LA CORRUPCIÓN DE LA DEMOCRACIA

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Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: Evaristo Villar –
 
POR si no estuviéramos suficientemente convencidos de la necesidad de “regenerar la política” nos acaba de llegar un libro póstumo de Vidal-Beneyto, “La corrupción de la democracia”. Como él mismo lo califica en la introducción, se trata de “un dispositivo de ataque, un arma de guerra” contra los riesgos que amenazan los cimientos de nuestra existencia colectiva, principalmente en estos momentos en que la corrupción, como una pandemia incontenible, infecta todos los ámbitos de la vida asociada, gobernativos y laborales, recreativos y de ocio y está pervirtiendo la naturaleza y los fines de la vida política, de la realidad económica y de las prácticas sociales y culturales.

A lo largo de este texto “que se apoya en gran medida en artículos” ya publicados antes, Vidal-Beneyto aborda la corrupción radical de la democracia, profundizando luego en su verdadera causa, la deriva de los valores públicos, y analizando a continuación la quiebra de la política, los conflictos y alternativas y los avatares de los sujetos, para recalar, finalmente, en los desafueros del capitalismo.

La corrupción política, según el autor, no sólo pone fin al Estado de Derecho, violando las normas destinadas a proteger el interés general, sino que conlleva la desaparición de la cultura ciudadana y conduce al neocorporativismo y la mafia al sustituir la lealtad jurídica, debida a la comunidad, por bastardos intereses individuales o del grupo de vasallaje. Y si esto es así, más que la denuncia de los casos concretos de corrupción –que habrá que hacer siempre–, lo que habrá que atacar en firme es la corrupción del propio sistema que se manifiesta en procesos como los siguientes: en la “guerra económica” que, liderada por las empresas públicas y las multinacionales, enfrenta a unos países con otros con el arma letal de la corrupción; en la mitificación que se hace del “principio de competencia”, que eleva la corrupción a la categoría de estrategia básica en la conquista del mercado; y en la financiación de los partidos políticos y en los costes astronómicos de las campañas electorales, que están transmutando la corrupción política en “corrupción de la propia democracia” (p. 38).

Y aquí, en la corrupción de la democracia, es donde, a mi juicio, el texto de Vidal-Beneyto alcanza una particular densidad, haciendo una valoración crítica en primer lugar, y avanzando luego algunas propuestas de cara al futuro.

La crítica se basa en las insuficiencias o paradojas que la misma democracia plural y representativa presenta. Porque, convertida, más que en un medio, en fin en sí misma, la democracia “revela su inadecuación radical a la realidad presente”, debido a las disfunciones estructurales y a las contradicciones sustantivas que esa imagen presenta. Lo cual se evidencia en la renuncia que se hace de “la voluntad política” en beneficio de la lucha por la conquista y uso del poder a toda costa, de una parte (p. 189), y de otra, en la “situación ambigua y confusa” que este panorama crea en la ciudanía (p. 29).

Esta inadecuación a la realidad, a pesar de haberse impuesto de forma unánime y universal como régimen político, se hace sentir, a juicio del autor, en algunas paradojas como las siguientes: entre la imagen de fin o límite que representa y el enclaustramiento del potencial emancipatorio que ella misma alberga; entre la perfección conceptual que se le otorga y lo muy poco que tienen que ver con ella sus realizaciones directas o representativas; entre el reconocimiento general de la inviabilidad de su forma clásica y su presencia dominante en el discurso de los políticos occidentales; entre el plazo corto del ejercicio democrático y el plazo

largo de las transformaciones políticas; entre su asociación general al binomio Estado-nación y el cuestionamiento que hoy día se hace de este mismo binomio; entre su pretendida neutralidad axiológica en el pluralismo reinante y la indeterminación que ella misma instala en el seno de la comunidad; entre la proclamación general de los derechos y libertades de la primera, segunda y tercera generación y la mitificación que luego se hace de la primera (libertades), relegando al olvido las otras dos (la igualdad y la solidaridad).

Difícil superar estas paradojas que, desde el punto de vista filosófico, representan un verdadero límite a la imaginación y a la utopía. Porque atribuir las disfunciones de las actuales democracias a la corrupción de los partidos o al desinterés general por la política sería confundir los efectos con las causas, pues mientras no se invente otra cosa, seguirá siendo verdad que la democracia es “el peor de los regímenes posibles, con exclusión de todos los demás”.

La causa está en querer aplicar un sistema político que se viene fraguando desde hace casi dos siglos a una realidad totalmente otra, profundamente transformada por “los enormes avances tecnológicos y la masmediatización del acontecer cotidiano; por la planetarización de la vida económica; por la emergencia de la sociedad civil mundial; por la explosión demográfica; la complejidad de las interacciones y de los sistemas, etc.” (pp. 29-36).

El fracaso de este intento lo estamos ya padeciendo: “la democracia se nos ha muerto de frustración, de apatía, de hipermediación publicitaria, de adicción al poder. Lo que ahora tenemos ante nosotros es su cadáver y todos sabemos que lo único que cabe hacer con los cadáveres es enterrarlos o resucitarlos”. Resucitar ese cadáver quiere decir “refundar la democracia” enraizándola en el “ejercicio de la razón pública” (179). Porque todo el proceso seguido en los últimos 200 años, con sus indiscutibles logros, han supuesto una cierta pereza de la razón crítica que ha permitido sacralizar la democracia representativa (liberada inicialmente por una élite dominante, luego por los partidos políticos centralizados y finalmente colonizada por los mass media o “democracia de opinión”) sin indagar otras alternativas que pudieran devolver al pueblo el protagonismo que se le ha arrebatado (pp. 191 y ss.).

En definitiva, es necesario reconocer que “el régimen democrático actual es incapaz de poner en práctica los valores que lo fundan”. Necesita “reinventar los principios y valores democráticos en su conjunto: Estado de derecho e igualdad ante la ley; autonomía del individuo; derechos humanos en su totalidad; bien común/interés general: transparencia; participación/ciudadanía”, etcétera (p. 36). Y, a partir de estas reivindicaciones, explorar las vías y modos de construir, desde y para la realidad de hoy, un sistema socio-político en el que el pueblo recupere su protagonismo y sea capaz de recuperar para bien de todas y todos los valores antes señalados.

Como dirá Federico Mayor Zaragoza en el prólogo, José Vidal-Beneyto “nos ha dejado un legado de lucidez, de espíritu de lucha, de insumisión, de tesón y tozudez… para hacer posible que el futuro sea el de nuestro anhelo de conciliación, de solidaridad, de paz y no el que diseñan, desde turbias instancias, quienes han hecho de la Tierra un mercado”.