sábado, noviembre 28, 2020
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EL PROYECTO DE APARECIDA

– Autor: José Comblin –
 
El proyecto de la Conferencia de Aparecida es ambicioso. Se trata nada menos que de una inversión radical del sistema eclesiástico. Hace siglos que la pastoral de la Iglesia está concentrada en la conservación de la herencia del pasado. Todas las instituciones fueron adaptadas a esa realidad. El sistema fue instalado en el siglo XII y desde entonces no cambió sensiblemente. De acuerdo con el proyecto de Aparecida, todo va a ser orientado hacia la misión. La realización práctica de ese proyecto va a exigir el siglo XXI entero. Porque los obispos lanzaron ese proyecto, pero ahora el primer problema consiste en convencer al clero. La presente generación no está preparada para esa inversión de sus tareas. Va a ser necesario cambiar radicalmente la formación y preparar nuevas generaciones sacerdotales muy diferentes a la actual. Hacer que toda la Iglesia sea misionera es una tarea gigantesca. Durante el primer milenio la misión fue asumida por los monjes. Muchos llegaron a ser obispos y dejaron fama de fundadores de Iglesias. La Iglesia era predominantemente rural. En los siglos XI y XII se creó el sistema de parroquias. Pero el clero parroquial era ignorante, por no haber recibido ninguna formación. Ya en el siglo XIII santo Tomás de Aquino se quejaba de que el clero no evangelizaba, no era misionero. En compensación, mostraba que eran los Mendicantes los que evangelizaban. La misma queja se ha repetido durante todos los siglos hasta hoy. La misión fue asumida por los Mendicantes a partir del siglo XIII, y luego por las Sociedades de sacerdotes misioneros, tales como la Congregación de la Misión, de San Vicente de Paul, la Congregación del Ssmo. Redentor de San Alfonso María de Ligorio, y otras. En América Latina la misión fue asumida en primer lugar por los Franciscanos, que constituían más de la mitad de los misioneros. Los Dominicos tuvieron su actuación más fuerte en el siglo XVI. Los Carmelitas y los Agustinos llegaron con menos misioneros, como también los Benedictinos. Luego vinieron varias Congregaciones. En el siglo XX esas Órdenes y Congregaciones asumieron parroquias; y con eso, solamente una pequeña minoría se dedicó a la misión. De todos modos, usaron métodos adaptados al siglo XVII y XVIII, pero totalmente inadecuados al siglo XX. Se dedicaron al mundo rural, mientras que el 80% de la población latinoamericana migraba hacia las ciudades. Ahora viene el proyecto episcopal, que va a exigir un cambio de mentalidad y un cambio de comportamiento. La misión será prioridad y dejará en segundo plano a la administración de la pequeña minoría que frecuenta las parroquias. Será necesario cambiar la formación sacerdotal de modo radical. Los religiosos van a tener que volver a su vocación original y dejar de ser administradores de parroquias o de obras. Hace algunos años escribí que Dom Helder era el modelo de obispo del siglo XXI. Dom Helder fue misionero y tenía un excelente colaborador para todas las tareas de administración. Sobre todo después de su conversión en 1955 y su nueva conversión con la llegada a Recife, Dom Helder fue el hombre del contacto personal, el hombre que era capaz de atraer, capaz de transformar a las personas con las cuales entraba en comunicación, de modo que ellas sentían la necesidad de cambiar de vida. Él tenía el don de despertar vocaciones de cristianos misioneros. 1. Los temas más significativos del documento final En primer lugar debemos destacar la elección del tema general de toda la Conferencia. Hace unos 30 años atrás en América Latina no se hablaba de misión. En la mentalidad popular los misioneros eran los sacerdotes y los religiosos y religiosas que venían de Europa o de América del Norte para reforzar los cuadros de las Iglesias locales. O eran los predicadores de las “Santas Misiones”. Era una herencia de la colonia. La misionología ni siquiera estaba en los programas de formación sacerdotal. Era la especialidad de algunos que se iban a dedicar a las regiones más despobladas o retiradas, como el Amazonia. Misioneros eran los evangelizadores de los