UNA TRANSICIÓN INACABADA, LA RELIGIOSA

Juan A. Estrada

nº 85 octubre 06
– Autor: Juan A. Estrada –
 
Es hoy bastante frecuente encontrar referencias en los medios de comunicación social sobre el proceso de transición político y económico. La rápida transformación de la sociedad, a partir de la década de los sesenta, está vinculada a la modernización de la economía, que ha hecho que España cuente entre los países ricos, se convierta en una potencia industrial y, progresivamente, se homologue a nuestro entorno europeo. De la misma forma, se propone a España como un modelo de transición, desde la dictadura a la democracia, y también como ejemplo para los países del Este que han entrado en la Unión Europa. Es uno de los Estados que más se han aprovechado del proceso de integración, convirtiéndose en una sociedad abierta ¡y favorable a la Unión europea. Hay un fondo de verdad en estas afirmaciones, aunque se puede objetar al acento triunfalista del enfoque, dadas las lagunas y carencias del actual modelo económico; las dificultades y tensiones políticas que subsisten, y la parálisis actual de la Unión Europea, aquejada de falta de liderazgo y de un proyecto consensuado y dinámico. El balance es claramente positivo, aunque haya problemas de fondo, políticos y económicos, que no se resuelven en cuatro décadas. A esto hay que añadir que ya se está cerrando el ciclo de la transición, una vez establecido el sistema económico de mercado y el político de democracia parlamentaria. Resurgen problemas y voces que hasta ahora habían estado silenciadas o marginadas, poniendo en primer plano tensiones irresueltas como las nacionalidades, el modelo político del Estado y el sistema económico y financiero vigente.

En este contexto ¿Qué ocurre con el cambio religioso? ¿Cuál es la nueva situación de la sociedad cuarenta años después del concilio Vaticano II? ¿Cómo se ha respondido a los nuevos retos que plantea la secularización y la laicización del Estado? ¿Cuáles son los problemas internos y externos que aquejan a la Iglesia española? ¿Ha sido exitosa la transición desde el nacional catolicismo y el Estado confesional concordatario a una situación homologable con los países de nuestro entorno europeo? ¿Se puede hablar de una transición cultural y religiosa exitosa, comparable a la política y económica?

La gran mutación sociocultural que se ha producido en Europa occidental desde la década de los sesenta ha planteando un nuevo reto al cristianismo, y dentro de ese marco se mueve también el catolicismo español que, a diferencia de las otras naciones occidentales, ha tenido que afrontar varias transformaciones simultáneamente y en muy poco tiempo. Lo que nuestros vecinos han ido desarrollando durante un siglo de cambios se ha condensado aquí en cuatro décadas. De ahí la mayor dificultad para una transformación cultural y religiosa. Los problemas del catolicismo en Europa se han agudizado aquí por la rapidez y radicalidad del proceso.

EL VATICANO II: UNA IGLESIA EN TRANSICIÓN

Los cambios socioculturales han ido mucho más allá de los previstos en el Concilio Vaticano II. La reconciliación con la modernidad, concretizada en la Gaudium et Spes y la declaración de libertad religiosa, era el punto de partida para pasar de una Iglesia de cristiandad a otra en estado de misión; del proselitismo eclesiástico a la construcción del reino de Dios en el mundo; de la teología del entorno, al diálogo ecuménico y con las otras religiones; de la iglesia desigual a la del pueblo de Dios; del clericalismo a la plena participación de los laicos y a la emancipación de la mujer. Estos cambios, enmarcados en la llamada conciliar a la renovación de la Iglesia y al discernimiento de los signos de los tiempos, ponían fin oficialmente al antimodernismo, al rechazo de las libertades democráticas y a la impugnación de los derechos humanos.

A finales de los sesenta comenzó a darse la dinámica hacia las sociedades postmodernas, post-industriales y secularizadas. En este nuevo contexto había que avanzar en la línea marcada por el Concilio para responder a los nuevos retos de la sociedad emergente. Pero ya en el final del pontificado de Pablo VI, y luego con Juan Pablo II, se percibía la progresiva involución del catolicismo. El miedo a los cambios, que llevaba consigo la letra y el espíritu conciliar, se acrecentó ante los nuevos retos de las sociedades emergentes. La consecuencia fue que mientras la sociedad occidental, y dentro de ella la española, cambiaba muy deprisa, el catolicismo involucionó hacia el modelo tradicional tridentino, frenando primero y bloqueando en un segundo momento el proceso de renovación comenzado. Tras una época de cambios, en el siglo XX, vino un cambio de época (marcada por la globalización y la postmo-dernidad), mientras que la Iglesia entraba en una etapa de hibernación (según Karl Rahner, la retirada a los cuarteles de invierno).

Lo primero a tener en cuenta es que los cambios en los procesos de socialización y de la identidad colectiva son muy lentos, graduales, y claramente diferenciados de los económicos y políticos. Es mucho más fácil cambiar las instituciones sociales que transformar la mentalidad y la sensibilidad de la gente. La reforma institucional, organizativa y también doctrinal del Concilio, que puso nuevos acentos eclesiológicos, tropezaba con un catolicismo sociológico y tradicional, que impregnaba las mentalidades y las sensibilidades. Esto era especialmente claro en el caso de la iglesia española, para la que el Concilio fue una autentica provocación para la que no estaba preparada desde el punto de vista teológico y doctrinal, ni desde la perspectiva pastoral y sociológica.

