SIDA, PRESERVATIVO Y MORAL CATÓLICA

Benjamín Forcano

Éxodo 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
Quien no conozca un poco la historia seguramente pensará que en la Iglesia católica las normas son inamovibles. Pero nada más lejos de la realidad. En el siglo XIII bulas del Papa Inocencio IV y en el XVI del Papa León X afirmaban “ser voluntad del Espíritu quemar a los herejes” y Galileo fue censurado para evitar que la razón científica pudiera constituirse al margen del Magisterio. Más recientemente, se seguía afirmando que la Iglesia “es una sociedad de desiguales”, que “la división de clases en la sociedad es conforme a la voluntad divina”, que “la libertad religiosa era poco menos que un delirio”, que “el matrimonio era un contrato entre un hombre y una mujer para procrear”.

El concilio Vaticano II (cima del magisterio eclesial) modificó de raíz estas perspectivas. Afirmó ser ley fundamental la igualdad de todos los miembros dentro de la Iglesia (LG, 32), ser fundamental el derecho a la libertad religiosa (DH, 2) y comprender el matrimonio como una comunidad de vida y amor, teniendo razón de ser aun cuando falte la descendencia (GS, 50).

Basta contrastar los catecismos de Astete y Ripalda -que establecían como fines del matrimonio la procreación (fin primario) y la ayuda mutua y remedio de la concupiscencia (fin secundario)- con el Vaticano II para advertir la magnitud del cambio: “El amor entre marido y mujer, dice el concilio, es eminentemente humano,pues va de persona a persona con el afecto de la voluntad , abarca el bien de toda la persona y, por tanto, es capaz de enriquecer con dignidad especial las expresiones del cuerpo como elementos y señales especiales de la amistad conyugal. Este amor se expresa y perfecciona con la acción propia del matrimonio y los actos conyugales, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud” (GS, 49).

Dos cosas aparecen aquí muy claras: el matrimonio con todo su ámbito de intimidad sexual no se justifica ni se ordena a la procreación y su razón fundante es el amor, -que puede ser fecundo o infecundo- y se manifiesta en las expresiones gozosas del placer. El placer, componente y consecuencia del amor, es tan legítimo como el amor mismo. Se descarta la necesidad de justificarlo como subordinado a la procreación; es bueno, legítimo y sacramental como lo es el amor.

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