indios, y la mayoría de ellos eran extranjeros. Esto no quiere decir que no había católicos, sacerdotes, religiosos, religiosas y sobre todo laicos misioneros. No sabían que eran misioneros, porque los misioneros no tenían visibilidad y no tenían un “status” definido. Eran misioneros anónimos. Desde entonces aparecieron muchas experiencias que se presentaron como misioneras. La propia palabra “misionero” entró en el uso común del pueblo, que identificaba ya a ciertas personas como misioneros o misioneras. Muchos grupos adoptaron el nombre de misioneros. Hoy en día la conciencia de una necesidad misionera en medio de una sociedad cada vez más secularizada creció mucho. La V° Conferencia del CELAM recogió lo que se preparó durante 30 años. En segundo lugar, debemos destacar que la Conferencia decidió volver al método de Medellín y de Puebla, o sea, al esquema ver-juzgar-actuar de la Acción Católica (N° 19). Hay una insistencia muy fuerte en esa continuidad (N° 391-398). Es difícil no descubrir en esa insistencia una discreta expresión de arrepentimiento y de confesión. Es innegable que había disminuido la influencia de Medellín y de Puebla en los últimos años. No faltaron sacerdotes que dijeran que Medellín ya estaba superado y que ya no sería para la Iglesia actual. Por eso conviene destacar la fuerte insistencia de la Conferencia de Aparecida. Esa continuidad con Medellín y Puebla se manifiesta sobre todo en dos temas fundamentales: la opción por los pobres y las Comunidades Eclesiales de Base. Son justamente dos temas que fueron muy atacados o tratados con indiferencia, como siendo cosas del pasado. Habían desaparecido en el Sínodo romano de 1997 “Ecclesia in America”. Si bien en los textos oficiales aún se mencionaba en ciertos países la opción por los pobres y las Comunidades Eclesiales de Base (sobre todo en Brasil), la actuación general era bien diferente. Basta recordar el documento que alguna vez publicó el P. José Marins, que había sido el apóstol incansable de las CEBs en toda América Latina. Era de una triste amargura. En Brasil es difícil imaginar hasta qué punto desapareció la opción por los pobres y por las Comunidades Eclesiales de Base, como en varios (muchos) países de América Latina. La Conferencia de Aparecida renueva la opción por los pobres (397, 398, 399). No se trata de una fórmula convencional. El texto es insistente: “Asumiendo con nueva fuerza esta opción por los pobres” (399). Aquí también hay un cierto acento de arrepentimiento y como una conciencia de que esa opción había perdido su urgencia en la pastoral de la Iglesia: ya no era vivida como prioridad. Además, el texto reconoce que los pobres son sujetos de la evangelización y de la promoción humana (398). Ver todo el parágrafo (391-398). El texto llega hasta el punto de usar dos veces la palabra “liberación”, que era una palabra prohibida. Es verdad que la liberación está matizada por el adjetivo “auténtica” (399) o “integral”. Pero ahí está: lo que significa que se puede usar de nuevo (385). El Documento final habla explícitamente de las Comunidades Eclesiales de Base (176-179). Esta es la parte del documento que sufrió más correcciones en Roma, pues el texto de los obispos era mucho más incisivo. Aun así, el texto enuncia todos los frutos positivos de las Comunidades Eclesiales de Base, reconociendo que ellas fueron la señal de la opción por los pobres. Los obispos habían escrito: “Queremos reafirmar decididamente y dar nuevo impulso a la vida y misión profética y santificadora de las CEBs en el seguimiento misionero de Jesús. Ellas fueron una de las grandes manifestaciones del Espíritu en la Iglesia de América Latina y del Caribe después del Vaticano II° (194)”. Estas frases fueron censuradas y el texto quedó más débil. Las otras correcciones van en el mismo sentido. Pero el texto de los obispos existe y puede ser consultado. Para la conciencia latinoamericana, él es más significativo que las censuras. En el texto de los obispos hay un reconocimiento de que las CEBs no pudieron desarrollarse a pesar de su valor, y varios obispos hicieron restricciones. Ahora los obispos quieren levantar esas restricciones y dar vida nueva a esas comunidades