Derecho a vivir dignamente mientras se muere

Juan Masiá Clavel

Deseo exponer con claridad y brevedad mi convicción sobre el derecho de una persona paciente a que se respete su dignidad cuando pide que le ayuden a vivir dignamente mientras se muere. Me refiero a las tres opciones siguientes: 1) la opción por el cuidado paliativo justo, incluida la sedación terminal; 2) la opción por el rechazo de recursos sanitarios fútiles, desproporcionados u onerosos, sobre todo cuando solo sirvan para alargar el proceso de morir; 3) la opción por solicitar la ayuda personal y social, (sanitaria, legal y psicológica o de acompañamiento espiritual), para llevar a cabo justamente la aceleración directa e intencionada del proceso de morir. Estas tres opciones – y no solo a la tercera– pueden calificarse como eutanasia justa, con tal de que no se malinterprete peyorativamente el término “eutanasia”. Etimológicamente, eu- thanasia es buen morir, vivir dignamente el proceso de morir. Eu-thanasia valdría para designar la eutanasia justa. La eutanasia injusta sería simplemente “mala muerte” (en griego, kako-thanasia).

PRÓLOGO DESDE LA ÉTICA LAICA

Agradezco a editores la venia para modificar el título de este ensayo sobre el derecho a la eutanasia en perspectiva ética laica, para insistir en la propuesta de “vivir dignamente mientras se muere”. Esta fórmula resume la convicción sobre el buen morir desde una ética “secular”, que no excluye el diálogo, la espiritualidad. Es la postura desde la que he pensado siempre las cuestiones de ética y vida desde la pertenencia institucional a entidades académicas que mantienen con libertad universitaria la posibilidad del diálogo entre “fe y secularidad”.

Confío en la benevolencia de quienes lean sin clasificarme en el casillero de los dilemas exclusivistas: “pro-vida o anti- vida; creyentes anti-eutanasia o increyentes pro-eutanasia; religiosidad pro- vida o laicidad anti-vida”, etc. Dejando de lado extremismos dualistas, apuesto por la ética responsable, que no confunde una eutanasia justa con un genocidio nazi, ni una interrupción justa del embarazo con un aborto inmoral.

La oposición a una eutanasia justa o a una interrupción justa del embarazo se intenta fundamentar, a veces, como si fuera señal de identidad religiosa o po- lítica, lo cual impide el debate ético sobre casos en que, con un mismo criterio pro- vida y pro-persona, pueden darse decisiones diferentes, pero correctas éticamente, gracias al discernimiento responsable que guió la deliberación.

PRECISIONES SOBRE LA DIGNIDAD

¿Cómo entendemos la dignidad? ¿Es un sustantivo, un adjetivo o un adverbio? Hablar de dignidad de la vida o de la muerte es muy abstracto. Hablar de muerte digna es menos apropiado, porque el sujeto de la dignidad no es la muerte, sino la persona. Más vale usar el adverbio: “dignamente” para modificar al verbo “vivir”. Así nos referimos a la exigencia de acompañar a la persona doliente moribunda para que pueda vivir dignamente mientras se muere.

Se debate sobre una ley de muerte digna o una ley de eutanasia, pero ninguno de esos dos títulos satisface, ni gramatical ni éticamente. “Ley de eutanasia” conlleva ambigüedad por no distinguir entre eutanasia justa e injusta. “Ley de muerte digna” sugiere un uso adjetivo de la dignidad para calificar a la muerte, en vez del uso sustantivo de la dignidad como cualidad inalienable de las personas. El adjetivo “digna” no debería calificar a la muerte, sino a la persona, sujeto de la dignidad, que tiene derecho a vivir dignamente mientras se muere. Es preferible el uso adverbial de la dignidad para calificar al acompañamiento humano, respetuoso y responsable –a nivel individual, familiar, médico y social– del proceso de morir. La regulación social para acompañar dignamente a la persona moribunda debería tener en cuenta los pasos siguientes: 1) aplicación adecuada de la medicina curativa; 2) regulación del uso proporcionado de los medios de prolongación de la vida; 3) aceptación de la renuncia a (o suspensión de) recursos sanitarios o tecnologías biomédicas fútiles –incluida, cuando sea pertinente, la renuncia a la alimentación e hidratación artificiales–; 4) concentración en el uso de los recursos paliativos –incluida la sedación terminal, debidamente protoco- lizada y consentida–; 5) y la necesidad de proteger los derechos, autonomía y dignidad de la persona paciente en los casos de opción justificada por una ace- leración del proceso de morir que, al menos, convendría despenalizar.

