JOSÉ ARREGI

Benjamín Forcano y Miguel A. de Prada

Ex106 (nov.-dic-2010)
– Autor: Benjamín Forcano y Miguel A. de Prada –
 
Es mucho lo que se ha escrito, en poco tiempo, sobre este franciscano, ahora ya “sin hábito”. Son 47 años los que ha pasado en la Orden Franciscana desde que, a los 10 años, ingresó en ella. Y ha tenido que arrancarse ahora, contra su voluntad, de esa “su familia y hogar, que le ha dado enteramente forma a su ser”. Es superconocido su conflicto con el obispo José Ignacio Munilla, quien pidió a su Superior Provincial que lo hiciese callar y lo desterrase a América Latina, “por ser agua sucia que contamina a los de dentro y los de fuera”.

El caso de Arregi no es el primero, –él lo sabe– dentro de un sistema eclesiástico anacrónico y que puede ser a menudo inhumano. Tan inhumano que a él le ha llevado al extremo de tener que hacer una elección difícil y dolorosa, por ser fiel a sí mismo, a su conciencia y a su misión: dejar la Orden Franciscana y el Sacerdocio. Pero él relativiza su conflicto y dolor, pues dice: “¡Son muchísimos los que a diario tienen que asumir decisiones arriesgadas, mucho más dolorosas!”. Él va a seguir trabajando por lo de siempre, para que “la Iglesia sea terapéutica y no patógena, fermento de aquella humanidad justa y fraterna que soñó Jesús y no la pesada máquina burocrática que ha llegado a ser”. En el pueblecito guipuzcoano de Arroa, en un piso, “seguiré formando parte de esa gran Iglesia de hombres y mujeres, que viven de mil maneras el consuelo y la esperanza del Evangelio. Es mi casa. Y en ella nadie excluye a nadie”. Este Arregi, públicamente notorio por su postura y planteamientos doctrinales, es más bien reciente y no parecía haberse mostrado hasta ahora con semejante fuerza. Lo cierto es que un gran sector de la sociedad cristiana, en Euskadi sobre todo, le sigue con entusiasmo.

¿A qué se debería esta creciente adhesión a la proyección de tu labor teológica, cuando en otros lugares campa la pasividad y rutina?

Supongo que estas cosas tienen que ver, ante todo, con el eco mediático tan coyuntural y aleatorio. Mi ámbito de trabajo ha sido muy restringido, y siempre fuera de los grandes círculos o circuitos de la teología. Empecé a escribir muy tarde, y he escrito sobre todo en vasco o en revistas teológicas de poca importancia. En el año 93 empecé a enviar por e-mail los temas de formación teológica que durante años venía dando de manera presencial a un grupo bastante numeroso en Pamplona. La difusión aumentó, fue creciendo considerablemente. Supongo que ese hecho puede ser mirado, a escala local y reducida, como indicio de que hay mucha gente que necesita y busca nuevos lenguajes espirituales y teológicos. Supongo también que, como efecto colateral, empecé a estar en el punto de mira de la institución eclesial.

En cuanto a lo que me dices de la “pasividad y rutina” en otros lugares, pues no sé, creo que el cansancio y el desengaño son evidentes y crecientes por todas partes. La actividad teológica está perdiendo fuelle alarmantemente entre nosotros, diría que en todo el mundo. Muchos grandes pensadores y renovadores de la teología conciliar y postconciliar o bien fallecieron o van siendo mayores. La inmensa mayoría del clero joven y buena parte de los jóvenes profesores de teología son muy conservadores, cuando no claramente restauracionistas. Tienen en su mano todo el poder y todos los medios. El futuro institucional a corto plazo les pertenece. Esto está trayendo la ruina de la teología –sobre todo en el campo de la teología sistemática o dogmática– y todo indica que seguirán así las cosas en las dos próximas décadas. El precio está a la vista: el alejamiento cada vez mayor entre el lenguaje teológico y la sociedad actual, por un lado, y el desaliento general entre los cristianos más inquietos y abiertos por otro.