pobres. Aun con las restricciones del texto final, vale la pena leer atentamente los N° 178 y 179. Los mejores capítulos del Documento son los capítulos 7 y 8 sobre la Misión. Ahí se encuentran las afirmaciones más fuertes: _ “La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, en el estancamiento y en la tibieza, marginando a los pobres del Continente” (362). _ “La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera” (370). _ “La pastoral de la Iglesia no puede prescindir del contexto histórico” (367). _ Y sobre todo los N° 362-370. El cambio debe afectar a todas las instituciones de la Iglesia. Comienza con la reforma de la parroquia. Esta deberá ser subdividida en comunidades menores (372) de pequeños grupos con mejor relacionamiento. Tendremos cuidado de que esas pequeñas comunidades no reproduzcan la estructura y la actividad de la parroquia. Pero es muy bueno que la Conferencia haga alusión al mal funcionamiento de la parroquia como institución inadecuada para nuestros tiempos de urbanización creciente y de secularización. El capítulo 8 elabora una pastoral social que va a ser reafirmada y reforzada (401-404). El Documento enumera las nuevas categorías de pobres que surgieron o se desarrollaron en los últimos tiempos. Finalmente el Documento asume desafíos contemporáneos: la ecología y los problemas del medio ambiente, y la pastoral urbana. El programa de pastoral urbana es muy completo y define tareas que van a exigir la colaboración de millones de personas formadas. El desafío de la pastoral urbana ya fue definido por sociólogos católicos a fines del siglo XIX. Después de 100 años, la jerarquía asume el desafío. La Iglesia Católica tiene todavía estructuras rurales y mentalidad rural. En la sociedad rural la parroquia se identifica con la sociedad. Ahora las cosas cambiaron tanto, que la inmensa mayoría de los ciudadanos vive al margen de la Iglesia y solamente recurre a ella en el nacimiento o en la muerte o recurre a los Santos en las enfermedades. En el segundo capítulo hay una extensa presentación de la realidad de América Latina. Esa exposición recurrió a la ayuda de especialistas y científicos, ya que ofrece informaciones bastante completas y pormenorizadas. Es un ejemplo de colaboración entre la jerarquía y los laicos. Sin embargo, el Documento no llega a condenar el capitalismo y el sistema actual de globalización, aunque haya mostrado todos sus vicios. No podía ir más lejos que la llamada Doctrina Social de la Iglesia, tan silenciosa en los últimos tiempos. Claro está que en los otros capítulos hay también muchas cosas importantes que ofrecen orientaciones para la aplicación del proyecto global. Pero un artículo no ofrece espacio suficiente para comentar todas esas doctrinas. Seguramente se van a publicar comentarios extensos del Documento de Aparecida para analizar el documento entero. 2. Algunas dudas El proyecto de Aparecida es tan radical, que surge una duda: ¿quién va a poner en práctica ese programa? La historia muestra que todos los cambios profundos en la Iglesia fueron realizados por personas nuevas, formando grupos nuevos y creando un nuevo estilo de vida, siempre a partir de una opción de vida en la pobreza. Nunca fueron los liderazgos establecidos ni las estructuras instaladas: éstas no logran salir de su papel tradicional. Es lo que hace pensar que el clero actual no está en condiciones de aplicar ese programa. Nunca me olvido de lo que pasó en el cambio del siglo XII al siglo XIII. Hubo una avalancha de fenómenos religiosos semejantes a la expansión pentecostal de nuestros días. Aparecieron nuevos animadores religiosos que luego lograron atraer y convertir a multitudes de católicos. Nació en poco tiempo un mundo de comunidades que recibieron varios nombres, siendo el nombre de Albigenses el más usado. Nadie podía frenar el movimiento. El Papa Inocencio III pidió a la Orden Cisterciense, que era la más poderosa en aquel momento, que asumiese esa misión de convertir a los herejes, o por lo menos, frenar el movimiento de expansión. Fue un fracaso total. Los Cistercienses venían de monasterios muy ricos y no sabían hablar con los pobres. Eran misioneros ricos, sin capacidad misionera.

