Retorno de Dios en una sociedad secularizada

Xabier Pikaza

Tres claves

He planteado varias veces este tema, tanto en línea de filosofía y Biblia, de la religión y el análisis socio-cultural, y lo encuentro cada vez más complejo. A pesar de ello me atrevo a ofrecer unas reflexiones de fondo, desde una perspectiva bíblica y social, en este otoño 2019, con tres claves que nos ayudan a entenderlo mejor:

1. Dios vuelve con el Shema o mandamiento de Israel, recogido por Jesús (cf. Dt 6, 5; Mc 12, 29‒30), que dice: “Escucha Israel, Yahvé, nuestro Dios, es Uno… Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón…”. Así emerge el Dios bíblico sobre la realidad que hoy se vuelve irreal, esto es “líquida”, pues todo da lo mismo en ella, y todo puede tomar todas las formas, en su diferencia esencial (en su solidez) como impulso de Amor (Aquel que es: Ex 3,14), principio y meta de todo lo que existe.
Ese Dios proclama su Palabra original diciendo “amarás”, que es invitación y promesa de vida, que significa en sentido estricto “ámame”, como puso de relieve F. Rosenzweig (La Estrella de la Redención, 1921). Vuelve Dios para decir “ámame”, esto es, “amaos”, abriendo en la vida una llaga y/o camino de amor, en una Vida en la que caben todos. En esa línea, Santo Tomás de Aquino, definió a Dios como aquel que pone en marcha el amor de los hombres (Summa Theológica II‒II). Ésta vuelta de Dios es la vuelta al amor humano: O aprendemos a querernos para así “resucitar” (pues “eso” es Dios) o nos destruimos.

2. En ese camino de vuelta de Dios pueden citarse las palabras de Juan de la Cruz, cuando enfrentado ante el manantial de su vida errante de amor, en el bosque de su pasión exclama: “Oh cristalina fuente, si en esos tus semblantes plateados formases de repente los ojos deseados que tengo en mis entrañas dibujados” (CB 12). Sólo podemos hacer que Dios emerja así en nuestro espejo de adivinar (de soñar, de acoger) si le buscamos y soñamos como amor fundante y final, pues, en un sentido muy hondo, todo lo que podemos decir de él empieza siendo “proyección humana”, como sabe el budismo y la filosofía ilustrada.
Sin duda, esa “vuelta” de Dios es una proyección, pero a diferencia de A. Machado cuando cantaba al Dios que todos buscamos pero nunca encontraremos, podemos añadir con el mismo Machado, que esos ojos deseados (que llevo en mis entrañas) son ojos de verdad y puedo mirarlos porque ellos me miran: El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas, sino porque te ve (Machado). Ojos de amor que nos miran y ponen en marcha de amor, eso es Dios. Todo lo que sabemos y decimos de él es proyección, pero no hubiéramos sido capaces de crearla (y de mirarle) si él no nos mirara, diciéndonos “amarás”: amadme y amaos, pues yo os amo primero. De su amor hemos nacido, en él vivimos, nos movemos y somos (cf. 1 Jn 4, 10; Hch 17, 28).

3. La tercera palabra fundamental de este retorno puede ser la de F. Nietzsche, cuando afirmaba hace ya casi 150 años: Dios ha muerto… (Gaia ciencia, 1882). Un tipo de Dios ha muerto, se ha hecho viejo, no responde ni impulsa más la Vida. Ha muerto el Dios de una iglesia establecida, de una ontología de poder, de una religión definida como norma externa, con principios morales absolutos, el Dios de una ley sin amor, que abandona a los hombres en el desierto infinito de sus pobres deseos y sus fuertes luchas.
Lo que dijo Nietzsche lo había dicho Buda, al situarnos más allá de los deseos de muerte, y lo había repetido Job, cuando criticaba desde su dolor (antes que Kant) los falsos principios morales y sociales del “dios establecido” de sus tres amigos, y lo había ratificado Jesús, cuando apeló, por encima del Dios-Ley al Dios de las bienaventuranzas y la vida.

