DEL ABANDONO DE LA POLÍTICA A LA REAPROPIACIÓN DE ESPACIOS COMUNES

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Éxodo 117 (en.-feb) 2013
– Autor: Sergio Ruiz Azcoaga –
 
La representación es la presencia de la ausencia Carl Schmitt

El pasado martes 5 de febrero de 2013 la ciudadanía fue testigo de un escenario que, si bien era ya un hecho desde hace muchos años, nunca se había materializado con tanta intensidad y contraste desde la instauración, en 1978, de la llamada democracia representativa. Por un lado teníamos a los supuestos “representantes” de los ciudadanos y, por el otro, a una ciudadana, Ada Colau, miembro de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) que, como en la cita de Carl Schmitt, llenaba esa ausencia que ha generado el sistema representativo. La brecha entre los representantes y los representados es tan grande que daba la sensación, tras la comparecencia de Ada Colau, que el entendimiento entre una clase política incapaz de ver los problemas que han generado sus decisiones y unos ciudadanos que han vivido en sus carnes la vulneración constante de sus derechos resulta casi imposible.

Finalizado el plazo de recogida de firmas de la Iniciativa Legislativa Popular (ILP) impulsada por la PAH para promover la reforma de la ley hipotecaria y el impulso de medidas dirigidas a evitar el desahucio de familias deudoras de buena fe, que ha logrado el apoyo de más de 1.400.000 personas, los poderes muestran su incapacidad o, más bien, su falta de voluntad política para dar respuestas inmediatas al sufrimiento de cientos de miles de familias arrojadas a la exclusión social. Un sufrimiento que, de hecho, han generado esos mismos poderes actuando al dictado de las entidades financieras y del sector empresarial privado para impulsar un crecimiento económico en torno a un bien básico, la vivienda. Porque a nadie escapa el hecho de que los sucesivos gobiernos, de distinto color político pero con parejas políticas económicas, han apostado por un modelo productivo basado en la construcción desmesurada de viviendas y en su posterior venta, a costa del sobreendeudamiento de las familias y en la práctica anulación del alquiler como opción. De sobra es sabido que, a diferencia del resto de países europeos, en España la opción del alquiler, al igual que la vivienda social, era marginada, impidiendo así a miles de familias ejercer el derecho constitucional a una vivienda digna (art. 47).

Detrás de las frías estadísticas y de los datos económicos que certifican el derrumbamiento de este modelo especulativo hay vidas de millones de personas. Personas que sufren, día a día, un drama que muchos diputados son incapaces de comprender desde sus escaños y, mucho menos, desde los fríos despachos de las sucursales bancarias o de los analistas que estudian esas cifras. Con seis millones de parados, una última reforma laboral que precariza más aún las condiciones del trabajo, una economía incapaz de generar empleos dignos que garanticen el sustento de las familias y un gobierno, también incapaz de lanzar un plan de crecimiento económico fomentando sectores productivos estratégicos y que se limita a aplicar los planes de “austeridad” dictados por los poderes financieros privatizando la sanidad, la educación e imponiendo unas políticas fiscales antisociales, la sobreendeudada ciudadanía tiene cada vez menos capacidad para afrontar unas hipotecas a todas luces abusivas que ningún órgano regulador supervisó. A tenor de las previsiones económicas, además, esta situación, que roza la emergencia social, no va a hacer sino agravarse.

Hasta el momento, las dos grandes fuerzas políticas que han gobernado de forma intermitente este país se han negado a cambiar una ley hipotecaria decimonónica que condena a las familias deudoras de buena fe a la exclusión social al no permitirles cancelar la deuda con la entrega de la vivienda. Han cerrado los ojos actuando así de forma connivente con los bancos y cajas que, durante años, han concedido hipotecas fraudulentas mediante avales cruzados o hipotecas con alto riesgo de impago para lucrarse en el mercado financiero mediante la venta de productos de riesgo. Durante años, abusaron de la confianza de millones de personas ofreciéndoles hipotecas con una facilidad pasmosa y con una información distorsionada y opaca sobre las condiciones de los préstamos, jaleados por unos poderes públicos que animaban a la compra con rebajas fiscales como la opción más “rentable”. Ahora, estos bancos y cajas acumulan miles de viviendas vacías que no cumplen su función social al tiempo que desahucian a decenas de miles de familias. España se ha convertido en un país de “casas sin gente, gente sin casa”.

EL PROBLEMA DE LA VIVIENDA

El problema de la vivienda tiene muchas extensiones o ramificaciones vitales. No en vano, la casa es la matriz de la existencia cotidiana de las personas, no solo en el aspecto material, sino en el emocional y social, algo que, acostumbrados al discurso economicista que el dogma del libre mercado ha logrado extender, se olvida con facilidad.

