La actitud de los cristianos/as ante la desigualdad

Demetrio Velasco
  1. La fragilidad del logro irrenunciable de la igualdad

 Si no fuera porque las ciencias sociales nos han enseñado que ante las cuestiones que parecen ser obvias, porque parecen ser de sentido común, conviene estar alerta, pensaríamos que es superfluo dedicar un artículo a la reflexión sobre la actitud de los cristianos ante la desigualdad. Parecería que la respuesta a la cuestión es sencilla y concisa: los cristianos/as, tanto por su condición de ciudadanos de sociedades democráticas, como, sobre todo, por su condición de creyentes en el Dios de Jesús y en su proyecto de humanidad, no pueden sino ser adversarios decididos de la desigualdad. Pero ni la realidad es tan obvia, ni el sentido común guía siempre la conducta del ser humano, aunque éste se autodenomine cristiano. Es un hecho indiscutible que los cristianos son responsables directos o, al menos, cómplices más o menos conscientes, de que la desigualdad siga siendo en nuestros días una de las lacras más graves que impiden que tanto el proyecto democrático como el plan divino, de que todos los seres humanos sean libres e iguales, se cumplan en la realidad.

En estas breves páginas pretendo explicar las razones de esta situación. Para ello, partiré de una doble constatación que espero permita situar la cuestión con la necesaria perspectiva. En primer lugar, considero que hay un consenso generalizado en que el principio revolucionario de la igualdad de todos los seres humanos es uno de los logros más importantes que la humanidad ha hecho en los últimos siglos, de la mano de las revoluciones liberales, primero, y de los movimientos socialistas e igualitaristas, después. Un logro que debe considerarse irrenunciable, si queremos seguir hablando de sociedades humanas dignas de tal calificación. Quizá sea esta la razón por la que hay que, a pesar de la evidencia empírica más persistente de nuestra historia: la escandalosa y omnipresente desigualdad con la que en gran medida se han tejido las relaciones humanas, desde los orígenes de la humanidad hasta nuestros días, sigamos creyendo en la igualdad humana. Sin embargo, este logro extraordinario e irrenunciable ha mostrado ser de una gran fragilidad. Cuando el principio de la igualdad humana parecería haberse convertido histórica y sociológicamente en un argumento irrefutable para asegurar progresivas cotas de igualación entre los seres humanos, han surgido nuevas legitimaciones ideológicas del desigualitarismo que, desgraciadamente, han solido ir acompañadas de graves retrocesos en la lucha por la aplicación de dicho principio. Hoy, vivimos uno de esos momentos históricos.

  1. El capitalismo y su dialéctica legitimante del desigualitarismo

La “crisis epocal” que estamos padeciendo parece resolverse generando mayor desigualdad e injusticia y los discursos que legitiman esta deriva desigualitaria afloran sin ningún pudor. La hegemonía de la razón cínica trata de convencernos de que hemos ido demasiado lejos en la marcha hacia la igualdad y de que hay que devolver a los ricos, a los poderosos y a los escogidos por la fortuna, los recursos que habían consentido compartir con los demás, injustamente forzados por la demagogia igualitarista. El acoso y derribo que ejerce el capitalismo actual sobre el Estado de Bienestar keynesiano y el cuestionamiento radical que se sigue haciendo de una posible Europa social, como si se tratara de una veleidad inasumible, nos dan razón del momento crítico por el que atraviesa la causa de la igualdad. Personalmente, creo que afirmar que la escandalosa y creciente desigualdad que vienen padeciendo nuestras sociedades es expresión de una “dialéctica criminal” que fractura radicalmente nuestro mundo es algo más que una expresión tremendista. Estudios solventes muestran de forma fehaciente que, si el sistema capitalista ha sido siempre un sistema de “inclusión excluyente”, en su actual configuración se está mostrando como un violento proceso de inclusión que impone la explotación económica, la dominación política y la hegemonía cultural a escala global. Como sistema de exclusión violenta condena a una gran parte de la humanidad al empobrecimiento creciente y a la destrucción de su ecosistema e, incluso, a su “no existencia”, en el caso de que no interesen ni siquiera para ser objeto de dominación o explotación. Dialéctica criminal porque produce un doble efecto negador de los seres humanos: la aniquilación biológica producida por el genocidio más grave que haya conocido la humanidad, como es el producido por el hambre y todo lo que le niega al ser humano la posibilidad material de vivir; y el nihilismo espiritual de quien por su ambición de apropiarse de todo lo que esté a su alcance, se impide a sí mismo vivir con los otros como otros y desde ellos. Además, hay que resaltar que la sima cada vez mayor que separa a las minorías oligárquicas y plutocráticas de la inmensa mayoría de la población mundial no es un accidente del fatalismo histórico, sino el producto necesario de un proyecto histórico, el del sistema capitalista global y de su momento actual que creo razonable calificar de “fascismo social”&[1]. Una mirada retrospectiva a los últimos siglos de la historia de Occidente, como la que han realizado algunos analistas sociales de reconocido prestigio, no hacen sino confirmar este diagnóstico&[2]. Si a lo dicho añadimos que nuestras sociedades están siendo sometidas a una situación en la que cada vez es menos plausible organizar una convivencia cabalmente democrática y en la que buena parte de la ciudadanía renuncia a “preferir la lucha por la peligrosa libertad que aceptar la servidumbre voluntaria”, me temo que el futuro de la igualdad es y seguirá siendo muy problemático.