Entonces aparecieron casi simultáneamente Francisco de Asís en Italia y Domingo de Guzmán en España. Escogieron el camino de la pobreza, viviendo una vida realmente evangélica. Evangelizaron a las masas populares del mundo rural y de las ciudades. Y consiguieron lo que las órdenes poderosas no habían conseguido. De ellos nacieron en pocos años los llamados Franciscanos (hermanos menores) y Dominicos (hermanos predicadores) que fueron millares en poco tiempo. Ellos se instalaron en medio del pueblo y fueron misioneros itinerantes, siempre en procura del pueblo de los pobres. Dieron a la Iglesia una fisonomía diferente. Eran una estructura diferente en la cual el pueblo de los pobres se reconoció; y no se reconocía en las órdenes monásticas. El clero parroquial recogió las conversiones hechas por los Mendicantes, pero no había podido hacer aquel cambio necesario. Hoy en día, ya hay en la Iglesia cristianos semejantes que conviven con el mundo de los pobres. Pero ellos son poco conocidos o poco valorados, más tolerados que apoyados, porque no corresponden al esquema oficial: no tienen lugar en el Derecho Canónico. Generalmente son laicos y también obispos o presbíteros que hicieron su conversión escapándose de la estructura en la que estaban metidos. Personalmente, creo que los futuros misioneros capaces de cambiar la fisonomía de la Iglesia serán laicos, misioneros laicos. ¿Cómo va a comenzar la aplicación del programa de Aparecida? No podrá realizarse de arriba para abajo. No se podrá comenzar con un planeamiento teórico. Comenzará con personas voluntarias dispuestas a entrar en una aventura, esta vez con el apoyo de la jerarquía. No se les dará ningún programa previo, porque el Espíritu les mostrará lo que pueden hacer. Si su actuar misionero no procede de ellos mismos, no tendrá ningún efecto, porque no será un testimonio humano vivo, el único que puede tocar el corazón de los oyentes. No sirve planificar. Nadie planeó el nacimiento o la vida de Francisco. Él apareció y el Papa lo confirmó. En los últimos años, en muchos lugares las diócesis realizaron años misioneros, misiones populares, sin ningún éxito. Todo quedó en el papel, porque en lugar de partir de las personas voluntarias, que se sentían poco valoradas, más toleradas que apoyadas en su vocación misionera, entregaron la misión a agentes de pastoral de la estructura diocesana o parroquial. No puede concentrarse en la Iglesia parroquial, porque los pobres no frecuentan la Iglesia parroquial. Ellos perciben que la Iglesia parroquial no pertenece a su cultura. No sirve dar cursos para enseñar una doctrina, porque el Espíritu mostrará a los misioneros lo que deben decir o hacer. Lo que se puede hacer es acompañar, a la espera de la voz del Espíritu. La jerarquía tiene un papel fundamental, que consiste en hacer el discernimiento de Espíritu a partir de la tradición cristiana, y estimular una espiritualidad de espera y fidelidad a lo que el Espíritu dice. En América Latina el apoyo de los obispos y de los sacerdotes es fundamental. Porque, sobre todo en el mundo de los pobres, los católicos son tímidos, inseguros, no confían en sus propias cualidades. Es preciso apoyar, aceptar errores o fracasos temporarios. No se puede acertar de una sola vez. La jerarquía tendrá que organizar la armonía entre todos los carismas. ¿Cómo será la formación? ¿Qué se entiende por formación de misioneros? La actual formación en los seminarios y en las facultades de teología es justamente lo contrario. El sistema actual da una formación académica o con pretensiones académicas. En Brasil, muchos dieron mucho valor al reconocimiento de los estudios del seminario por el Ministerio de Educación. Ahora bien: con certeza, el Ministerio de Educación no tiene proyectos misioneros. Los certificados oficiales parecen ser garantías justamente para aquellos que no sienten una vocación misionera muy fuerte. No tengo nada en contra de esos certificados académicos; pero eso no tiene nada que ver con la misión. La formación académica vuelve vacía a la predicación, sin contacto con el pueblo. Los sacerdotes fueron preparados para ser pequeños profesores de teología. Eso solo explica ya muchas cosas en cuanto a los problemas de la Iglesia que fueron denunciados por el Documento de Aparecida. La formación misionera incluye primero una fuerte y radical espiritualidad concentrada en la Biblia en general, pero sobre todo en los Evangelios, esto es, en la vida terrena