miércoles, diciembre 2, 2020
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ADELA CORTINA

Éxodo 111 (nov.-dic.) 2011
– Autor: José Ramón López de la Osa –
 
Adela Cortina es una de las voces más autorizadas del panorama ético, no solo español, que lo es sin duda, sino internacional. De ello dan muestra tanto el dinamismo investigador y docente de su departamento en la universidad de Valencia, como su numerosa producción bibliográfica. Tiene esa cualidad, propia de la buena comunicadora y gran docente que es, y que consiste en expresar con terminología muy familiar y accesible lo que es complejo. Quienes trabajan con ella y la conocen en el día a día, dicen que es de esas personas que cree en lo que dice y que vive como piensa. Y además, dicen también que nunca evade un compromiso, y eso lo hemos comprobado, aceptando con delicada exquisitez que invadiéramos su sobrecargada agenda de trabajo y le robásemos el tiempo necesario para responder a nuestras preguntas.

Las formas que adquiere el consumo son unos indicadores privilegiados de las características, tanto del momento histórico que se vive como del tipo de persona que predomina en una sociedad. En nuestras sociedades modernas da la sensación de que “somos lo que compramos”: ¿consumimos para cubrir nuestras necesidades o es el consumo el que dibuja nuestro perfil identitario? ¿Corremos el peligro de ser identidades sin entidad?

Podría parecer que consumimos para satisfacer nuestras necesidades, y en parte es verdad, pero en una parte muy pequeña, porque la forma en la que consumimos tiene unas características que le llevan mucho más allá de la simple satisfacción de necesidades. Y esto no es ni malo ni bueno, sino que es así, pertenece a nuestra forma de ser personas y de relacionarnos entre nosotros. Por eso, como decía Sócrates, lo importante es que nos conozcamos a nosotros mismos, en este caso –diría yo– que conozcamos las características de la acción humana de consumir para que podamos elegir la forma que nos parezca más liberadora y justa. Como decía en Por una ética del consumo, la esencia del ser humano no consiste en ser consumidor, sino en ser libre, y libremente hemos de optar por unas formas de consumo u otras. Pero para hacerlo tenemos que saber que el consumo es, al menos, simbólico, comparativo, comunicativo y social.

Para empezar, el consumo es simbólico, ir vestida es una necesidad, pero la ropa que llevo me incluye en el grupo de los que llevan ese tipo de ropa, y lo mismo pasa con la vivienda, el coche, incluso el tipo de comidas, que me inscriben, lo quiera o no, en grupos determinados, en los que llevan mi mismo estilo de vida. Me contaba un compañero, profesor de Instituto en un barrio marginal de Málaga, que los niños preferían ir a clase sin calcetines que ir sin móvil. Tener móvil significa mucho más que la posibilidad de hablar con otros a través de él, significa pertenecer al grupo de los que tienen móvil.

Pero también el consumo es comparativo, compramos a menudo cosas que no necesitamos porque se las hemos visto a otros, incluso sin darnos cuenta; de pronto nos disgusta lo que tenemos sencillamente porque hemos visto cosas mejores. Es ya un clásico el libro de Veblen La teoría de la clase ociosa, en el que se muestra cómo el afán de emulación es uno de los móviles para consumir que ha hecho crecer la economía. Los angloparlantes hablan del afán de “estar a la altura de los Jones” y yo me he permitido hablar del afán de “estar a la altura de los García”. Que en ocasiones es una estupidez, si bien se piensa, pero en otras es afán de justicia: ¿por qué ellos sí y yo no?

Las acciones de consumo son también comunicativas, de algún modo expresan qué soy, qué quiero y qué pienso. “Dime lo que consumes –ha llegado a afirmarse– y te diré quién eres”, y una gran cantidad de anuncios nos aconseja consumir determinados productos con el señuelo “¡Sé tú misma!”. Pero es que es verdad que expresamos nuestra identidad también en la forma de consumir, porque eso es lo que otros ven en nosotros.