  1. No hay cristiano que pueda negar la verdad básica de la igualdad

En segundo lugar, creo que no es preciso recordar que la igualdad de todos los seres humanos es un principio esencial e irrenunciable para los cristianos que se saben y quieren hijos y hermanos del mismo Dios Padre-Madre. Creer en el principio de la Encarnación realizada en Jesús es creer que todo ser humano, particularmente si es pobre o víctima, está llamado a experimentar en su vida lo que son unas relaciones humanas libres e igualitarias. No hay cristiano que pueda negar esta verdad básica si es que quiere seguir siéndolo. Sin embargo, hay que reconocer que la confesión de este principio se ha mantenido en contra de toda evidencia empírica que nos muestra cómo el cristianismo ha sido desde sus orígenes hasta nuestros días cómplice de las formas de desigualdad más injustas y escandalosas. Tampoco han faltado entre los cristianos quienes no sólo han defendido con fervor dicha realidad desigualitaria, sino que han llegado a legitimar la desigualdad en nombre de innumerables razones e incluso a sacralizarla en nombre de un pretendida voluntad divina.

En algún momento he escrito que en esta cuestión tan relevante para el cristianismo, como en muchas otras, los cristianos han mantenido mayoritariamente las mismas actitudes que las que ha mantenido la mayoría de la población de las sociedades de las que han formado parte. Esta situación me ha suscitado algunos interrogantes que me siguen pareciendo pertinentes ahora. ¿A qué se debe que, tras siglos de legitimación y lucha por la igualdad democrática, sigamos viviendo en un mundo tan radicalmente desigual? ¿La afirmación de que “todos los hombres somos (nacemos) libres e iguales”, de la que hemos dicho que refleja una contraevidencia empírica, y sin la que sería imposible comprender y justificar nuestros mejores logros antropológicos y sociopolíticos, es algo más que un espejismo y un mito anacrónico de la sociedad liberal moderna?; por qué los logros de la igualdad son tan razonables y, a la vez, tan frágiles; por qué las desigualdades perviven e incluso se multiplican; por qué los discursos legitimadores de la desigualdad siguen siendo plausibles; por qué se siguen racializando las relaciones de dominación y de exclusión, cuando sabemos que no existen razas y que lo que dicha racialización tiene siempre como objetivo es considerar inferior a quien se quiere dominar, excluir, colonizar o “civilizar”.

Para responder siquiera someramente a estas cuestiones creo preciso hacer una contextualización histórica y social de la desigualdad que por razones de espacio ha de ser muy esquemática&[3]. Entre las numerosas hipotecas que históricamente han impedido que el principio igualitario se tradujera en unas relaciones humanas y sociales justas y solidarias, me referiré, explícitamente, a tres: a la “lógica propietarista”, a “la lógica nacionalitaria” y a “la lógica patriarcalista y clerical”. Creo que su vigencia sigue siendo, todavía hoy, determinante en la generación creciente de la desigualdad.

