CRISTIANISMO LIBERADOR

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Éxodo (spet.-0ct.’09)
– Autor: José Comblin –
 
Para saber si el cristianismo es liberador, es necesario partir de una distinción entre la obra de Jesús y la religión que los discípulos construyeron a partir de ella.

1. La obra de Jesús

Jesús nació en la religión judaica. Pero se liberó de toda esa religión: del templo, del sacerdocio, de los sacrificios, de la ley, de las tradiciones. No fundó ninguna religión nueva. Jesús se dedicó a la obra del Padre.

La obra del Padre era realizar la promesa hecha a Abraham: rehacer una humanidad nueva a partir de un pueblo nuevo que envolvería y renovaría todas las naciones del mundo. Seria un inmenso pueblo en el que Él sería el rey: todos practicarían la justicia y la paz. Estarían libres de la esclavitud del pecado que es destrucción de la vida, destrucción de la obra de la creación.

Jesús dio a esa obra el nombre de “Reino de Dios”. Pablo expresa la misma realidad con el nombre de “pueblo de Dios”. Juan dice lo mismo con la palabra “vida”. Pues Jesús anuncia la vida para todos los seres humanos, no una vida puramente individual para algunos elegidos. El pueblo de Dios libera de todas las barreras y divisiones, para reunir a todos los seres humanos en una gran fraternidad cuya alma sería el mismo Jesús, pues ellos serían el cuerpo de Jesús. La vida es el ser humano en su totalidad, no una vida religiosa individual. Es la vida del conjunto de la humanidad, porque es la vida de la humanidad creada por Dios a partir de Adán y todos son hijos de Adán.

Esa obra del Padre no es una religión porque es la totalidad de la vida humana en la que la religión puede ocupar una parte. No es una obra religiosa, es una obra que se podría llamar de política en el sentido más amplio de la palabra.

Esta obra es diferente de la política en el sentido habitual de la palabra porque esa política trata de salvar la humanidad del pecado por medio del poder. Allá la lucha contra el pecado se hace por medio de la imposición, que incluye el uso de la violencia. El poder es necesario cuando los seres humanos todavía no están viviendo en el Reino de Dios. Realiza una obra parcial: un cierto orden social y una defensa contra la violencia que viene de otros seres humanos. Pero es una liberación limitada, parcial y que usa los medios de la opresión como medios indispensables. Por eso es una liberación con opresión limitada aunque inevitable.

La política de Dios es radical, aunque se realice con mucha paciencia y mucha lentitud, pero de modo eficaz. La política de Dios excluye toda violencia aunque pueda ser víctima de su radicalismo. La cruz de Jesús muestra el camino. Dios actúa sin poder. La vida de Jesús es la revelación de su modo de actuar.

¿Quién está encargado de promover el Reino de Dios? La respuesta de la Biblia es muy clara: son los pobres, que son las víctimas del pecado, de la opresión y de todas las fuerzas de muerte. No son los que detienen el poder político en las naciones. No son los que acumulan el poder de la riqueza por la exploración de los pobres y porque se reservan los recursos que la naturaleza proporciona a la humanidad. El Reino de Dios les pide que abandonen la injusticia y la violencia. Algunos obedecen, pero la mayoría ni siquiera escucha la llamada de Jesús. Los liberadores son los pobres, los débiles, los que no tiene poder y no ejercen dominación. Ellos no deben abandonar nada de dominación. Pueden con sinceridad trabajar por el advenimiento del Reino de Dios porque no deben abandonar ningún reino de ellos.

Por eso, Jesús fue pobre, vivió una vida de pobre en medio de los pobres de Galilea. Su anuncio del Reino de Dios se dirige a los pobres y también su llamada a la conversión. Para los poderosos sólo tiene palabras duras: para con el rey Herodes, los terratenientes, los sacerdotes, los doctores, los ancianos, o sea los jefes de grandes familias. Nada espera de ellos.

