La realidad social latinoamericana y el hecho religioso-eclesial

Marcos Villamán

Éxodo 153
– Autor: Marcos Villamán –

A manera de introducción

La teología latinoamericana, y el pensamiento cristiano de la región en general, se esfuerza por ser una reflexión que reconoce a la realidad social y eclesial desde la que ella se elabora como su contexto y punto de partida inevitable. Obviamente, esto puede ser asumido en una diversidad de sentidos. Aquí la estamos tomando como el marco inmediato económico, social y político caracterizado, entre otras cosas, por amplios niveles de pobreza y exclusión social en el cual se realiza la actividad pastoral y, en consecuencia, lugar desde el cual se piensa la acción que se desarrolla y la fe que pretende animarla. Es esto lo que quiere decir, en uno de sus sentidos, la afirmación de que la teología se asume como reflexión crítica de la práctica a la luz de la fe en la cual se pretende la vivencia consecuente de la misma que resulta así condicionada por la vida concreta de los y las creyentes en sus específicos contextos.

Es en razón de lo anterior que iniciamos este texto conjunto partiendo de una aproximación a la realidad presente económico-social y política de la región, como ya es tradición en la reflexión teológica de América Latina, que se reconoce-constituye en el contexto de las prácticas desde las cuales se vive y piensa la fe, es decir, se hace teología. Proceso cuyo resultado-producto es una reflexión que intenta dar cuenta, ser soporte y animar la experiencia de fe de los cristianos y cristianas que desarrollan su compromiso en los diversos países de la región.

Obviamente, este no pretende ser un texto exhaustivo, sino, indicativo de elementos que resulten útiles, a nuestro juicio, para una aproximación al contexto en el que nos encontramos hoy en América Latina y el Caribe como marco de referencia imprescindible para una reflexión seria de y desde nuestra práctica que se desarrolla en este contexto.

  1. Algunos rasgos del proceso socio-económico y político latinoamericano

Los diversos países de la región latinoamericana han realizado procesos socioeconómicos y políticos de rasgos relativamente similares, o por lo menos cercanos entre ellos, aunque exhibiendo también diferencias marcadas sobre todo desde el punto de vista de la amplitud y profundidad de las características específicas de los indicados procesos de desarrollo económico-social y político. Es una realidad conocida que los dichos procesos han sido implementados con la vista puesta en los países del primer mundo que fueron los protagonistas principales de los procesos de conquista y colonización en la región de América Latina e impusieron y fueron asumidos como modelos orientadores del ordenamiento de las sociedades que se desarrollarían en estas tierras. Veamos.

1.1. La Modernización en América Latina: las ciudades latinoamericanas

Como venimos indicando, la conformación y desarrollo de las sociedades latinoamericanas ha sido el producto de los conocidos procesos modernizadores generados como parte del desarrollo del proceso de colonización realizado por los países del llamado primer mundo en el contexto de proyectos económicos y sociales conducidos por una Europa “descubridora” –la de la conquista– que protagonizó, en cada etapa, procesos sociales orientados por la concreción de los ideales de la modernidad. Estos tienen ya un largo tiempo en ejecución y continúan en expansión en los países de la región latinoamericana, aunque con ritmos y momentos diversos, ahora en la denominada etapa de globalización neoliberal.

De esta manera, tal y como ha sido señalado por algunos: “La globalización de la economía mundial provoca grandes transformaciones en las relaciones capital-trabajo, sintetizadas en lo que se conoce como flexibilidad laboral… El neoliberalismo, el mercado, la libertad individual y la propiedad privada se presentan como los grandes triunfadores frente al fracaso histórico del deformado “socialismo.” En el campo de las ideas, el neoliberalismo ha logrado el control de la mente humana de gran parte de la sociedad. La competencia, no la solidaridad, predomina en el sentido común y en la vida cotidiana.”[1]

Ahora bien, el proceso de colonización de los países de América Latina nos llega por la vía de la España católica de la época. Y, como se sabe, esto condicionó el tipo de modernidad que se desarrollaría en los países de la región. En ella, específicamente y sin entrar en más detalles, el factor religioso católico conservador constituyó un factor preponderante, un rasgo cultural importante en la conformación de los diferentes países de la región y un elemento condicionante de la visión de los diversos sectores que coparon el escenario político. Producto de este proceso complejo y específico, la modernidad, el liberalismo y la democracia han logrado establecerse en los diversos países de la región latinoamericana con rasgos específicos y con mayores niveles de desarrollo y estabilidad en unos más que en otros.

