El derecho a morir con dignidad. Perspectiva ético-cristiana

Benjamín Forcano

1. La muerte es parte de la vida

Para ocuparnos del tema de la eutanasia, ayuda el verla en todo el proceso de la vida, que incluye también el momento de la muerte. El morir humano es necesidad y es libertad. Entramos en la vida sin que se contara con nosotros e hicimos una biografía personal, merced a nuestro yo libre y responsable.

En este sentido, el morir como el vivir, es de cada uno y debiéramos llegar a él dispuestos a darle cumplimiento personal. A la muerte no se llega de improviso, sino que calladamente nos ronda, pues en el día a día se nos va gastando algo de la vida y vamos forjando un estilo de vida, que será determinante a la hora de dar cumplimiento al acto último del morir. Hacemos nuestro lo que nos pertenece, libremente, como lo expresa el maestro Don Rodrigo:

“Y consiento en mi morir/

con voluntad placentera,

clara y pura,

que querer hombre vivir

cuando Dios quiere que muera

es locura“ (Jorge Manrique, Coplas)

Creo que la mayoría de los cristianos, frente al tema de la muerte, tienen bien arraigada esta idea: pase lo que pase y sea cual fuere la situación a la que podamos llegar, la vida la hemos recibido del Creador y no nos es dado disponer de ella por iniciativa propia para terminarla o acortarla. Jóvenes o viejos, sanos o enfermos, con enfermedad curable o incurable, en todos los casos nuestro deber es respetar la vida hasta que se acabe, sin ahorrar medio alguno que puede ayudarle y nosotros podamos conseguir.

Analizaré más adelante las razones de esta posición y discerniremos si todas valen. De momento, conviene advertir el absolutismo de este principio. Cierto que se muere una sola vez y para siempre. Y acaso por eso, o también porque el don recibido gratuitamente no lo puede uno dar por concluido, se lo respeta hasta el último instante. Lo contrario se consideraría un desacato.

  1. La vida no es un valor absoluto

Sin embargo, la vida humana, en su más amplia y azarada historia, nunca ha renunciado a prescindir de ella, cuando se interponían otros valores. Se afrontaba como digna la decisión de perder la vida:

  • Cuando traicionar un secreto podía suponer la muerte para muchos.
  • Cuando le asistía el derecho a defenderla frente a un ataque injusto, aún a sabiendas de que podía perderla o perderla el injusto atacante.
  • Cuando por generosidad y amor inmenso se ofrecía para rescatar y hacer sobrevivir a otro.
  • Cuando se afrontaba el martirio antes que renegar de la propia fe.
  • Cuando por defender a la patria, se rechazaba al enemigo antes que dejarse invadir y dominar calificando a los que tal hicieron como superhéroes, etc.

Es decir, la vida es el primero de los valores, pero no un valor absoluto. Hay situaciones en que, por especiales motivos, se considera éticamente válida la decisión de renunciar a ella. ¿En el proceso del tránsito hacia la muerte pueden darse situaciones que hagan éticamente válida la decisión de acabar con ella acortándola? Lo vamos a ver.

  1. El derecho a morir con dignidad

Comienzo por acordar el significado de los términos: eutanasia, distanasia, ortotanasia.

Eutanasia
A lo largo de la historia, la palabra fue utilizada:

  1. Como deseo o petición de tener un morir bueno, feliz, sin preocuparse de la ayuda al morir.
  2. Como un buen morir, en el que no falten a la persona los cuidados aconsejados por la medicina y la moral.