Cuando una persona o una pareja no pueden afrontar el pago de una hipoteca, por un lado se plantea un problema material, el de la vivienda en sí, ya que todos necesitamos un techo bajo el cual crear nuestro refugio, y el de la deuda que arrastras de por vida cuando no puedes cumplir con los pagos. Por otro lado, comienza un proceso individual de sufrimiento que afecta directamente al seno familiar. Hablamos de niños, personas mayores… familias enteras. Las consecuencias psicológicas que provoca un proceso de desahucio son devastadoras y dan lugar, no pocas veces, a rupturas afectivas, separaciones e incluso suicidios. El drama no escapa a los más pequeños, que sufren traumas psicológicos derivados de la presión y de la ruptura con la cotidianidad de sus colegios cuyas consecuencias en su desarrollo personal son difíciles de determinar. Tampoco escapa a las personas mayores que avalaron a sus hijos y que se ven en la calle perdiendo una vivienda pagada con el trabajo de toda una vida. Hablamos, en definitiva, de una situación traumática que afecta al núcleo de centenares de miles de familias y a varias generaciones.

Este artículo intenta mostrar cómo viven los afectados este proceso desde el momento en que adquirieron la hipoteca hasta que ya no pueden afrontar el pago de las cuotas y se enfrentan a las consecuencias del desahucio. Una realidad compleja que encarnan familias enteras, mujeres que la afrontan en solitario con hijos a su cargo, parejas de ancianos que intentaron ayudar a sus hijos… Personas que han perdido su casa y que se ven marginadas sin trabajo, sin vivienda y sobreendeudadas. Pero también ciudadanos que han logrado la dación en pago tras un arduo proceso de lucha o han negociado un alquiler social con el banco gracias a la lucha colectiva y el apoyo mutuo que ha impulsado la PAH. Otros muchos han logrado suspender el lanzamiento acogiéndose al Real Decreto impulsado por el gobierno a finales de 2012 ante la alarma social generada por varios casos de suicidio, una suspensión que en absoluto soluciona el problema sino que lo posterga agravándolo ya que el banco sigue acumulando a la deuda los intereses de demora.

Esta variedad de situaciones alberga muchas diferencias, pero también muchas similitudes. Una de ellas es que la mayoría han sido víctimas de una estafa con la que se han lucrado la banca y sus satélites empresariales, económicos y… políticos. Desafortunadamente, el porcentaje de gente que logra salir airosa de esta situación es reducido comparado con la cantidad de desahucios que se ejecutan diariamente. Solo aquellos que han logrado superar su drama personal dando el paso a la organización y a la lucha colectiva han obtenido resultados y soluciones concretas demostrando que “sí se puede” cortocircuitar unas reglas del juego impuestas por los bancos y cajas, el empresariado del sector inmobiliario, las empresas de la construcción y los poderes públicos que han alimentado la especulación toda vez que el boom inmobiliario alimentó las arcas públicas por una doble vía: mediante la urbanización y venta de terrenos públicos, primero, y a través de los impuestos, después.

EL PERIODO DE LAS CONCESIONES HIPOTECARIAS

Cuando la única opción para adquirir un bien de primera necesidad como la vivienda es pedir un préstamo al banco es porque detrás ha habido una política planificada específica para servir a unos intereses particulares. La falta de alternativas a la compra de una vivienda en propiedad ha sido un hecho: el alquiler no ha sido una posibilidad viable dado los altos precios y la limitada duración (5 años) de los contratos. Además, en España el parque de viviendas sociales es ridículo comparado con el de otros países europeos. Hay que sumar a todo ello los premios fiscales otorgados por el Estado por la compra de una vivienda y las campañas mediáticas que hipnotizaron a la población con las bondades de tener una casa en propiedad. Se hablaba de la vivienda como un objeto de inversión y de especulación, como un símbolo de éxito social y de inteligencia (el alquiler supone “tirar dinero”) generando un clima en el que la gente veía como única opción comprar un vivienda a pesar de lo desproporcionado de sus precios.

Se calcula que entre 1998 y 2007 se formalizaron ocho millones de hipotecas a razón de 822.000 al año 1. En esa “fiesta” del endeudamiento se saltaron muchos mecanismos reguladores, lo que permitió la proliferación de prácticas bancarias fraudulentas alimentadas por el desconocimiento del cliente y muchas trampas contractuales. Nadie informaba a sus clientes de que, en caso de impago, la entrega de su vivienda no les libraba de la deuda. Tampoco detallaban las consecuencias de las variaciones del euríbor, del riesgo con que calificaban unas hipotecas que los bancos nunca debieron conceder ni las triquiñuelas en que incurrían para amañar contratos con avales cruzados, un sistema en el que varios hipotecados se avalan mutuamente, muchas veces sin conocerse siquiera. Estas operaciones se realizaban de modo simultáneo en un corto período de tiempo para eludir así el control de riesgo efectuado por el Banco de España. Otro sistema ideado para vender “como sea” las famosas hipotecas era el de los copropietarios. En este caso las personas hipotecadas no solo se avalan entre sí, sino que además son copropietarios de los préstamos teniendo que responder de la suma total de las hipotecas que gravaban las viviendas, unas obligaciones sobre las cuales no se informaba y que quedaban sepultadas en la letra pequeña de unos contratos cuyo lenguaje estaba estratégicamente atravesado por tecnicismos incomprensibles para la mayoría de los clientes y cuyo significado se revelaba en el momento en que dejaban de pagar la hipoteca.

