La Izquierda Franciscana

Antonio Zugasti

¿En qué estamos fallando? Ese el título de un libro coordinado por Jorge Rietchman en el que reflexiona sobre los motivos por los cuales el discurso ecologista sobre las negativas consecuencias ambientales de nuestra cultura productivista y consumista tiene tan poca repercusión en la sociedad. La solidez de este discurso es incuestionable, y no es nuevo. Ya en el siglo XIX Stuart Mill se planteaba que inevitablemente habría que llegar a un estado estacionario, es decir, sin crecimiento económico. En los años setenta del siglo pasado el Informe al Club de Roma, elaborado en el MIT bajo la dirección de Dennis Meadows, supuso un bombazo en la conciencia mundial. En él se planteaba la necesidad de conseguir el crecimiento cero… pero se siguió creciendo.
En el mismo sentido se han ido acumulando tal cantidad de estudios científicos sobre el cambio climático, el agotamiento de los recursos, la contaminación y el empobrecimiento de la biodiversidad, que nos obligarían a plantearnos muy seriamente un cambio radical en nuestro estilo de vida y en nuestra forma de producir y consumir. Pero ese cambio no se produce.
Naomi Klein, en su último libro Esto lo cambia todo, expone de una forma exhaustiva los motivos por los cuales el cambio climático nos obliga a un cambio radical en nuestra organización social y económica. Lo más notable de esta autora es que no ve el cambio como el sacrificio de una serie de mejoras que hacen nuestra vida más agradable y cómoda. Al contrario, piensa que ese cambio supondría un avance en la calidad de vida para la mayor parte de la humanidad.
Pero no ha cambiado nada. Incluso la crisis financiera ha relegado a un segundo plano los aspectos relacionados con el medioambiente. En España una serie de científicos y expertos en cuestiones medioambientales redactaron recientemente un manifiesto con el título de “Última oportunidad” en el cual recalcaban la urgencia de adoptar medidas decisivas si queremos evitar una catástrofe ambiental de consecuencias imprevisibles. El manifiesto fue firmado por mucha gente, entre ellos varios políticos. Sin embargo, es un tema prácticamente desaparecido en campañas y precampañas electorales. Creo que esos políticos firmaron compartiendo sinceramente las preocupaciones expresadas en el manifiesto, pero a la hora de la verdad (“la verdad electoral”, que tiene muy poco que ver con “la verdad” a secas) son conscientes de que ese tema no es una preocupación prioritaria de la ciudadanía y, por tanto, lo más que hacen es una mención honorífica de esa cuestión.
Cerramos los ojos a esa “Verdad incómoda” que hasta un vicepresidente de los EE.UU., Al Gore, trataba de llevar a la mente de la humanidad. Otra advertencia más de que estamos forzando los límites de nuestro planeta, y ese hecho puede llevarnos a una situación bastante peor que incómoda.
Tampoco parece que corran mejor suerte los esfuerzos por detener el deterioro social de la humanidad. Deterioro reflejado en el hecho de que las 85 personas más ricas del mundo acumulen tanta riqueza como los tres mil millones de personas más pobres. Hace 167 años Marx anunciaba que el fantasma del comunismo recorría Europa. Hoy son otros fantasmas, ¡los mercados!, los que recorren Europa (y el mundo entero) atemorizando a todos los pueblos: Fantasmas sin nombre, sin rostro y sin alma, pero con capacidad de hundir cada vez más en la miseria a los pobres de la tierra y haciendo temblar todo el bienestar trabajosamente conseguido por los afortunados habitantes del Primer Mundo.
Todos los sueños de una revolución mundial se agotaron, se aguaron o se convirtieron en pesadillas. El poder económico domina en la tierra y parece que nadie sabe cómo resistir su opresión. En estos momentos hasta la aparición y el ascenso de un político como el laborista británico Jeremy Corbyn, que pretende simplemente volver a una auténtica socialdemocracia, causa sorpresa y admiración en unos e irritación y malestar en otros. Claro que la acusación de radicalismo que le hacen es muy comprensible si lo vemos al lado de las pobres aspiraciones de una claudicante izquierda oficial. .
Los gobiernos progresistas de América Latina, en los que se vio un avance hacia una situación de mayor justicia y libertad, ciertamente han conseguido notables mejoras en la erradicación de la pobreza y la desigualdad, pero no han podido evitar el basar su economía en un acentuado extractivismo, con lo que, voluntaria o involuntariamente, están colaborando al deterioro del medio ambiente y al agotamiento de los recursos del planeta. Además de estar siempre en el filo de la navaja, expuestos al zarpazo mortal del gran vecino del norte. Veremos lo que logra resistir la Venezuela chavista, a la que combaten ferozmente no sólo la oligarquía venezolana y el imperialismo norteamericano, sino hasta un expresidente del “socialismo” español.
Vivimos tiempos de una izquierda desmoralizada, sin un aliento utópico, sin claridad de ideas, sin capacidad de ilusionar, con objetivos pobres y hasta mezquinos. A muchos se les llena la boca con la palabra cambio, pero sus aspiraciones no van más allá de un cambio que pueda ser hecho con permiso de los mercados. Lo que sería necesario es quitarles el poder a los mercados, pero ¿quién habla hoy de eso?