Muchos parecen ver en ti una imagen de la Iglesia vasca, zarandeada y humillada o, por lo menos, desautorizada en el caminar de su trayectoria posconcliar, coincidente en parte con la transición democrática. ¿Qué explicación tienes para la crisis que está atravesando la Iglesia de Euskadi?

No me considero en absoluto zarandeado, menos aún humillado. Desautorizado sí, pero es el caso de infinidad de cristianas y cristianos –sean o no profesores de teología– que han soñado con una Iglesia acorde con Jesús y con nuestro tiempo, con una fe mística y liberadora para el mundo contemporáneo, con una teología razonable y comprensible en el lenguaje de hoy. Desde el nombramiento de Juan Pablo II en 1979 hasta hoy, la cúpula eclesiástica se ha esforzado por enterrar el sueño del Vaticano II y, en buena medida, han logrado enterrarlo: la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe ha retirado la facultad de enseñar a muchísimos teólogos, el Vaticano ha invertido el perfil del episcopado universal nombrando en todas partes obispos tradicionalistas o incluso integristas, han lanzado el anatema sobre nuevos planteamientos cristológicos, eclesiológicos y morales…

En la Iglesia del País Vasco (en sus seminarios, en sus centros de enseñanza teológica, en sus programas pastorales diocesanos) son muy palpables los efectos de esta trayectoria, pero esta es básicamente la misma en todo el Estado español, más, en toda la Iglesia católica en realidad. Sin duda, en el País Vasco ha tenido además un componente político específico: el nacionalismo español exacerbado de Rouco, Cañizares y otros se ha cebado con el nacionalismo vasco, con Setién, con Uriarte, incluso con Ricardo Blázquez…; me parece innegable que el nombramiento de Munilla y de Iceta responde también en parte a esa motivación; y dicen que quieren “despolitizar” a la Iglesia vasca… De todos modos, no creo que la cuestión del nacionalismo sea el factor decisivo, ni mucho menos, en el nombramiento de los últimos obispos. Lo decisivo es el proyecto restauracionista que es general en toda la Iglesia y que en el Estado español lo promovió primero Suquía y luego Rouco al frente de la Conferencia Episcopal Española.

Han pasado 60 años del concilio Vaticano II. Y, después de él, hemos vivido la restauración de los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI, y la llamada transición democrática. ¿Condicionan –y en qué medida– estos tres factores la presente situación de la Iglesia española?

Los dos primeros factores son comunes a toda la Iglesia católica, el tercero afecta en particular al episcopado español. Creo efectivamente que la transición democrática, con el pluralismo y la aconfesionalidad que le son inherentes, transición que el cardenal Tarancón promovió decididamente, sufrió un grave parón o retroceso en la época en que primero Suquía y luego Rouco han presidido la Conferencia Episcopal Española. Esa transición democrática deja aún mucho que desear en buena parte dentro del actual aparato eclesial. Y me parece claro que la cúpula episcopal española tiene un fuerte cariz político partidista; ha hecho causa común en demasiadas causas con la derecha española más agresiva; hay obispos que han llamado explícitamente a no votar a ningún partido de izquierda ni a ningún partido nacionalista periférico. Han adoptado unas posiciones mucho más cerradas y agresivas que la gran mayoría de los episcopados europeos.

Una buena parte de los teólogos, peritos y artífices del Vaticano II han experimentado la censura, la marginación y hasta la condena. ¿Herejes o víctimas?