La hipoteca de la lógica propietarista

Es obvio que para perseguir el principio de igualdad hay que luchar contra la lógica propietarista y desigualitaria de nuestra sociedad y contra la matriz cultural del individualismo posesivo que la alimenta y legitima. Hay que denunciar a las minorías que se apropian de la riqueza de todos de forma injusta e insolidaria, reproduciendo así la dialéctica criminal que, al posibilitar que unos pocos tengan tanto, condenan a la gran mayoría a la pobreza y exclusión social, cuando no a la muerte biológica.

Pero casi todos nosotros nos hemos socializado en una cultura ya secular de “individualismo propietarista”, que ha permitido a cristianos honorables enriquecerse a toda costa, sin sentirse obligados por límites legales o morales y, menos aún, sin sentirse responsables de la situación de tantas víctimas como dicho enriquecimiento ha creado. Todos somos partícipes de un “materialismo histórico reaccionario”, que se ha afirmado hegemónicamente en nuestras sociedades, sobre todo, a través de la ideología todavía vigente del “liberalismo doctrinario”, desde su creación en la primera mitad del siglo xix. Este tuvo la virtualidad de crear un imaginario social, en el que el rico estaba llamado providencialmente a desarrollar una vocación que le permitía dedicarse a cargar el camello de oro sin tenerse que preocupar por las dificultades de caminar con él por el angosto camino que lleva a la salvación. Tampoco las víctimas, dejadas de lado por mor de dicho imaginario, se iban a poder cruzar en su camino como un obstáculo y, si lo lograban, se las criminalizaba hasta expulsarlas de él. Para eso se crearon las leyes de pobres, que, en nuestros días tienen sus correspondientes traducciones jurídicas y políticas. La más importante de todas, como ya formulara Rousseau, la de un “contrato social” burgués que consagra, mediante el engaño y el cinismo, la desigualdad y la servidumbre del pobre&[4]. Si cito a Rousseau es para resaltar la duración y el peso de esta hipoteca. Y porque es patente el despliegue de medios de todo tipo que las oligarquías y plutocracias que rigen nuestro mundo utilizan para lograr sus objetivos de legitimación de un sistema capitalista cada vez más desigualitario e injusto. J. Stiglitz, en un importante texto sobre la desigualdad de nuestras sociedades&[5], describe el proceso actual de legitimación de la misma por parte de los privilegiados del sistema, como un engaño sistemático acerca del papel que juegan y deben seguir jugando el Estado y el Mercado actuales en la actual situación de crisis global. Una legión de autores y de lobbys están empeñados en seguir haciéndonos creer que los Estados deben limitarse a crear las condiciones que “los Mercados” necesitan para mostrar sus virtualidades sociogenéticas benefactoras. Para ello, hay que deslegitimar al Estado como ineficiente gestor público, exigiendo privatizaciones y desregulaciones, y a los gobiernos como responsables de la situación de crisis. Aunque esto vaya en contra de todas las evidencias, como ha sido el uso que se ha hecho del Estado para salvar al sistema financiero de sus fiascos, o para garantizar el “botín” a los victimarios exculpándoles de cualquier responsabilidad con el sometimiento y empobrecimiento de las víctimas.

Frente a esta hipoteca propietarista ha servido de poco recitar la “doctrina cristiana” sobre el destino universal de los bienes creados y sobre la voluntad divina de que seamos fraternalmente iguales. En este sentido, de poco ha servido la ya centenaria Doctrina Social de la Iglesia para desactivar la vigencia de este imaginario de individualismo posesivo, radicalmente desigualitario. Seguramente esto ha sido así, en gran medida, porque las Iglesias, preocupadas más por sus propios intereses que por la causa de los pobres, han acabado adaptando su doctrina a los intereses y objetivos de los ricos y poderosos de este mundo. Por eso acabaron sacralizando también el contrato social burgués y pasaron a afirmar que el derecho de propiedad privada era un derecho sagrado. De sus limitaciones, apenas si se hace una glosa doctrinaria sin efecto práctico alguno. Estoy persuadido de que si las Iglesias cristianas hubieran exigido, como lo hizo Jesús, la eutanasia del rentista para quienes siendo ricos quisieran seguir llamándose sus seguidores y hubiera aplicado la excomunión (o al menos hubiera negado el acceso a la comunión en el sacramento de la eucaristía) a tantos que han mostrado ostentosamente su riqueza adquirida de forma injusta y criminal, hoy, no nos sería tan difícil señalar (nos) a los victimarios y depurar sus (nuestras) responsabilidades respecto a las víctimas de la desigualdad y de la pobreza. En nuestras sociedades pesa todavía como una losa sobre el imaginario social hegemónico la convicción de que ser rico, e incluso muy rico, sin tener que justificar la forma en que se ha llegado a serlo, es perfectamente compatible con la condición de cristiano honorable.