Sin embargo, en el momento más inesperado, y desde el lugar más inesperado, entre el clamor de voces confusas y falsas, resuena clara y fuerte la voz del Papa Francisco rescatando el espíritu fundamental del Evangelio:
Pero yo os digo, no sirváis al dinero, ha creado un mundo en el que la economía mata. Liberaos de ese ídolo, sus tentáculos ahogan todos los esfuerzos para construir una sociedad de hombres y mujeres libres. No os dejéis engañar por sus mentiras, nunca se ha visto que el mercado sea un medio válido para repartir con justicia los bienes de la tierra. No creáis que estrujando la naturaleza hasta la última gota vais a tener un crecimiento económico que resuelva todos vuestros problemas. Respetad la naturaleza, y ella os dará lo suficiente para una vida sobria y digna. Oísteis que se os dijo: “votadme a mí y yo haré que viváis mejor, con más confort y más consumo”. Pero yo os digo: cambiad vuestra forma de vida liberaos de la ambición que os seca el corazón, liberaos de un consumismo insaciable. Arrojad fuera de vuestra alma el dios dinero, no os creáis que él os pueda dar el bienestar y la felicidad. Y alegraos, sí, profundamente con la buena noticia de que el Reino de Dios está cerca.
Oímos esas palabras que, como a Pedro a la orilla del lago, nos impulsan a ponernos en pie. “Señor, toda la noche hemos estado pescando y no hemos cogido nada, pero en tu nombre echaremos las redes”. Sí, echaremos otra vez las redes. Las echaremos con renovada ilusión, con renacida esperanza.
Pero tengamos muy en cuenta que estamos en una época histórica y cultural muy distinta de aquella en la que se escribieron los Evangelios. No esperemos una pesca milagrosa que llene nuestras redes mientras nos balanceamos con el suave vaivén de las aguas del lago. Dos mil años de historia nos confirman que no es así como viene el Reino de Dios. Se ha tratado de un avance trabajoso entre aciertos y equivocaciones, cayendo y levantándose. Tenemos que aprender de los fracasos y mirar bien que nuestras redes sean nuevas y sólidas.
Creo que podemos ver con suficiente claridad que lo que ha fracasado es un socialismo basado en una filosofía materialista y con pretensiones de científico. A partir de un craso materialismo es muy difícil llegar a una sociedad basada en unos valores humanos y éticos. Es verdad que en el fondo de la postura de Marx descubrimos una opción ética. Su idea es que el progreso de los seres humanos consiste en avanzar hacia una sociedad de iguales, sin opresores ni oprimidos, en la que la libertad de cada uno es condición de la libertad de todos. Es evidente que no todo el mundo comparte este ideal. Por ejemplo, para Fredrich Nietzsche, el ideal humano es el superhombre, y al describir su comportamiento Nietzsche no se andaba con disimulos: “Esa “aristocracia sana”, liberada de toda compasión decadente ante los débiles, capaz de pensar en profundidad y defenderse de toda debilidad sentimental sabe que la vida es esencialmente apropiación, herir y avasallar lo extraño, lo débil, opresión y dureza… y por lo menos explotación”.
Los dos son filósofos, alemanes, contemporáneos, los dos ateos. No creo que nadie pueda decir que uno es más inteligente que otro ni que su ideal humano tenga una mayor base científica. Se trata de opciones éticas indemostrables, opciones que nacen en el más hondo sustrato moral de la persona. ¿Era Marx consciente de que partía de una opción ética, no científica? Seguramente no. Influido por el positivismo científico de la época consideró que se trataba de la consecuencia de un análisis científico de la realidad social, atribuyendo a las ciencias humanas y sociales el mismo grado de certeza que a las ciencias naturales. Y desde esta base plantea su lucha contra el sistema capitalista. El resultado está claro. Se produjeron unas revoluciones que cambiaron las estructuras económicas, pero la humanidad nueva no ha surgido de ahí. Lo acontecido en Rusia y China lo confirma sobradamente. Y nada nos hace sospechar que en el futuro vaya a ser de otra manera.
Necesitamos sendas nuevas para caminar hacia ese otro mundo soñado de una humanidad fraterna y libre. Y razones nuevas para enfrentarnos al capitalismo, a ese tumor maligno de la humanidad que con su desarrollo canceroso amenaza la propia supervivencia del género humano. La Encíclica de Francisco pone claramente de relieve esos caminos nuevos. No se puede construir un mundo realmente humano por la simple evolución de unas ciegas fuerzas productivas. Francisco viene a poner el alma que le faltaba a los movimientos de liberación de la humanidad, descubrir el soplo del Espíritu en el camino hacia la justicia y la fraternidad. Fraternidad de hijos de un mismo Padre.
No se puede parar el deterioro ecológico de nuestro planeta por el miedo a la catástrofe medioambiental. Hace falta que admiremos a la naturaleza, que la amemos, que la veamos como la obra del Padre, que la llamó a la existencia y vio que era muy buena. Hace falta que la contemplemos con los ojos de Francisco de Asís.
A lo largo de toda la historia de los movimientos sociales contra el capitalismo, los cristianos hemos ido a remolque, cuando no hemos tomado una posición claramente conservadora. Claro que a esta situación ha contribuido decisivamente el ateísmo militante que adoptaron los distintos socialismos. Hoy, con esos socialismos en acelerada decadencia, y cuando su ateísmo sectario no puede mantener la menor pretensión de postura científica, sino que presenta muchos rasgos de dogmatismo trasnochado, es el líder de la Iglesia católica el que levanta valientemente la bandera de una oposición frontal a esa economía de muerte. La llamada a construir un socialismo ético, en la línea de la sociedad querida por Jesús, está lanzada. Es nuestra responsabilidad como cristianos, la de todos, escuchar la llamada y poner manos a la obra de construir esa nueva izquierda, una izquierda franciscana.