¿Qué es ser “hereje”? Si se entiende “herejía” como negación de la fe y como ruptura de la comunión eclesial, ¿alguien es realmente hereje por unas ideas? ¿Se niega la fe por interpretarla de otra forma? Creo que la peor herejía es el miedo y el no vivir las bienaventuranzas. Todavía no hemos asumido algo que ya lo afirmó Santo Tomás de Aquino: que la fe no se juega en las explicaciones y en las fórmulas. ¿Se rompe la comunión eclesial por entender y expresar la fe en unos paradigmas y con unos conceptos distintos a los tradicionales, distintos al lenguaje del Catecismo Universal? ¿No es también el Catecismo una interpretación de la fe, muy distinta por cierto a la interpretación del Nuevo Testamento? ¿No hay acaso grandes diferencias dentro del Nuevo Testamento? ¿No ha habido en la Iglesia demasiadas declaraciones de herejía y condenas de supuestos herejes que luego la misma Iglesia ha tenido que revisar y corregir y pedir perdón?

Y hay otra cuestión fundamental: ¿Quién decide lo que es herejía y lo que no lo es, quién es hereje y quién no lo es? ¿Lo decide un obispo elegido por un papa elegido a su vez por unos cardenales elegidos a su vez por el papa? Es normal que en la Iglesia, que es comunidad hermenéutica o interpretativa, exista una regulación del lenguaje, hace falta algún lenguaje común. Pero esa regulación no es aceptable si no representa la fe de la Iglesia, y para que esa representación se dé es preciso que todos los ministerios eclesiales se reorganicen o funcionen de acuerdo a criterios democráticos.

¿Exegetas y teólogos están agrietando la Iglesia o son parte de su jerarquía que la agrietan por rechazar aportaciones hoy innegables a la luz de los avances científicos? Hace unas semanas, un arzobispo, como si quisiera poner en cuarentena los avances bíblico-teológicos, me decía que la investigación histórica no puede aportar nada a la fe. ¿Piensas que se está re- sucitando la antinomia de “ciencia contra fe” o de la “racionalidad contra el dogma”?

La grieta abierta en el seno de la Iglesia católica entre el magisterio episcopal y el sentir de buena parte de la comunidad eclesial tiene proporciones enormes y además está creciendo. No hay cisma declarado, ni creo que lo vaya a haber ni deseo que se dé, pero la distancia entre la jerarquía y una gran parte de la base eclesial está ampliándose. Las posturas de la jerarquía no representan el sentir de la Iglesia en general, y esa quiebra rompe la condición fundamental de la comunión eclesial. ¿Cómo puede la jerarquía apelar a la comunión cuando el sistema autoritario todavía vigente –en contra, por cierto, de la praxis de las primeras generaciones cristianas– constituye uno de los obstáculos fundamentales de la comunión?

No son las diferencias, ni siquiera las contradicciones doctrinales, las que hacen imposible la comunión eclesial, sino la negación o la condena del que piensa o vive de otra forma; es indispensable crear condiciones para que puedan ampliarse muchísimo los márgenes de coexistencia de las diferencias. Vivimos en una época en que el pluralismo de opiniones ha adquirido carta de naturaleza en el campo del sentido, de los valores, de la política, de la filosofía; se ha roto definitivamente la ilusión de la verdad única; ha estallado el saber, la información aumenta de manera incontrolable en todos los campos. Todo obliga a ser más humildes y respetuosos, más dialogantes. Es absurdo que en estos tiempos alguien reivindique la “infalibilidad” para sí, que el magisterio episcopal pretenda tener la última palabra, que se censure la libertad de investigación y de expresión de la teología. El salto cualitativo que constituye la información universal e instantánea que es Internet ha hecho que el magisterio central tenga más peso que nunca en la Iglesia, que cada vez sean más estrechos los márgenes para el pluralismo, que la uniformidad del pensamiento teológico sea cada vez mayor. Seguramente nunca ha habido en la Iglesia católica tan poco reconocimiento para el pluralismo teológico, y eso es absurdo. Pero Internet ha vuelto también mucho más frágil y caduco el modelo del magisterio jerárquico centralista y único. Es impensable que la interpretación y el lenguaje del “Catecismo de la Iglesia universal” se imponga como único modelo válido. En un tiempo de transición cultural como el que vivimos, es necesario que varios paradigmas teológicos puedan coexistir en diálogo y respeto. De otra forma, la Iglesia no podrá presentarse a la sociedad como sacramento de nueva humanidad.