El tema no es el ateísmo, sino la idolatría

En esa línea, en los años que han seguido a Nietzsche, de forma cada vez más intensa, los hombres han ido aprendiendo a vivir sin el Dios anterior, en un proceso que no ha culminado todavía y que, presumiblemente, se acelerará en los próximos decenios. Ciertamente, vuelven destellos religiosos, especialmente fuera de las iglesias y religiones establecidas, aunque es quizá pronto para interpretarlos bien, pero en su mayoría son juegos de espejos ilusorios, en la línea de lo que el Antiguo Testamento llamaba idolatría, expresión del gran engaño del poder o la violencia establecida (que Job y Jesús habían criticado).
Pero puede volver y vuelve el Dios-Vulnerado en el espejo de la fuente de Juan de la Cruz (¡que el Ciervo vulnerado por el otero asoma…! CB 13), para decirnos que lo contrario a Dios, el ídolo de la destrucción (la anti-creación), es Mammón, el dinero absolutizado (Mt 6, 24; cf. Lc 1, 13). Ese Dios-Mammón es el signo de la religión capitalista, condenada por el judío W. Benjamin (en un escrito profético del año 1921). Por eso, solo allí donde se critica y supera un tipo de idolatría de Mammón, podrá hablarse del Dios que viene por el otero de la vida, no sólo en el “ciervo”, sino en el “otro” vulnerado, es decir, en los pobres y excluidos de la tierra.
En esa línea, desde la experiencia bíblica es necesario que se ratifique y culmine la crítica de los ídolos, poniendo a los hombres y mujeres ante el Dios de su propia libertad y del amor como quiso el Shema de Israel, con el libro de Job y el mensaje de Jesús, pues los dioses del poder religioso establecido no han muerto, sino que se han transformado, y tenemos que matarlos (es decir, superarlos), para que así podamos vivir nosotros, los hombres, en Dios, pues de lo contrario nos mataremos todos, en el gran holocausto económico, social, ecológico y religioso que se avecina.
Sólo partiendo de una crítica radical de la idolatría (y rechazando los retornos pseudo-religiosos de un Dios del poder o del dinero) podremos hablar de una nueva revelación de Dios como buena nueva de amor y esperanza. No se trata simplemente de Lavar el rostro de Dios (como escribí en Sal Terrae 76, 1988, 437-449), desfigurado por los siglos, pues ya no nos puede salvar una simple “reforma”, pues necesitamos una recreación verdadera. Nos hallamos ante una crisis mayor que todas las que habíamos pensado, y no puede resolverse con retoques de catolicismo o de mejor protestantismo, ni con un simple retorno a la religiosidad más icónica de oriente, sino recreando la experiencia de Jesús.
Muchos han pensado y dicho en los últimos cien años, con M. Weber y M. Heidegger, que solo un nuevo Dios puede salvarnos, y en esa línea podía situarse Ortega y Gasset cuando proclamaba ¡Dios a la vista! (1926). Así podemos decir también nosotros, pero no queremos que vuelva cualquier Dios, sino el de Jesús, gratuidad creadora y amor, que se opone a la falsa credulidad destructora de Mammón (que significa: aquel en quien creemos de verdad, aquel a quien damos crédito absoluto).
Ese “retorno” de Dios lo podemos impulsar “queriendo y buscando” como el Cristo, pero solo podrá acontecer de Verdad dónde y cuándo él quiera venir para “alumbrarnos”. Ese Dios no vendrá para resolver por nosotros problemas de auto-ayuda (aunque es indudable que bien entendida los resuelve), ni cuestiones de pura economía (aunque él puede y debe abrir un camino de gratuidad y amor económico en la tierra). Ese Dios no servirá tampoco para resolver cuestiones de pura política (aunque en un plano superior él mismo será en nosotros vida y economía compartida).

Retorno de Dios, la gran Frontera

En esa línea, el Dios que viene ha de ser (ha de abrir en nosotros) una experiencia de plena y absoluta libertad en amor, desde la perspectiva ya indicada del Shema de Israel, y del Dios Amado, a quien Juan de la Cruz había descubierto en los ojos que nos miran desde el gran Espejo de la vida. Ese Dios ha de venir en amor, para suscitar en nosotros su “gran marcha” hacia la más alta Frontera, que es la superación de todas las fronteras violentas de una vida centrada en el poder/dinero de unos sobre otros, a fin de que cada uno de los hombres y mujeres puedan decir “yo soy” (como Yahvé, Dios de Israel), añadiendo “nosotros somos” (como Dios-Humanidad), compartiendo un mismo camino de comunión y resurrección.
La religión que viene no ha de ser por tanto una experiencia de sometimiento a un Dios que marca su ley en nuestra carne, como si fuéramos reses de su ganadería, sino experiencia y tarea de gracia y libertad, en amor, pues en él vivimos, nos movemos y somos (Hch 17, 28), siendo en Jesús, el mismo Dios encarnado en la fragilidad arriesgada y por eso amorosa de la historia. Somos Dios (no hay Dios por encima), pero Dios que se expresa y vive en la finitud de una humanidad que puede abrirse al bien que es la vida o al mal que es la muerte (cf. Dt 30, 15).
Debemos superar así la visión del Dios omnipotente de una tradición ontológica y eclesiástica que convierte a los hombres en “siervos”, pues Dios mismo es quien vive (se encarna) en nuestra finitud, y así se arriesga a que le destruyamos, como ha puesto de relieve de forma dramática el Papa Francisco en Laudato si (2015). Nosotros somos según eso el riesgo de Dios, pero también (y sobre todo) el amor de Dios hecho promesa de Vida en la vida de los hombres.
Eso significa que un Dios de imposición y ley externa ha muerto (como decía Nietzsche), pero no por fatalidad exterior, sino por gracia. Ya no creemos en un Dios que nos dirige (nos doma o domina) desde fuera, con su dictadura económica o social, eclesial, política o ideológica. En esa línea debemos retomar el camino de Israel, en contra de las nacientes dictaduras político-militares (Nínive y Babel, con Roma, la prostituta económico-militar del Apocalipsis), y en especial el camino de Jesús en contra de la perversión/idolatría de Mammón/Belcebú (que es el dinero divinizado), para así abrir un camino de libertad esperanzada al futuro de la Resurrección, que es la Comunión universal de los hombres como “hijos” de Dios. Esta superación de la dictadura “religiosa”, a la que ha estado sometida una parte de la cristiandad, y de la imposición ontológico-política de una sociedad establecida, es el centro del proyecto de Jesucristo.