Este clima de euforia en la concesión de hipotecas y de deliberada desinformación acerca de las consecuencias de los compromisos contractuales adquiridos por las familias fue alimentado por los poderes públicos, el sector privado y el sector financiero. Las víctimas de esta burbuja, los ciudadanos, nos cuentan cómo decidieron firmar una hipoteca.

Arizmendi firmó, junto con su hermano y su hermana, una hipoteca con Banesto en el año 2007. “Llegamos a Madrid en el 2003, teníamos un buen trabajo mi hermano y yo. Ganábamos 2.000 euros cada uno. Banesto nos puso muchas facilidades: incluso nos dieron 10.000 euros por adelantado”.

Margarita nos cuenta que “vinimos de América Latina en el año 1999 y mis tres hijos en el 2001. Nosotros teníamos trabajo. El padre tenía muy buen sueldo, casi 3.000 euros al mes y yo me sacaba otros 1.000. Cuando nos metimos en el piso había buena solvencia económica. Era muy fácil que te dieran un crédito. Yo era muy reacia a meterme en una deuda de estas, y más cuando el banco nos dijo el precio del piso. A mí se me hizo mucho dinero. Teníamos que pagar una cuota de 820 euros y a mí me parecía que era mucho para nosotros. Teníamos otras deudas, pero al final el banco nos lo puso muy fácil. Incluso querían meter a más personas como avalistas, a mi hermana y a un amigo. El banco buscaba todas las formas para que nos metiéramos en la deuda. Yo soy muy ignorante de estas cosas: lo único que hacía era firmar y firmar cosas junto con mi hermana. Nos metimos en la hipoteca y nos trasladamos al piso hace seis años. Estuvimos tres años pagando. Al año de tener la hipoteca comenzó a subir y a subir con el Euríbor y pasó de 820 euros hasta llegar a 1.820 euros”.

Daysi vino a España hace 18 años. “Tampoco pensé mucho en lo que quería. Vine por problemas personales huyendo de mi país. Por el tema del idioma decidí venir a España. Soy ecuatoriana. No fue nada fácil el inicio. Las ofertas de trabajo para la gente inmigrante eran limitadas, o bien en el servicio doméstico, en la construcción o en el campo. La mayoría de gente venimos con una preparación alta. Yo tengo una licenciatura y me tocó cuidar niños, etc. Con el paso del tiempo logré mejorar y colocarme en una empresa inglesa. En vista de que mis condiciones eran estables y con el boom de que todo el mundo quería tener una vivienda, decidí meterme en una hipoteca en el año 2005, desgraciadamente en el peor momento: justo cuando la burbuja estaba inflada. Compré en el peor momento. Me acerqué a una inmobiliaria, a Tecnocasa, donde ponían muchas facilidades. Ellos lo hicieron todo, yo nunca me acerqué a la entidad financiera. Fue Tecnocasa la mediadora. Te lo facilitaban de tal manera que no veías ningún problema por ningún lado. Por eso, eso de que nos digan que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades… La gente tenía la predisposición de adquirir un bien necesario básico, como es la vivienda, y si había la posibilidad de hacerlo… Nosotros no éramos los especialistas en finanzas, en calcular el riesgo de la operación. Es el banquero el que tenía que verlo. Si a mí me ofrecen una cosa, y yo la quiero, por qué no cogerlo”.

Y continúa: “Todo el mundo nos hemos fiado de las entidades financieras. Creíamos que eran empresas serias y que tenían un poco de ética. Te lo pintaban tan bien… Me decían, ‘no, no, tú tranquila, solo pagas de letra 850 euros y sales ganando’. Pero en poco tiempo la cuota fue subiendo y los 800 se convirtieron en 1.030, luego en 1.250 y alcanzaron los 1.425 con la subida del Euríbor. Yo estaba en Intercajas, de donde proviene la Kutxa, y aplicaban el intercajas, que no era como el Euríbor. Subía lento, lento, pero bajar, bajaba igual o casi nada. El Euríbor estaba a 1 y el Intercajas estaba a 3,50. Lo siguen aplicando, pese a que Intercajas ya no existe y ahora es una entidad bancaria”.

LA PÉRDIDA DEL EMPLEO Y CÓMO AFRONTAR EL IMPAGO

El periodo de euforia tocó a su fin, la burbuja estalló y las cifras del paro se dispararon dejando a miles de familias sin posibilidad de afrontar el pago de las letras, completamente desamparadas, ya que las instituciones se han mostrado incapaces de amortiguar el impacto de la debacle económica. Desde 2007 se han tramitado más de 350.000 ejecuciones hipotecarias en aplicación de una ley aprobada hace más de cien años y que, a diferencia de otros países como Estados Unidos, no contempla la dación en pago.