Por último, consumimos socialmente, y no de forma aislada, y eso lo saben bien los productores, sobre todo en lo que se refiere al mundo del regalo, que es todo un circuito prácticamente imposible de cortar. “El que toma a dar se obliga”, y no se puede ir a bodas, comuniones, cumpleaños y ese largo etcétera sin llevar un regalo adecuado y sin organizar después un festejo parecido para corresponder, porque es una forma de estar en sociedad y quien se sale de ella queda como un gorrón o como un marciano.

Todo esto no es ni bueno ni malo, sencillamente tenemos que saberlo para elegir bien.

Acabas de mencionar la dimensión simbólica del consumo y, siguiendo por ahí, nuestros hábitos de consumo se inscriben en el marco cultural de la sociedad: no se entiende la demanda de un bien solo por su valor material sino por el valor simbólico que aporta ese bien en el sistema comunicativo. A principios de los noventa, Galbraith describió estas sociedades nuestras como de Cultura de la satisfacción. ¿Seguiría siendo válida esta descripción? ¿Qué ha cambiado?

En los últimos tiempos, con la realidad inexorable de la crisis, las gentes se ven obligadas a apretarse el cinturón y pensarse mejor en qué gastan. Sería muy recomendable que aprovecháramos la crisis para aprender por lo menos que se puede ser ciudadano en esto del consumo, que podemos decidir libremente qué productos queremos y para qué, sin dejarnos manipular, porque cuando queremos ya nos conformamos con lo más importante. Y en este punto la idea de Galbraith del “efecto dependencia” sigue siendo clave.

Según Galbraith, los productores, para poder vender, crean necesidades en las gentes a través de la publicidad para que sigan consumiendo, porque la producción depende del consumo. Mantener un alto nivel de producción exige entonces crear en las gentes un êthos consumista, hábitos de consumo, de forma que crean que eso es lo natural. Pero si la producción no lleva a satisfacer necesidades, sino que depende de la creación de necesidades, entonces nunca es bastante. Y se da la dolorosa paradoja, creo yo, de un mundo dividido entre los países que nunca tienen bastante porque creen necesarias cosas que no lo son, y los países en que tampoco hay bastante porque no se pueden satisfacer las necesidades más básicas. Esto es lo que nos pasa, y no puede ser más irracional. Haría falta un Pacto Global sobre el Consumo, como defiendo en mi libro, si queremos demostrar un poco de racionalidad y de elemental corazón.

Por qué nos hipotecamos con cosas que no solo nos endeudan constantemente sino que además dejan de captar nuestro interés enseguida, y pasamos a ponerlo en otra diferente. Josep Ramoneda dice que “se existe en el acto de consumir”. Parece dramático, ¿no?

No es tan dramático, simplemente hemos de comprender cómo somos y qué es lo que nos pasa para poder ser dueños de nuestras decisiones. En principio, quien quiera seguir viviendo tiene que consumir, sólo quien opta libremente por una huelga de hambre renuncia al consumo. Pero si no se opta por algo tan excepcional, entonces entramos en ese mundo humano del consumo que tiene sus propias reglas, como por ejemplo, que el afán de novedad es uno de los móviles del consumo. Esto lo saben muy bien los productores y por eso añaden nuevas prestaciones a las mercancías para atraer compradores.

Contaba una religiosa, al regresar de África donde había estado muchos años, que le había llamado la atención sobre todo la gran cantidad de yogures que había, porque cuando se fue sólo los había blancos y se vendían en farmacias. Ahora los hay de todos los colores y sabores posibles. Y es que nos agota la monotonía, nos cansamos de ver siempre el mismo paisaje, los mismos visillos, los mismos sofás, de vernos siempre el mismo pelo o las mismas gafas. Por eso viajamos, reformamos la casa, cambiamos de “look”, con el secreto afán de encontrar algo nuevo que tal vez nos haga más felices.

Cuando el afán de novedad se convierte en innovación fecunda, eso es espléndido, cuando se queda en el consumo indefinido de mercancías de las que ni siquiera se disfruta, es alienante.

