miércoles, septiembre 22, 2021
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En defensa de la democracia

Éxodo 155
– Autor: Editorial –

Hay una sugerente imagen a la que con frecuencia acuden politólogos actuales para ir, de golpe, al meollo de la democracia: es la imagen de “la silla vacía” en medio del espacio –el agora–, que representa el derecho de toda la ciudadanía a la palabra (isegoría), y que nadie puede ocupar porque sería invadir, y finalmente negar, el derecho del resto de las personas. La democracia remite, en efecto, ante todo al derecho de las y los otros, o al derecho de todas las personas desde la defensa del derecho de los y las otras.

Por eso, la defensa que anunciamos en este número de la revista Éxodo nada tiene que ver con el poder o la fuerza, sino con el reconocimiento y la afirmación de las y los otros –y, más concretamente, de las personas excluidas, que no cuentan–, es decir, con la justicia y la solidaridad. Sin ellas, sin justicia y solidaridad, no es posible construir una democracia con verdad.

Esa es la defensa que promovemos: la defensa de los seres humanos débiles, y la democracia es un proyecto político “débil”, sin anclaje alguno en el poder, en la fuerza… Esa es su grandeza, pero también su debilidad, como ya lo reconocía Alexis de Tocqueville en su magna obra La democracia en América: “El despotismo no necesita la fe, pero la democracia, sí”. La fe, dice, no la religión. Los politólogos hablan de “impulso democrático”, que es lo mismo. Sin él no hay política democrática genuina. “Sin un momento de teología, la política, la democracia, degenera en negocio”, afirmaba el judío no creyente Max Horkheimer. Y la historia lo está confirmando de forma aplastante.

Nuestra defensa ha surgido precisamente de la experiencia dolorosa de la corrupción, del destrozo que esa múltiple perversión de la política está provocando en la democracia. Lo peor sale de la extrema derecha española, “la peor, la más banal y peligrosa” (The New York Times). Todas sus consignas apuntan en dirección contraria a los valores que constituyen la democracia, pero, sobre todo, contra los valores del Evangelio, como se muestra en el texto que lleva el título La provocación del Dios diferente. Memoria passionis, que se puede leer en este número, en la sección de “A fondo.”

En sintonía con él, nada mejor para cerrar este editorial que dar la palabra a Helena Maleno que sabe, como pocos/as, de qué va eso del Evangelio:

“En cada frase de la sentencia judicial sobre Tarajal veo ahogarse a las catorce víctimas y a sus familias en un terrible dolor. Asistimos al naufragio de los Derechos Humanos y de la democracia”.

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