Las personas que un día se quedan sin trabajo ven mermados sus ingresos de forma drástica. Cobran, en el mejor de los casos, la prestación por desempleo y, una vez agotada, 426 euros mensuales. Es entonces cuando se ven en la disyuntiva de comer o pagar la hipoteca. Inician, en su mayoría, un proceso individualizado con dos frentes: la pérdida del hogar y una lucha psicológica que les enfrenta a estados de ansiedad, a un enorme sentimiento de culpa, fracaso, soledad, rabia y crispación que, en muchas ocasiones, se vierte en el núcleo familiar contagiando a los niños, que carecen de suficientes mecanismos psicológicos para enfrentar una situación tan crítica.

La mayoría de las personas que se encuentran en esta situación desconocen cómo abordarla. La gente acude a los servicios sociales para buscar una alternativa habitacional y estos, generalmente, remiten a organismos públicos de vivienda como el Instituto de la Vivienda de Madrid (IVIMA), que puede postergar hasta dos años su respuesta a la solicitud de una vivienda social, una demanda que no tramita siquiera hasta que las familias son desposeídas de la suya. En definitiva, al menos este organismo no solo no da respuesta al problema, sino que forma parte de él, toda vez que desahucia a las familias que carecen de ingresos y no pueden pagar su alquiler al tiempo que acumula viviendas vacías que son negadas a miles de solicitantes.

Cuando la persona afectada comunica a su banco que no puede afrontar el pago de la hipoteca busca, generalmente, una solución consensuada que pasa por la dación en pago. Las entidades bancarias, en cambio, ni escuchan ni negocian. Los afectados se encuentran, por tanto, en una encrucijada bloqueada por el hermetismo de entidades bancarias y administraciones públicas en la que la única salida es perder la vivienda y cargar con una deuda vitalicia. Llegados a este punto, se convierten en presa de los sentimientos de soledad, culpabilidad, miedo y ansiedad. En presa del desamparo más absoluto.

Ana nos cuenta que siente “un gran bloqueo, rabia, tristeza, culpabilidad y ansiedad. Todo mi malestar se vuelca sobre mi hijo y mi marido. El banco ataca a la familia y la divide, repartiendo las culpas a su antojo”. Hay momentos, reconoce, “en que no me aguanto a mí misma. Peleo con todo, todo lo que me dicen los demás me parece mal. Vine escapando de mi país por lo mismo. Esto afecta a mi hijo y a mi familia. Pienso que hay que tratar de dirigir la rabia no con tus personas cercanas, sino con los bancos y con el sistema que nos ha estafado. No hay que sentirse culpable y pensar que uno está viviendo gratis. Siento impotencia al saber que hago daño sin querer a las personas que quiero”.

Arizmendi comparte el momento en que se vio obligado a dejar de pagar las letras. “En el año 2010 perdimos nuestros trabajos y tuvimos que dejar de pagar. Los bancos nos llamaban constantemente amenazando con que nos iban a quitar el piso y diciéndonos que buscáramos dinero para amortizar lo que se debía”. Nos sentíamos muy mal: había mucha tensión con los niños y todo se te viene encima. No podía dormir. Era responsable de cuatro niños y ves que te quedas en la calle. Sientes culpa porque no sabes manejar bien la situación. Me sentía muy mal. Los niños también lo sufren y comienzan a ir mal en el colegio. Fui todos los días a servicios sociales con la amenaza del primer lanzamiento. La asistente social me puso en contacto con gente del barrio de Lucero. Comencé a ir a las asambleas del 15M. Viví con una gran angustia el primer lanzamiento, tomando pastillas. Tenemos familiares en Madrid, pero cada cual tira para su lado”.

Daysi cuenta que “todo cambió radicalmente al dejar de tener una posición estable y al verme en la calle, sin trabajo. Hablé con la directora de la sucursal para decirle, ‘mira, estoy en esta situación y deberíamos buscar una forma de solucionarlo, como refinanciar o como readecuar la letra de la hipoteca para que te pueda pagar’. La negativa fue rotunda porque, según ellos, mi préstamo estaba titularizado y no podían hacer nada. Así pues, comencé a ponerme nerviosa”.

Tampoco la entidad bancaria quiso negociar con Margarita. “Cuando mi marido enfermó con un cáncer linfático y dejamos de pagar, vino la catástrofe para la familia. Él se ganaba el sueldo como transportista, por kilómetros, es decir, en función de lo que trabajaba. Si no trabajaba, percibía un mínimo. Estuvo un año hospitalizado y solo percibía 400 euros. Fui al banco a pedirles que, por favor, me bajaran la cuota porque mi marido estaba enfermo y hospitalizado. El banco me pidió un montón de papeles, de informes médicos, etc., y solo me bajaron 20 euros de letra. Después me quedé sin trabajo yo también. Volví al banco para pedirles una solución que pasaba por una cuota razonable, pero Caja Madrid me contestó que nosotros los extranjeros nos creíamos que Caja Madrid era una ONG, pero que no, que Caja Madrid era un banco y que había que pagar. Yo en ese momento me llené de rabia porque me dejé toda la liquidación del despido de mi trabajo en la hipoteca y el banco no nos daba ninguna solución. Entonces decidí no pagar más. El banco me comenzó a presionar diciendo que me iban a desalojar, que tenía que abandonar mi casa. Recibía ese tipo de presiones y sufría de los nervios al pensar que pueden venir en cualquier momento y te sacan. Mi marido salió del hospital, fue al banco con la sonda puesta y el banco no quiso ni dar la cara. Cambié mi cuenta a otro banco para poder disponer del dinero del paro y así poder dar de comer, al menos, a mis hijos”.