En cuanto que la mayoría de la población se había socializado en el contexto del nacional catolicismo, el de una sociedad homogénea, confesional y tradicional, subsistían muchos de los esquemas y pautas de conducta, aunque cambiara el entorno institucional eclesial y de la misma sociedad. La modernización del país no conlleva automáticamente la transformación de las mentalidades, porque educar e inculturar a la población en nuevas pautas de conducta requiere mucho tiempo, para que la nueva socialización desplace a la vieja. Adquirimos una identidad por aprendizaje, imitación e identificaciones afectivas, desde modelos de referencia a los que imitamos y seguimos. De ahí, la mayor dificultad emocional para cambiar de mentalidad y actitud. La europeización” de la población española requiere mucho más tiempo que la de sus instituciones políticas y económicas. Y esto también se da a nivel eclesial, mucho más cuando los cambios venían de fuera y no respondían a la dinámica interna de la iglesia española. Es comprensible que la involución post-conciliar afectara especialmente a la Iglesia española, que se había visto forzada a asumir pautas y reformas eclesiales para las que no estaba preparada, eran indeseadas por un sector importante del catolicismo español y bloqueadas desde el poder político que veía en el Concilio una amenaza para sus intereses y la supervivencia del régimen. Los que asumieron el Concilio contra sus deseos y expectativas, por fidelidad al papa y a la Iglesia universal, se apresuraron a sintonizar con la nueva dinámica conservadora que se impuso desde finales de los setenta.

En realidad las generaciones que hemos vivido el tránsito de un modelo de sociedad a otra, siempre estaremos afectadas por las dos sociedades en las que hemos vivido, la tradicional de cristiandad y la nueva secularizada, laica, democrática y pluralista. Pertenecemos a dos culturas distintas, de ahí la importancia de la generación del tránsito como mediación y puente entre ambas, sin que podamos pertenecer plenamente a una de ellas. Sólo las jóvenes generaciones, los menores de treinta años que no conocieron la época franquista, pueden socializarse en la nueva cultura emergente, aunque no dejan de recibir la influencia y la impronta socializante de las generaciones mayores, que les transmiten valores y modos de conducta establecidos en su cultura. Para la nueva socialización hacen falta referentes y modelos que faciliten la nueva identidad, tanto en la sociedad como en la Iglesia. De ahí que la crisis de los gurús, de los padres y de los modelos, en la educación, la familia, la Iglesia y en la sociedad, sean una de las causas de los problemas de identidad de las nuevas generaciones. O no encuentran referentes en sus mayores, que les sirvan de orientación y de norma, o rehúsan su valor ejemplarizante porque responden a un modelo que les parece superado y con poca afinidad para los problemas actuales.

El Vaticano II creó el marco para un cambio de identidad a partir de una redefinición doctrinal y reubicación del sistema de creencias, prácticas e instituciones La pregunta de Pablo VI a la Iglesia, ¿qué dices de ti misma?, cristalizó en una experiencia nueva, la conciliar, anticipo de una iglesia católica globalizada, y se tradujo en una serie de documentos y una sensibilidad nueva, a la que se llamó el espíritu conciliar. El “nosotros” colectivo se transformó a partir de la reforma litúrgica, la nueva definición de la Iglesia como pueblo de Dios, y la reubicación de la jerarquía y del papado en un contexto colegial, comunitario y laical. Este cambio fue asumido por la opinión pública, suscitando toda clase de expectativas y esperanzas, y también afrontado por el catolicismo más conservador, que luchó por frenar la renovación, alargar el proceso de implantación de los cambios, y minimalizar la interpretación de los textos conciliares. La alarma de la minoría tradicionalista conciliar dejó paso a una crisis de identidad que generó la polarización interna de la Iglesia, y que se saldó con la (involución1)]. En España se tradujo en la pérdida de liderazgo de Tarancón, en la reconquista eclesial de la que había sido minoría conciliar y en la nueva política de nombramientos propiciados por el nuncio Tagliaferri. Al fallar las expectativas de renovación conciliar y enfrentarse a una sociedad mucho más compleja y menos receptiva de lo que se esperaba, se dio la involución postconciliar a nivel mundial, y muy especialmente en la Iglesia española.

De ahí una polarización en la Iglesia española, la de una jerarquía mayor y tradicional, formada en el nacional catolicismo y para la que mayoritariamente el Concilio fue una inesperada y desagradable sorpresa, y las generaciones jóvenes que han crecido en una sociedad e Iglesia que ya no era la de sus padres. La gerontocracia de la Iglesia católica, en la que se considera joven a un obispo a la edad en que cualquier estamento de la sociedad se plantea la jubilación, hizo que les resultase más difícil comprender y asumir los cambios de la mutación sociocultural en Europa. Por edad y formación eran una generación poco propensa a asumir los cambios y los retos que planteaba el nuevo momento histórico. La nueva imagen de Iglesia desbordaba a los católicos tradicionales, hegemónicos en la jerarquía episcopal, pero se revelaba también insuficiente para una gran parte de la sociedad y del mismo catolicismo, que en los sesenta y setenta soñaba con cambiar España y la Iglesia, para dejar paso luego a las generaciones de la sociedad próspera y europea. De ahí, la crisis de la unidad interna y la erosión de la cohesión eclesial, agudizada por la creciente pluralidad sociocultural. La alternativa planteada por la jerarquía a los disconformes con la involución fue la de acomodarse e integrarse en la nueva mayoría tradicional, o la marginación y el gueto. Para ello se reforzó el aparato disciplinario y autoritario que había estado muy limitado durante los años conciliares. La Sagrada Congregación de la Fe se convirtió en clave de la curia romana y en los distintos países se procedió a atacar las instancias progresistas. El miedo se impuso en la teología, favoreciendo la autocensura y el repliegue del clero más abierto y de los movimientos laicales, que sufrieron una pérdida de miembros y un recorte de su autonomía respecto de la jerarquía.

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