En este sentido, los llamados tres grandes Brasil, México, Argentina, y otros como Chile para algunos, han generado importantes procesos de desarrollo económico-social y político que, si bien no los separan del resto de los países de la región, permite establecer una importante diferenciación con respecto a los mismos, sobre todo, desde el punto de vista de los niveles de desarrollo alcanzados y la consolidación democrática lograda en el contexto de los complicados procesos políticos desarrollados.

De igual manera, aunque más recientemente, los pequeños países centroamericanos y caribeños han conocido específicos y complejos procesos de desarrollo económico y consolidación socio-política por la vía de la estabilización democrática con rasgos propios y recorriendo caminos complicados como concreción de una modernidad política asumida (o impuesta) como cultura a través de procesos nada sencillos. Del mismo modo, y por otra parte, completan este panorama países que como Perú, Venezuela y otros más de la región que se han conformado históricamente en contacto con la dinámica de la cultura política moderna. Estos procesos nos han conducido a producir, entre otras cosas y de manera diferenciada, el esfuerzo de desarrollo económico, la lucha exitosa contra dictaduras de larga data, acompañados del esfuerzo por el relativo éxito democrático y la presencia de una incipiente cultura política moderna que caracteriza la actualidad política regional. Como se sabe, en el caminar por estos senderos, siempre estuvo presente la tentación autoritaria antidemocrática concretada no pocas veces.

Ahora bien, cuando en este contexto hablamos de “Cultura moderna” la estamos asumiendo como… “un concepto común, muy amplio y flexible. En un sentido más estricto, llamamos moderna a aquella cultura que brota del fenómeno histórico-ideológico que ha tenido lugar en el desarrollo de la humanidad a partir de los siglos XVII y XVIII, y que hace suyos los valores propios de la Ilustración, a saber: la declaración de la mayoría de edad de la humanidad frente a todo tipo de tutelaje religioso o político, la reivindicación inequívoca de la libertad humana y de sus derechos individuales “cívico-burgueses” (otras generaciones de derechos humanos vendrían después, como consecuencia), y el concepto de ciudadanía “política y laica”. Una consecuencia de la proclamación de los derechos humanos y de la reivindicación de las libertades, es su característica tolerancia positiva ante la pluralidad de opiniones e ideologías, admitidas todas en igualdad de derechos a participar democráticamente.” [2]

1.2. La cuestión social: pobreza, desigualdad y exclusión social

Como hemos venido indicando, en el proceso señalado, con la diversidad y especificidad de cada país, pobreza, desigualdad y exclusión social fueron históricamente y continúan siendo rasgos fundamentales que, aunque con intensidades diversas, caracterizan, aunque de manera desigual, la realidad económico-social de los países de la región latinoamericana y definen el perfil de sus ciudades principales. Ello no quiere decir que no haya habido ninguna modificación en el tiempo al respecto, sino que los cambios producidos no han transformado de manera relevante esta dimensión-composición del panorama social desde el punto de vista de la generación de mayores niveles de equidad social.

Tal y como ha sido indicado, hoy la novedad en el abordaje del tema en cuestión por parte de autores de la región consiste, entre otras cosas, en el reconocimiento de la vinculación entre pobreza y exclusión. Esto así, y como ha sido señalado, porque “No siempre la pobreza ha estado hermanada con la exclusión social; más bien la pobreza era generadora de cultura, formaba parte del paisaje social sin que los pobres se sintieran, por el simple hecho de ser pobres, también excluidos. Este salto en la percepción de la pobreza es decisivo para acreditar las buenas prácticas.”[3]

Como es harto conocido, el panorama de las principales ciudades de los países de la región ha estado signado por la existencia de los conocidos “barrios populares” caracterizados por la concentración de sectores sociales empobrecidos, de ingresos limitados, producto de su ubicación laboral en empleos precarios o del simple desempleo abierto que en no pocas ocasiones se combina con el llamado trabajo por cuenta propia generalmente de remuneración también precaria. Así, estos ampliamente conocidos “cordones o cinturones de miseria” continúan siendo un rasgo común del paisaje urbano latinoamericano y caribeño sobre todo de sus principales ciudades.

