Personas que huyen de la violencia, las guerras y el hambre

Javier Baeza Atienza

Ámbito

La realidad de personas que, en distintas situaciones legales, llegan o pasan por España son muy variadas. Quizás las distinciones que se hacen responden más a la definición que pretende exonerar nuestra responsabilidad sobre esas personas que al intento de dar respuestas a sus circunstancias; al margen de las condiciones de estancia en nuestro estado o las maneras de haber llegado aquí. Así se ha hablado de “refugiados”, “migrantes irregulares”, “reubicados”, migrantes económicos”…

Por tanto, más allá del intento de definir dicha realidad, no podemos obviar que quien pone su vida en “jaque”, abandona su cultura, se desarraiga de su familia y abandona su país… son personas en huida: del hambre, las guerras, la violencia…

Esos augurios catastróficos que asimilan la migración al efecto llamada, están tremendamente equivocados cuando lo que está ocurriendo es precisamente lo contrario.

Esta realidad de las migraciones nos ha puesto en la encrucijada más radical de este comienzo de siglo: apostamos por la humanidad, por una sola humanidad o agudizamos las diferencias entre seres humanos anquilosándonos en la cultura del “descarte” que dice el Papa Francisco.

Si bien la llegada de personas en busca de vida ha sido una constante “llamativa y mediatizada” en nuestro país desde comienzos de este siglo, no es menos verdad que la dureza y crueldad con que se les ha tratado ha sido inversamente proporcional al aseguramiento de sus derechos.

Leyes de extranjería cada vez más severas y criminalizadoras, medidas físicas de contención en frontera Sur altamente “lesivas y crueles” personas en expresión de Amnistía internacional, fiereza irracional en los controles policiales sobre población “con aspecto migrante”, aumento del tiempo de privación de libertad por faltas administrativas en los CIE, espacios donde los derechos y la legalidad parecen un sueño…

Y todo este incremento persecutorio y criminalizador de quienes huyen de los no-espacios de vida, lo han sumado al hecho de la crisis en nuestro país, dando como resultado el resurgimiento de políticas y leyes contra los otros, los migrantes, contra aquellos que han sido y son utilizados con fines laborales en trabajos mal remunerados que nadie “autóctono” quería realizar. Se habla de los migrantes como mano de obra “necesaria” regulando los oficios no cubiertos por los nacionales y, expandiendo a toda la clase obrera, que la necesidad obra milagros. Así entramos en una veloz carrera de disminución de derechos a toda la sociedad y de abajamiento de las condiciones dignas de los trabajadores. Todo cínicamente tramado por el gran capital de la mano de gobernantes más preocupados en no molestar o seguir enriqueciendo a la banca que en mantener los derechos ciudadanos y asegurar el precario estado de bienestar existente.

Así se ha ido consolidando, en muchos de nuestros barrios, esa “guerra silenciosa” de los pobres contra los pobres. La migración como catalizador del inconformismo de la clase media trabajadora. Pero cuya denuncia, en muchas ocasiones, no tiene como objetivo a los responsables de las actuales políticas.

Muchos viejos vecinos fueron migrantes, hoy nuestro país lleva años siendo lugar de llegada, puerta de entrada a Europa… país de migración. Y esta realidad hecho entrar a muchos en dinámicas de rechazo al otro. Como si en el otro no nos jugáramos nuestro propio ser, personal y colectivo.

Propuesta de acción

Mes de mayo de 2015. Un joven palestino aparece por San Carlos Borromeo, preocupado por la situación en que se encuentran otros paisanos. Llevan meses en Madrid, nadie les atiende, solo otros jóvenes que, acogidos en pisos por distintas entidades, comparten con ellos la comida, el dinero de bolsillo y, en algún caso excepcional (y sin que se enteren los responsables de dicha entidad) les han dado cobijo nocturno, sobre todo en el duro invierno madrileño.

Comenzamos trasladando a este muchacho el desconocimiento de dicha realidad y el ofrecimiento del apoyo que estimemos, entre todos, puedan necesitar. Así él se encargará de citar a los jóvenes a quien conoce y nosotros a quienes estamos dispuestos a echar una mano. Se pone en marcha la rueda de la solidaridad. Esa que nos ocupa e implica en las situaciones que vamos conociendo o nos van llegando.

Esta solidaridad espontánea, generosa y creativa, hace que comiencen a aparecer no solo jóvenes susceptibles de asilo, y por tanto objeto de la prestación social y de acogida que nuestro Estado dice poseer y ofrecer a cuantos ciudadanos soliciten dicho estatuto: refugiado; sino también muchas familias. Estaban por nuestra ciudad, vagando sin apoyo, sin futuro y con una vida “muy cansada”…

Las primeras asambleas se tornan en una ocasión de encuentro y en un ejercicio ciudadano de corresponsabilidad. Unas familias se ofrecen a acoger a algunos jóvenes… Siguen las asambleas semanales y aparecen, cada día, nuevas situaciones y más personas abandonadas a su “mala” suerte o presas de la burocracia que esclerotiza cualquier atención pública, por buena que esta sea.

