Libertad e indigenismo. La libertad colectiva y el poder del Estado

Montserrat Galcerán

A principios del siglo XXI tenemos muchas dificultades para construir una política liberadora. ¿Cómo hacerlo cuando las tesis tradicionales sobre la emancipación se nos quedan cortas?, ¿cuándo su ideal está basado en un sujeto libre y no dependiente que nada tiene que ver con los sujetos precarios de la economía actual, con las mujeres en situación de vulnerabilidad y con hijos a cargo, con los jóvenes sin empleo y dependientes de sus padres y abuelas? El sujeto burgués libre y autónomo, “hecho a sí mismo”, se ha pasado definitivamente a la derecha y entiende que su autonomía no incluye la de las mujeres ni la de los sirvientes, no digamos la de los trabajadores dependientes o la de poblaciones subordinadas en la jerarquía global.

En ocasiones las teorías y doctrinas consolidadas suponen un freno para construir mundos más justos hasta que las voces de los sujetos silenciados por ellas las hacen estallar. Eso es lo que está ocurriendo con las doctrinas liberales. ¿Qué malentendido encierra la cuestión de la libertad para que tan hermosa palabra pueda usarse como escudo contra otros y haya perdido todo sentido de emancipación colectiva?

Carlos Marx insiste en su obra en el sentido del término “libertad” como “no dependencia”, como “falta de vínculos”, como “desconexión”. Esta acepción se adecúa bien al contexto histórico, cuando la ruptura de los vínculos feudales alumbra una época en que burgueses “hechos a sí mismos” pretenden desvincularse de las ataduras con los regímenes políticos imperantes. Asimismo es coetánea de la configuración del individuo moderno desgajado de la comunidad, productor y consumidor de mercancías.

Esta idea de libertad oculta la subsistencia de vínculos sociales entre los seres humanos sólo gracias a los cuales es posible mantenerse con vida. Como el resto de entes naturales, también los humanos somos dependientes unos de otros para vivir y para morir, para alimentarnos, para vestirnos, para disfrutar de todo lo que ofrece la vida. Y sólo porque se oculta el trabajo de todos los que acompañan al burgués autónomo –su familia, sus servidores, sus trabajadores, sus criados– sólo por eso es posible seguir manteniendo la ficción de un ser libre y autónomo. La libertad se erige sobre la dependencia de tantos otros, cuya voz se silencia y cuya capacidad de emanciparse se niega. La libertad de ese ser humano independiente marca su capacidad para descargar sobre otros/as su cuota de trabajo necesario para sobrevivir.

Las luchas feministas, las luchas de descolonización en el Sur global han puesto de relieve esa contradicción. Al exigir sus derechos, los antiguos subalternos así como las mujeres, mostramos que la independencia en tanto que falta de vínculos, reposa en cadenas, que ya no vínculos, de una parte de la población mundial. Romper esas cadenas es incompatible con mantener la falta de corresponsabilidad de todos aquellos que se benefician de sus prerrogativas.

En este sentido, hablar de libertad, ya desde hace decenios, implica pensar en las dependencias múltiples que todos tenemos unos de otros y que nos exigen construir entornos aceptables para todos/as, basados en la corresponsabilidad y no en la independencia, en la construcción de vínculos comunes y reconocidos, en el reconocimiento de los “bienes comunes” construidos colectivamente.

Las luchas recientes en América latina, justamente por partir de su enraizamiento en comunidades preexistentes, pueden eludir ese problema. Las comunidades no son en absoluto una panacea, pero en la medida en que no han sido destruidas por el individualismo mercantil del capitalismo dominante, ofrecen una base para una política alternativa. Desde la experiencia europea es difícil reconocer ese legado que a menudo se concibe como atraso histórico, pero una vez que ya hemos comprendido las argucias del así denominado “progreso”, estamos en mejores condiciones para aprender de experiencias indígenas que han sido capaces de forjar recios sujetos históricos. La experiencia de Bolivia o de Ecuador muestra que los movimientos indígenas son sujetos históricos dinámicos, capaces de articularse de forma no subalterna en el mapa contemporáneo. Eso no va de suyo, sino que exige un esfuerzo político considerable, así como la creación de nuevas instituciones, como los consejos comunales que se establecieron en Venezuela o el reconocimiento del carácter binacional de Bolivia.

Como muestra García Linera [1], en las economías comunitarias existe también circulación de riqueza, si bien ésta no adopta la forma de mercancías. Tampoco son economías radicalmente antitéticas con el capitalismo, pueden quedar subsumidas en su lógica de explotación y de acumulación pero, al tiempo, ofrecen vías alternativas para poner a prueba sistemas económicos no basados prioritariamente en el lucro y en la acumulación privada. Por su implantación agraria tienden a ser más respetuosos con el medio ambiente y las mujeres tienen en ellos mayor poder dado su papel prioritario como agricultoras y cuidadoras.

En este marco, el Estado se reconfigura. Las experiencias recientes nos enseñan que el Estado funciona como un estabilizador de las fuerzas políticas y sociales, inclusive económicas, en liza en un determinado contexto histórico. Por lo general, las Instituciones estatales acoplan su dinámica a los intereses del sistema económico, pero en épocas de transformación social pueden articularse con las exigencias de los sujetos emergentes y crear un nuevo equilibrio donde el poder se ejerza en beneficio, tal vez parcial, de estas nuevas fuerzas. En América latina hemos vivido un proceso de ese tipo: los nuevos sujetos subalternos se han abierto camino en el poder del Estado con victorias electorales como las de Evo Morales en Bolivia, Lula en Brasil o la revolución chavista en Venezuela. El deterioro de Venezuela y el triunfo de la derecha más reaccionaria en las últimas elecciones brasileñas muestran la vuelta de la reacción conservadora, pero el escenario sigue abierto sin una victoria definitiva de ninguno de los dos frentes. Todo ello nos enseña la importancia de la pugna por el acceso a las Instituciones del poder del Estado en sus múltiples niveles por medio de las cuales se configura el poder colectivo de una sociedad. La construcción de sujetos colectivos autónomos empuja también en nuestro país en esta dirección.

 

[1] A. García Linera, Forma valor y forma comunidad, Madrid, Traficantes de sueños, 2015.