Como es conocido, estas llamadas por algunos “villas miseria” (aunque su denominación es muy variable de un país a otro en la región), son típicas de las grandes ciudades latinoamericanas, sobre todo de sus capitales, se ubican espacialmente en los márgenes de las mismas y son, como se sabe, las principales receptoras de la migración que arriba del campo a las ciudades en busca de empleo para la sobrevivencia. En estos espacios urbanos los servicios (agua, energía eléctrica, educación, trazado urbano) son inicialmente casi inexistentes y de muy mala calidad, lo mismo que la planificación del territorio. Con el correr del tiempo estos espacios van siendo precariamente “urbanizados” por los mismos sectores sociales empobrecidos que allí se ubican y más tarde por los diferentes gobiernos que se ven socialmente presionados en esa dirección. Como indicamos anteriormente, en las capitales latinoamericanas estos barrios son los principales receptores de la migración y la concentración poblacional urbana.

Como se ha indicado, los sectores sociales que habitan las barriadas populares tienen, en general, baja escolaridad y formación y son, mayoritariamente desempleados o subempleados mal pagados o trabajadores por cuenta propia que reciben una escasa remuneración o ingresos que no les permite superar de manera relevante las condiciones de pobreza. Son denominados de diferentes maneras en los diferentes países de la región, y son una realidad mayor en prácticamente todos ellos. En buena parte de los países esta precariedad del empleo tiene que ver, entre otras cosas, justamente con el limitado nivel de desarrollo industrial, el tipo de industrialización realizado y la baja formación de la mano de obra trabajadora mal remunerada que se expresa como exclusión social:

“Ser excluido significa no contar para nada, ser considerado inútil por la sociedad, ser descartado de la participación y, sobre todo, sentirse sobrante en una «fortaleza sin puentes levadizos». Así, se sienten los habitantes de barrios desheredados, personas “inempleables”, parados de larga duración, jóvenes en el límite de los dinamismos sociales”. [4]

1.3. La Focalización como respuesta estatal

Como se sabe, una respuesta puesta en ejecución por no pocos gobiernos de los países de la región latinoamericana ante la realidad antes indicada es la llamada “focalización”, que consiste en el apoyo-ayuda puntual y espacialmente localizado (focalizado) a los sectores sociales más empobrecidos. Esta ayuda se concretiza en una especie de subsidio y la misma parece haberse generalizado en buena parte de los países de la región como parte esencial de la política social de los gobiernos. Con respecto a la eficacia de esta política no parece existir un consenso amplio entre los diversos actores y analistas. Algunos critican este apoyo estatal por considerarlo pernicioso en el tiempo, en la medida en que, en su opinión, tiende a generar dependencia con respecto al Estado por parte de los sectores empobrecidos en su búsqueda de alternativas de sobrevivencia. A este respecto se argumenta que:

“En el debate “posmoderno” se ha constituido una especie de “nuevo consenso”, que postula la “auto sostenibilidad” y el “espíritu empresarial” para los pobres: depender del Estado es visto como algo “negativo”. Estas ideas pueden reforzar, de modo peligroso, irresponsable e hipócrita, la ideología neoliberal de que los “individuos y las comunidades” son responsables por la resolución de sus propios problemas, criterio según el cual la intervención estatal resulta “paternalista”. Sin embargo, esta es, por supuesto, una visión limitada a “los pobres” ya que para las empresas no hay problema en recibir subsidios y exenciones fiscales del Estado…”[5]

Sin embargo, en oposición a la visión antes indicada, asentada en esta especie de doble estándar, de más en más se reivindica esta práctica como una de las maneras de asumir el Estado, de manera adecuada, parte de su responsabilidad social. Así, esta tendencia al apoyo estatal es cada vez más bien vista como una “buena política oficial” en la medida en que respondería adecuadamente a las “necesidades sociales” socialmente asumidas. Las opiniones son variadas.

