¿QUÉ ESTÁ PASANDO EN LA IGLESIA?

Benjamín Forcano

Éxodo 93 (marz.-abril.’08)
– Autor: Benjamín Forcano –
 
Creo que es exacto hacernos esta pregunta. Llevamos una legislatura en que el desconcierto de la gente ha ido creciendo. Y ha culminado ante la aparición y declaraciones insistentes de la jerarquía eclesiástica en contra del Gobierno socialista. La gente, sabiendo mi manera de pensar, pero al fin de cura teólogo, me pregunta: Y ahora, ¿qué? ¿Puedes justificar la parcialidad política de la jerarquía y sus arremetidas contra el Gobierno?

Los comentarios mediáticos son, en general, de desdén, de ironía o de crítica despiadada. Al interior de la Iglesia suenan las protestas de siempre y el gesto de lamentar lo tristemente esperado.

El caso es que, en España, no hay ningún obispo profeta que disienta y se atreva a hacerlo públicamente. Son, sin embargo, millones los católicos que disienten y se distancian de la cúpula dirigente. Tienen muy claro que sus Pastores no proceden así por más fidelidad al Evangelio y por más amor a los pobres.

Lo paradójico y triste del caso es que, en una situación democrática donde existen condiciones de libertad como no las hubo nunca, vienen algunos obispos denunciando que la “Iglesia” con este Gobierno se siente acosada, y perseguida: “Se da una crítica y manipulación de los hechos de la Iglesia, un cerco inflexible y permanente por medio de los medios de comunicación. Somos una Iglesia crecientemente marginada. Con el Gobierno Zapatero, la aconfesionalidad (Cons. Art. 16) se quiere interpretar en el sentido de un laicismo excluyente que no aparece en nuestra Constitución. Se pretende imponer el laicismo estricto como ideología dominante y excluyente.

¿Qué piensan y expresan hoy los socialistas?

Las religiones monoteístas son incompatibles con la democracia, la convivencia democrática debe edificarse sobre principios éticos comunes sin ninguna referencia religiosa, la base de la democracia no tiene ninguna ley moral objetiva vinculante, la moral debe ser consensuada. Por todos o la mayor parte.

No nos dejemos engañar. Lo que hoy está en juego no es un rechazo del integrismo o del fundamentalismo religioso, no son unas determinadas cuestiones morales discutibles. Lo que estamos viviendo, quizás sin darnos cuenta de ello, es un rechazo de la religión en cuanto tal, y más en concreto de la Iglesia católica y del mismo cristianismo” (Mons. Fernando Sebastián, Situación actual de la Iglesia: algunas orientaciones prácticas, Madrid, ITVR, 29 111- 2007).

No nos quieren, repetía hace poco uno de los obispos. Pues claro, pero, ¿por qué no preguntan y se enterarían por qué no los quieren? Y, además, ¿por qué cuando hablan de la Iglesia se refieren a ellos mismos? ¿La Iglesia son los 80 obispos de nuestro país? ¿Por no sentirse ellos queridos pueden afirmar que la Iglesia es perseguida y no querida? Y se les seguirá no queriendo mientras sigan encarnando ese modelo de Iglesia clerical, menospreciativo del pueblo, ajeno a la igualdad, la cercanía y la humildad para contar y aprender del pueblo. La Iglesia –clerical– ha sido mucho maestra y muy poco discípula.

He comenzado con este preámbulo. Ofrezco ahora una clave fundamental que puede explicar algo de lo que está pasando en la Iglesia.

Seguramente es verdad lo que un buen sociólogo me decía: no son creíbles porque viven en otro mundo, añoran hábitos hegemónicos de poder y dominio de otra época, no están dispuestos a despojarse –dejarse inorir– para iniciar una adaptación que les haga valorar la nueva situación.