El temor de la Iglesia al cambio y la renovación parece ser una constante en su caminar histórico. ¿Fidelidad al Evangelio o identificación con modelos (paradigmas) anacrónicos del pasado?

Efectivamente, da la impresión de que la institución eclesial está empeñada en seguir anclada en un paradigma cultural del pasado. Crece la sima entre el lenguaje teológico oficial y la cultura occidental, al menos en Europa. Aquella reconciliación entre la Iglesia y el mundo moderno que el Concilio hizo soñar se está viendo impedida, y eso es lamentable. Los movimientos de izquierda, los intelectuales, los jóvenes en masa… siguen sintiendo que la Iglesia jerárquica con su doctrina y sus pautas prácticas está en otra galaxia, y se van, se van silenciosamente. Una fe en ruptura con el lenguaje, las ciencias, la cosmovisión de cada época es insostenible a la larga, deriva en gueto y en secta, y creo que hoy está sucediendo algo de eso con el cristianismo institucional representado por el episcopado. Y, efectivamente, la raíz del problema es seguramente el miedo.

¿El miedo de la Jerarquía es a los pensadores de la sospecha (Freud, Marx, Nietzsche…) o más bien a los resultados de la recuperación del Jesús histórico que cuestiona planteamientos, modelos de actuación y procedimientos muy arraigados en la trayectoria de la Iglesia?

El cristianismo fue en sus orígenes un movimiento, el “movimiento de Jesús”, un movimiento de reforma e incluso de revolución de valores, un movimiento con un enorme potencial de transformación social, religiosa, teológica. Los primeros siglos de la Iglesia con su dinamismo y con su pluralismo ilustran muy bien ese impulso de renovación y de cambio que animaba a Jesús. Luego, la institución se fue instalando, aunque la búsqueda de lo nuevo y la energía transformadora siguieron manifestándose siempre, a menudo en los márgenes de la institución. No es coherente apelar a las raíces cristianas de la cultura europea, y olvidar las transformaciones que se han ido dando y que hoy se están dando en el seno de esta misma cultura. ¿Por qué no pensar que la fe evangélica y la esperanza mesiánica han de conllevar tensión, cambio, transformación? ¿Y cómo olvidar que algunas de las mejores transformaciones de la cultura europea (libertad religiosa, democracia, racionalidad crítica, derechos humanos, lucha por la justicia…) se han ido abriendo camino contra la institución eclesial recelosa siempre de la pluralidad y del cambio? Sobre todo, como sugieres, ¿cómo seguir dando la espalda a la novedad de Jesús, a su sueño de renovación del mundo, a su espíritu de libertad y de liberación? Difícilmente se puede apelar a Jesús y olvidar que fue un profeta judío profundamente provocador, original, transformador. No es extraño que la institución eclesiástica se resista a descubrir al histórico más allá del Jesús del culto. Por supuesto, el Jesús histórico no está en contradicción con el Jesús divino del culto, pero el Jesús divino del culto se vuelve irreal y alienante si se separa y se aleja del espíritu profético, libre y rebelde de Jesús.

¿Qué condiciones consideras indispensables para que la Iglesia vuelva al mundo, tras su huida y aislamiento, y pueda hacerse creíble en esta sociedad tan pluriforme: materialista y a la vez acogedora de movimientos solidarios universales; racional y secularizada a la vez que militantemente crédula o atea; y contradictoriamente tan fascinada por el resplandor tecnocrático del progreso como por movimientos religiosos fanatizados?