A este respecto, tal y como afirman algunos, a nuestro juicio adecuadamente: “La conclusión con respecto a las necesidades sociales que un estado de bienestar debería satisfacer es que no se trata exclusivamente de satisfacer necesidades materiales, sino de hacerlo mediante servicios universales que eviten el estigma y que contribuyan a la construcción de la identidad de las personas tomando como referencia la comunidad política de que son miembros… En suma, la política social debería administrarse como una herramienta para el cambio social, no exclusivamente –y tampoco principalmente – para la adaptación social de los individuos y los grupos.” [6]

  1. La relevante cuestión de las “Clases medias”

Una de las cuestiones relativamente novedosa en buena parte de los países de la región latinoamericana es la tendencia a una importante expansión de las clases medias. De un tiempo a esta parte las mismas parecen encontrarse en un importante proceso de ampliación y se hacen notablemente presentes en la actividad económica en las principales ciudades latinoamericanas. Todo parece indicar que asistimos a un importante incremento de estas clases a tal punto que algunos hablan de la “irrupción” de las clases medias como manera de caracterizar el impacto y una parte de la novedad del presente latinoamericano.

Además de su notable expansión, lo novedoso de la situación parece ser, por una parte, el hecho que estas clases aparecen desarrollando un liderazgo importante en el conjunto de la sociedad, sobre todo en momentos políticamente relevantes. Así, estas clases parecen diferenciarse en su comportamiento de lo que era normal en ellas en el pasado reciente. En este sentido, según algunos: “…las nuevas clases medias son parecidas y a la vez diferentes de las clases medias tradicionales cuantitativa y cualitativamente. Opinan y ven los problemas sociales de modo parecido, pero son frágiles en términos estructurales, viven en el día a día más preocupadas y su comportamiento político es más impredecible.”[7]

Tal y como indica Rudolfo Paramio: “…en este momento las clases medias tienen una nueva actualidad en América Latina a causa de varios factores. En primer lugar, la percepción generalizada de que su tamaño está creciendo en la región, aunque las grandes diferencias entre países y los diferentes criterios de cuantificación hagan difícil objetivar el fenómeno. La emergencia de nuevas clases medias bajas, resultado de las políticas de transferencia monetarias directas y de otras políticas de redistribución, se suma a un período de crecimiento económico de casi una década y que, pese a la crisis de 2009, ha invertido el pronóstico pesimista de los años 90, según el cual el nuevo modelo económico hacía inevitable una crisis de las clases medias y la caída de una buena parte de estas en la «nueva pobreza»”. [8]

Lo importante al respecto, desde el punto de vista de estas breves páginas, es dar cuenta y, sobre todo, llamar la atención acerca de este fenómeno social que viene desarrollándose y que, aparentemente, deberá tener relevantes repercusiones políticas en el presente y futuro de los diversos países de la región. Sobre todo, tomando en cuenta la tendencia sostenida al crecimiento de este sector social en la mayoría de los países de América Latina. Y, obviamente, llamar a prestar atención al mismo desde el punto de vista pastoral.

  1. Una nueva Situación Política: ¿Democracia política sin horizonte de transformación social?

Un serio problema que parece presentársele hoy a las democracias en la región es el de su legitimación, es decir, la generación de la capacidad de ser percibida como una real concreción práctica de aquello que se sostiene acerca de sí misma en el discurso político. Obviamente, nadie pretende pasar por alto la inevitable distancia entre el discurso y la práctica democrática. Pero nadie puede tampoco permanecer acrítico al respecto en la medida en que la práctica de los demócratas se distancie en exceso del discurso político democrático tendiendo así a su deslegitimación.

Sin duda, la democracia parece haber logrado un lugar importante en el imaginario político popular en buena parte de los países de la región. Se puede afirmar que, de más en más, ella forma parte del aspiracional político de la población latinoamericana. Para muchos esto tiene que ver con la historia política de buena parte de los países de la región en la cual las lamentables dictaduras y los dictadores fueron de presencia recurrente y nefasta hasta hace relativamente poco tiempo.