Creo que la forma en que los cristianos debemos luchar contra la desigualdad es cuestionar esta lógica propietarista, tomándonos en serio que seguir manteniéndola nos responsabiliza de la “diáléctica criminal” a la que nos hemos referido. Como afirma el papa Francisco, hay que activar el potencial subversivo del evangelio que obligue a la iglesia a “salir” al encuentro de los pobres y excluidos, siguiendo los dos principios que deben inspirar al cristiano: el principio Encarnación (siguiendo los pasos de Jesús) y el Principio Misericordia (que refleje el verdadero rostro de Dios). Esto no se hace con proclamas doctrinarias, sino pasando a construir la verdadera “praxis” (crítico-práctica, transformadora y revolucionaria) de una iglesia evangelizadora: “primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar” (Evangelii Gaudium, n. 24). Escuchar y estremecerse ante el clamor de los pobres y comprometerse de forma radical para hacer que “ese Reino que lo toca todo” llegue a “todos los hombres y a todo hombre”, no es una cuestión opcional ni “se trata de una misión reservada a sólo a algunos”, sino que se trata simple y sencillamente de hacer lo que Dios quiere para quienes pretenden seguir llamándose cristianos. “Es un mensaje, tan claro, tan directo, tan simple y elocuente, que ninguna hermenéutica eclesial tiene derecho a relativizarlo. ¿Para qué complicar lo que es tan simple?… Jesús nos enseñó este camino de reconocimiento del otro con sus palabras y con sus gestos. ¿Para qué oscurecer lo que es tan claro? No nos preocupemos sólo por no caer en errores doctrinales, sino también por ser fieles a ese camino luminoso de vida y de sabiduría. Porque “a los defensores de ‘la ortodoxia’ se dirige a veces el reproche de pasividad, de indulgencia o de complicidad culpables respecto a situaciones de injustica intolerables y a los regímenes políticos que las mantienen.” (Evangelii Gaudium n. 194).

La hipoteca de la lógica nacionalitaria

La vocación inclusiva e igualitaria del Estado-nación, nacido en el contexto de las revoluciones liberales, y, más tarde, de las revoluciones democráticas e igualitaristas, se ha concretado a través de una nacionalidad garantizada por un estatuto de ciudadanía reconocida a todos. La salida de los privilegios propios de los particularismos premodernos: estamentales, políticos, religiosos, etc., garantizando derechos y libertades a toda la ciudadanía fue una de las razones más importantes de la construcción de dicho Estado-nación.

Pero dicha vocación no se ha cumplido nunca de forma suficiente, y no sólo en los casos de los nacionalismos etnoculturales o etnorraciales, dogmáticos y excluyentes, sino tampoco en los estados-nación más reconocidamente democráticos. La ciudadanía y la nacionalidad nacieron separadas, pero pronto se juntaron en un matrimonio espúreo (pero con intereses comunes) y están condenados a un divorcio inevitable. Si bien la ciudadanía respondía a la lógica democratizadora que dinamizaba a las revoluciones modernas, ésta estuvo lastrada, no sólo por la lógica del individualismo posesivo y propietarista, a la que nos hemos referido, sino también por la lógica nacionalitaria. La ciudadanía se convirtió así en un “instrumento de cierre y de exclusión” que permitía legitimar relaciones concretas entre individuos y grupos sociales situados de formas muy diferentes en la estructura social, en la división del trabajo, en los imperativos comunitarios de pertenencia (religiosos, étnicos, lingüísticos, de género, etc.). Así surge un “nosotros” y un “ellos” que, para ser adecuadamente entendidos, exigen, previamente, ser situados en el contexto conflictivo y polémico que los vio nacer. En el caso paradigmático de la revolución francesa, es sorprendente ver cómo el concepto revolucionario de “nacional”, el de quienes se asocian voluntariamente en la construcción de la república (universalizable a todos los revolucionarios, pero no a los nobles franceses), se fue limitando a los republicanos y franceses (en el contexto de la guerra), primero, y a los franceses con residencia fija y registrada en suelo francés, más tarde, creándose un código de la nacionalidad propio del nacionalismo etnocultural racializado. Como dice un clásico en el tema, “desde una perspectiva global, la ciudadanía es un poderoso instrumento de exclusión social, que protege a los Estados prósperos del inmigrante pobre. Cada Estado crea un modelo legal e ideológico de relación entre ciudadanos y extranjeros, que conlleva una discriminación a la hora de reconocer derechos y deberes a unos y a otros… En este sentido, todo estado es nacionalista y excluyente”&[6].