Lo primero sería reconocer efectivamente que vivimos en un mundo complejo, y no pocas veces contradictorio, como señalas. La multiplicación de la información está en el origen de esta complejidad y de no pocas contradicciones. Creo que es indispensable partir de ese diagnóstico, y superar esa lectura simplista que insiste en el indiferentismo, el relativismo, el hedonismo. La Iglesia no puede seguir presentándose como madre y maestra que tuviera las soluciones para todos los problemas y todas las preguntas. También la Iglesia participa de la complejidad, las dudas y las contradicciones de la cultura actual y es preciso que así lo reconozca.

En segundo lugar, creo que los cristianos debemos redescubrir el núcleo evangélico, místico y liberador, de nuestra fe. Y eso requiere ir más allá de nuestra obsesión por las doctrinas y por las normas morales. El mundo de hoy no espera de nosotros creencias (a menudo trasnochadas, expresadas en un paradigma obsoleto) ni normas morales (obsesivamente centradas en todo lo relativo a la sexualidad, el comienzo y el final de la vida individual). Lo que espera de nosotros es inspiración y aliento para recuperar la paz interior, la armonía con la naturaleza, el potencial utópico, la energía para enfrentarse a la injusticia y para impulsar otro modelo económico y político para este planeta.

Creo que son indispensables también unas reformas estructurales profundas en el seno de la Iglesia, en el sentido de la democratización, la descentralización, la aceptación del pluralismo…

Y para que todo eso sea posible es necesaria mucha humildad. Humildad personal y humildad institucional, para aceptar que no poseemos la verdad, que no somos dueños del bien, que estamos lejos de Jesús, que el Evangelio nos juzga a todos empezando por nosotros mismos, que el Reino es don y tarea de todos más allá de todas las fronteras religiosas…

Hay una profunda crisis eclesiológica, moral, espiritual y pastoral. ¿La quiebra y decepción es del Evangelio de Jesús o de un modelo de cristianismo y de Iglesia? ¿No tendrán todas ellas una misma raíz?

Creo que estamos viviendo una época de transición histórica, de gran metamorfosis cultural, a un ritmo impresionante. En los 58 años que tengo, ya estoy conociendo el tercer estadio o modelo cultural: en mi infancia viví de lleno el modelo agrario; en mi juventud y primera adultez tuve que adaptar mi cosmovisión y el lenguaje de mi fe a la modernidad propia de la era industrial; desde hace 15 años, trato de mirar el mundo, de vivir mi fe y de decirla en el paradigma postmoderno de la era industrial de la información globalizada. Como todos los de mi generación, he pasado de utilizar pizarras de mano y el tintero de la mesa con papel secante a escribir a máquina y luego en ordenador (compré mi primer ordenador en el año 88 mientras trabajaba en mi tesis; el que utilizo ahora es ya el quinto…). No sólo estamos viviendo una época de cambios, sino también un cambio de época, y eso a un ritmo muy veloz y en aceleración permanente. Nos sentimos desbordados por los cambios científicos, tecnológicos, médicos… Las certezas duran poco, nos preguntamos a dónde vamos. Y nos siguen estremeciendo los gritos de los pobres y los gritos de la Tierra.

En esta situación, tenemos que redescubrir el mensaje sanador y renovador del Evangelio de Jesús, su potencial místico y liberador. No podemos quedarnos anclados en el pasado. No podemos aferrarnos a lenguajes, a imaginarios, a lenguajes anacrónicos, a imágenes milenarias de Dios pertenecientes a la cultura agraria (el Dios separado, el Dios legislador, el Dios castigador del sacrificio y de la expiación, de la elección y de la exclusión, el Dios que interviene desde fuera cuando quiere haciendo “milagros” que rompen las “leyes de la naturaleza”…). No podemos seguir apelando a una supuesta “ley natural” inmutable como fundamento moral… No podemos seguir manteniendo unas instituciones eclesiásticas (ministerios…) arcaicas y obsoletas. Es muy posible que el cristianismo tradicional como religión “plausible” en la cultura occidental esté tocando a su fin. Pero el Evangelio sigue siendo inspiración para redescubrir a Dios como misterio de consuelo y transformación, de confianza y compasión, de belleza y ternura en el corazón de la realidad y de todos los seres. El Evangelio sigue siendo motor para seguir soñando y liberando. Ese cristianismo tiene futuro.