de Jesús. En segundo lugar, la formación consiste en multiplicar los encuentros con personas, familias, grupos. El misionero necesita aprender a estar presente en todos los lugares de la vida social, como un signo de vida renovada, animada por la fe, esperanza y caridad. No se trata de mostrarse en los eventos sociales, sino de conocer y descubrir a las personas que son sensibles a los llamados del Espíritu, y saber decir las palabras que marcan. La exposición de la doctrina jamás convirtió a alguien. Jesús se manifiesta por la vida de ciertas personas, y no por la doctrina. No se forma misioneros con cursos, seminarios o discusiones abstractas. Es necesario aprender el lenguaje popular. Algunos sacerdotes u obispos saben hacer eso perfectamente: son misioneros que se volvieron así por la gracia de Dios, superando los esquemas de formación académica que recibieron. Un ejemplo: fray Carlos Mesters. La formación por vía del adoctrinamiento vino después de la Revolución Francesa, para asegurar la fe de los sacerdotes que debían resistir a las herejías de la época. La resistencia a las herejías dejó de ser una urgencia. No puedo dejar de señalar un problema que no es solamente de Aparecida, sino de toda la Iglesia occidental, de los Concilios occidentales, de los documentos del magisterio, inclusive del Vaticano II. La Iglesia occidental ignora al Espíritu Santo. Claro está que el Espíritu Santo es mencionado muchas veces, también en el Documento de Aparecida, pero siempre para reforzar la planificación hecha por la jerarquía o por el clero en general. La jerarquía define la conducta de la Iglesia, y después pide al Espíritu Santo que realice lo que ya fue decidido. O se supone que todo lo que procede de la jerarquía procede del Espíritu Santo, que es lo mismo. No sirve rezar para que el Espíritu venga a iluminar mi mente, si Él está presente en el mundo y muestra con signos claros lo que Él quiere. Los orientales son muy sensibles a ese aspecto de la Iglesia de Occidente. En América Latina la Iglesia oriental tiene poca presencia y casi ninguna influencia. La Iglesia latinoamericana es hija de Occidente de modo casi exclusivo. La enseñanza del Nuevo Testamento es diferente, tanto en la teología de Pablo como en la teología de Juan. Para San Pablo la Iglesia está dirigida por los dones del Espíritu Santo (1 Cor. 12, 4-11. 27-30). Ahora bien: el primer don es el don del “apostolado” (1 Cor. 12,28). Cuando Pablo habla de los apóstoles, no se refiere a los Doce, sino a aquellos discípulos que, como él, se hicieron misioneros porque fueron enviados por el Espíritu Santo. El don de gobierno viene en séptimo lugar. En segundo lugar aparecen los profetas, que son considerados con mucha insistencia (1 Cor, 14). Esos dones están esparcidos y de repente aparecen de modo imprevisto. Nadie preparó ni formó a Pablo como misionero. Él recibió un don del Espíritu Santo y mostró un camino verdadero y seguro para el pueblo de los discípulos que pudo reunir. El Espíritu Santo está presente en la Iglesia actual como siempre. Él muestra los caminos del seguimiento de Jesús. La teología de Juan afirma que el Espíritu enseñará el alcance de la vida de Jesús en las más diversas circunstancias. Jesús no dejó ningún programa de apostolado, pero prometió que el Espíritu estaría presente para mostrar de qué manera podemos actualizar su vida, la de Jesús, en las más diversas circunstancias de la historia. Jesús no quiso encerrar la historia en un cuadro estable, pero prometió que el Espíritu estaría presente para enseñar en cada situación el sentido de las obras y de las palabras que Él realizó o pronunció en un contexto muy determinado y limitado, en Galilea (Juan 14, 26; 16, 13-15). Pero no es bueno acusar a la Conferencia de Aparecida, porque toda la historia de la Iglesia de Occidente fue así. Sería necesaria una conversión más radical aún para volver a la enseñanza del Nuevo Testamento sobre el Espíritu. 3. Los problemas