Sin entrar, ahora, a explicitar la larga y compleja historia de exclusión social que ha supuesto la condición nacionalitaria exigida para ser un ciudadano democrático y no un “extranjero” o un “ciudadano de papel”&[7], me parece indiscutible que, hoy, sigue siendo una de las graves hipotecas que pesan sobre la ciudadanía democrática y que generan desigualdades escandalosas. En el actual y difícil momento de la Unión Europea, creo que la vigencia de dicha hipoteca es de tal relevancia que, si no se ponen pronto los medios para levantarla, está en grave peligro el mismo proyecto inclusivo e igualitario que define a la misma. De hecho, la ciudadanía europea no acaba de trascender la concepción etnodemográfica de la nacionalidad que sigue siendo decisiva en los diferentes modelos de integración nacional.

Son muchos los ejemplos en los que los intereses y ambiciones nacionales acaban imposibilitando medidas en la buena dirección. Para mí, el ejemplo más claro de lo que es un proyecto europeo desigualitario y excluyente es la reacción de los gobiernos europeos ante la situación extrema en que millones de refugiados están llamando a nuestra puerta. La incomprensible reacción de carácter particularista y nacionalista de los diferentes gobiernos de los Estados-nación europeos convierte en papel mojado no sólo la proclama universalista y revolucionaria de los derechos humanos, sino la más elemental dignidad que se supone deben reflejar en su comportamiento quienes se sienten responsables de unas situaciones de guerra y de crisis socieconómica y política, que están en el origen de la extrema necesidad de los refugiados.

En medio de este panorama es difícil, en muchos casos, valorar adecuadamente la actitud de los cristianos/as ante el carácter desigualitario de la lógica nacionalitaria, porque lo es, asimismo, distinguirla de la de la mayoría de sus conciudadanos no cristianos. No me refiero solamente a la historia más reciente de Europa, en la que grupos significativos de las diversas confesiones cristianas han mantenido posturas polémicas que han alimentado la guerra y la violencia en nombre de los prejuicios identitarios. Me refiero también a la facilidad con la que cristianos considerados progresistas prestan su apoyo explícito a causas nacionalistas que poco o nada tienen que ver con la construcción de sociedades más justas e igualitarias. Lamentablemente ha sido secularmente corriente la instrumentalización del cristianismo para justificar e incluso sacralizar la construcción de las naciones y de los Estados-nación, al tener que hacer creer que han sido expresión de la Providencia que las ha escogido para cumplir con su misterioso designio divino. La sacralización de las patrias sigue siendo todavía hoy una forma de idolatría que muchos cristianos practican con un fervor propio de los fanáticos y fundamentalistas.

Algunos de los gobiernos que han regido los destinos europeos se han reclamado con frecuencia partidarios de un “humanismo cristiano”, que, a la hora de la verdad, ha resultado ser lo que Tierno Galván denunciaba como un “humanismo de las compatibilidades” y que les ha llevado a ser cómplices de políticas públicas radicalmente desigualitarias. Este humanismo ha sido un discurso abstracto que ha permitido seguir hablando del ser humano en general sin tener en cuenta su situación concreta en las relaciones sociales; así ha servido igual para pobres que para ricos, para ciudadanos que para extranjeros, para hombres que para mujeres. A la hora de la verdad, un humanismo inocuo y vacío, ajeno a los principios básicos del cristianismo antes señalados: Encarnación y Misericordia. Como dice el papa Francisco, “los grandes principios sociales pueden quedarse en meras generalidades que no interpelan a nadie… si evitan ser concretos” (E. G. n. 182). Hay que afrontar la cruda realidad desde “el realismo de la dimensión social del evangelio. Porque, así como algunos quisieran un Cristo puramente espiritual, sin carne y sin cruz, también se pretenden relaciones interpersonales sólo mediadas por aparatos sofisticados, por pantallas y sistemas que se pueden encender y apagar a voluntad. Mientras tanto el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” (EG n. 88).

