Victoria Camps

Juanjo Sánchez y Evaristo Villar

Filósofa, catedrática de Ética, discípula y heredera de José Luis López Aranguren, es actualmente una de las autoridades más relevantes en Ética y Bioética. Fue miembro del primer Comité de Bioética de España y desde entonces ha sido miembro de numerosos Comités de Ética en importantes hospitales y centros de investigación del país y finalmente presidenta del Comité de Bioética de España.

Sus numerosos libros constituyen un magisterio insustituible.

 

Posiblemente la entrada obligada en el debate sobre la eutanasia sea aclarar al máximo de qué estamos hablando cuando hablamos de eutanasia y distinguirla de lo que no es – para evitar equívocos….   

          Desde que se empezó a discutir el tema, con vistas a una posible despenalización, el debate ha cambiado. Al principio, todo era eutanasia, incluidos los cuidados paliativos que podían acelerar la muerte. Ahora, el debate se limita casi exclusivamente al llamado “suicidio asistido” (caso Ramón Sampedro). Los casos de demencia o de eutanasia infantil, más difíciles de resolver, forman parte también del debate, pero tienden a posponerse a la hora de legislar sobre la eutanasia.

 

Aclarado de qué vamos a hablar, parece oportuno una breve demora sobre la actualidad de este debate – también en España… ¿a qué se debe?

          Ahora parece que la demora de un debate parlamentario con vistas a aprobar una ley de legalización de la eutanasia tiene como único motivo la inestabilidad del gobierno que no puede abordar ningún cambio importante porque está en funciones. La ley puede empezar a debatirse en cuanto se forme un nuevo gobierno con mayoría progresista. Es cierto que todavía hay división social, pero en un tema como este, la unanimidad es imposible.

 

Y también merece dos breves palabras la fuerte división de la opinión de la sociedad en este asunto, especialmente en este país. ¿A qué puede deberse? ¿Tal vez al influjo de la religión, de la iglesia…?

          Sobre la disponibilidad de la vida humana, las religiones monoteístas tienen una posición clara y dogmática. Entienden que la vida humana es indisponible, pase lo que pase. El debate actual sobre la eutanasia no puede combatir una cuestión de principio como esta, que carece de argumentos racionales. Es un obstáculo que carece de solución porque, sobre los principios que se sustentan porque forman parte de una doctrina religiosa, no hay discusión posible.

 

De hecho, podemos preguntarnos si hay entre nosotros un debate sereno y limpiamente laico sobre la eutanasia, o si no estará ya irremediablemente viciado de antemano por la visión religiosa, sobre todo en su expresión dogmática-ortodoxa…

 

Mientras haya posiciones derivadas de una ortodoxia religiosa, el debate no será laico. Lo es sólo entre aquellos que no parten de prejuicios –en el sentido literal, de juicios no razonados- y aceptan la libertad de las personas de decidir sobre su muerte. Lo que se discute son las condiciones en que esta decisión es permisible para evitar abusos o perversiones.

 

Entrando ya en el debate mismo, urge por eso orientarnos desde una ética razonada, laica y en principio de alcance universal, válida por tanto para todo ser humano… Situándonos en esa posición, cuál sería, en tu opinión, la afirmación básica y más razonable sobre la eutanasia?

La razón fundamental, a mi juicio, es el derecho a la libertad, incluso cuando ese derecho incluye la decisión sobre el morir. Una libertad que, por supuesto, debe poder argumentar por qué se desea la muerte y se renuncia a seguir viviendo. La regulación de la eutanasia procura que la libertad individual sea razonada. Aunque, finalmente, la decisión siempre tiene ingredientes subjetivos y es muy difícil establecer analogías entre situaciones aparentemente iguales.

 

Se puede hablar, por tanto, de un derecho fundamental de todo ser humano a morir libremente, a elegir una muerte digna y con sentido. ¿Por qué cuesta tanto aceptar este derecho a una buena muerte, a una muerte digna? ¿A qué se debe, en tu opinión?