Creo que estamos tan preocupados por procurarnos ese cúmulo de cosas tan artificialmente “necesarias” que no tenemos tiempo para dedicarlo a algo tan importante como es estar al día y pensar en lo que ocurre a nuestro alrededor o, también, en dedicar más tiempo, entre otras cosas, a construir relaciones duraderas con los otros. Con frecuencia son muy utilitaristas. ¿Nos falla la formación cívica o hay algo más?

Me temo que lo que nos fallan son la inteligencia y el corazón, nos falla esa “razón cordial” de la que he hablado, porque resulta ser que lo que hace más felices a las personas no es disfrutar de mercancías costosas, sino de la relación con otras personas, llevar adelante tareas compartidas, contemplar la belleza, celebrar buenas noticias sin necesidad de gastos extraordinarios, leer buenos libros, ver películas de calidad, empeñarse en proyectos con sentido que tengan como efecto mejorar la vida de las gentes. Tenía razón Nietzsche cuando decía que los seres humanos tenemos más necesidad de sentido que de felicidad, pero también es verdad, creo yo, que la felicidad depende en muy buena medida de hacer cosas con sentido, y con un sentido que no se acabe en uno mismo.

Mucha gente se plantea el mismo dilema: consumir es una necesidad porque tenemos que satisfacer demandas, pero el consumismo nos enajena. ¿Cómo introducimos el consumo en nuestro estilo de vida de forma que ésta sea humanamente constructiva y satisfactoria?

Pues haciéndolo, como decía en el libro, autónomo, justo, corresponsable y felicitante. Del consumo justo hablamos en la próxima pregunta, en cuanto al consumo autónomo es preciso, en principio, conocer las propias motivaciones y los propios hábitos porque, si no, otros nos llevan donde en realidad no querríamos ir si supiéramos más acerca de nosotros mismos. Y esto vale para el consumo y vale para la política, porque si no nos conocemos, otros manipulan nuestras emociones y ni siquiera nos enteramos. Por eso la heteronomía es moneda corriente y la autonomía, una rara avis. Pero para ejercerla también hace falta saber elegir apropiándose de las mejores posibilidades que tenemos y no “expropiarse”. Es curioso que la palabra “expropiación” se entienda tan bien cuando se aplica a terrenos y se utilice tan poco para hablar de lo que nos pasa cuando dejamos de ser nosotros mismos. Esto es lo peor de las adicciones, sea droga, alcohol, lujo, que la persona ya ha vendido su alma y deja de pilotar su existencia. Por eso algunos autores aconsejan tomar decisiones de consumo que no lleven aparejados unos gastos de los que después no nos podremos librar.

Lo que ocurre es que es muy difícil adoptar formas liberadoras de consumo individualmente, al margen de las demás personas. Por eso me parece muy fecunda la palabra “corresponsable”, porque cambiar los estilos de vida de forma que toda persona pueda llevar una vida digna no sólo exige responsabilidad personal, sino también corresponsabilidad en grupos que bregan por una misma causa. Fortalecer las asociaciones de consumidores es una buena medida, de modo que no sólo exijan que se respeten los derechos de los consumidores, sino también que promocionen el consumo responsable y justo. Pero importa asimismo proponer estilos de vida dignos que puedan universalizarse, que cualquiera pueda adoptar y sean acordes a la dignidad humana.

Y todo ello, claro está, con vistas a conseguir la felicidad personal, que es la meta a la que todos tendemos, aunque parezca mentira si miramos a este mundo que hemos construido en que la felicidad es un recurso tan escaso. Como decíamos antes, compartir con otros una vida plena de sentido es el mejor camino a la felicidad, y un consumo que esté al servicio de este proyecto es un consumo humano.

¿Qué es el consumo justo? ¿Qué tenemos que hacer para que nuestros hijos comprendan que en ello les va toda una forma de comunicarse con los demás y de entender la vida en general?