Es lo que, ya en 1516, en Utopía, narra con singular sabiduría Tomás Moro:

“A los enfermos incurables se les atiende y trata esmeradamente, prestándoles toda clase de cuidados. Pero si a los males incurables se añaden sufrimientos atroces, entonces al paciente se le hace ver que se halla privado de sus funciones vitales, que está sobreviendo a su muerte y que es una carga para sí mismo y para los demás y le resulta inútil obstinarse por más tiempo en dejarse devorar por el mal y las infecciones. Y, en esa situación, armado de esperanza, debe aceptar la muerte, abandonar esta vida cruel como quien huye de una prisión o del suplicio y no dudar de liberarse o permitir que lo liberen los otros. Los consejos en este sentido de los magistrados y sacerdotes son sabios y desempeñan una obra piadosa y santa. Los que se dejan convencer ponen fin a sus días, dejando de comer. O se les da un soporífero, muriendo sin darse cuenta de ello. Pero, no eliminan a nadie contra su voluntad, ni por ello le privan de los cuidados que le venían dispensando. Este tipo de muerte se considera algo honorable. Pero el que se quita la vida –por motivos no aprobados por los sacerdotes y el senado– no es digno de ser inhumado o incinerado. Se lo arroja ignominiosamente a una ciénaga” (Felipe Aguado, Utopía y Educación, Nueva Utopía, Madrid 2016, pp. 233-234).

  1. En el momento actual, la eutanasia se la suele entender:

Médicamente, como terapia que, en un proceso de oscurecimiento u ocaso de la vida, se pretende adelantar la muerte.

Moralmente, tal adelantamiento se aprueba o reprueba si el valor de la muerte se considera una alternativa mejor o peor al valor de seguir viviendo. En esta perspectiva, si el enfermo no se encuentra en fase terminal, no se considera aceptable el suicidio asistido. Hay, sin embargo, países que lo admiten. Para esta situación, son varias las razones que abogan por rechazar la eutanasia:

  • La evidencia de que la vida humana es y aparece por sí como valor inviolable.
  • La vida humana implica una evolución que avanza hacia el envejecimiento, la improductividad social, etc., sin que por ello pierda valor.
  • Toda lucha emprendida por la emancipación y conquista de los valores éticos tiene apoyo y justificación en la vida misma de la persona.
  • La vida humana nunca, de cara a otros valores comerciales, industriales… o instancias de arbitraria voluntad humana, puede ser utilizada como instrumento: es fin y no medio.

Estas razones, propias de una ética racional, hacen que quienes llegan a una situación en que su vida no tiene futuro y está expuesta a la amenaza de fuertes dolores y aceptan sin más la finitud del ser humano y no creen en un Dios Trascendente ni en el más allá, puedan recurrir a la eutanasia directa.

Ortanasia

La ortotanasia significa optar por vivir una muerte digna, lo cual no se da si no se hace responsablemente. Y ese vivir responsablemente la muerte supone el ser consciente y dueño de ese vivir, el poder hacerlo siendo plenamente humano, no subhumanamente como sería si me sorprendiera sumergiéndome en un proceso puramente vegetal, privado ya de ser consciente y poder decidir libremente, decidir que no se me prolongue artificialmente una suerte de vida vegetal, que se me deje morir, sin aplicar medios que no suprimen ese estado y me obligan a seguir en un proceso que ya no es humano.

Por lo menos, eso: que me sea dado decidir racional y libremente, que se me deje morir, que no es lo mismo que hacerme morir. Defendemos la necesidad de regular el derecho a morir con dignidad.

Analizamos la situación concreta de este caso, mediante el concepto de la ortotanasia, que integra: a) El respeto al valor de la vida, y b) al valor de una muerte digna: tratando de evitar el mantenimiento de sufrimientos indebidos, en una situación de enfermedad incurable, con consentimiento del paciente.

Resulta éticamente correcto anticipar el final de un proceso doloroso incurable, no solo no aportando medidas biomédicas extraordinarias, sino suspendiendo las ordinarias, dejando que el proceso acabe por sí mismo, o incluso con la ayuda de algún medio adecuado.

Esta posición puede que no sea admitida por la legislación de unos u otros países y, en tal caso, conviene averiguar si está sometida o no a penalización. Pero, tal circunstancia es relativa, puede cambiar y no afecta al contenido éticamente válido de la decisión tomada. Posición ésta, sostenida también por pensadores y teólogos católicos.