Así las cosas, el paisaje político regional aparece hoy cargado de gobiernos de corte democrático en los cuales la importante cuestión electoral tiene garantizado un lugar central como parte de dicho proceso. Así, por su vía, las posibilidades de alternabilidad en el poder están aparentemente aseguradas. De nuevo, la pregunta que queda por resolver es si será posible por la vía electoral construir-negociar un modelo social que permita el enfrentamiento adecuado de la “cuestión social”, a saber: la modificación de los importantes niveles de pobreza y desigualdad existentes en la región. Esto quiere decir que, por una parte, está aún pendiente de solución la espinosa cuestión social que por razones obvias es fundamental en el horizonte reivindicativo de los amplios sectores populares de los países de la región. Y, por otra parte, la muy relevante cuestión acerca de si la construcción de la institucionalidad democrática habría obtenido ya niveles suficientes de fortaleza, madurez y eficiencia en su funcionamiento práctico.

En este contexto, parece pertinente el siguiente comentario de Tezanos y Luena: “Desde la perspectiva de la segunda década del siglo XXI, la impresión de muchos ciudadanos es que el funcionamiento práctico de la democracia, y la forma en la que se está haciendo frente a la crisis económica y a las derivas desigualitarias y precarizadoras, está especialmente afectado por poderes e intereses que imponen una lógica socioeconómica que produce costes sociales especialmente graves –e inasumibles– a sectores cada vez más amplios de la población. Y para imponer dicha política –que tan buenos réditos proporciona a unos pocos– se parece estar deteriorando la lógica de los equilibrios sociales y políticos. Es decir, se está prescindiendo del sentido de la equidad social y se están desconociendo las bondades y ventajas de la cohesión como garantes de la paz, la estabilidad y la buena funcionalidad política” [9].

Así las cosas, parece entonces que la indiscutible relevancia y positividad de esta reivindicación de los modelos democráticos que se ha extendido por toda la región es que, como hemos indicado, la misma ocurre sin embargo, en una aparente ausencia o precariedad de propuestas socioeconómicas solventes que apunten de manera clara hacia la construcción de modelos sociales alternativos a lo existente, que se constituyan a su vez en caminos eficaces para la postulación de los mismos como alternativas en este nivel. Y, así, impide que la extendida situación de pobreza y exclusión sea percibida como suficientemente denunciada como injusticia social y pueda ser atendida desde la perspectiva de su superación.

Tal como indican algunos: “De hecho, hay cierto consenso en cuanto a varios principios fundamentales de justicia social: si la desigualdad se debe, al menos en parte, a factores que los individuos no controlan, como la desigualdad de las dotaciones iniciales legadas por la familia o la buena fortuna, acerca de lo cual los individuos no son responsables, entonces es justo que el Estado trate de mejorar de la manera más eficaz la suerte de las personas menos favorecidas; es decir, de aquellas que tuvieron que lidiar con los factores no controlables menos propicios. Las teorías modernas de la justicia social expresan esta idea como “regla maximin”: la sociedad justa debe maximizar las mínimas oportunidades y condiciones de vida ofrecidas por el sistema social.” [10]

  1. El hecho religioso y Las Iglesias en América Latina hoy

En el breve contexto hasta aquí presentado, la relevancia del factor religioso en América Latina y el Caribe es reconocida como un dato cuyo conocimiento es imprescindible para poder comprender y dar cuenta de manera adecuada de la realidad social de la región. En concreto, como se sabe y hemos visto, el catolicismo fue la expresión religiosa que primero se expandió por todos los países de la región latinoamericana y esto en un período en el que el mismo no compartía su presencia con ninguna otra oferta cristiana. Por lo mismo, se consolidó como la versión más extendida del cristianismo en esta realidad regional.

Así, por un tiempo relativamente largo, el catolicismo fue la única expresión religiosa cristiana conocida en la región, lo que propició la tendencia a su carácter dominante y exclusivista. “El cristianismo, una vez declarada religión lícita en el imperio romano, y después religión oficial del Estado, en el siglo IV, desarrolló una actitud exclusivista ligada a una valoración negativa de las otras religiones. La pretensión de ser la única “religión verdadera” se expresó ideológicamente en el axioma…: Extra Ecclesiam nulla salus.” [11] Esto parece haber sido así hasta el arribo del cristianismo protestante a las diversas regiones en una diversidad de versiones a principios del siglo pasado. Una diversidad que se ha multiplicado y se continúa multiplicando en versiones nuevas de manera importante hasta el presente.