Sé , y sabemos todos, que la Institución te ha señalado blanco de una exclusión cruel sistemática. Tú, franciscano, hijo y hermano del cosmos y de la naturaleza, libre y desprendido de todo, ¿qué armas exhibes para suscitar tanto miedo y perturbación? ¿A quién y a qué amenazas? ¿Qué valores cuestionas y cuáles enalteces?

Creo que exageras, Benjamín. No creo que yo sea el blanco de ningún proyecto institucional, ni una amenaza para nada ni nadie. De verdad, no me creo tan importante. No lo soy. Simplemente, se ha dado la conjunción de algunos factores que han hecho que se haya formado un cierto revuelo en torno a mi caso. Pero dejemos eso. No interesa. Sí interesa que, dentro de la Iglesia, vaya tomando cuerpo un movimiento de envergadura, un movimiento cohesionado y coordinado que diga: “Somos Iglesia y queremos seguir siéndolo. Somos discípulos de Jesús y queremos vivir hoy lo que él vivió hace 2.000 años. Queremos buscar y encarnar un nuevo paradigma teológico y eclesial para vivir y decir nuestra fe en Dios, en Jesús, en el Evangelio, en el futuro del planeta. Queremos vivir y proponer el Evangelio en un paradigma ecológico, interreligioso, pluralista, místico, liberador, aconfesional… Creemos que el cristianismo ha de transformarse desde su núcleo inspirador místico y comprometido. Creemos que el Evangelio de Jesús puede ser luz, sal, levadura para el mundo de hoy, pero junto con otros, sin exclusión ni inclusión, más allá de todas las fronteras religiosas y confesionales, en reciprocidad y diálogo”. En todo eso creo junto con innumerables cristianos y cristianas. A eso quiero aportar mi granito de arena como tantísimos y tantísimas creyentes.

Hay que estar dentro de tu piel para sentir el dilema planteado por un tal conflicto en medio de este mundo, tan distinto al anterior. Te has debatido entre el amor a tu vocación franciscana, sacerdotal, teológica y la presión ejercida desde distintas instancias hasta arrancarte de ella. ¿Cuál ha sido tu delito? ¿En la resolución del conflicto has puesto condiciones indignas para tratarte con dignidad en un diálogo abierto, fraterno, metodológicamente adecuado, movido por tu gran amor a la Iglesia y, en el fondo, por quien la inspira y sustenta?

Sí, creo que amo a la Iglesia y amo a Jesús. Creo que amo el Amor y la Belleza que sustentan el cosmos en lo infinitamente grande y en lo infinitamente pequeño. Por supuesto, no quiero plantear ninguna batalla contra nadie. Lo único que he reivindicado es un espacio de libertad, ”un lugar en la Iglesia para mi error”, si fuera error. ¿Quién puede decir en teología: “Esto es verdad, esto es error”? Todos los pronunciamientos en ese sentido, a distancia, todos han resultado falsos o claramente parciales. ¿Para qué seguir, pues, en ese registro, si es seguro que tanto quien afirma como quien niega hablan cada uno desde una perspectiva parcial? Si esto es así en las ciencias, mucho más lo es en filosofía, y mucho más en teología, pues Dios es siempre más grande, y como han dicho San Agustín y Santo Tomás y todos los grandes teólogos: “Si comprendes, no es Dios; eso que comprendes, no es Dios”. Sigue, pues, buscando.