De haber aplicado el sentido común y las exigencias de una ética elemental, no se hubiera llevado a la sociedad la controversia suscitada por casos socialmente controvertidos y famosos.

Es casi unánime el sentir y el tratamiento de que, en casos como el descrito, no se trata de aplicar la eutanasia, con intento de abreviar inmotivadamente la vida. Ni tampoco de prolongarla artificialmente –distanasia– sean cuales sean las circunstancias.

La cuestión se resuelve desde un integrar con equilibrio los dos valores en conflicto: el del derecho a la vida y el del derecho a morir dignamente (ortotanasia).

La argumentación desarrolla los siguientes aspectos:

  • Con ser importante, la vida no es un valor absoluto, sino relativo y finito, hay un momento en que a todos se nos acaba.
  • Deber de todos es atender al enfermo, acompañarle y asistirle con todos los medios para que puedan ser aliviados sus dolores, recuperar su salud y prolongar la vida.
  • Pero hay situaciones extremas de enfermedad incurable, en que los dolores pueden ser agudos y, además, no hay esperanza razonable de recuperación.

Es entonces, cuando el enfermo demanda el derecho a morir con dignidad, que se le permita un mínimo de calidad de vida y no se le apliquen medios desproporcionados que le prolonguen la vida manteniéndola en un nivel vegetativo, al que suelen acompañar dolores físicos o psicológicos, más o menos fuertes. Sería inútil y reprobable este “uso encarnizado terapéutico”.

No es, por lo tanto, ilícito para el mismo enfermo, familiares y médicos dejar de aplicar esos medios, aunque con ello se abrevie la duración de la vida. Hay que respetar el derecho de la persona a morir en paz, que no es lo mismo que hacerle morir.

Este modo de pensar fue expresado con claridad por la Comisión Episcopal Pastoral de la Conferencia Episcopal Española en 1989 que, a propósito del testamento vital, dice: “Si por enfermedad llegara a una situación irrecuperable, no se me mantenga en vida por medios desproporcionados, no se me prolongue la vida abusiva e irracionalmente, y ayúdeseme a vivir ese momento como cristiano, en paz y en compañía de mis seres queridos”.

Igualmente, el Catecismo Romano en el nº 2278 dice: “La interrupción de tratamientos médicos, onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el “encarnizamiento terapéutico”.

Con esto no se pretende provocar la muerte, se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad; si no, por los que tienen derechos legales respetando la voluntad y los intereses legítimos del paciente.

Concluimos

Eutanasia: La eutanasia contempla aquellas situaciones en que no se respeta el valor de la vida humana y se impone la muerte humana.

Distanasia: La distanasia contempla aquellas situaciones en que se prolonga inhumanamente la vida.

Ortotanasia: la ortotanasia contempla aquellas situaciones en que se respetan el valor de la vida y el valor de morir dignamente.

 

  • La eutanasia intentaría abreviar la vida por unos motivos que no constituirían propiamente un conflicto entre el valor de la vida y el valor de morir dignamente.
  • La distanasia exagera el valor del derecho a morir dignamente. Intentaría alejar lo más posible y por todos los medios el momento de la muerte del enfermo, sin esperanza de recuperación. Incluiría el uso de técnicas biomédicas que, con frecuencia, se convierten en encarnizamiento terapéutico.
  • La ortotanasia aboga por todos los medios que puedan aliviar los dolores y prolongar la vida, aboga para que al moribundo no se le oculte la muerte y no se le impida ser sujeto personal de su  morir en medio de los suyos y aboga por aquellos medios que puedan calmarle el dolor aunque tal terapia suponga un abreviamiento de la vida y aboga por que no se le apliquen, en estas situaciones, medios desproporcionados, que supondrían encarnizamiento terapéutico. Y que todo se haga, por supuesto, con consentimiento del paciente.