Y añade: “Uno no tiene la culpa. Vivía esa presión muy mal, no solo yo, mis hijos también. Ellos también se sienten impotentes. Es una situación muy desagradable. Esa angustia que te invade cuando no sabes en qué momento te van a sacar. Qué más quisiera uno que poder pagar su casa. Es una situación a la que te ves obligado y que no puedes afrontar. Llega un burofax y ves que el piso ha sido subastado. El piso nos costó 250.000 euros y salió a subasta por 180.000. Ves que todavía no pasa nada, te relajas y llega un punto en que te calmas, pero enseguida vuelve esa sensación de alerta”.

Tampoco en su caso las administraciones públicas hicieron nada. “Inicialmente fui a servicios sociales porque era lo que yo conocía, por la experiencia al empezar mi camino en España. Por eso cuando se planteó el problema volví a acudir allí porque con los vecinos no tengo ninguna relación. Allí me dijeron que fuera a solicitar un piso al IVIMA y en el IVIMA que no me pueden ayudar porque tengo un piso en propiedad y que no pueden hacer nada hasta que tenga fecha de desalojo: que acuda a la trabajadora social y luego el IVIMA se pondría en contacto conmigo. Llegó el lanzamiento del desahucio, acudí a la trabajadora social y me dijo que no podía hacer nada. Me mandó al IVIMA, pero el IVIMA pide una serie de requisitos, que si la patria potestad de mi hija y una cantidad de trámites que, hasta que se ejecutan, puede pasar un año y ya me puedo quedar en la calle”.

CONTACTAR CON LA PAH

Pasar de vivir este proceso como algo individual a entenderlo como una cuestión colectiva no es tan sencillo. Cuando se llega a la situación de impago lo duro es superar el miedo y la vergüenza. Mucha gente tiene problemas para exteriorizar esta situación, porque lo viven como un fracaso personal cuando, en realidad, son víctimas de una estafa fruto de un proceso perfectamente diseñado y planificado por las entidades financieras con el silencio connivente de los poderes públicos. Atreverse a contar la situación y buscar apoyo no siempre es posible. De hecho, crear los cauces para que la gente supere sus miedos, se atreva a hacer pública su situación y la comparta con sus iguales es, sin duda, uno de los grandes logros de las plataformas de afectados por la hipoteca.

La forma de contactar con la PAH es a través de los medios de comunicación que cubren las acciones de Stopdesahucios, buscando por internet o, en ocasiones, a través de algunas personas de los servicios sociales que tienen contacto con las asambleas de barrio o con la propia plataforma. El vacío institucional ante este problema que afecta a miles de personas es desolador. A día de hoy no hay todavía un cauce institucional que dé respuesta a las familias deudoras de buena fe que pierden sus casas como consecuencia de un proceso de ejecución hipotecaria. Hasta el momento, los poderes públicos se han limitado a aprobar medidas meramente cosméticas dirigidas a calmar los ánimos en momentos en que el problema ha adquirido gran repercusión mediática, pero el alcance de las mismas es insultantemente irrisorio.

La PAH ha logrado que muchas personas aparquen los sentimientos de culpabilidad y fracaso, tomen conciencia de que han sido víctimas de una estafa y asuman la determinación de defender su hogar y de luchar colectivamente para cambiar una legislación que deja a las familias en situación de indefensión ante las entidades bancarias. Además de lograr parar los desahucios y buscar salidas presionando a las entidades financieras para lograr la dación en pago o el alquiler social, la PAH ha creado un espacio en el que las personas se encuentran con sus iguales, comparten sus miedos, se reconocen, se empoderan y se embarcan en un proceso de participación que contrasta con el inmovilismo cómplice de los poderes públicos, un inmovilismo que no hace más que alimentar los movimientos sociales transformadores que, como la PAH, están impulsando nuevos espacios de democracia.

