Conversión ecológica: superación de la biología. Reflexión sobre el capítulo IV de la encíclica

Juan Jesús Bastero Monserrat

Planteamiento
La palabra conversión evoca la idea de cambio vital hacia algo que es mejor. El Papa nos hace una seria llamada para que cambiemos hacia un modo de gestionar el planeta más acorde con la dignidad de la persona humana. Vivimos tan encerrados en nuestro bienestar que le estamos dando la espalda a la Tierra, gracias a la cual vivimos.

Este ensayo lo desarrollo en dos partes. En la primera expongo algunos rasgos que la biología nos aporta sobre la humanidad pues, como bien lo muestra la encíclica, no se puede ignorar la palabra de la ciencia. En la segunda, planteo que, con sólo la visión de la biología, es difícil salvar nuestra “casa común”, y destaco algunos acentos del mensaje del Papa.

Mirada del ser humano desde la biología
Enumero estos rasgos básicos del conjunto de los seres vivos, o biosfera, para encuadrar el mensaje de la biología sobre el hombre:
• Unidad de lo viviente en su constitución química, celular y en sus procesos metabólicos básicos.
• Interrelación necesaria entre las distintas especies.
• Intrínseca dimensión evolutiva del ser vivo.
• A lo largo del proceso evolutivo se ha dado una creciente complejidad de los organismos y un progresivo aumento de consciencia.
• En los millones de años de evolución, algunos cambios ambientales han provocado extinciones de numerosas especies.

Programación de la supervivencia
A las especies anteriores a la humana no podemos atribuirles la capacidad de programar su supervivencia. Una cosa es el instinto de conservación —de la propia vida y de la especie— y otra diferente la capacidad de modificar el medio para poder sobrevivir en circunstancias adversas. Esto es propio de nuestra especie.
Por el mecanismo evolutivo llamado “binomio mutación-selección”, si un cambio genético o ambiental hace que una variedad animal o vegetal resulte mejor adaptada para esas condiciones, ésta irá predominando en esa región, con merma de las demás.

Pero si los cambios genéticos o ambientales resultan desfavorables para determinadas especies porque no pueden adaptarse, irán disminuyendo hasta extinguirse. Así, los dinosaurios, después de su gran expansión geográfica, se extinguieron hace 65 millones de años, mientras los mamíferos y las aves iban entrando en escena.

Por tanto:
• Es verdad que el proceso evolutivo lleva a una complejidad y consciencia crecientes.
• Es verdad también que determinados cambios ambientales pueden llevar a la extinción de especies.

El caso de nuestra especie
Con la aparición del hombre, la biosfera estrena una especie con capacidad insólita de modificar el ambiente para sobrevivir e ir mejorando su calidad de vida; capaz de generar lenguaje simbólico y expresión cultural en todas sus facetas, incluida la reflexión filosófica y la expresión ética y religiosa. Sólo en los últimos 10.000 años, el crecimiento poblacional y la expansión humana ha ocupado todos los hábitats de la Tierra e incluso ha llegado a hollar el suelo lunar.

Ninguna otra especie ha hecho lo que la humana.

Grandeza y riesgo
Junto a este conjunto de cualidades, nuestra especie tiene unos rasgos de conducta menos gratos.

En las cadenas alimentarias de la biosfera hay muchos casos en que una especie animal se nutre devorando individuos de especies diferentes a la suya (por ejemplo: los leones a las gacelas). En cambio, entre humanos, se dan luchas a muerte por defender su territorio, por adquirir mayor riqueza o incluso por intolerancia ideológica cuando ven amenazado su propio poder. Por tanto, mientras en la biosfera encontramos procesos de depredación entre especies diferentes para nutrirse y sobrevivir, en los humanos se da esa depredación por motivos distintos de la supervivencia y entre miembros de la misma especie.

Esta depredación reviste también la forma de explotación sin llegar a la privación de la vida. Esto aparece en el fenómeno de la esclavitud y de las actuales formas de subyugación de seres humanos, expoliándolos de su riqueza a cambio de armas, droga o trabajos degradantes, con el consiguiente empobrecimiento de los explotados hasta niveles infrahumanos de escasa esperanza de vida.

Pero también dentro de nuestra especie históricamente considerada, encontramos numerosos brotes de la dimensión ética. La humanidad, con su capacidad única de reflexión sobre la propia existencia, ha expresado la valoración ética de su conducta, que le brota de su sentido interior de justicia e injusticia, verdad y mentira, bondad y malicia, servicio y prepotencia, compasión y crueldad, amor y odio. Desde antaño, el ser humano ha percibido y expresado esos valores que configuran el cimiento de una convivencia pacífica. Todo esto constituye también un rasgo exclusivo de nuestra especie y ha alcanzado —y alcanza actualmente— niveles de comportamiento heroico. El ser humano también es capaz de jugarse la vida en favor de sus semejantes.

¿Qué ocurre en la actualidad?
Gracias al progreso tecno-científico, la humanidad ha caído en la cuenta de que actualmente tiene:
• Un conocimiento suficiente del planeta, de sus recursos, de su dinamismo atmosférico y de las variaciones climáticas actuales y del pasado.
• Una enorme desigualdad entre la calidad de vida de subpoblaciones humanas, debida en parte a la explotación intraespecífica.
• Un escalada en la explotación de recursos por parte de subpoblaciones de mayor nivel económico para lograr un aumento indefinido de su bienestar.
• Una conciencia de que: a) siendo la Tierra un sistema energéticamente finito, y b) teniendo la biosfera un equilibrio que se desestabiliza por pequeñas variaciones de factores ambientales, resulta que:
 No hay recursos suficientes para que ni siquiera la mitad de los habitantes puedan vivir con el nivel de vida del primer mundo.
 Peligra el equilibrio de la biosfera por las variaciones atmosféricas introducidas por el hombre.
 Al mismo tiempo, es posible todavía corregir las desviaciones del consumo y equilibrar la distribución de recursos, logrando un nivel de vida digno para todos.