¿Cómo se realiza el Reino de Dios? Por la sola fuerza del amor. El amor es débil, lo más débil que hay, si se compara con las fuerzas de dominación que prevalecen en este mundo. Por eso, espontáneamente nadie cree en el amor. Sin embargo, Jesús vino a revelar que Dios no domina, no impone, no ejerce ninguna de las fuerzas de la historia. En medio de los hombres, Dios es débil. Abandonó todo poder. Por eso las invocaciones que se dirigen al “Dios eterno y todopoderoso” son muy ambiguas. Tienden a asimilar a Dios con los poderes humanos. No podemos pedir a Dios que ejerza un poder, no podemos pedir a Dios la victoria en la guerra, la victoria en las competiciones deportivas, la victoria en las elecciones, el suceso en los exámenes, la riqueza en la bolsa de valores.

Pues el amor es fuerte porque en él está la fuerza de Dios. El amor de Dios se hace presente en el amor de sus seguidores, de los que creen en Él. Jesús vivió y mostró el amor de Dios que le estaba conduciendo. Ese amor lo llevaba a los pobres, podía curar a los enfermos, enfermos orgánicos o mentales, que eran situaciones atribuidas por muchos doctores a los espíritus malignos y al pecado por el que el enfermo se entregó a esos espíritus. El amor resucita las fuerzas vitales de los que han perdido confianza en la vida y se acostumbraron a un estado de esclavitud. El amor despierta el sentido de la dignidad humana, de los derechos del ser humano, de la mujer, del enfermo, de los niños. El amor abre las bocas para que los pobres aprendan a hablar, a afirmar su existencia y sus derechos. El amor los reúne en una misma fraternidad que se opone a los poderes de dominación.

Aparentemente, los pobres no tienen fuerza pero si se entregan al amor de Dios, sí tienen fuerza. Multitudes de pobres dominados por los ricos constituyen una fuerza. Hemos visto en Ecuador las multitudes de indígenas derrumbar dos presidentes de la república e instalar a un presidente elegido por ellos. Con eso no se soluciona todo, pero es una señal de la fuerza que pueden tener los pobres cuando son animados por un amor fuerte a sus hermanos oprimidos.

En el siglo XX, nadie ha vivido con más intensidad la fuerza del amor que el Mahatma Gandhi en la India. Es un caso muy significativo de una persona que entiende mejor el evangelio de Jesús que los que se dicen explícitamente sus discípulos. Gandhi despertó decenas de millones de sus conterráneos para construir una vida mejor porque su ejemplo era casi irresistible.

La fuerza del amor no impide la cruz. Pero mantiene la fe en la resurrección aún en la cruz. Y el ejemplo de la fuerza del testimonio de los mártires despierta más personas que quieren también ser libres.

La fuerza del amor libera porque en ella está la fuerza del Espíritu de Dios. Libera primero a la misma persona, a cada uno de nosotros. Libera del individualismo, descubriendo que los otros existen también y necesitan ayuda, amistad, unión. Vence la tendencia a ser propietario, a tener la exclusividad o el monopolio. Cada uno tiende a crearse un pequeño (o grande) reino en el que manda en todo. El amor abandona ese imperio.

El amor libera del miedo por el que espontáneamente vemos en los otros, competidores, enemigos poderosos que amenazan nuestro reino. Por eso, cada uno se crea una barrera defensiva. Los más poderosos toman la iniciativa de una guerra preventiva, aprendiendo que la mejor manera de defenderse es atacar primero. Pero esto sólo pueden hacerlo los poderosos. Por miedo los pobres se quedan callados, tratan de no llamar la atención, aclaman a los poderosos. Reprimen en sí todas las tendencias para defenderse, inventan razones para justificar su cobardía. Muchas veces ellos reproducen dentro de sus limitaciones la dominación de la que son víctimas: el varón oprime a la mujer, la mujer oprime a los niños. Los niños oprimen al burrito. Todo por miedo, pero el amor vence el miedo.

La fuerza del amor libera de las estructuras de dominación que son el pecado del mundo. Basta ver la historia para convencerse de que esa lucha es larga, lenta, acompañada por muchos sufrimientos. En América Latina la historia es hecha de cinco siglos de lucha en las peores condiciones contra enemigos dotados de poderes inmensamente superiores. Pero conoció victorias. Hubo la independencia aunque haya sido seguida de tantas desilusiones. En el mismo siglo XX los pueblos se liberaron de las dictaduras militares apoyadas por la mayor fuerza política y económica del mundo. Durante siglos los campesinos esperaron la tierra. Conquistaron tierras aunque de modo siempre precario. Durante 200 años la clase obrera luchó pacíficamente contra los dueños del trabajo. Poco a poco conquistó derechos y logró imponer restricciones a esos dueños de la industria. Y muchas otras cosas.