          El problema es que ese derecho, como muchos otros, necesita la concurrencia de otras personas. Por eso lo denominamos “suicidio asistido”. El motivo que se repite con más frecuencia para rechazar la legalización de ese derecho es el de la llamada “pendiente resbaladiza”: si se abre la veda para que el individuo decida por sí mismo, en ciertos casos, ¿hasta dónde llegaremos? Cuesta aceptar la eutanasia porque se desconfía de que la regulación funcione adecuadamente y no sea una excusa para provocar la muerte de personas que en realidad no quieren morir. Creo que el argumento es fácilmente rebatible. Los países que han legalizado la eutanasia, como Holanda y Bélgica, pueden dar cuenta de que esa desconfianza en una falta de control es infundada y que en sus países la legalización de la eutanasia ha funcionado correctamente.

 

Dado que nuestra revista tiene una mayoría de lectores creyentes, parece razonable preguntarnos tanto más si esta postura puede sostenerse igualmente compartiendo una visión religiosa, concretamente cristiana… A este respecto podríamos aducir aquí un ejemplo relevante. ¿Cómo valorarías desde el punto de vista de la ética, la convicción expresada por el mundialmente conocido teólogo Hans Küng en su último libro Una muerte feliz: “Un tránsito feliz a la muerte está fundado en el respeto profundo hacia la vida infinitamente valiosa de toda persona…Si todos tenemos una responsabilidad sobre nuestra vida, por qué habría que cesar esa responsabilidad en su última fase?”

          Hans Küng es creyente. Sus palabras muestran que la fe religiosa no compromete a abrazar sin más la doctrina ortodoxa de la Iglesia católica. Si se acude al dogma, las razones están fuera de lugar. Pero Küng piensa que el valor de la vida y la dignidad atribuida a la vida humana pueden hacer de la eutanasia una decisión responsable. En ciertas condiciones, quizá más responsable aún que la no decisión. Hay muchas formas de ser creyente.

 

No obstante, se sigue afirmando que la eutanasia suscita graves cuestiones éticas…Pensamos nosotros, por ejemplo, en el comprometido papel de los médicos a la hora crítica de tomar decisiones graves… ¿Están ya reguladas estas situaciones para evitar conflictos de conciencia? ¿Podrías indicar otras que merezcan tomarse en serio?

          La objeción de conciencia del médico siempre tendrá que ser una posibilidad aceptada. Pero ahí, como en el caso del aborto, la misma profesión médica debería plantearse, como una cuestión ética, hasta qué punto su función es sólo curar y alargar la vida del paciente, o, como dice muy bien el informe del Hastings Centre, “Los fines de la medicina”, si la función de la medicina, en nuestro tiempo, no debe ser también ayudar a morir bien.

Qué piensas de los cuidados paliativos? Hay quien sostiene que son la alternativa a la eutanasia…

          En cierto modo lo son porque, desde que tienen una autorización plena (con la prescripción de morfina, por ejemplo), la muerte digna se consigue, en la mayoría de enfermedades terminales, sin necesidad de recurrir a la eutanasia. El problema lo tenemos, sobre todo, con enfermos no terminales que sufren por la condición de incapacidad en que se encuentran y se niegan a aceptar vivir en las condiciones en que se encuentran.

 

Como hemos de concluir esta entrevista, tal vez sea oportuno mirar hacia el futuro y decir una palabra sobre el temor que inquieta a más de uno de que con la legalización (despenalización) de la eutanasia esta termine convirtiéndose en una práctica ordinaria, incluso rutinaria y banal…

          La pregunta tiene que ver con la desconfianza a la que me refería antes. Es un hecho que, a medida que crecen las expectativas de vida, muchas personas se sienten condenadas a vivir sin sentido durante años, con enfermedades crónicas que producen sufrimientos sobre todo psíquicos insoportables. Pero también es cierto que nadie quiere morir, las demandas de eutanasia en realidad son escasas. En cualquier caso, la regulación de esta práctica se hace imprescindible precisamente para evitar que la eutanasia acabe instalándose sin control ninguno.