Dada la instancia ética de la humanidad, ya ha brotado en diversos colectivos la conciencia de la situación global y el impulso para conseguir una solución eficaz del problema.

Pero, dada la complejidad de la persona y la diversa índole de sus motivaciones, esas propuestas de acción no son aceptadas en igual medida por la población mundial y coexisten con conductas colectivas fuertemente disruptivas del equilibrio social y lesivas de la población humana, causando todavía una mortandad que sería evitable.

Acentos del Papa Francisco para la conversión ecológica
Este panorama esbozado desde la ciencia puede evolucionar de varios modos. Podría intensificarse la conducta agresiva en forma de destrucción nuclear masiva; o bien como una nueva selección racista de los supuestamente más aptos, con el consiguiente exterminio de los demás; o bien, un endurecimiento de las fuerzas del mercado que causaran la eliminación de poblaciones tercermundistas… También podría darse una inercia frente a la situación actual, sin modificar el rumbo de la producción industrial ni del tratamiento de residuos, dejando que la atmósfera vaya incrementando su temperatura media con unas consecuencias difícilmente previsibles. Y no falta quien augura para el futuro la desaparición de nuestra especie y de otras muchas, y la pervivencia de los millones de microorganismos bacterianos debido a su mayor adaptabilidad.

Todo esto no es ficción. Nos guste o no, sería posible que llegara a suceder. Y ante estas posibles alternativas, la sola ciencia no es suficiente para decidir una actuación que mire al futuro. El dato científico es indispensable para tener una opinión fundada de la situación actual y conocer las probables consecuencias venideras. Pero para actuar en favor de la mejora de las condiciones de vida global, es preciso activar otros resortes propios de la persona, tales como el sentido de justicia, de compasión y, en definitiva, de la capacidad de amar a nuestros semejantes buscando un bien que sea mejor para todos. Y esto es lo que propone el Papa con particulares acentos.

La postura básica subyacente

En toda la encíclica subyace un principio clave del mensaje cristiano: la dignidad única de la especie humana, individual y colectivamente considerada. El ser humano, emparentado evolutivamente con los demás organismos, es la criatura predilecta del Creador y de él ha recibido el encargo de cuidar y administrar la Tierra, nuestra casa común (Cf. 232). Este principio preside todos los mensajes que la Iglesia ofrece a la humanidad.

Necesidad de una austeridad responsable

El Papa deja claro que “la obsesión por un estilo de vida consumista, sobre todo cuando sólo unos pocos puedan sostenerlo, sólo podrá provocar violencia y destrucción recíproca” (Cf. 204). Vivimos en un planeta de recursos finitos y ni siquiera la mitad de la población podría vivir con el nivel de vida del primer mundo. De ahí la llamada insistente a vivir disfrutando con las cosas sencillas y “gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo” (Cf. 222).

No partimos de cero

Desde hace años han surgido con fuerza y por todo el mundo diversos movimientos –dentro y fuera de la Iglesia– que siembran una conciencia de la gravedad del problema ecológico y actúan en favor del cuidado del planeta (Cf. 209). Pero esto no prospera si no va apoyado por un estilo educativo, que ayude a “crecer en la solidaridad, la responsabilidad y el cuidado basado en la compasión” (Cf. 210), y por una conversión colectiva, porque: «A problemas sociales se responde con redes comunitarias, no con la mera suma de bienes individuales» (Cf. 219).

Con esto no se juega

La necesidad de este cambio de actitud es urgente y no hay tiempo que perder: «Ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco» (n. 229).

Desde dentro de la Tierra

Quizá la principal novedad de este mensaje está en que el Papa no deja de pisar tierra en todo momento: es en la relación respetuosa con las demás criaturas como el ser humano alcanza a Dios y realiza el Reino inaugurado por el Señor Jesús en este mundo (Cf. 235 y 240). En este enfoque, no parece exagerado entrever un guiño ignaciano alusivo al “encontrar a Dios en todas las cosas” de San Ignacio de Loyola y a la visión esperanzadora evolutiva de Teilhard de Chardin 1.

Conclusión

Ante esta realidad, el Papa Francisco, incorporando el saber de la ciencia, alza su voz cuajada de esperanza desde la visión cristiana de la humanidad y del universo entero. Lo hace con palabras que pueden ser aceptadas por muchos que, sin confesarse cristianos, creen en la dignidad de toda persona y vibran ante propuestas de acción humanizadora de la sociedad.

Esto es posible porque el cristianismo, basado en la confianza y seguimiento de Cristo Jesús, más que una religión, es una propuesta de existencia humana comunitaria con visión trascendente que no nos exime de la tarea de cuidar y mejorar la Tierra en que vivimos. La “gracia”, es decir, la ayuda gratuita de Dios al ser humano, supone y se apoya en la naturaleza, y por eso lo material es lugar de acceso a Dios y es terreno de desarrollo de una vida que sea digna para todos.