miércoles, diciembre 2, 2020
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DEL ANATEMA A LA APUESTA POR LA VIDA EN GAZA

– Autor: Evaristo Villar –
 

A la vista del holocausto que ha causado el ejército israelí en la invasión de la Franja de Gaza (con el escandaloso balance de más de 1300 muertos, más de 5000 heridos, la zona arrasada), uno quisiera saber cómo son las entrañas de los que han decretado y perpetrado esta masacre. Hoy, con humillante cinismo, Olmert lamenta las muertes de tantos civiles en su ruinosa gesta. ¿No sabía este mal estratega que lo que estaba haciendo, contra la opinión mundial humanizada, era una vuelta al anatema del que hablan las Crónicas del Antiguo Testamento, que practicaron sus antepasados en los más crueles momentos de su historia?

Mirando detenidamente el rostro impasible del triunvirato de guerra que ha dirigido esta masacre -integrado por el Ministro de Defensa Ehud Barak y secundado por el Primer Ministro Ehud Olmert y Tzipi Livni Ministra de Relaciones Exteriores-, a uno le sobra ira para entregar a estos “verdugos de la humanidad”-de la mano de sus cómplices Bush y neocons- al implacable tribunal de la justicia universal. Pero, lo sabemos muy bien, se trata de un objetivo inalcanzable, dado que ellos lo han bloqueado para sus prácticas del anatema.

Con el alma aún quebrada por tanto destrozo, te llena de perplejidad la identidad de estos sujetos tan confiados en el poder de sus armas. ¿No fueron sus padres los que han perseguido por tierra, mar y aire a cuantos marcaron para siempre la piel de su raza con el signo del holocausto? Y nosotros les hemos dado la razón, porque hemos aborrecido siempre todo holocausto.

Pero ¿no conocen en propia carne lo que representa la impotencia del “rechinar de dientes y ser arrojados a las tinieblas exteriores”? Te causa mayor perplejidad, si cabe, al observarlos hoy día, armados hasta los dientes y con voz poderosa entre los corruptos del imperio, bloquear por tierra, mar y aire a millón y medio de personas y entregarlas al anatema, es decir, a la muerte por hambre y a la violencia de sus armas ultramodernas.

Pero es mayor la sorpresa que te invade cuando recuerdas su trágica y rica historia. Porque se trata de un pueblo milenario que, junto a enormes tragedias, ha dejado en la conciencia humana intuiciones verdaderamente extraordinarias. ¿Cómo olvidar, entre un contexto mitológico del “eterno retorno”, su visión lineal de la historia, siempre abierta a un horizonte inalcanzable, pero preñado de esperanza?

¿Cómo ignorar el proyecto expansivo de su ética, siempre en progreso, desde la responsabilidad de la tribu a la individual, desde el interés privado al colectivo, desde el ejercicio de la violencia “ojo por ojo y diente por diente” hasta -lo que parece inaudito- el “amor a los enemigos”?

Al analizar ahora la vergonzante hazaña que estos corifeos de la guerra acaban de perpetrar, uno cae en la cuenta de la verdad que encierra aquel dicho de Zun Tzu (sg. V a.C), que vale también para los pueblos: “Quien olvida su historia está obligado a repetirla”. Y en este caso, Israel ha repetido sobre Gaza el anatema, es decir, lo más despreciable de su historia.

Serían interminables los testimonios de anatema que encierran sus libros canónicos. Es verdad que, como muchos de sus vocablos hebreos, con el tiempo se van tiñendo de un sentido religioso que convierte en mandato divino lo que es una verdadera aberración. El “Herem” (anatema), por ejemplo, que es destrucción y aniquilación (sin que quede piedra sobre piedra), bajo la inspiración religiosa, se interpreta como separación del uso profano de las cosas para consagrarlas al poder de Dios.

El castigo, en este trueque, ya no es humano, sino divino. Es elocuente, a este propósito, el relato que hace el libro de Josué (capítulos 6 y siguientes) de la conquista de Jericó y del resto de las ciudades de Canaan: “la ciudad será consagrada como anatema a Yahvé con todo lo que hay en ella… Consagraron al anatema a todo lo que había en la ciudad, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, bueyes, ovejas y asnos, a filo de espada”.

Quien más pierde en este cambio es evidentemente Dios, quien, de ser providencia buena sobre la humanidad, se convierte en verdadero déspota y tirano de todos los enemigos del pueblo judío, el ¿elegido?. Los estrategas de hoy ya no hablan de mandato divino, sino de la “seguridad de Israel”, amenazada por un millón y medio de refugiados palestinos, hambrientos y obligados, bajo el poder de las armas, a abandonar la tierra de sus padres.

Alguien, indudablemente del mismo Israel, tendrá que armarse de coraje, como hicieron sus mejores profetas, y levantar la voz para decirle al menos estas tres cosas: Primero, que ése no es el camino; que, en su rica historia, tienen otros ejemplos más dignos de imitación. Que esta invasión de Gaza introduce plenamente al triunvirato de guerra en el juicio que el Segundo Libro de los Reyes hace de casi todos sus reyes del siglo VIII a.C hasta la llegada del piadoso Ezequías: “hizo el mal y la abominación a los ojos de Yahvé”. Bajando la mirada a ras de tierra, habrá que decirles que han humillado a gente indefensa y por eso han hecho el mal ante los ojos de la inmensa mayoría de la humanidad.

Después, alguien de su propia raza, tendrá que ayudarles a liberarse de su propia ceguera. Necesitan abrir los ojos para ver cuánto han acrecentado el descrédito y el odio contra su propio pueblo en pocas semanas. La compasión que el mundo ha tenido con ellos a causa del holocausto nazi, ya no se puede otorgar sin tener en cuenta el holocausto que ellos mismos han causado a los indefensos palestinos. Los dos holocaustos son igualmente reprochables por ser vergüenza para la humanidad.

Alguien, pues, tendrá que recordarles lo que hace XVIII siglos ya les decía con clarividente ironía su profeta Isaías: “Vete y di a ese pueblo: Oíd con vuestros oídos, sin entender; mirad con vuestros ojos, sin comprender. Embota el corazón de ese pueblo, endurece su oído, ciega sus ojos: que sus ojos no vean, que sus oídos no oigan, que su corazón no entienda. que no se convierta y sane” (Is 6).

Finalmente habrá que recordarles que lo más envidiable de su rica cultura sigue otra ruta: se trata de esa conciencia que va impregnando de compasión y ternura a los individuos y a las instituciones del pueblo hasta llegar a “amar a los enemigos”, hasta llegar a respetar la vida por encima de ningún otro absoluto, como dice el Dt 30, 19 “Pongo hoy por testigos contra vosotros el cielo y la tierra: te pongo delante la vida o la muerte, la bendición o la maldición (anatema). Escoge, pues la vida, para que vivas, tú y tu descendencia”

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