En sus testimonios, los afectados expresan la importancia del colectivo. Elisabeth, por ejemplo, nos cuenta que comenzó a participar en la plataforma en 2009 y, a pesar de que consiguió la dación en pago en abril del 2012, sigue participando “porque me siento identificada con cada una de las personas que están en la plataforma luchando”. “Al principio -agrega- uno llega a un punto en que se pregunta ‘¿qué error he cometido?’. Pero no es eso. Somos víctimas de todo este entramado que se está destapando día a día. Hemos estado viviendo una situacion ficticia, ahora todo se está viniendo abajo en pocos años y debemos poner los pies en la tierra. Vine con la idea de progresar y de hacer otras cosas que no podía hacer en Perú, pero luego me di cuenta de que la realidad es otra. Desde ese punto de vista, quiero reivindicar la lucha e identificarme con más personas. Es una pena que cada vez que vengo a la plataforma me encuentre con familias destrozadas. Desde la plataforma, puedo ofrecer mi apoyo a cada una de ellas. Porque la lucha es de todos”.

Luis comenzó a participar en la plataforma en 2012. “La plataforma somos todos. Aporta esperanza. Tú solo no puedes hacer nada. Te sientes hormiguita frente a gigantes que lo tienen todo montado para ganar siempre. Por otro lado, la plataforma aporta una lucha contra un estado de ánimo. Aquí no solo se está para recibir ánimo, sino también para darlo. Porque hay días en que estoy bien y otros en que me tiraría por la ventana”.

Daysi confiesa que desde que contactó con la PAH “me he volcado plenamente en la organización”. “Tengo que luchar por mi causa y desde que comencé en esto, me he dado cuenta de que hay mucha gente que está en la misma situación que la mía, o incluso peor. Yo tengo ganas de luchar, pero hay gente que está en tan mala situación que no tiene ganas de luchar. Está tan desmoralizada que tienes que apoyarles para que no se hundan y así, irnos levantando poco a poco entre todos”.

Sin embargo, no fue fácil. “Cuando comencé en la PAH me sentía un poco perdida. Llegas con un desconocimiento total. No sabes cuáles son los pasos a seguir. También es verdad que la plataforma acababa de iniciar su recorrido y la hemos ido madurando y mejorando en base a las necesidades de los hipotecados. Me sentía acompañada, ya no me sentía sola. Pensé que era la única persona con este problema, pero no. Me sentía arropada y mi lucha se hace menos dolorosa. Colectivamente vamos tirando unos de otros. Somos un grupo y de todos han salido muchas ideas para afrontar acciones contra las entidades financieras”.

Margarita recuerda que “había visto varios casos en la televisión donde había gente de Stop-desahucios ayudando. Fue entonces cuando me puse a buscar por internet y logré contactar con la PAH. Me dirigí allí y, desde el primer momento, ya en la primera reunión, me sentí muy apoyada. En la plataforma me sentí escuchada. Me llamaban por teléfono preocupándose por mí en todo momento. Me sentí arropada y lamentaba no haber conocido antes a estas personas”.

“A pesar de haber tardado tanto en contactar con la plataforma, ellos reaccionaron rápido y el abogado me guió para que hiciera presión en el juzgado. El día 19 tenía el desahucio, pero la plataforma ya estaba organizada para resistir y evitar el desalojo. Se paró un día antes. Yo me sentía mal por haberme movilizado poco. Creo que tiene que haber una colaboración más intensa entre la gente afectada e incluso con los que no tienen el problema”.

Margarita señala el proceso de aprendizaje que comporta la lucha colectiva. “Es difícil tener un contacto directo con los abogados de la PAH porque tienen muchos casos, pero estaban en el momento en que los necesitaba y te enseñan lo que tienes que hacer en cada momento del proceso”. “Voy a estar recurriendo siempre a la PAH, porque son ellos los que siempre me han ayudado y creo que son los únicos que me pueden seguir ayudando. Esto es un problema de todos, y no vamos a dejar de estar allí”.

Arizmendi recuerda que fue a una asamblea de la PAH, “expuse mi caso y me ayudaron en el primer lanzamiento: acudió mucha gente a mi domicilio y se logró parar”. “Mi situación no ha cambiado: el problema sigue ahí, echas para adelante, pero sí que sientes el alivio de la gente. Sabes que no estás solo, que hay más gente como tú. Escuchas incluso casos peores. Estando juntos, por lo menos está uno más tranquilo, pero la angustia se sigue viviendo igual, día a día”. “Sigo viviéndolo como un problema mío, la culpa siempre está. Jamás pensé que podía suceder algo así. Tienes tu trabajo, optas por comprar un piso, pero luego es un timo. Los bancos venden hipotecas como sea y luego tú eres el perjudicado. El director del banco no mira por tu situación. Van a defender sus intereses”.