La parte más débil del Documento, a mi modo de ver, es la cristología. Era de esperar. No fue por casualidad que la Notificación enviada a Jon Sobrino fue publicada en vísperas de la Conferencia de Aparecida. Porque aquí estamos exactamente en el mayor problema teológico de la actualidad. La cuestión es: ¿Qué significa la humanidad de Jesús? ¿Cuál es el significado de las palabras y de los hechos de Jesús tal como los Evangelios los relatan? ¿En qué consiste la humanidad de Jesús? ¿Qué es ser hombre? El texto recuerda muchas cosas bonitas sacadas de los Evangelios, que lo muestran como maestro de sabiduría y revelador de un modo de vida a ser imitado por los discípulos. Es una enumeración de hechos y palabras bellas de la vida de Jesús. Falta la síntesis y lo que reúne todos esos dichos y hechos en una vida humana (129-135). Esta enumeración no dice el significado de la vida humana de Jesús, o sea, de su ministerio misionero. La vida de los seres humanos debe interpretarse a partir del contexto histórico en que ella se sitúa. Aquí no se habla del contexto histórico, como si Jesús estuviera fuera de la historia, como un maestro que vuela por encima de los siglos. Cada ser humano construye su vida a partir del contexto histórico que lo provoca y le va a definir sus opciones, en cuanto a los fines y a los medios. Él tiene un proyecto, que le da una finalidad a su vida. Si Jesús fue hombre, Él debió ser así. Comencemos por el anuncio de Jesús: el Reino de Dios (101-128). ¿Qué entendían los campesinos de Galilea cuando Jesús les hablaba del Reino de Dios? Estaban sufriendo el yugo pesado del reino de Roma, del reino del emperador. De repente Jesús viene a anunciar que ese reino va a caer. Era exactamente lo que todos esperaban, por lo menos los pobres oprimidos por el poder durísimo de los romanos. La mayoría pensaba que eso sucedería solamente en un mundo nuevo, una vez destruido este mundo, de acuerdo con las previsiones apocalípticas. Jesús viene a anunciar que eso acontecerá en este mundo. El reino de Satanás, encarnado en el poder romano, va a caer y vendrá otro reino. Jesús conocía bien las conversaciones, las quejas y las esperanzas de su pueblo. Él hablaba para esas personas. Se comprende que fuese acogido y aclamado por el pueblo sencillo de Galilea con entusiasmo. Después de ese anuncio, Jesús tuvo que explicar cómo sería el Reino de Dios y la diferencia radical con el reino del César. Hasta los Doce tuvieron mucha dificultad para aceptar las explicaciones de Jesús. Lo que no aparece en el Documento es que el Evangelio de Jesús fue una Buena Nueva para algunos y una Mala Nueva para otros. Jesús no trató a todos de la misma manera. La Buena Nueva se dirige a los pobres y la Mala Nueva a los ricos (Lc. 6, 20-26). El Evangelio de María fue lo mismo: “Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lc. 1, 52-53). En la base de la psicología de Jesús estaba la compasión por los oprimidos y la indignación contra los opresores. ¿Por qué eso no aparece en un Documento que pretende renovar la opción por los pobres? Hay una contradicción entre la Segunda Parte y la Tercera Parte del Documento. En segundo lugar, no aparece el conflicto con los jefes de la nación, que Jesús denuncia como usurpadores y opresores. Lo que ocupa un lugar fundamental en los Evangelios, no aparece: el conflicto de Jesús con los sacerdotes, los doctores de la Ley, los fariseos, los grandes de aquel tiempo (Mc. 11-13; Mt. 23; Lc. 20; Jn. 8). Ese conflicto es el hilo conductor de los Evangelios. Todos presentan la misión de Jesús como camino hacia la muerte. Desde el principio los jefes quieren matarlo. Jesús denuncia la dominación de los grandes asociados con los romanos y permanece fiel a la misión de su vida hasta que lo maten. La muerte de Jesús fue la consecuencia de su acción: fue la conclusión final de su ministerio. El Documento habla de que Jesús hizo el don de su vida (139). Jesús fue muerto porque quiso ser fiel a su misión de denunciar la corrupción de los jefes de su pueblo, que imponían un yugo insoportable al pueblo sencillo. Jesús era judío y, como judío, estaba escandalizado por el uso que los jefes hacían de la Ley. Jesús quería liberar a su pueblo de la mentira y de la dominación de las elites: con su interpretación de la Ley, las elites oprimían al pueblo de los pobres. Ese fue el proyecto de Jesús. Lo que él ofrece a sus seguidores es repetir la misma trayectoria en todas las épocas de la historia. Ahora bien, en el centro de la misión está la persecución a muerte y muerte de cruz, una muerte infamante. El Documento hace apenas algunas alusiones, muy discretas, a la muerte de Jesús, sin decir por qué murió y el significado humano de esa muerte. El texto alude a los mártires de América Latina, pero sin explicar en qué consistió ese martirio (140) como si el martirio fuese un valor en sí mismo, un ejemplo de vida heroica. No pone a los mártires en su contexto histórico, y