La verdad de la justicia y el poder de la memoria

Juanjo Sánchez

Hace ya diez años que nuestro incansable colaborador José Antonio Pérez Tapias, quien también escribe el artículo que abre y enmarca este número de nuestra revista ÉXODO, publicó un excelente libro con el sugerente título Del bienestar a la justicia. Aportaciones para una ciudadanía intercultural. Un título que reflejaba perfectamente el hilo rojo de su contenido: una propuesta rigurosa y original de una filosofía política que ponga en su centro la lucha por la justicia más allá de la consecución del bienestar, sostenida por una ciudadanía consciente a la altura de nuestro mundo globalizado e intercultural.

Una propuesta, ciertamente, poco común en nuestros tiempos de pensamiento y no menos de política light, de inagotables tertulias, de innumerables y confusos mensajes, de planteamientos ligeros, de compromisos convencionales, de utopías desechadas como juguetes rotos, de democracia depotenciada a mera conquista y gestión del poder, a programas de palabras vacías que no pasan de papel mojado, a políticas corroídas por la lacra de una corrupción que no parece tener límite…

Frente a todo ello, la propuesta de Pérez Tapias es una propuesta recia, de utopía y grandes, pero críticos y conscientemente frágiles relatos de compromisos de justicia e igualdad contra la lógica injusta e insaciable capitalista, de Estado solidario más allá del mero bienestar, de socialismo como democracia radical, abierta al mundo globalizado, a un cosmopolitismo cultural. Una propuesta de política de derechos humanos tomados en serio, replanteados desde la radicalidad de la interpelación del rostro de los otros y de la responsabilidad de una respuesta a sus reclamos. Una propuesta de diálogo de civilizaciones, de ciudadanía transcultural y solidaria y de laicidad abierta e igualmente solidaria como reconocimiento de los otros.

Una propuesta de este calibre no podría sustentarse sobre coordenadas de cualquier tejido. El lector se sorprenderá de encontrar al comienzo mismo del libro un capítulo, el segundo, dedicado a la verdad. Si entra y se demora en él percibirá enseguida que no se ha equivocado de libro, que solo sobre una “reflexión ético política”, como la titula el autor, de esta categoría resulta coherente y consistente la vigorosa y relevante propuesta que sigue a continuación.

Este capítulo, que Pérez Tapias titula “Verdad de la justicia y poder de la mentira”, es un potente contrapunto a la atmósfera viciada de la posverdad que invade nuestro espacio y penetra hasta nuestro pensamiento, pervirtiendo nuestros planteamientos y compromisos, nuestro talante moral y nuestra vida política.

No lo pone fácil nuestro amigo, sin duda. Aunque su escritura es transparente y llena de dinamismo, su lectura exige esfuerzo: nada propio de estos tiempos, es verdad. Pero la aventura merece la pena.

Este capítulo de su libro nos permite tomar conciencia de las grandes líneas del pensamiento que define nuestro tiempo de posmodernidad y de “muerte de Dios”, sobre la que rieron y se mofaron los contemporáneos de Nietzsche, pero que llegan hasta nosotros hoy y nos envuelven y ciegan en la nebulosa de la posverdad, como ya lo advirtió con sorprendente lucidez, hace ya más de veinte años, el admirable José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera.

Y nos descubre luminosamente cómo la verdad no es una cuestión banal de la que podamos desentendernos alegremente, porque es una cuestión de justicia, de reconocimiento de los otros y de derechos humanos, de la cual pende nuestra dignidad y felicidad. La dignidad y la felicidad de todos, no solo la nuestra o solo la de los nuestros.

Y nos hará sentir, tras su lectura, la “necesidad democrática de una política de verdad que resista a la mentira organizada”, escribe nuestro amigo y colaborador. La sentiremos como una responsabilidad que nos atañe íntimamente en cuanto ciudadanos y demócratas.

Leyendo este libro, y concretamente el capítulo comentado sobre la verdad, entiende uno por qué José Antonio Pérez Tapias es una de las voces más lúcidas, más limpias y comprometidas que se pueden escuchar en medio del vocerío que llena de ruido el ágora de nuestra convivencia y nuestra esfera pública. Tal vez por ello mismo no sea precisamente la voz que más gente sigue. La verdad es luminosa, no es propaganda.