Ahora bien, el cristianismo, tanto católico como protestante, no fue la única versión de lo religioso en las Américas sino que, en la mayoría de los casos, se produjo también la presencia de expresiones religiosas propias de los aborígenes que habitaban en estas tierras. Como es conocido, las relaciones del cristianismo, en su versión original católica, con las religiones aborígenes no fueron cordiales. Por su parte, el catolicismo como religión de Estado, salvo excepciones, nunca sostuvo relaciones que no fueran de resistencia y rechazo con la religiosidad indígena precristiana, excepción hecha de algunos conocidos personajes cristianos de actitud más considerada y abierta en un contexto no siempre favorable al diálogo.

Por un buen tiempo, el catolicismo fue la expresión cristiana dominante en la colonia, sin embargo, como se ha indicado, más adelante el cristianismo protestante histórico se hizo presente en la región. Así, buena parte de la diversidad de expresiones de ese protestantismo histórico o tradicional se hizo y está presente con mayor o menor fortaleza en la mayoría de los países de América. En la actualidad, de un tiempo a esta parte, y como es conocido, una novedad importante ocurrida al respecto es el crecimiento de los llamados “nuevos movimientos religiosos” y, por su vía, la impactante nueva presencia evangélica en la mayoría de los países latinoamericanos y caribeños que no discutiremos en esta ocasión.

Así, hoy nos encontramos con una diversidad importante en el mundo religioso protestante, tanto del tradicional como del nuevo, en la mayoría de los países Latinoamericanos. La valoración de este fenómeno es diversa y va desde la afirmación de que el mismo es producto del crecimiento y empuje del nuevo protestantismo hasta su consideración como propiciado por intereses políticos foráneos. Pero, lo cierto es que de más en más asistimos a un crecimiento importante de lo que algunos denominan el “nuevo protestantismo” en Latinoamérica.

Mientras tanto, el mundo católico y el protestantismo tradicional en menor medida, también han generado novedades importantes. Desde el punto de vista del mundo católico esta novedad, desde hace ya un buen tiempo, se expresó y se expresa, como hemos indicado antes, en la llamada “Opción por lo pobres” y su concreción en lo que se ha conocido como Iglesia de los pobres, que tiene en las Comunidades Eclesiales de Base, CEBs, su concreción más relevante. Estas crecieron de manera importante en las últimas décadas, sobre todo en América Latina. Este proceso ha sido acompañado con una importante presencia de agentes pastorales (sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos) en el mundo de los sectores populares del campo y la ciudad como concreción de su opción por los pobres.

Es que, como ha sido ampliamente establecido…” En los pueblos de América Latina, los procesos de toma de conciencia generalizada de la injusticia, dependencia, miseria y opresión, hacían imposible no escuchar el clamor de los millones de empobrecidos que irrumpían en la sociedad y en la Iglesia reclamando salir de su “estado de malvivir”. Este era el segundo factor que haría que los puntos luminosos del Concilio Vaticano II iluminaran en Medellín la irrupción histórica de los pobres como apremio del Espíritu a las iglesias del continente. Ir al “mundo humano”, en esos pueblos, a evangelizarlo con el Espíritu de Jesús, era entrar en el submundo de las mayorías y minorías pobres como “iglesia madre de los pobres.”[12] Estos pobres que se encuentran desde siempre en “la periferia” e interpelan con su existencia al conjunto de las iglesias que se pretenden cristianas [13].