Camino donde no existe camino: El Dios cristiano

No todo el camino de la modernidad ha sido bueno, pues con ella han venido también muchos males: el colonialismo, con el dominio de unos pueblos sobre otros, el capitalismo con la divinización y dominio del “capital” sobre individuos y pueblos. En esa línea, es normal que una parte de la “humanidad” moderna se haya lanzado en manos ese Dios-Mammón, queriendo disfrutar sus beneficios, pero cayendo en manos de su muerte. En contra de esa mentira del Dios-Mammón, la vuelta al Dios verdadero ha de expresarse en forma de redescubrimiento del Dios que es Gracia-Amor (¡amadme: amaos unos a los otros!), como impulso y promesa de libertad. En ese contexto se sitúa y se define la crisis religiosa de la actualidad:

‒ Al abandonar la religión establecida, muchos hombres y mujeres han querido liberarse de toda responsabilidad ante la justicia y la solidaridad, de forma que la humanidad puede caer en manos de una lucha pura de todos contra todos, bajo el sometimiento de Mammón, pues el riesgo no está en abandonar un tipo de Dios dudoso, sino en caer en manos de una idolatría cierta, que no es ya la de Babel o Roma, sino la del Dinero.
‒ Pero, en otra línea, ese abandono de la religión anterior de esclavitud puede tener un elemento positivo, pues en esta situación de crisis (cuando descubren que Mammón les ata y condena a muerte), los hombres y mujeres del XXI pueden asumir su responsabilidad ante el presente y futuro de la vida. En este contexto, muchos están descubriendo que no hay un Dios que les salve de fuera (por imposición), pues solo puede salvarle el Dios que está encarnado en ellos.

Somos como un niño que, perdido en el bosque, tras haber gritado largas horas a un Dios o “genio” superior que venga a liberarle, descubre que es él mismo quien debe tomar la iniciativa, y ponerse a caminar. También nosotros habíamos podido pensar que Dios vendrá a salvarnos desde fuera, pero el tiempo de ese pensamiento ha terminado. Ahora sabemos que no existe un Dios externo de ese tipo (ex-machina), pues él se ha encarnado en Cristo, de tal forma que nosotros mismos debemos liberarnos en él, pues Dios actúa en nosotros, revelándose así como Vida y Resurrección. Así lo supieron ya los libros más radicales de la Biblia judía (Job y Qohelet), con quienes cito a Jesús.

‒ Job (siglo V‒IV a.C.) supo ya que no podemos entender a Dios desde la perspectiva de una “moral retributiva”, en clave de premio y/o castigo externo. Quizá no supo formular una respuesta activa, pero descubrió y dijo que Dios compartía su suerte, en la enfermedad o en la esperanza de justificación futura
‒ Qohelet mostró que “en este mundo” la religión y la bondad no se pueden entender como garantía de salud y abundancia, de felicidad y bienaventuranza, en línea de pago monetario o de negocio. El Dios verdadero se define más bien como llamada a la libertad, en un gesto solidario de apuesta a favor de la libertad y de la vida.
‒ Jesús no inventó una teoría nueva sobre Dios; no demostró su existencia y sus propiedades con razones de corte filosófico; tampoco desplegó nuevas teorías sobre el hombre y su pecado. Por eso no fundó una escuela de interpretación rabínica, sino que asumió la vida humana y la vivió como “vida de Dios”, a favor de los pobres, es decir, de la Vida, muriendo en el intento, pero abriendo un camino de resurrección (cf. Jn 10, 25‒27).

Una conclusión abierta

A Jesús le mataron los representantes de la sociedad establecida, políticos y religiosos, en nombre de los dioses del imperio y del “dios” del templo, entendidos en forma de imposición social y religiosa. Ellos eran (y son) los representantes de un poder que está al servicio de sí mismo (con Mammón y Belcebú como signos principales). Por eso, en la línea de Jesús, el “retorno” de Dios ha de oponerse a los poderes de Mammón y Belcebú, que siguen dominando sobre gran parte del mundo (aunque aparecen con frecuencia bajo falsas formas religiosas).
Jesús ha muerto precisamente para abrir el camino de Dios en la tierra, en contra de Mammón (puro dinero) y Belcebú (posesión, locura destructora). Los cristianos saben que Jesús ha muerto en el intento, pero confiesan que ha resucitado en Dios, resucitando en la vida de aquellos que acogen su mensaje y siguen su camino. Humanamente hablando no es seguro que este mundo 2020 pueda superar el riesgo de muerte atómica, social y ecológica en que se ha metido. Pero el evangelio de Jesús ofrece su promesa de resurrección y vida en Dios para aquellos que asumen su camino de liberación humana.