La realidad nos desborda y, además, no podemos dejar que quienes son responsables directos de semejante atrocidad sigan viviendo en su torre de marfil. El bienestar individual suele estar reñido con el bien colectivo de quienes más soportan la exclusión. Así, en asamblea, descubrimos que no hay mejor manera de ejercitar la solidaridad que comenzar por destrozar esos estereotipos que a unos nos hacen ayudadores y a otros ayudados. Como decía Galeano, “es horizontal e implica respeto mutuo”.

Pues junto a ese espléndido ejercicio humanizador de la solidaridad acogiendo a personas y familias e intentar ofrecer aquello que necesitan para poder acceder a otros derechos, surge la necesidad de visibilizar esta realidad y, sobre todo, el silencio cómplice de una administración empeñada en el no reconocimiento de la misma. Lo que no reconozco no existe.

La propia asamblea donde la mezcla es evidente, dispone hacer algo más. Recordar a quienes nos gobiernan que sus responsabilidades no puede acabar en su control y persecución, sino que también conlleva la atención y cumplimiento de las leyes de acogida y refugio. En pleno mes de julio, nos concentramos ante la Secretaría de Estado de Migración para que escuchen la realidad de las personas migrantes abandonadas y la de la ciudadanía solidaria que exigimos responsabilidad.

Fruto de estos encuentros, con sus asambleas, el ejercicio de responsabilidad de quienes sufren la migración y la corresponsabilidad de quienes nos consideramos ciudadanos del mundo provocó que los responsables escuchasen, intentasen enmendar una situación provocada por su ceguera y tuviesen claro que la solución puntual de algunas circunstancias no nos callaría la boca a la hora de seguir reclamando derechos.

Es preciso además constatar que esta desatención ha sido también denunciada por el Defensor del Pueblo cuando señala: “esta institución considera que el sistema de acogida para solicitantes de protección internacional no se ha reforzado suficientemente, ni con la necesaria rapidez, lo que ha provocado que algunas personas se hayan encontrado en una situación de desprotección” [1].

Reflexión

Constatamos la realidad de las migraciones, en sí y para quien quiera estar cercana a ella, como conflictiva. Porque son muchos los intereses que causan las mismas. Y conflictiva porque no podemos estar mirando solo las responsabilidades de quien tiene poder, sin escudriñar nuestras parcelas “intocables”.

El impacto mediático que tiene la muerte “evitable” del niño Aylan en una playa turca no puede dejarnos impasibles. Cuántos Aylan pueblan hoy ese gran cementerio en que se ha convertido el Mediterráneo. Si antaño fue lugar de vinculación entre culturas que lo bañan, hoy es el espacio trágico de la desolación a la que hemos abocado a miles de personas. Camposanto creado por las políticas que han impuesto, no solo en los estados particulares, sino en aquel gran sueño que fue la construcción europea. El cierre de fronteras, la inversión millonaria en sistemas de detección de personas, la financiación de tapones en países “¿amigos?” para la retención de personas migrantes y la amenaza económica de no ayudar a quienes no se sometan a estas inhumanas políticas, hacen que –de manera silenciosa– estemos asistiendo a una tercera guerra mundial contra personas, familias y pueblos.

Frente a esa irracionalidad en la que se pretende convertir el trato a las personas migrantes, no podemos olvidar nuestra misión como ciudadanos y creyentes (al menos en mi caso las dos pretendo que converjan): la acogida. Cuando dejamos que la realidad nos aprese, no podemos dejar de ejercer la protección. Y esta concretarla en la acogida de personas migrantes con dificultad. Sabiéndonos compañeros de una misma travesía en la que hoy el salvavidas puede estar en mi cuello, pero ¿y mañana?

Esta acogida debe prevalecer sobre leyes, normas y protocolos. En el mundo de lo social se lleva mucho la protocolización. Esto es que el otro se desnude (cuente toda su vida) y yo (desde mi atalaya) valore si lo que ofrezco es lo que le conviene.

Reconocer al otro –migrante– que es igual de persona que yo. Que además de necesidades materiales tiene otras necesidades que no se ven, imperceptibles. Que podemos intuir por su rostro, sus silencios o quebradizas seguridades. Para detectarlas hace falta tiempo, confianza y fidelidad. Precisamente el mundo de los sentimientos es tan sagrado, que la entrada en él requiere unas disposiciones muy determinadas y determinantes.

Por eso tenemos que cuidarnos. Porque la acogida no es un ejercicio unidireccional. Acojo si me dejo acoger. Me acogen si soy capaz de disponerme a la acogida. Esos cuidados recíprocos son los que nos constituyen como comunidad [2]. Y lo comunitario es lo que nos obliga.

Termino recordando a Adela Cortina [3]: “Hay una “obligación” que nace cuando descubrimos que estamos ligados unos a otros y por eso estamos mutuamente ob-ligados.»

Acogida, cuidados, comunidad, obligación, gratuidad… adjetivos que pueden hacer la vida algo completamente diferente…

[1] Respuesta en Nº Expediente: 15009618, de 28 de Diciembre de 2015

[2] Luis García Montero, “El valor de los cuidados“, Público, pp. 9-10-11.

[3] “Alianza y Contrato. Política, ética y religión” Madrid, Trotta, 2005, p. 171.