Si los cristianos queremos ser fieles a nuestra vocación de practicar la fraternidad humana, debemos impedir que la hipoteca nacionalitaria acabe vaciando de contenido los derechos humanos fundamentales que todo ser humano tiene y que son expresión de su propia dignidad. “Con el debido respeto a la autonomía y la cultura de cada nación, no debemos olvidar nunca que el planeta pertenece a toda la humanidad y es para toda la humanidad; el mero hecho de que algunas personas nacen en lugares con menos recursos o menos desarrollo no justifica el hecho de que están viviendo con menos dignidad” (EG 190). En un mundo cada vez más plurinacional, con migraciones masivas, con tantísimo desplazado, refugiado o exiliado, los conflictos originados por la diversidad y la diferencia no pueden resolverse humanamente desde la afirmación de identidades excluyentes, sino desde la conciencia de que todos, sin excepción, somos diferentes y mestizos y, por ello, somos iguales. Si el principio encarnación nos enseña que no se puede ser cristiano a distancia, el principio misericordia nos enseña la forma concreta de amar al ser humano concreto “en todas sus condiciones, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades”, como el buen samaritano, sin miedo a mancharnos las manos ni a coger olor a oveja&[8]

La hipoteca de la lógica patriarcalista y clerical&[9]

Como afirma plásticamente F. Hinkelammert, “la Revolución Francesa no da muerte sólo al rey y a los aristócratas, sino también a los primeros representantes de los derechos humanos del ser humano mismo: Olimpe de Gouges, la mujer feminista, y Babeuf, el hombre de la igualdad obrera. Son esos derechos los que, en adelante, promoverán la emancipación humana”&[10]. Cuando, ahora, leemos la declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, que Olimpe de Gouges escribía en 1791, como una réplica necesaria de los Derechos del hombre y del ciudadano, nos parece un texto lleno de coherencia democrática que solo un imaginario patriarcalista y sacralizado podía considerar contrario al orden natural y divino y, por tanto, una grave amenaza que merecía ser castigada como un crimen contra la humanidad. A pesar de que la voz de Olympe de Gouges no era la única que demostraba que en aquel contexto revolucionario “el nivel de conciencia posible” permitía pensar en una sociedad en la que hombres y mujeres fueran libres e iguales&[11] el “nivel de conciencia real” lo hacía prácticamente imposible e inviable. La lógica patriarcalista, radicalmente desigualitaria, tenía tras de sí una historia milenaria cuyo peso se hace sentir todavía en nuestros días con una fuerza y una vigencia enormes.

Si por patriarcado entendemos un sistema de dominación que ejercen los varones en cuanto género en todas las esferas de la vida, desde la familiar a la política, configurando las instituciones más importantes de la sociedad y determinando las relaciones sociales de exclusión y subordinación de las mujeres, es obvio que estamos hablando de una de las causas más importantes de la desigualdad humana, si no de la más importante. Si, además, abundan las legitimaciones ideológicas y religiosas de este sistema de dominación patriarcalista, argumentando que la desigualdad de hombres y mujeres es un hecho natural y querido por Dios, podemos comprender que la hipoteca de la lógica patriarcal y clerical plantea un reto de enorme trascendencia. Para los cristianos/as habituados a convivir en una Iglesia de estructura patriarcalista y clerical, profundamente desigualitaria, el reto es todavía mayor.

En efecto, a menudo nos sorprendemos de que en las sociedades más progresistas sigan manteniéndose situaciones de injustificable desigualdad entre hombres y mujeres en casi todos los ámbitos de la vida (salarios, control del poder, hegemonía cultural); con frecuencia nos escandalizamos de los brutales casos de “violencia de género” que se dan en el seno de las familias; cada día nos golpea la inhumana situación de la explotación sexual y de acosos en que se ven inmersas multitud de mujeres; casi siempre los cristianos seguimos contemplando el proceder de una iglesia patriarcalista y clerical que sigue manteniendo a las mujeres en una situación de subordinación incompatible con una praxis cabalmente evangélica. Pero en estas circunstancias no solemos preguntarnos por las razones profundas que originan estas situaciones de dominación y opresión de las mujeres, que siempre nos remiten al sistema patriarcalista y clerical vigente.

