Senda de Cuidados. ¿Cómo pensar los cuidados desde otras (pos)verdades?

Débora Ávila

No está en ningún mapa. Los lugares verdaderos nunca lo están, escribía Herman Melville en Moby Dick. Y, sin embargo, afirmamos sin ninguna duda que África está debajo de Europa, descentrada, con ese cuerno tan característico. El mapa toma el lugar de lo real. Y nos lo muestra como una clara verdad.

Una verdad es aquello que se nos revela como seguro, evidente, incuestionable. Mediante sencillas operaciones descartamos lo falso por oposición de lo verdadero y obtenemos el criterio mediante el cual aprehender el mundo que nos rodea: la guía a partir de la cual nos explicamos lo que conocemos y construimos nuestras certezas. Tal es la seguridad que produce la verdad que cuesta poco asociarla con lo real. Sin embargo, no hay nada más problemático que dicha unión: lo verdadero no es más que una representación de lo real, del mismo modo que un mapa representa un territorio, lo ordena, pero no es el territorio. Como tal representación, toma el lugar de la realidad, pero no como mero espejo de la misma, sino como el resultado (siempre en continua tensión) de un conjunto de intereses y relaciones de poder que producen y mantienen lo que debe ser definido como verdadero.

Sin embargo, estas verdades, para ser eficaces, deben confundirse con lo real, y deben hacerlo de la forma más invisible posible ante nuestros ojos, por eso, lo más problemático de los regímenes de poder no son sus mentiras, sus censuras o sus prohibiciones, sino sus verdades: si una verdad desvela sus intenciones pierde su eficacia, porque muestra que, en realidad, la verdad no es más que una sola verdad de las posibles.

1ª Si partimos de estas premisas, es fácil imaginar que en el trabajo de cuidados también funcionan un conjunto de verdades, encargadas de construir la realidad en la que debe desenvolverse Senda de Cuidados. Ese mapa, que lleva acompañándonos mucho tiempo atrás, adjudica a los cuidados un lugar casi invisible: un paisaje difuso en torno a carreteras principales en las que circula el individuo pensado como autónomo. Así, el trabajo necesario para la reproducción de nuestras propias vidas (preparación de alimentos, limpieza, afectos, etc.) suele pasar desapercibido. Damos por hecho que está, alguien lo hace, y solo cuando falta o nos volvemos más vulnerables y nos sumimos  en el temor, nos damos cuenta de su importancia. Relegados a un papel social secundario y absolutamente desvalorizado, en medio de una retórica que loa y premia la independencia de las personas –los sujetos hechos a sí mismos–, la lucha por garantizar un trabajo de cuidados digno (que pasa por el reconocimiento de su centralidad en la vida, y por una puesta en valor del trabajo que realizan en miles de hogares mujeres, en su mayoría migrantes, que se dejan la piel en el cuidado de nuestros mayores, niños, enfermos y personas más dependientes) no es tarea sencilla. Debe enfrentarse a profundos pilares que sustentan la forma en la que pensamos los cuidados. Debe trastocar las verdades existentes, para que aparezcan otras que nos permitan pensar el cuidado desde otro lugar.

En la denominada era de la posverdad, el panorama se vuelve aún más complejo. La crisis de las verdades, la desafección que las recientes recesiones y convulsiones mundiales han producido con respecto a los marcos de referencia establecidos, no ha hecho emerger nuevas verdades. Lejos de ello, ha desplazado a los conceptos para colocar a los afectos en el centro de nuestra forma de entender y explicar el mundo. En la era de la posverdad, se habla a los sentimientos, se movilizan las pasiones, los datos y las argumentaciones dejan paso a imágenes y eslóganes que remueven las tripas. Pero, lo realmente problemático de esta nueva era, no es tanto la centralidad de los afectos cuanto el carácter de los mismos. Y es que la rabia, la ira, el señalamiento de culpables y el levantamiento de barreras defensivas son los motores que encienden las pasiones. Bien sabemos que las personas migrantes, que sostienen con su trabajo y con la desigualdad impuesta al movimiento de nuestro mundo, se han convertido en diana de esos efectos negativos. Europa para los europeos, se grita desde cada vez más rincones, sin necesidad de plantearse nada más. Hablan las tripas, no las razones, los derechos, la historia ni la justicia.

2ª Así, desde nuestra asociación, sabemos que el reto es doble. Que toca luchar contra la invisibilidad y desvalorización de los cuidados, a la par que contrarrestar una posible extensión del rechazo a todo aquel que no sea considerado como ciudadano legítimo (lo que sin duda, redundaría aún más en la precarización del trabajo de cuidados que tantos y tantos migrantes desempeñan). Lo haremos como lo hemos venido haciendo hasta ahora. Seguiremos formando a nuestras trabajadoras para concienciarlas de la importancia de su trabajo y para garantizar la oferta de unos cuidados dignos. Seguiremos trabajando con las familias que necesitan cuidados para ayudarlas a conseguir los mejores trabajadores y para acompañarlas en todas sus dificultades en esa frágil etapa que atraviesan. Seguiremos luchando por construir discursivamente nuevas verdades que pongan el cuidado y la sostenibilidad de la vida en el centro. Pero, sobre todo, lo haremos contrarrestando la negatividad de los afectos que la posverdad ofrece con la positividad de los afectos que tejemos en nuestro día a día. Lucharemos desde el cuidado y apoyo mutuo, la puesta en valor de nuestras diferencias, la alegría de sabernos juntos, y el empoderamiento que nos da nuestra rebeldía. Les diremos a los viejos mapas y a los nuevos resentimientos que hay otras formas de pensar el mundo. Y lo haremos, sencillamente, materializándolas en nuestro cotidiano, desde las pequeñas grietas que habitamos.