Ética cívica y legislación democrática han de tomar en serio la conveniencia, necesidad y oportunidad de garantizar la seguridad jurídica para la protección de los pasos siguientes en el cuidado del proceso de morir:

A) Ante las solicitudes de ayuda en el proceso de morir:

Hay que proteger la gradualidad en el uso de los recursos paliativos, así como el acceso justo a ellos. Hay que proteger la práctica de la moderación del esfuerzo terapéutico (incluida la retirada de alimentación e hidratación artificiales).

B) Ante las solicitudes de ayuda para morir pacíficamente:

Hay que proteger el control prudente de la sedación profunda en fase terminal. Hay que proteger las decisiones autónomas y responsables de acele- ración del proceso de cese vital, asegurando que no se viole la dignidad y derechos de las personas pacientes que opten por solicitarlo (despenali- zación de la aceleración asistida del proceso de morir). 1

DEJAR MORIR DIGNAMENTE NO ES MATAR

Llevo cuatro décadas insistiendo en que dejar morir dignamente no es matar, sino ayudar a vivir dignamente al morir y en el morir. La persona tiene derecho a vivir dignamente hasta el momento de morir. Por tanto, tiene derecho a que no se prolongue tecnológicamente de modo irresponsable su proceso de morir; a que se le alivie el dolor, en la medida necesaria, aunque pueda conllevar adelantamiento de la muerte; al cuidado paliativo y acom- pañamiento humano que ayude a la calidad del vivir mientras se va muriendo; a recurrir a la sedación médicamente indicada, correctamente protocolizada y debidamente consentida.

1 MASIÁ CLAVEL, J., Tertulias de bioética. Manejar la vida, cuidar a las personas. Trotta, Madrid, 2006; Cuidar de la vida. Debates bioéticos, Bar- celona: Herder, 2012.

 

Dejar morir dignamente no es matar, sino ayudar a vivir dignamente al morir y en el morir

 

 

Tener derecho a un buen morir significa tener derecho a que se respete la vo- luntad, autonomía y dignidad de la persona paciente y se cuide la calidad de su vivir durante el proceso de morir, sin adelantarlo ni retrasarlo irresponsablemente. Pero sí puede ser aceptable un adelantar o un retrasar de acuerdo con la decisión autónoma y responsable de solicitar ayuda para morir.

 

USAR O REHUSAR FLEXIBLEMENTE SOPORTES VITALES

En un extremo están quienes identifican el respeto a la dignidad con la prolongación a toda costa de la vida biológica. En el otro extremo, quienes opten por suspender los soportes vitales por motivos meramente económicos u otros intereses no confesados, o por no reconocer la dignidad de la persona en esa situación. Hay quienes, con buena intención, aunque con percepción exagerada, insisten en considerar la nutrición e hidratación artificiales, aun en estado vegetativo permanente, como medios “ordinarios, proporcionados y obligatorios”. La premisa mayor (con la que será difícil no estar de acuerdo) es que la persona nunca deja de tener dignidad humana que exige respeto. Pero no se sigue la conclusión de que mantener los soportes vitales sea siempre la mejor manera de respetar su dignidad. Si la persona ha manifestado de antemano su voluntad de que en esa situación se suspenda la prolongación artificial hay que respetar su decisión. Ante el caso Lambert”, que tanto dio que hablar el año pasado, se agudizó en Francia el debate sobre el rechazo de recursos de prolongación vital fútiles, hubo que oponerse a la prolongación irresponsable del proceso de morir, alargado con recursos tecnológicos que solo sirven para frenar el desenlace irreversible.

NO CONFUNDIR EUTANASIA INJUSTA CON BUEN MORIR O EUTANASIA RESPONSABLE

El buen morir respetando la dignidad de la persona (que puede conllevar a veces una solicitud de eutanasia justa) no se debería confundir con una eutanasia irresponsable. Una eutanasia justa (cumplidas las condiciones de respeto a la dignidad y libertad de la persona) no se puede equiparar con el homicidio, como tampoco puede ni debe llamarse suicidio al asumir responsable y libremente la propia muerte. La opción responsable por una eutanasia justa no significa optar por la muerte y contra la vida, sino elegir cómo vivir cuando se muere. Precisamente por eso evitamos calificar esa opción como “muerte digna” y hablamos de respeto a la persona en el proceso de morir.

Desde la perspectiva ética sería deseable una legislación sobre buen morir, que incluyera en determinados casos particulares las condiciones para que una solicitud de eutanasia justa y autónoma pueda considerarse “buen morir responsable de la persona, protegiendo su derecho a vivir dignamente mientras se muere” 2.