Continúa. “Tuve un segundo lanzamiento que lo pararon los servicios sociales junto con la plataforma. En el tercer lanzamiento me echaron todo a la calle. Llegamos al acuerdo de que nos iríamos de casa a finales de septiembre, pero el dinero de servicios sociales no me llegó a tiempo y no me pude ir. Un día fui a llevar a los niños al colegio y me encontré con la cerradura cambiada. La casa estuvo cerrada siete días. Intenté negociar con el banco, pero nada. Entonces me enteré de que en el segundo lanzamiento la casa ya estaba subastada. Lo pasamos muy mal. Cuando nos quedamos en la calle, una amiga nos dejó una habitación en la que nos metimos seis personas. Al final he tenido que ocupar un piso. Es en lo que estoy: las instituciones no ayudan nada y el banco no ofrece soluciones, así que no me quedó otra que meterme de ocupa con cuatro niños, 426 euros del paro. No te dejan opción. Es una injusticia, porque hay viviendas vacías que llevan años cerradas y el gobierno sigue dejando en la calle a familias con hijos. Estoy en búsqueda de empleo, pero los horarios que ofrecen son incompatibles con el cuidado de niños. Son trabajos temporales y muy mal pagados. Siento que las familias con hijos estamos desamparadas. Al desahuciarme me han quitado el paro, porque en el INEM no les consta que esté empadronada en la comunidad de Madrid. He estado dos meses sin cobrar nada. Dos meses sobreviviendo con ayudas de la Iglesia, de la PAH, de la asociación de vecinos… Vine con mucha esperanza a España, pero se vive muy mal. Este país está muy mal organizado para muchas cosas”.

LA PAH: ESPACIO DE LUCHA Y CONSTRUCCIÓN DE UNA NUEVA REALIDAD

Cuando los afectados llegan a la plataforma lo hacen bloqueados por una angustia muy grande, pero cuando toman contacto con personas que se encuentran en su misma situación, encuentran una puerta para liberar esa angustia. La posibilidad de exteriorizar el problema y de hablarlo resulta de gran ayuda. Las asambleas de barrio, la asamblea de la plataforma, las asesorías colectivas de la PAH… constituyen espacios de lucha desde los que asesoran jurídicamente, preparan las estrategias para afrontar los desahucios, intentar presionar y negociar con las entidades financieras o los organismos públicos de vivienda pero, además, sirven para aliviar el sufrimiento y dar fuerzas para que los afectados se incorporen a la lucha y defiendan su vivienda en el proceso de ejecución hipotecaria.

La gente más activa nos explica que, cuanto más se implica en la PAH acompañando, por ejemplo, a los compañeros a las sucursales, más alivio sienten con respecto a su situación personal. Es decir, la movilización y el apoyo mutuo logran convertir un problema que, hasta ese momento, se vive como un fracaso personal en un elemento común en torno al cual se articula la lucha colectiva.

La PAH organiza unos talleres de empoderamiento en los que tratan de ayudar a gestionar el bloqueo derivado de la presión del proceso de ejecución y ofrecen y construyen, de forma colectiva, herramientas para afrontar la situación. Se trata, en definitiva, de transformar el miedo, la culpabilidad, la vergüenza y la ansiedad en determinación de luchar y de salir adelante.

Elena coordina el taller de apoyo psicológico y plantea que “para luchar y ser fuerte hay que estar ahí, no hay que hundirse. Tenemos que estar para eso en las mejores condiciones posibles y, para ello, es necesario evitar cierto tipo de emociones que nos lo ponen todavía más difícil. Evitar la ansiedad, la culpabilidad, la tendencia a la depresión… Tenemos que tener muy claro que hay una relación muy grande entre cómo pensamos las cosas y cómo nos sentimos y lo que hacemos a continuación. Yo no hablaría de pensamiento positivo, no me lo creo. No hablo de que veamos las cosas de color de rosa, porque las cosas no son de color de rosa. Yo hablaría más bien de pensamiento realista, de ser racional, funcional. Que las emociones y comportamientos que generemos nos sirvan para salir de una situación que nos hace sufrir y no nos boicoteen. Hay que evitar los pensamientos irracionales que nos perturban, nos hacen sufrir en exceso y, además, hacen que nos comportemos de modo ineficaz.

Luis reconoce que descubrir el grupo le ha animado a luchar. “Mi amigo abogado me hablaba de la ley y, claro, la ley hipotecaria beneficia al banco, que es el más fuerte. Entonces, cuando las reglas del juego te hunden te dices `¿por qué tengo que aceptar yo eso?’ Y eso me ha hecho pelear y llegar a la plataforma. Cuando estás en la plataforma te olvidas de tu propio problema: es la fuerza del grupo, y te das cuenta de que solo juntos podemos solucionar nuestro problema individual, que es el de todos”.

Aída considera importante disponer de “un patrón de energías positivas”. “Desde pequeños tenemos esos patrones y uno no puede zafarse de ello. Muchos se refugian en la privacidad, y desde ahí no se puede activar ninguna lucha que cambie el estado de las cosas. Es importante disponer de un patrón de fuerza, de participación colectiva para construir una realidad distinta, una realidad de justicia. Al principio parecía imposible, pero todo lo que hemos conseguido estos años te ayuda a ver que sí se puede. En el camino te encuentras con buenos compañeros de lucha con los que te retroalimentas. Yo también me he desanimado, pero viniendo aquí, participando en los talleres y en las asambleas vamos dejando huellas muy positivas. Y así, una cambia la visión de las cosas y no te hundes”.