 Algunas Conclusiones

  1. Como se sabe, la modernidad se hace presente en América Latina como producto de un proceso que inicia con la colonización de los países de la región realizada por la España colonial que posteriormente en su momento se hace liberal y democrática. En consecuencia, los rasgos de aquella han sido el fruto de un proceso combinado entre esta metrópolis, en las condiciones y características de su propio desarrollo y los diversos procesos coloniales. La cultura moderna se expresará luego en los países de América Latina en los procesos políticos y económicos desarrollados y tendrá momentos importantes que incluye sus propias limitaciones en la construcción democrática que hubo de afirmarse en contraposición a los regímenes autoritarios ya bien entrado el siglo XX.
  1. En el desarrollo de estos procesos que arrancan con la colonia, la pobreza, la desigualdad y la exclusión social han sido rasgos característicos de la realidad económico-social de la llamada región latinoamericana hasta nuestros días. Así, las modificaciones ocurridas en el tiempo han ido transformando la fisonomía de los países y sus procesos, pero, aunque con diferencias, manteniendo los niveles de pobreza y desigualdad como rasgos característicos de sus mayorías nacionales. Los barrios populares, llamados de diferentes maneras en los diversos países de la región son un rasgo distintivo de esta realidad desigual.
  1. En los últimos tiempos, los gobiernos han formulado políticas y programas sociales para acudir en ayuda de estos sectores ante la realidad indicada a través de la puesta en ejecución de programas focalizados en los diversos territorios donde se encuentran los barrios populares de los diferentes países de la región. Con respecto al desarrollo de estos programas estatales no parece existir todavía un consenso establecido, pero los mismos parecen extenderse de más en más. Así, el debate en torno la cuestión de la focalización continúa en pie y las posturas son diversas en torno al punto.
  1. El tipo de desarrollo concretado en la región ha generado un crecimiento importante de las clases medias que, en consecuencia, se hacen políticamente más relevantes y se constituyen en un rasgo característico de la realidad regional. Estas nuevas clases medias son parecidas y a la vez diferentes de las clases medias tradicionales. “opinan y ven los problemas sociales de modo parecido, pero presentan una importante fragilidad estructural y su comportamiento político parece más impredecible.”
  1. La nueva situación política se caracteriza de manera importante por una expansión de la democracia en la mayoría de los países de la región. Parece constatarse que ella, la democracia, ha logrado colocarse de manera sólida en el imaginario político popular y haberse consolidado o estarse consolidando como parte importante del aspiracional político de la población latinoamericana lo que parece estar contribuyendo a la estabilidad política de los países. Sin embargo, la debilidad de los procesos de inclusión social aparece como un importante reto a ser enfrentado de cara a la consolidación de los procesos democráticos.
  1. El hecho religioso sigue siendo un factor de relevancia en la realidad social de la región latinoamericana, aunque su presencia se ha diversificado de manera importante. El catolicismo, en la diversidad de sus manifestaciones, parece mantenerse como principal expresión religiosa, pero se puede apreciar, de un tiempo a esta parte, un crecimiento importante del mundo religioso no-católico, tanto de las denominaciones evangélicas tradicionales, de las de existencia reciente como de los nuevos movimientos religiosos.
  1. “No pocos sociólogos de la religión del siglo pasado anunciaron que las religiones no lograrían sobrevivir al siglo XX y se convertirían en un fenómeno puramente residual, sin relevancia alguna… Los pronósticos, empero, no parecen haberse cumplido. La crítica moderna de la religión y de sus instituciones no ha desembocado, como se esperaba, en el final de la religión… las religiones han resurgido como fuerza social, han cobrado relevancia política, han recuperado el espacio público perdido en las décadas anteriores y se han convertido en elemento fundamental de identidad cultural y nacional…” [14]