Las cosas son así. Ha habido en los últimos siglos una positiva evolución de la conciencia social y eclesial que explica la nueva situación. El concilio Vaticano II lo entendió perfectamente y, por primera vez, hubo una reconciliación oficial con el mundo moderno, con la democracia, la igualdad, el pluralismo y la libertad. Pero eso no es lo que se daba antes. Antes era la alianza de la Iglesia con los poderes estatales, la primacía de la religión católica, el protagonismo del clero, la supeditación de los saberes humanos al saber teológico, la devaluación de lo terreno y temporal, la desigualdad, la desconfianza frente al mundo y otras religiones, el honor de la Iglesia como tarea prioritaria y no la liberación de los pobres, la obediencia como norma suprema.

Y cuando el cambio de todo esto ocurre, no se lo quiere reconocer como un bien y progreso, se dirige la vista a otra parte y se inventa un falso enemigo a quien culpar de todo. Lo que es una situación objetiva irreversible –hemos pasado de una época teocrátíca e imperialista a otra humanocéntrica y democrática– se la interpreta como un cúmulo de males, provocados por un partido y un gobierno.

Es evidente que muchos hechos del presente tienen causa en el pasado. El modelo de Iglesia Tridentino dista mucho del modelo del Vaticano II. Y el del pasado debe ser entendido y explicado a través del modelo del Vaticano II, no al revés, como no pocos pretenden. Ahí está, creo yo, una de las claves para entender lo que está pasando en la Iglesia, El cardenal Ratzinger –hoy Papa– en su Informe sobre la Fe de 1985 afirmaba: “Resulta incontestable que los últimos veinte años (los inmediatos al concilio) han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia… Una reforma de la Iglesia presupone un decidido abandono de aquellos caminos equivocados que han conducido a consecuencias indiscutiblemente negativas”.

El cardenal Ratzinger pensaba así, en solitario, en contra del parecer mayoritario del episcopado universal. Y pudo, como timonel doctrinal durante 23 años en el Pontificado de Juan Pablo II, dedicarse a reconducir esos equivocados caminos.

Por tanto, los desasosiegos y las premoniciones negativas de la jerarquía se deben a que sufren una descolocación con el tiempo en que vivimos. Es significativo que en la Iglesia –jerarquía y pueblo– sea tan notable el desentrenamiento para vivir en una situación democrática. Vivir en democracia es algo que le ocurre por primera vez. Y los hábitos democráticos no se improvisan, hay que aprenderlos, cultivarlos, amarlos.

El Concilio vivió un conflicto entre una minoría conservadora y una gran mayoría renovadora. Lo que esa minoría perdió entonces lo fue ganando posteriormente, contando con la aportación del entonces definidor de la fe, y hoy Papa, que parecía saber cuál era el Concilio verdadero y cuál el falsificado, podía afirmar que el tiempo de la aplicación del verdadero Concilio no había llegado, que había que hacer tabla rasa de todo y comenzar de nuevo.

El problema, por tanto, está en la resistencia ofrecida por una minoría a la aplicación del Concilio, a la cual Juan Pablo II, le confirió autoridad y oficialidad. En estos momentos, son los conflictos del aula conciliar los que están emergiendo, con la diferencia de que al apoyo dado por el antiguo Prefecto se lo da ahora el Papa Benedicto XVI.

Todo parece indicar que la Iglesia de Benedicto XVI con los vientos a favor camina hacia el preconcilio: da trato de favor a los neoconservadores, pone en entredicho el diálogo ecuménico, se sitúa de espaldas a la legítima autonomía de la cultura y de las ciencias, pospone, frente a problemas internos que han sido ya replanteados, las grandes causas de la humanidad que, por ser primeras y prioritarias, deben unirnos a todos.

Ese modelo de Iglesia autoritaria y neoconservadora, no servidora y anunciante de un Reino de hermanos y hermanas, en igualdad, libertad y amor, es el que dicta el regreso al pasado y el miedo a una auténtica inserción en el presente.