Comunidad Santo Tomás de Aquino, Madrid. Una experiencia cristiana en la brecha

Evaristo Villar

Ante lo que nos está pasando en este primer cuarto del s. XXI, muchos pensamos que, tanto desde el plano de la razón como desde la fe, necesitamos “proyectar espacios de esperanza” para recobrar el sentido y no detener violentamente el curso de la historia.

Necesitamos hacer frente a la “posverdad” que se está instalando como táctica en los discursos de nuestros dirigentes políticos y necesitamos deshacer las falacias de los medios y redes de desinformación que están contaminando a la ciudadanía. ¿No es un contrasentido que el coste de estos medios de desinformación esté recayendo, en gran parte, sobre la espalda del honrado contribuyente?

Es necesario hacer oír, también, nuestra voz ante los silencios políticos de las jerarquías religiosas. Porque hay silencios que desconciertan y escandalizan la buena fe de los creyentes. ¿Callarse ante el proceso de exhumación del dictador del Valle de los Caídos y sobre el parasitismo de una familia cobijada bajo las hazañas lucrativas de un abuelo sanguinario? ¿Cómo querer normalizar cristianamente a un golpista que lleva sobre su espalda tantas muertes aun no honradas?

Necesitamos saber si el presidente de la CEE, por ejemplo, se va a reunir en Roma a fínales de este mes de febrero con los titulares de todas las conferencias episcopales del mundo para tratar sobre la pederastia sin haber recibido a las víctimas, como es voluntad del papa. Necesitamos saber qué alcance van a tener los pronunciamientos de algunos jerarcas sobre un sector humano, religiosamente humillado, como el LGTBI. ¿Cómo seguir dogmatizando, por otra parte, la ley eclesiástica del celibato (no hablo del celibato opcional)? ¿O cómo seguir defendiendo, contra la sensibilidad actual, las inmatriculaciones hechas al amparo de una ley franquista?

Me viene a la memoria la decidida postura del Jesús del Evangelio de Marcos frente a las prácticas inhumanas de los dirigentes de su tiempo y, sobre todo, ante su torpeza para discernir los “signos de los tiempos”: “Tienen ojos para ver, dice, y no ven, tienen oídos para oír y no oyen” (Mc 7 y 8).

Y es que hay una imagen del mundo y de las estructuras de las iglesias que está cayendo y otra que está emergiendo. El futuro no es ya una ficción, es una realidad. Por más que la filosofía política y otros intereses quieran amarrar nuestros pies a una realidad que se pretende inamovible, la utopía ya está entrando por la puerta. El cambio de era supone un cambio de página también en la Iglesia. Y la responsabilidad no está solo en los profetas que lo vienen anunciando, sino principalmente en los dirigentes que parecen no “estar en el tiempo”. ¡Hay una Iglesia que se mueve y otra que se muere!

La Comunidad de Santo Tomás de Aquino, un presente con memoria y promesa

Tiene una larga historia. Más de 30 años luchando por reformar la sociedad y la Iglesia. No voy a relatar su largo y laborioso proceso de transformación desde la Parroquia Universitaria de Madrid hasta la comunidad que es hoy. Hay algún libro que hace puntualmente este relato. Me refiero al titulado Una experiencia comunitaria de liberación, editado por Ediciones Khaf del Grupo Editorial Luis Vives en 2012. Me limitaré, por razones de espacio, a recoger la impresión que reflejan sobre esta comunidad dos de los obispos profetas y testigos vivos más destacados entre los cristianos y cristianas españoles y latinoamericanos. Me refiero al obispo claretiano y poeta Pedro Casaldáliga y al obispo agustino Nicolás Castellanos, que renunció a la diócesis de Palencia para irse de misionero en Bolivia. Casaldáliga hace la presentación del libro y Castellanos, el epílogo.

Pedro Casaldáliga. “Este libro es una crónica evangélica y evangelizadora, unos Hechos de los apóstoles, un testimonio de una comunidad viva, adulta, corresponsable, encarnada en la hora y en el lugar, en un proceso a veces conflictivo, pero siempre suficientemente lúcido y esperanzado”… No se trata de una comunidad que vive solo algunas dimensiones cristianas y que podría olvidar otras mayores. El libro recoge los apartados mayores del proceso y reafirma el cultivo diario de la formación permanente, de la dimensión celebrativa y de los compromisos colectivos.

Hay que leer este libro, esta crónica de los hechos de los apostólicos en hora y lugar bien concretos y desafiadores, con voluntad fraterna de compartir su riqueza espiritual ayudando a tejer “la red de comunidades” y cultivando siempre las dos grandes dimensiones de la mística y la militancia. Difícilmente encontraremos otras comunidades con la madurez y la fidelidad con que esta comunidad querida está viviendo el Evangelio.

Yo tengo fuertes lazos afectivos y pastorales con esta comunidad madrileña (y mundial). La solidaridad ha sido siempre y seguirá siendo una especie de sacramento a orillas del camino para esta comunidad solidaria y samaritana. El libro termina apelando a Jesús de Nazaret, nuestro Camino, Verdad y Vida. Porque si algo ha de crecer en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades, es la pasión por el Jesús del Evangelio y por los pobres del Reino”.

Nicolás Castellanos. “La Comunidad de Santo Tomás de Aquino se interroga como nos interrogamos muchos: ¿cómo ser cristiano en una sociedad marcada por la pluralidad social, política, moral. cultural, religiosa?; ¿cómo ser creyente en una Iglesia, al decir de mucha gente conspicua, anquilosada en el pasado, carente de un discurso atractivo para la sociedad de hoy, con crisis demoledora, inmersa en un “invierno eclesial”, escasamente valorada entre las demás instituciones, al menos en España, sin conectar con la nueva cultura del diálogo democrático, de tolerancia y pluralismo?

En su respuesta, se diseña el camino por los raíles del Evangelio y del Concilio Vaticano II, y se muestra el rostro de otra manera de ser Iglesia enamorada, esposa, madre, samaritana, que camina del brazo de Dios en el tiempo y en a historia y se mueve con agilidad en la cultura actual.

Se trata de un relato humano y humanizador, teológico, teologal y pastoral, liberador y transformador. En esta comunidad corre la vida a borbotones, se hace praxis el núcleo fundamental cristiano. Se plasma en el seguimiento y discipulado de Jesús, que expresa la cercanía de Dios Padre, Madre, Ternura, Misericordia, Amor; se experimenta la pasión por el Reino, se vive la opción evangélica por los pobres, y se expresa la profecía y se vive en parresía. Y en este proceso, no han faltado nunca las huellas martiriales. Ya lo decía Peguy: ‘Tener la verdad es empezar a sufrir; defenderla es empezar a morir”.