Ana reconoce que “al principio no sabía por dónde ir, qué caminos coger. No sabía qué hacer, hasta que me empecé a involucrar. Yo cuando voy a la sucursal no sé qué decir, pero cuando he acudido a varios acompañamientos he aprendido y me he dado cuenta de lo que hay que hacer. Me da fuerzas y me hace seguir adelante. También me da fuerzas que mi compañero se involucre en las luchas de otra gente.

Me hace sentir que no estoy sola. Las batallas más grandes en la vida se han ganado peleando. No estoy sola, somos muchos y somos cada vez más. Eso da esperanzas”.

Elena también observa que “hay un cambio importante cuando la gente empieza a involucrarse, a organizarse y comienza a asumir tareas y responsabilidades”. “No venimos aquí solo a ver cómo nos solucionan el problema. También nos sentimos útiles ayudando a los demás, y eso nos ayuda a cambiar la manera de ver el problema. Cambia nuestra forma de pensar, nos ayuda a fijar un objetivo y a trabajar con nuestros iguales para ver qué podemos hacer juntos. Es cierto que no conseguimos que ese estado permanezca de modo constante: somos humanos, podemos tener altibajos. Hay pensamientos negativos que nos bloquean y nos hunden y generan un comportamiento ineficaz. Por eso es importante identificar que muchas veces, en nuestras batallas internas, somos nuestro peor enemigo”.

Aída subraya esta observación compartiendo su propia experiencia. “Cuando tenemos muchas cosas en la cabeza todo se viene abajo. Yo he visto a personas desmayarse cuando vienen a contar su problema. Yo también lo he pasado mal y veo lo mismo en muchos compañeros que viven grandes dramas que acaban en rupturas familiares. Con el tiempo he aprendido a separar las cosas. Lo que hago es levantarme y anotar las cosas positivas y las negativas. Me quedo siempre con lo bueno y lo comparto con mi pareja. Antes tenía conflictos con él porque quería dejar un país en el que no hay una política de vivienda social ni ha habido nadie que se haya preocupado por esos derechos humanos que tanto pregonan. Mandó todas las cosas a Ecuador, pero se perdieron en la aduana y nunca llegaron. Hablamos y acordamos quedarnos los dos para luchar juntos. Ahora veo a mi marido implicadísimo y me digo ‘ahora sí que tengo un compañero’, y eso me da fuerzas”.

Pero dar el primer paso cuesta mucho. “En mi barrio conozco a dos vecinas que van a ser desahuciadas y me ha costado mucho animarlas y a dos personas que se suicidaron por el tema de las hipotecas. Son españoles. No son capaces de exteriorizar su problema. Me ha costado bastante llevar a estos vecinos españoles a la Coordinadora Nacional de Ecuatorianos en España (CONADEE), ya que también tienen un problema de prejuicios. Con el tiempo, una de mis vecinas ha cambiado y se está implicando muchísimo. Toda su familia está en el paro: una mujer tan guapa que trabajaba en El Corte Inglés, colaboraba como catequista en la iglesia y se estaba destruyendo por no exteriorizar su problema. Ahora hemos logrado que lo haga”.

“Una de las cosas que deberíamos hacer es hablar con los presidentes de las comunidades de vecinos ya que no hay sensibilidad ni conocimiento del problema. Hay gente joven que se mueve en los barrios, pero esa sensibilidad no se ha extendido todavía. El futuro depende de todos. Nos ha costado mucho descubrir la estafa de la vivienda. Ahora, además, la lucha se está extendiendo a la sanidad, la educación… porque nos están robando todos los pilares fundamentales de la vida. Lo primero que hay que hacer es enterarse de lo que está ocurriendo, ver qué se puede hacer y, por último, moverse. Es difícil, pero hay que hacerlo. No nos queda otra. Es en la participación colectiva, en la implicación y en la ayuda mutua como los afectados por la hipoteca logran llevar de una manera menos traumática un proceso difícil donde individualmente no hay opciones. Hay que salir de la esfera privada y exteriorizar el problema construyendo un espacio colectivo como la PAH para, entre todos, parar a un gigante con los pies de barro proponiendo soluciones constructivas en torno a la vivienda, soluciones que parece que los profesionales de la política no pueden ni quieren abordar”.

La existencia de la PAH se explica por la vulneración sistemática de un derecho fundamental, la vivienda, que en España se ha convertido en objeto de especulación, por el inmovilismo de los poderes públicos, connivente con las prácticas abusivas de las entidades bancarias y el ninguneo de las iniciativas ciudadanas que aportan soluciones, como las recogidas en la ILP promovida por la PAH.

Hoy, en España, la autoorganización de la ciudadanía y la desobediencia civil constituyen el único camino para que los derechos fundamentales sean respetados. Con ello se abre un nuevo escenario que interpela directamente a una clase política amordazada e incapaz. Un escenario al que cada día se incorporan cada vez más personas dispuestas a ejercer sus derechos de ciudadanía.

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1. Colau, A., y Alemany, A.: Vidas hipotecadas, Cuadrilátero de libros, 2012.