Una imagen realista de Teresa de Ávila

Jesús Sánchez Adalid

San Luis Beltrán animó a Teresa de Jesús a llevar adelante su proyecto de reformar la Orden del Carmen, adoptando la regla primitiva: el desprendimiento y la contemplación, dando cabida a la actividad apostólica. Su intención era restituir la antigua observancia de la regla del Carmelo, atenuada en 1432 por el papa Eugenio IV. Teresa tomó como modelo la reforma franciscana de Cisneros, basada en la práctica de la oración y del ayuno, en no poseer rentas ni propiedades, ni en común ni particularmente, en guardar silencio y en descalzarse. En todo esto influyó mucho que conociera a san Pedro de Alcántara. Teresa se “descalza” el 13 de julio de 1563, cambiando los zapatos que usaba en el Monasterio de la Encarnación por unas alpargatas de cáñamo. La seguirán en esto las demás monjas y más tarde los carmelitas varones, que se conocerán como los “descalzos” para distinguirse de los “calzados”, que se siguen rigiendo por la regla mitigada.

Contemporánea de Erasmo de Rotterdam, Martín Lutero, Teresa de Ávila fue plenamente consciente de los acontecimientos de su tiempo. Nos encontramos ante una mujer verdaderamente excepcional, dotada de una inteligencia despierta, de una voluntad intrépida y de un carácter abierto y expansivo. Su chispa y simpatía se ganaban a cuantos la trataban. Fray Luis de León nos dice de ella: “Nadie la conversó que no se perdiese por ella”. El P. Pedro de la Purificación escribió: “Una cosa me espantaba de la conversación de esta gloriosa madre, y es que, aunque estuviese hablando tres y cuatro horas, tenía tan suave conversación, tan altas palabras y la boca tan llena de alegría, que nunca cansaba y no había quien se pudiera despedir de ella”. Semejante es el testimonio de la Hna. María de S. José: “Daba gran contento mirarla y oírla, porque era muy apacible y graciosa”. Se granjeó toda clase de relaciones y de amistades incondicionales: obispos, teólogos, grandes damas, nobles, hidalgos, mercaderes, arrieros e incontables y anónimas gentes sencillas por toda la geografía que, de manera incansable, recorrió. Teresa repetía: “cuanto más santas, han de ser más conversables”, “un Santo triste es un triste Santo”, “un alma apretada no puede servir bien a Dios” y “Tristeza y melancolía, no las quiero en casa mía”.

Pensemos que una manera de pensar y vivir como esta, en el siglo XVI, no estaba exenta de grandes dificultades y peligros. Muchos no admitían que las mujeres fueran letradas, que tuvieran una vida activa de relaciones personales y, mucho menos, que se dedicaran a escribir. La mujer era considerada como propiedad del padre o del esposo, y su función se limitaba al trabajo casero, ser madre y cuidar y satisfacer las necesidades sexuales del marido. Teresa tuvo que demostrar su valía humana e intelectual y hubo de enfrentarse inagotablemente a los que dogmatizaban diciendo, por ejemplo, que “la oración mental no es para mujeres, que les vienen ilusiones; mejor será que hilen; no han menester esas delicadezas; bástalas el Pater Noster y el Ave María…” (CE 35,2). Era muy consciente de las sospechas que recaían sobre una mujer que escribía y necesitó utilizar constantes justificaciones y descargos para que sus obras no acabaran prohibidas o quemadas y ella misma condenada por la Inquisición. Insiste una y otra vez en que escribe “por obediencia” a sus confesores y “con su licencia”. Dice como excusa: “me lo han mandado… mucho me cuesta emplearme en escribir, cuando debería ocuparme en hilar… de esto deberían escribir otros más entendidos y no yo, que soy mujer y ruin… como no tengo letras, podrá ser que me equivoque… escribo para mujeres que no entienden otros libros más complicados…”. No obstante, y a pesar de sus empeños, en los márgenes de sus escritos podemos encontrar anotaciones de los censores. A pesar de todo, constantemente expresa su deseo de escribir y su convencimiento de que tiene algo valioso que decir. Desde el presente, su vida y sus escritos constituyen una permanente defensa del derecho de la mujer a pensar por sí misma y a tomar decisiones. Esto, sin duda, es algo absolutamente novedoso en aquella época y un signo más de la singularidad y el valor humano de la figura de Teresa.

Los letrados, siempre varones, no sólo van a leer los escritos teresianos sino que los van a juzgar, revisar y, en su caso, mandar que sean destruidos. El padre Diego Yanguas, confesor de Santa Teresa, le ordena quemar su comentario sobre los pasajes del Cantar de los cantares de Salomón, leídos en las oraciones matinales de las Carmelitas; porque no se podía consentir una interpretación de la Sagrada Escritura hecha por mujer; y mucho menos tratándose de versos con cierto contenido erótico.

Contra lo establecido, ella afirma que, en el campo de la oración, las mujeres llegan a ser mejores que los varones: “Hay muchas más que hombres a quien el Señor hace estas mercedes, y esto oí al santo fray Pedro de Alcántara (y también lo he visto yo), que decía aprovechaban mucho más en este camino que hombres, y daba de ello excelentes razones, que no hay para qué las decir aquí, todas a favor de las mujeres” (V 40,8).

El Nuncio del Papa, Filippo Sega, amonesta a Santa Teresa por la vida pública que lleva en los años de sus fundaciones: “…femina inquieta, andariega, desobediente i contumaz, que a título de devoción inventaba malas dotrinas, andando fuera de la clausura, contra el orden del Concilio Tridentino i Prelados: enseñando como maestra, contra lo que San Pablo enseñó, mandando que las mujeres no enseñasen.”