Solamente una praxis coherente puede luchar contra este sistema de dominación que es el patriarcalismo clerical. Se han dado muchos y muy relevantes pasos en este sentido. Los diferentes feminismos han sabido explicitar, con mayor o menor éxito, las formas de caminar hacia esta praxis. No voy a extenderme aquí en recoger sus aportaciones más relevantes. Me limito a referirme a una cuestión que considero especialmente significativa por lo que se refiere a la actitud de los cristianos/as al respecto. Es la posición que la Iglesia católica sigue manteniendo ante lo que despectivamente denomina “Ideología de género”.

Una de las aportaciones clave del feminismo, desde sus orígenes, ha sido la de ver en el género la categoría central para comprender las relaciones de dominación de los hombres sobre las mujeres y la de explicar la construcción social de dicha categoría. Frente a la “falacia naturalista” que ha situado siempre en lo biológico la determinación de lo femenino como inferior y subordinado a lo masculino, la teoría feminista del género demuestra que dicha inferioridad y condición femenina es fruto de una construcción humana y social que hay que deconstruir. La mujer, más allá de su condición sexual, es un sujeto humano que exige ser socializada como tal, es decir, en condiciones de libertad, igualdad y autonomía espiritual. De ahí, la necesidad de humanizar lo sexual y controlarlo desde la autonomía y responsabilidad de la mujer. La teología feminista no sólo ha asumido este reto de ver en la categoría de género “un signo de los tiempos” para, desde su adecuada comprensión, comenza a deconstruir el patriarcalismo clerical, sino que nos recuerda que, si de verdad creemos que la mujer es, como ser humano, “imagen de Dios”, se debe cuestionar y se debe deconstruir toda la categorización teológica, jurídica y cultural que de la mujer se ha hecho en la Iglesia para legitimar su condición de subordinación y dominación.

La reacción del sistema patriarcalista y clerical ante el intento feminista de humanizar y dignificar a la mujer ha sido la de atacar la “ideología de género”, desfigurándola, para así poder diabolizarla y condenarla. La ideología de género, se dice, además de querer borrar la diferencia entre hombres y mujeres y de subrayar que la relación entre ellos es fundamentalmente polémica y hostil, origina una situación de relativismo moral que conlleva la promiscuidad sexual y la ruina de la familia tradicional. Querer negar la naturaleza sexual que diferencia esencialmente a hombres y mujeres es ir contra la naturaleza y contra el plan divino. La ideología de género es una expresión del materialismo individualista y antinatural que amenaza la vida humana en todos los sentidos. Por lo que respecta a la posición de una parte importante de la Iglesia jerárquica, se ha seguido manteniendo, además, desde un jusnaturalismo premoderno y sacralizado una concepción desigualitaria de la mujer, que tanto en el orden biológico, como en el ontológico, la destina a ser subordinada e inferior al varón. Ni la renovación conciliar ni las aportaciones del pensamiento feminista han podido desactivar coherentemente las estructuras sexista y desigualitarias&[12].

Los cristianos/as, ante la lógica desigualitaria del patriarcalismo clerical, tenemos ante nosotros el reto ineludible de aplicar aquí, una vez más, el principio de Encarnación, que nos obliga a seguir el camino de Jesús de forma históricamente suficiente. Desde él es injustificable seguir “condenando a distancia”, en abstracto, dicha lógica, sin implicarnos en desmontar las causas ideológicas, sociopolíticas y religiosas que la alimentan. Para la Iglesia es ineludible el compromiso por desterrar de su ordenamiento jurídico y de su vida institucional todas las discriminaciones de género que nada tienen que ver con el Dios encarnado en Jesús.