No debería plantearse un dilema entre paliativos y eutanasia. Es cierto que hay que garantizar el acceso equitativo al uso de paliativos, así como la sedación terminal consentida y protocolizada. Pero, en las situaciones de solicitud de eutanasia, habrá que garantizar las condiciones para que sea justa. Hace ya años que, con la guía de pioneros de la bioética en nuestro país (como Javier Gafo, SJ, y Francesc Abel, SJ), se venían estudiando estas cuestiones en la tedra de Bioética de la U. P. Comillas, en Madrid, y en el Instituto Borja de Bioética, en Cataluña 3. La Declaración de este último

 

2. Humanizar el proceso de morir. Ética de la asistencia en el morir, Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, Comisión interprovincial, Madrid, 2007.

3. J. GAFO (ed.), La eutanasia y el arte de morir, U.P. Comillas, Cátedra de Bioética, Madrid, 1990.  Hacia una posible despenalización de la eutanasia, Instituto Borja de Bioética (Universitat Ramon Lull), Barcelona, 2010.

sobre la posible despenalización de la eutanasia marcó un giro en el modo de afrontar el tema desde entidades universitarias que hacen compatible la ética laica y secular con el diálogo con criterios de inspiración religiosa. Asentiremos, sin duda, a su propuesta:

“Presupuesta la apuesta por la vida de toda persona, con la debida atención sociosanitaria y la exigencia de asumirla responsablemente como un don, pero teniendo en cuenta aquellas situaciones en que la vida se percibe solo como carga en la espera dolorosa y agónica de la muerte, hay que reflexionar sobre las condiciones médicas, legales y éticas para la protección del buen recorrido del proceso de morir en los diversos casos, incluidos aquellos de solicitud de eutanasia justa… Lucidez y responsabilidad en el último acto de la vida pueden significar una firme decisión de anticipar la muerte ante su irremediable proximidad y la pérdida extrema y significativa de calidad de vida. En estas situaciones se debe plantear la posibilidad de prestar ayuda sanitaria para el bien morir, especialmente si ello significa apoyar una actitud madura que concierne al sentido global de la vida y de la muerte”…

DOS Y DOS SON CUATRO

Suele malentenderse, a nivel de divulgación, la toma de posición a favor o en contra de una decisión responsable acerca de dejar morir dignamente; como si una postura ética laica tuviera que estar necesariamente a favor y una postura ética religiosa tuviera que estar en contra. Son posibles ambas opciones, tanto desde una ética laica como desde una moral religiosa, con tal de que se apoyen en argumentos razonables y motivaciones responsables. No hay solo dos pos- turas, una religiosa y otra laica (la primera en contra y la segunda a favor), sino, al menos, cuatro posturas distintas son posibles. Por ejemplo, las de las siguientes cuatro personas con diversas opciones:

A. Una persona no religiosa pida ayuda, razonable y responsablemente, para acelerar el final del proceso de morir en circunstancias penosas amenaza- doras de su dignidad.

B. Otra persona, con motivación religiosa, está convencida en conciencia de que esa decisión no contradice su fe en la Fuente de la Vida, toma la decisión personal acerca del momento de despedirse de esta vida, y asume la muerte que se aproxima como acto de confianza en la Vida de la vida.

C. Una persona no religiosa, convencida de que concuerda con su dignidad asumir la vulnerabilidad humana tal cual es, sin forzar ni la prolongación ni la aceleración del proceso de morir, opta por dejarse llevar al mar del morir en que desemboca el río de su deterioro biológico, y por eso no quiere hacer la opción por la eutanasia.

D) Una persona religiosa se siente llamada o invitada a confiar en el mis-terio último que da sentido a su vida, dejar la determinación del cuándo y el cómo de su final en manos de quien se la dio, y encomendar su espíritu confiadamente al Misterio para “morir hacia la Vida de la vida”.

Cualquiera de estos cuatro comportamientos como opciones personales, au- tónomas y responsables serían compatibles con una legislación social-demócrata (como la que por dos veces consecutivas ha quedado aparcada en nuestro país al final de una legislatura), que respetase y dejase cabida para las cuatro opciones mencionadas (independientemente de que, en unas y otras, su motivación fuese secular o religiosa).

EPÍLOGO DIALOGANTE SOBRE “FE Y SECULARIDAD”

En el caso de una persona con fe religiosa en el presente eterno, que asegura vivir para siempre en la Vida de la vida, debería ser más fácil asumir las tres opciones que mencioné desde el principio; su motivación religiosa le facilitaría sumarse a las propuestas hechas desde una perspectiva de ética secular. Tomar decisiones creativas acerca del fin de la vida no tiene necesariamente que estar en contra de una fe religiosa, si se entiende que el Creador ha creado criaturas creadoras encargándoles que cocreen, es decir, que cooperen a la creación y cuidado continuo de la vida. Lo cuál no significa absolutizar el mantenimiento a ultranza de la vida biológica, sin tener en cuenta las exigencias de la vida personal y espiritual destinada a transfor- marse en vida eterna, en el seno de la Vida de la vida.