Suele hablarse de comercio justo y de consumo responsable, pero no de consumo justo y, sin embargo, a mí me parece imprescindible hacerlo. Precisamente porque no consumimos de forma aislada, sino socialmente, mi horizonte no puedo ser yo sola, sino ese universo, que es ya global, en el que unos no hacen sino intentar satisfacer sus deseos, mientras que la inmensa mayoría no puede satisfacer sus necesidades. Según cuentan, en la Cumbre de Río de 1992 los países desarrollados insistieron en hablar del crecimiento demográfico y los países en desarrollo replicaron que de acuerdo, siempre que se tratara también sobre el consumo en el Primer Mundo. Acordaron al final no hablar de ninguno de los dos temas.

Y es que el discurso de los derechos humanos no se sostiene con esta distribución de recursos tan escandalosamente desigual. Por eso sugiero apostar por lo que se ha llamado una clase media global, que permitiría universalizar estilos de vida incluyentes, en los que cualquier ser humano tendría cabida. No se trataría de universalizar formas de vida costosas, que acaban con el medio ambiente, sino de que todos pudiéramos adoptar, si quisiéramos, la forma de vida de las clases medias, cosa que no destruye el medio ambiente y proporciona los medios suficientes como para llevar adelante los planes de vida que tengamos razones para valorar.

Pero para eso habríamos de cambiar la mentalidad y poner la producción al servicio de las necesidades de consumo de las personas y no seguir tratando al consumo como motor de la producción. Esa sería la gran revolución de personas que quieren ser ciudadanos también en la forma de consumir: que quieren consumir lo que eligen de forma autónoma y responsable, codo a codo con los demás seres humanos, porque a fin de cuentas somos ciudadanos del mundo. Ése es el subtítulo del libro: “la ciudadanía del consumidor en un mundo global”. Transmitir a los hijos esta forma de vida con el ejemplo, más que con las palabras, es la llave del futuro.

Ha aparecido un nuevo libro tuyo titulado Neuroética y neuropolítica. Viéndolo, antes de leerlo, surge una pregunta que, creo, se hace mucha gente. Tratamos de construir, defender y potenciar, tanto nuestra libertad como el reconocimiento de los demás, y nos esforzamos por poner eso en normas aplicables a todos. ¿Hay espacios cerebrales que desarrollan especialmente esta labor? ¿Nuestro interés por lo efímero duradero del consumo y nuestro utilitarismo consecuente está como condicionante en nuestro cerebro?

Lo más interesante de nuestro cerebro es que al nacer sólo el 30 % está ya configurado y a lo largo de nuestra vida vamos configurando el restante 70 %, que, como es obvio, es la mayor parte, y además goza de una gran plasticidad; una plasticidad que va decayendo en las últimas etapas de la vida, pero sin desaparecer. Con lo cual, sigue siendo verdad, como decía Ortega, que la vida humana es quehacer y el quehacer ético es quehacerse. Tenemos la apasionante tarea de hacernos a nosotros mismos, junto a otros.

Pero sí que hay unos códigos impresos en el cerebro por la selección natural, como analizo en el libro, unos códigos que nos llevan a cooperar con los parientes y con las gentes más cercanas. Ése es el mecanismo que la evolución ha ido seleccionando para reforzar nuestras posibilidades de supervivencia, más que el egoísmo de quien pretende maximizar su beneficio. No existe el individuo aislado, eso es una ficción. Existimos personas vinculadas, gentes que no podemos desarrollar nuestras potencialidades si no es en cooperación con otros. El homo oeconomicus, el maximizador de beneficios que no necesita a nadie más, no existe, existe el homo reciprocans, el que está dispuesto a dar cuando tiene expectativas de recibir. Por eso en la vida cotidiana es moneda corriente el intercambio de regalos, el afán de parecernos a otros, el deseo de ser acogido en el grupo que lleva adelante un estilo de vida, claves todas ellas que nos constituyen de alguna forma y que, como hemos dicho, están ligadas a nuestro modo de consumir.

Ahora bien, si nuestro cerebro presta lo suficiente como para ir más allá del intercambio de regalos, de favores o de prebendas, si nos inclina a tener también en cuenta a quienes no parecen poder ofrecer nada a cambio, que es lo que da sentido al discurso de los derechos humanos y, por supuesto, al cristianismo, eso es algo de lo que también se trata en el libro. Pero, claro, no voy a desvelar su final, porque entonces pierde atractivo.

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