Concluyo, recordando que comenzamos un año santo, jubilar, en el que se nos invita a practicar el principio Misericordia y así poder descubrir el verdadero rostro del Dios de Jesús que nos ama y nos quiere libres de las hipotecas que no nos dejan ser felices porque quiebran nuestra dignidad de seres humanos. Más de una vez hemos querido ganar el “jubileo” y las “indulgencias” sin renunciar a seguir siendo WASP&[13]. Pero el camino no es el del “hombre rico” que, por querer ganar la plusvalía espiritual que le faltaba sin tener que renunciar a su riqueza, según dice el evangelio, se volvió triste a su casa. El jubileo nada tiene que ver con el camino mágico del cazaindulgencias individualista e insolidario. El camino es el del buen samaritano que supo descubrir en la víctima tirada al lado del camino el “rostro de misericordia” y actuar en consecuencia con él.

[1] Velasco, D., Fascismo social. Políticas del miedo y control social, Universidad de Deusto 2014.

[2] Stiglitz y Piketty nos han mostrado, recientemente, con sólida argumentación y evidencias empíricas, que el abandono del ideal de la igualdad y el crecimiento de la desigualdad está siendo una grave amenaza para las sociedades democráticas. P. Rosanvallon, en un magnífico libro, tras lamentar el olvido real en nuestros días del ideal revolucionario de la igualdad y de las plasmaciones prácticas de éste en el siglo XX, se refiere a algunas perversiones democráticas que se dieron en el siglo xix y que se están acentuando en nuestros días, evidenciando una regresión histórica al respecto. Z. Baumann: “Pero desde hace 20 o 30 años la distancia entre los países desarrollados y la del resto del mundo está disminuyendo, y, por el contrario, en el interior de las sociedades ricas las desigualdades se están disparando. Hay informes que dicen que en Estados Unidos estas desigualdades están llegando a los niveles del siglo XIX” (¿La riqueza de unos pocos nos beneficia a todos?, Paidós 2014).

[3] Para un tratamiento más amplio, ver Velasco, D., “La quiebra de lo humano en la difícil lucha contra la desigualdad”, Iglesia Viva, n. 244 (2010) pp. 61-82.

[4] Rousseau, J. J., “El rico acuciado por la necesidad, concibió finalmente el proyecto más meditado que jamás haya entrado en mente humana: fue emplear en su favor las fuerzas mismas de quienes lo atacaban, hacer defensores suyos de sus adversarios, inspirarles otras máximas, y darles otras instituciones que le fuesen tan favorables como contrario le era el derecho natural… Tal fue, o debió ser, el origen de la sociedad y de las leyes, que dieron nuevos obstáculos al débil y nuevas fuerzas al rico, destruyeron sin remisión la libertad natural, fijaron para siempre la ley de la propiedad y de la desigualdad, hicieron de una hábil usurpación un derecho irrevocable, y sometieron desde entonces, para el provecho de algunos ambiciosos, a todo el género humano al trabajo, a la servidumbre y a la miseria. Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres, Alianza Editorial 1986, pp. 265-266. Este sofisma del rico logra convencer al pobre de que, si se rebela y lucha por romper las cadenas que le impiden ser libre e igual, se convierte en culpable de romper un contrato sagrado y de provocar una situación fatal para todos.

[5] Stiglitz, J., El Precio de la Desigualdad, Taurus 2012; ver, asimismo, el libro de Wilkinson, R., y Pickett, K., Desigualdad. Un análisis de la (in)felicidad colectiva, Turner 2009, en el que se argumenta acerca de los muchos inconvenientes que tiene la desigualdad, como un elemento de corrosión social.

[6] Brubaker, R., Citizenship and Nationhood in France and Germany, Harvard University Press 1992, Preface, X.

[7] Velasco, D., “Raíces histórico-ideológicas del extranjero”, en AAVV, El extranjero en la cultura europea de nuestros días, Universidad de Deusto 1997, pp. 345-384.

[8] El papa Francisco cita la Alocución de Pablo VI en la última sesión pública del Concilio (Misericordiae Vultus, n. 4).

[9] Uso el concepto de “clericalismo” como una sacralización y absolutización del poder que en sociedades laicas (democráticas) legitima su naturaleza y ejercicio antidemocráticos.. Es obvio que el clericalismo no es exclusivo del ámbito religioso.

[10] Hinkelammert, F., “Globalización como ideología encubridora. Desfigura y justifica los males de la realidad actual”, Cocilium 293 (2001) 36).