El primer problema es que la resistencia de los dominadores es fuerte e implacable. Ellos hacen la historia y los pobres necesitan aprovechar las brechas que se producen entre ellos, por ejemplo cuando luchan entre ellos, cuando se destruyen mutuamente. No hacen ningún regalo. No ofrecen ninguna oportunidad. Es una historia muy larga. Pues Dios no cambia la historia para ofrecerles un terreno limpio del mal. Jesús envía sus pobres discípulos para ese mundo que existe. Es una misión imposible, una locura. Pero Dios es ese loco.

El segundo problema es que los pobres están expuestos al desánimo, a la falta de fe y de esperanza. También su amor puede ser limitado. En medio de ellos se meten personas que no son discípulos, que no son pobres y no se asimilan a los pobres. Quieren aprovechar la fuerza tan pequeña de los pobres asociándola con sus ilusiones personales. Quieren hacer de los pobres el trampolín de su ascensión personal. Hemos conocido tantos revolucionarios que querían estar al frente de las luchas sociales, y ahora son neoliberales perfectos, asociados a los poderosos. Descubrieron que los pobres no tenían poder suficiente para proyectarlos al frente de la sociedad y los abandonaron sin misericordia.

Todo esto sucede. Aun así el cristianismo fue la semilla madre de las revoluciones como decía Friedrich Heer, el gran historiador austriaco. El mensaje de Jesús, el proyecto de Dios fue durante 2000 años el fermento de toda una corriente revolucionaria buscando otra sociedad Muchas veces tuvieron que estar en una semiclandestinidad, muchas veces perseguidos.

El fermento del evangelio no está activo solamente en las Iglesias. Está vivo en muchos otros lugares, aun entre ateos. Estuvo en todos los movimientos que en la edad media pidieron una reforma de la Iglesia, y, después de ellos, estuvo en las Iglesias de la Reforma. Estaba en el movimiento liberal inicial, antes de la Revolución francesa. Estaba en el movimiento socialista en el que tantos obreros buscaban una aplicación real del evangelio. Todos con sus deficiencias, así como los miembros de las Iglesias tradicionales de Oriente o de Occidente.

Con todo eso, y a pesar de todo eso, la sociedad se mueve. El fermento del evangelio es activo y provoca muchas vidas al servicio de una sociedad justa y pacífica. Muchos solo pueden actuar en un mundo pequeño. Otros pueden actuar a nivel de tribus o de naciones. El mundo cristiano está en movimiento. Despierta otro mundo, otras civilizaciones en vista del sueño de una humanidad unida y justa en la que todos sean tratados como hermanos y actúen como hermanos.

Hay un tercer problema. Jesús no fundó ninguna religión. Él no pidió que le adorasen aunque fuera Dios. No fundó ningún templo, ningún culto, ningún sacerdocio, ningún sacrificio para reemplazar lo que abandonó. Sin embargo los discípulos poco a poco crearon una religión, colocando a Jesucristo como objeto de culto, creando un nuevo sacrificio, haciendo de la eucaristía un sacrificio, creando un nuevo sacerdocio y, cuando les fue permitido, nuevos templos. Durante 2000 años el culto creció mucho, tanto en el Oriente como en el Occidente.

El problema es el siguiente. Esa religión en todas sus fases históricas ¿siempre fue liberadora? Mirando la historia de las religiones, vemos que muchas veces las religiones fueron conservadoras. Las mismas Iglesias cristianas muchas veces fueron o todavía son conservadoras. No promueven la liberación de los oprimidos. Idealizan la estabilidad, el pasado, las estructuras establecidas. Enseñaron a los pobres diciéndoles que su pobreza es parte del mundo creado por Dios.

Vamos echar una mirada sobre la religión que se mantiene hasta ahora en la Iglesia católica, que conozco más. En este momento está claro que la jerarquía insiste en la estabilidad. Muchos cuestionan el Concilio Vaticano II porque quiso introducir algunos cambios, aunque fueran muy limitados. Desde entonces, aparecieron siempre más restricciones. Vamos a examinar rápidamente los diversos elementos de la religión.

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