Bibliografía básica

  1. Azagra Ros, Joaquín, y García Roca, Joaquín, La Sociedad Inclusiva. Entre el Realismo y la Audacia, PPC, Editorial y Distribuidora, SA, Madrid, 2015.
  2. Vigil, José María, “Cultura Moderna y Pluralidad religiosa: otra opinión”, en: La Estrella de Panamá, 2020.
  3. Caputo, Orlando, “La Economía mundial y América Latina a inicios del siglo XX”, en: Dos Santos, Theotonio (ed.), América Latina y el Caribe: Escenarios posibles y políticas sociales, FLACSO, UNESCO, 2011.
  4. Dupuis, Jacques, sj, El cristianismo y las religiones. Del desencuentro al diálogo, Sal Terrae, Santander, 2002, p.23, España, 2001
  5. Kerstenetzky, Celia Lessa, El Estado de bienestar social en la edad de la razón, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 2017.
  6. Paramio, Ludolfo, “Economía y política de las clases medias en América Latina”, en: Revista Nueva Sociedad, Septiembre/Octubre 2010.
  7. Piketty, Thomas, La Economía de las desigualdades, Cómo implementar una redistribución justa y eficaz de la riqueza, Editorial Anagrama, Colección Argumentos, Barcelona; siglo veintiuno editores, 2015.
  8. Riccardi, Andrea, Periferias, Crisis y novedades para la Iglesia, Ed. San Pablo, 2017.
  9. Tamayo, Juan José, Fundamentalismos y diálogo entre religiones, Editorial Trotta, 2004, Madrid.
  10. Tavares Soares, Laura, “Logros y cuestiones pendientes en la configuración de una política social en Brasil,” en: Valdés Paz, Juan, y Espina, Mayra (eds.), América Latina y el Caribe: La política social en el nuevo contexto. Enfoques y experiencias, FLACSO, UNESCO, 2011.
  11. Tezanos, José Félix, y Luena, César, Partidos Políticos, Democracia y Cambio Social, Editoral Biblioteca Nueva, Madrid 2017.
  12. Vigil, José María (organizador), Bajar de la cruz a los pobres: cristología de la liberación, Comisión teológica Internacional de la Asociación Ecuménica de teólogos/as del Tercer Mundo, Ediciones DABAR, México DF, 2007.

[1] Caputo, Orlando, “La Economía mundial y América Latina a inicios del siglo XXI”,

en: Dos Santos, Theotonio (ed.), América Latina y el Caribe: Escenarios posibles y políticas sociales, FLACSO, UNESCO, 2011, p. 24.

[2] Vigil, José María, “Cultura Moderna y Pluralidad religiosa: otra opinión”, en: La Estrella de Panamá, 2020, p. 2.

[3] Azagra Ros, Joaquín, y García Roca, Joaquín, La Sociedad Inclusiva. Entre el Realismo y la Audacia, PPC, Editorial y Distribuidora, SA, Madrid, 2015, p. 188.

[4] Azagra Ros, Joaquín, y García Roca, Joaquín, La Sociedad Inclusiva. Entre el Realismo y la Audacia, PPC, Editorial y Distribuidora, SA, Madrid 2015, p. 189.

[5] Tavares Soares, Laura, “Logros y cuestiones pendientes en la configuración de una política social en Brasil,” en: Valdés Paz, Juan, y Espina, Mayra (eds.), América Latina y el Caribe: La política social en el nuevo contexto. Enfoques y experiencias, FLACSO, UNESCO, 2011, p. 81.

[6] Kerstenetzky, Celia Lessa, El Estado de bienestar social en la edad de la razón, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 2017, p. 55.

[7] ………..

[8] Cfr. Paramio, Ludolfo, “Economía y política de las clases medias en América Latina, en: Nueva Sociedad, septiembre-octubre, 2010.

[9] Tezanos, José Félix, y Luena, César, Partidos Políticos, Democracia y Cambio Social, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid 2017, p. 38.

[10] Piketty, Thomas, La Economía de las desigualdades, Cómo implementar una redistribución justa y eficaz de la riqueza, Editorial Anagrama, Colección Argumentos, Barcelona; siglo veintiuno editores, p. 10, 2015.

[11] Dupuis, Jacques, sj, El cristianismo y las religiones. Del desencuentro al diálogo, Sal Terrae, Santander 2002, p. 23; Espada 2001.

[12] Vigil, José María (org.), Bajar de la cruz a los pobres: cristología de la liberación, Comisión teológica Internacional de la Asociación Ecuménica de teólogos/as del Tercer Mundo, Ediciones DABAR, México, DF 2007, p. 35.

[13] Cfr. Riccardi, Andrea, Periferias, Crisis y novedades para la Iglesia, Ed. San Pablo, 2017, pp. 6-16.

[14] Tamayo, Juan José, Fundamentalismos y diálogo entre religiones, Editorial Trotta, Madrid, 2004 p. 48.