye? es algo que tenemos presente de forma continua. Somos huérfanos de otros lares a los que STA acogió y recogió, pero no somos parte de la comunidad, por decisión o indecisión propia. Recogiendo un poco las ideas de todos sale algo así.

La Iglesia en la que creemos es como las polis griegas, aunque no exactamente con su planteamiento elitista, sino como comunidad de comunidades, capaz de interpretar los signos de los tiempos. Existen muchas polis (parroquias), y todas juntas conforman una supraestructura llamada Grecia (Iglesia). Pero cada una de las polis es el verdadero núcleo de la vida de la comunidad. Las decisiones se toman en cada comunidad, de forma democrática, atendiendo a las necesidades y circunstancias de la misma, con mente abierta y esquemas adaptados a esas circunstancias. La democracia es, la mayoría de las veces, directa, aunque puede haber delegados, elegidos también democráticamente, que faciliten la coordinación intra- e interpolis. Nos gusta imaginar una Iglesia en la que Dios sea presentado también como una mujer, y dado que nadie sabe más de amor gratuito que las madres, ansiamos una comunidad en la que las mujeres, al igual que los hombres, puedan ser elegidas democráticamente.

A pesar de algunos jerarcas eclesiales, nos sentimos parte de la Iglesia, confesando, sin pisar el confesionario, que estamos más cercanos a todas aquellas personas que jamás serán noticia, que crecen junto con aquellos que sufren y no tienen esperanza. La Iglesia en la que creemos cree, a su vez, que todas las polis son igual de importantes. Es una Iglesia universal, en el mejor sentido de la palabra católica, aunque esto implique ser menos vaticana. Creemos que los que gustan de organizarse de otro modo, también tienen cabida en nuestra iglesia, porque en Grecia también caben los que no nos gustan, los distintos a nosotros… Nadie es esclavo en la polis porque no existen categorías, todos tienen la misma dignidad porque son hijos e hijas de Dios, que comparten con honestidad su fe, su vida, incluso sus bienes y que encuentran en la comunidad un punto de referencia, aunque nunca un modelo rígido.

Los miembros de la comunidad experimentan la presencia amorosa de Dios en sus vidas, y todo lo demás les viene por añadidura. Podrían aceptar cualquier idea, porque nada es imposible para Dios (así, fe y razón conviven como regalos suyos y nos ayudan a discernir), pero no son amigos de dogmas ni buscan la seguridad en los extremos. Jesús hablaba del ser hombre por encima de la ley, no al revés; creemos que a veces no hace falta tanta norma y sí sonrisas, caricias, además de, claro está, escucha y empatía.

En otro orden de cosas, nos cuestionamos el valor de la castidad; humildemente creemos que la sexualidad es algo fisiológico y de lo que habla el evangelio es de amor, creo que deberíamos reflexionar sobre su carácter opcional, así como sobre la conveniencia de permitir que los representantes de las comunidades disfruten el sacramento del matrimonio, ya que es una faceta más de los que formamos esta comunidad. En la polis no están obsesionados con el pecado ni los mandamientos. Están apasionados con Jesús y las bienaventuranzas. No añaden losas a la vida de los demás: intentan ayudarlos con las losas que les han caído, y hacerles la vida más fácil y feliz.

Asimismo en la polis intentan vivir su vida a la luz del Evangelio, palabra viva, no estanca, ni con una sola interpretación posible. La interpretación de la Palabra es un ejercicio infinitamente creativo en el que se encuentran significados relevantes para cada una de las personas de la polis. Pero, sobre todo, los miembros de la polis tienen claro que el centro de su fe no es un texto; es una persona: Jesús, y eso les ayuda a desmitificar muchas cosas. Es Jesús la clave de interpretación para los textos y para la vida.

Soñamos con unos ritos llenos de vida compartida y donde los símbolos sean válidos para nosotros hoy, con lo bueno y lo malo, donde celebremos que peregrinamos por un camino, que estamos en búsqueda. Estamos cansados y cansadas de ser papagayos, de repetir sin pensar, sin sentir. ¿No conoceríamos mejor a nuestro hermano con una homilía compartida?

Los miembros de las polis celebran juntos la novedad de la buena noticia de Jesús, que intentan vivir cada día desde la sorpresa, con responsabilidad pero con humildad, y sobre todo con alegría. También caminan por la vida con valentía y sin complejos, intentando activamente crear Reino (un mundo de dignidad para todos); dando testimonio con su vida, pero sin intentar convencer a nadie para que venga a vivir a Grecia. No les preocupa la cantidad de ciudadanos, sino la calidad de vida, tanto de los ciudadanos como de los no ciudadanos. Tampoco abandonan las polis sólo porque no están totalmente de acuerdo con lo que hay y se quejan y critican desde fuera, sino que intentan cambiarlas desde dentro.

La Iglesia en la que creemos está enraizada en la tierra, porque es aquí donde comienza la salvación de la humanidad, y confía plenamente en el hombre y en la mujer. Pero además está enraizada en la tierra porque sus delegados tienen trabajos normales, como cualquier otro ciudadano, y eso les hace estar en contacto con la realidad del mundo. Los delegados pueden ser casados, solteros, hombres, mujeres, de cualquier orientación sexual (puesto que no son sino un miembro más de la comunidad), y eso también les hace estar enraizados en la realidad de la vida.

Y es en esta vida donde los miembros de la Iglesia en la que creemos, confiando en la fuerza del Espíritu, viven desde aquello en lo que sueñan.

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