por eso la muerte de Jesús tampoco está en su contexto histórico. Es como si fuese un ejemplo de virtud sin motivo, sin ligazón con su ministerio de profeta. El Documento simplemente dice que Jesús ofreció su vida. Eso puede significar muchas cosas, pero no evoca el contexto histórico y el lugar de esa muerte en la vida humana de Jesús. En los Evangelios, la Cruz está en el centro de la cristología de la vida humana de Jesús. La Cruz no está en el centro de la cristología del Documento. Tenemos la impresión de que el texto quiso evitar cualquier referencia al conflicto con los romanos y con las autoridades de Israel. Es un Evangelio sin conflicto, de pura bondad. ¿Por qué un Evangelio sin conflicto? Para no tener que reconocer el sentido del martirio de tantos latinoamericanos crucificados en la segunda parte del siglo XX. Las elites quieren ocultar la responsabilidad histórica que tienen en esos martirios. El recuerdo de esos martirios ofende a las clases dirigentes de muchas naciones. Por eso las alusiones a los mártires son muy discretas. Los mártires son presentados como héroes, pero no se dice por qué murieron. Ahora bien, un Evangelio sin conflicto: ¿qué quiere decir eso? Es exactamente el Evangelio que satisface a la burguesía. Esta cristología es burguesa en su inspiración. No expresa lo que sienten los pobres y de qué manera entienden ellos la vida y muerte de Jesús. Estamos en la situación del conflicto entre dos cristologías, una que es burguesa y la otra que es de los pobres. Este conflicto existe desde el comienzo de la Iglesia. La misma falta de historicidad se encuentra en la descripción de la realidad eclesial en la Primera Parte. El texto hace una enumeración de los aspectos positivos y negativos de la Iglesia latinoamericana (96-100). No se habla ni de los aspectos positivos ni de los negativos en el contexto histórico. Es como si todo fuese de igual significado. No se hace ningún análisis de las estructuras. El texto atribuye la responsabilidad y la culpa a “algunos católicos que se apartaron del Evangelio” (100 h). Los aspectos negativos se deben a “deficiencias y ambigüedades” de algunos de los miembros (de la Iglesia). Si ése fuese el problema, no hubiera sido necesario reunir toda una Conferencia continental. Bastaría mandarles un buen confesor a esos pocos católicos. De modo general, los documentos de la Iglesia no cuestionan las estructuras. Pues bien, ciertamente los miembros de la Iglesia no son peores ahora que antes. Los problemas no son las personas, sino las estructuras. Algo de eso aparece implícitamente en la Tercera Parte, por ejemplo cuando se trata de la parroquia. Pero un análisis más profundo sería muy útil. Algún día habrá que hacerlo. Sorprende el silencio casi total sobre los movimientos pentecostales. Hay apenas algunas breves alusiones (100 g). Alguna vez Harvey Cox escribió que se trataba del fenómeno religioso más importante del siglo XX y casi tan importante como la Reforma del siglo XVI. No se hace ningún análisis de esa realidad, como si fuese una cosa sin importancia y que no crea ningún problema. Sin embargo el pentecostalismo está en plena expansión en todos los continentes y en América Latina. Muchos católicos dejan la Iglesia para integrar una comunidad pentecostal. Los pastores son innumerables. En varios lugares del mundo de los pobres los pentecostales ya son más numerosos que los católicos. Sería necesario analizar las razones de ese éxito. Sin duda el pentecostalismo responde a las aspiraciones de una gran parte del mundo popular. Vale la pena estudiar el mensaje, la metodología, las formas de organización. Cerrar los ojos como si el fenómeno no existiese puede ser la política del avestruz. Cuando se hace la descripción de la sociedad actual, principalmente de la cultura contemporánea, muchos se olvidan de que hay dos sociedades muy separadas y dos culturas bien diferentes. Hay una cultura examinada por los científicos y filósofos que es la cultura de los que están incluídos en la nueva sociedad, y la cultura de los excluídos. Aun así, la Conferencia de Aparecida constituye un acontecimiento imprevisto. Nació una nueva conciencia. Los obispos recogieron las aspiraciones de la minoría más sensible a los signos de los tiempos. El Documento final constituye un motivo de renovada esperanza para los viejos, y ofrece algunas orientaciones bien definidas a los jóvenes.

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