En la Iglesia hay lugar para la ambición, la codicia, el autoritarismo, el orgullo, resulta que hay tanta pederastia… ¿Por qué no va a haber lugar para unas opiniones teológicas, aunque parezcan erradas? Lo único que se debiera impedir es que nos hagamos daño. De acuerdo, alguien puede considerar que determinadas ideas son no sólo erróneas, sino también perjudiciales (por eso justificaban San Agustín y Santo Tomás la tortura y la pena de muerte para el hereje: es mayor, decían, el mal que hace el hereje con su herejía que el mal que se le hace al hereje matándole). Bien, si a uno le parece que una opinión es errónea, que lo diga, y que argumente, que trate de convencer del error al que lo enseña o escribe, que convenza a la gente para que nadie le haga caso ni le oiga ni le lea. Pero que no recurra al poder, la condena, la exclusión. Que se abran espacios amplios de tolerancia, de contraste de opiniones, aunque sean contradictorias. Y que, si hace falta, haya tribunales representativos del sentir amplio de la Iglesia que puedan juzgar y decir la última palabra, aunque ¡ojalá nadie necesite decir nunca la última palabra! La Iglesia será tanto más sana y sanadora cuanto más amplio sea el margen de pluralidad y de tolerancia en su seno.

Eso es lo que yo pedía dentro de la institución religiosa y del estamento clerical, pero no fue posible. Me encontré sin el espacio que yo consideraba necesario para seguir desempeñando mi misión allí donde estaba. Y tuve que optar: o bien dejar de ser y de hacer lo que era y hacía para seguir siendo franciscano y sacerdote, o bien dejar la Orden y el sacerdocio para seguir siendo lo que soy y lo que creo que debo aportar. He optado para seguir mi camino en nombre de lo que entiendo que me pide la conciencia, la comunidad eclesial, el mundo de hoy, y –me atrevo a decirlo con todos los reparos– Dios.

¿Cómo has procedido en todo este calvario y qué conclusiones has sacado que puedan aprovecharnos a todos?

Tengo que decir que, al menos hasta ahora, no puedo hablar realmente de calvario. Calvario es lo que viven Haití, Palestina, Etiopía, el Congo. Calvario es lo que viven los inmigrantes sin papeles, de administración en administración o de vuelta a sus países. Calvario es lo que viven los parados haciendo fila a las puertas del Inem. Y los pequeños o inmensos calvarios de los que viven enfermos, deprimidos… Yo soy muy frágil en todos los sentidos, pero en todo este tiempo me he sentido bien, en paz, y muy acompañado en medio de la soledad. No sé cómo me sentiré mañana, pero pienso que debo procurar que los pasos dados sean para bien. Seguro que he cometido errores en este tiempo, y a lo mejor he tomado decisiones importantes con demasiada celeridad, pero no quiero mirar atrás demasiado, quiero seguir adelante en humildad y en paz.

¿Qué conclusiones saco de todo esto? Pues en primer lugar, que la vida es muy imprevisible, pero que siempre puede haber una salida. Hace un año me hubiese angustiado mucho pensar que iba a encontrarme donde ahora me hallo, ni me lo imaginaba, pero me encuentro bien, en medio de inseguridades e interrogantes. En segundo lugar, aunque esto pueda sonar a autojustificación y quizá lo sea, saco la conclusión de que no merecía la pena prolongar aquella situación de impasse en que me metí o me metieron cuando me impusieron el silencio para un año hace justo 11 meses o cuando me obligaron a callar definitivamente hace 6 meses; lo que hayas de hacer, hazlo pronto… En tercer lugar, lo más importante ahora: no merece la pena gastar energías en conflictos personales, crispaciones intraeclesiales…; tenemos que cuidarnos de esa tentación y tratar de crear alternativas con respeto, con lucidez, en cooperación. Y tal vez, en ese sentido, saco una cuarta conclusión: es preciso coordinar iniciativas y fuerzas para ir creando plataformas eclesiales alternativas; andamos muy dispersos y desconectados; no se trata de formar ninguna iglesia paralela, ni una nueva estructura rígida y centralista, pero es necesario buscar formas y estructuras comunes para empujar de manera más eficaz la causa que movió a Jesús.