Un letrado censor de la época tachó con tal furia un escrito sincero y espontáneo de Teresa, que gracias a la tecnología actual ha podido ser rescatado y leído, ayudados por los rayos X, aunque algunas líneas no se pueden descifrar: “No aborrecisteis, Señor de mi alma, cuando andabais por el mundo, las mujeres. Antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor y más fe que en los hombres… No basta, Señor, que nos tiene el mundo acorraladas… que no hagamos cosa que valga nada por vos en público, ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habíais de oír petición tan justa. No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y justicia, que sois justo juez y no como los jueces del mundo, que –como son hijos de Adán y, en fin, todos varones– no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa… que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres” (CE 4,1).

Los inquisidores nunca se fiaron ni de la obra fundadora ni de los escritos de Santa Teresa. De hecho, ella temía constantemente ser delatada: “Iban a mí con mucho miedo a decirme que andaban los tiempos recios y que podría ser me levantasen algo y fuesen a los inquisidores”, escribe en El libro de la vida. No obstante este cuidado, sus primeros problemas empezaron muy pronto, en 1559, cuando se publica el Índice de Libros Prohibidos del inquisidor Fernando de Valdés. Los inquisidores registraron por entonces la pequeña biblioteca que Teresa tenía en el monasterio de la Encarnación y requisaron obras de Fray Luis de Granada, San Juan de Ávila o San Francisco de Borja. Ella escribe: “Cuando se quitaron muchos libros de romance, yo lo sentí mucho”. A partir de este percance los censores empezaron a examinar con lupa sus escritos y dejaron abundante constancia de sus correcciones: tachan párrafos de sus libros, le hacen arrancar páginas enteras o rehacerlas, como se decía entonces, de “sana planta”. Uno de los censores, refiriéndose a sus disertaciones sobre el amor, anota al margen la siguiente advertencia: “Váyase con tiento”. Le obligaron a rehacer entero el Camino de perfección. Y ella, sumisa, obedeció el mandato; pero conservó en una arquilla del convento de San José de Ávila el cuaderno primero, que hoy se guarda en El Escorial.

Teresa escribió, además de muchas cartas y poemas, cuatro grandes obras: El libro de la Vida, Camino de perfección, Castillo interior y el Libro de las Fundaciones. El más cuestionado por la Inquisición fue el primero de ellos, la autobiografía de la Santa, por tratar de “cosas místicas”. La Inquisición la consideró sospechosa de ser “alumbrada” y “dejada” y Santa Teresa de Jesús tuvo que comparecer ante uno de sus tribunales.

En 1575 tuvo que comparecer ante la Inquisición en Sevilla, tras haber sido denunciada por una beata expulsada del convento. No se conserva el informe oficial que se presentó con las acusaciones. Pero por los despachos enviados al Tribunal de Madrid se puede saber algo de su contenido. Se acusa a Teresa de Jesús de practicar una doctrina nueva y supersticiosa, llena de embustes y semejante a la de los alumbrados de Extremadura. Los inquisidores investigan sobre el Libro de la Vida; están seguros de que contiene engaños muy graves para la fe cristiana. El documento está fechado en Triana, en el castillo de San Jorge, el 23 de enero de 1576.

Por orden del inquisidor apostólico general, don Gaspar de Quiroga, el padre Domingo Báñez, prestigioso teólogo de Salamanca redacta así su censura del libro: “Y en todo él no he hallado cosa que a mi juicio sea mala doctrina”. Las únicas observaciones se refieren a la abundancia de revelaciones y visiones: “las cuales siempre son mucho de temer, especialmente en mujeres, que son más fáciles en creer que son de Dios y en poner en ellas la santidad”. Y concluye con un veredicto final: “Esta mujer, a lo que muestra su relación, aunque ella se engañase en algo, a lo menos no es engañadora”.

Santa Teresa fue interrogada, molestada, amenazada y estuvo a punto de ir a prisión, según nos refieren los escritos del padre Gracián. Él mismo le notificó a Teresa que pensaban acusarla a la Inquisición y que probablemente la encarcelarían; se sorprendió al ver que ella ni se inmutaba, ni experimentaba disgusto en ello, antes bien, se frotaba las manos.

Finalmente, en un determinado momento, los inquisidores se dieron cuenta de que la denuncia de aquella testigo, María del Corro, eran patrañas infundadas, tejidas por su imaginación enfermiza. Dice María de San José: “Vino un inquisi­dor, y averiguada la verdad y hallando ser mentira lo que aquella po­bre dijo, no hubo más. Aunque como éramos extranjeras y tan recién fundado el monasterio y en tiempo que se habían levantado los alumbrados de Llerena, siguiéronse hartos trabajos”. Como dice el P. Gracián, “todo acabó en quedarse ellas con más crédito y dar los inquisidores una muy buena mano a aquel clérigo que andava zar­ceando estas cosas”.

Un tribunal compuesto por tres letrados jesuitas recogió las declaraciones de Teresa. Se conservan dos Cuentas de conciencia, que son los escritos que ella hizo en su defensa, en 1576. La sentencia definitiva se desconoce; pero hay que suponer que ésta existió.

Aunque las acusaciones contra la madre Teresa y sus escritos eran infundadas, constituyen hoy un hecho real que está ahí, que pertenece a la historia; y que durante mucho tiempo se quiso ocultar tal vez para no empañar la figura y la obra. En cambio, hoy día podemos presentar a una Teresa de Jesús más humana y realista, metida de lleno en las corrientes espirituales de su tiempo y teniendo que sufrir las consecuencias de aquella época. Otros grandes personajes también sufrieron aquellas consecuencias: recordemos a fray Luis de León y al arzobispo Carranza, que estuvieron en las cárceles de la Inquisición.