Balance y perspectiva. De la desolación a la esperanza

Antonio G. Santesmases

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?; ¿qué nos cabe esperar?: ¿qué podemos hacer? Voy a intentar contestar a estas tres interrogantes sabiendo que es tal la magnitud de artículos, de ensayos, de interpretaciones, que es imposible decir nada que sea original pero sabiendo que todos tenemos la obligación intelectual de intentar aportar un poco de luz, al menos de la luz que modestamente podamos atisbar.

  1. El origen del problema

Al hacer balance de estos cuatro últimos meses tenemos que hacer un esfuerzo por precisar si lo vivido tiene poco o mucho que ver con lo ocurrido anteriormente. No cabe duda de que desde el 17 de agosto del 2017, cuando se produce el atentado yihadista en las Ramblas, hasta el 21 de diciembre, cuando se realizan las elecciones, es tal la cantidad de hechos que se suceden unos a otros que cabría decir que el problema de Cataluña concentra todas las energías y monopoliza la agenda política. Parece el único tema sobre el que podemos debatir y reflexionar. Por ello se ha hablado de un monotema obsesivo, angustioso, paralizante.

Para intentar superar esta situación hay que situar el problema en un contexto más amplio. Un contexto que comienza en el año 2010. En ese año se produce el giro en la política económica del gobierno Zapatero y se aprueban en el parlamento las medidas que van a propiciar el inicio de los recortes. Si volvemos a mayo del 2010 podemos recordar que es el momento en el que se produce el choque con los funcionarios, con los pensionistas, el recorte en los servicios públicos y donde, por primera vez, desde el inicio de la democracia, los sindicatos no son capaces de recoger el malestar social. Un año después se produce el despertar de una nueva generación y el movimiento del 15 de mayo de 2011.

Traigo esta fecha a colación para plantear el primer interrogante que surge a partir de lo vivido en Cataluña: ¿son compatibles las dos impugnaciones al régimen del 78? Tanto el 15M como el movimiento independentista han supuesto dos desafíos muy serios al régimen del 78; a la luz de lo ocurrido en Cataluña hay que preguntarse qué queda de cada uno de ellos y qué puede pasar en el futuro. El 15M visualiza la aparición de una nueva generación que irrumpe en las plazas aquella primavera, que logra abrirse un hueco en las elecciones europeas del 2014, que alcanza grandes cotas de poder autonómico y municipal en el 2015, y que obtiene un resultado electoral espectacular en las elecciones generales de 2015. Estamos ante un movimiento que cuestiona el modelo económico-social, los recortes en los servicios públicos, la pérdida de las garantías laborales, el aumento de la desigualdad y la brecha generacional que se ha abierto en nuestro país y en otros países europeos. Un movimiento que trata de articular una política económica alternativa asumiendo propuestas que se dan en Grecia, en Portugal, en Francia, en Alemania o en Inglaterra. Un movimiento que bebe en las fuentes de las opciones a la izquierda de la socialdemocracia llámense Txipras, Corbyn o Melenchon. ¿Qué queda de todo aquello?

Tras lo vivido en estos cuatro meses: ¿es este el tema que marca la agenda política de los españoles? La respuesta es negativa. El motivo se puede cifrar en el hecho de que Grecia tuvo que rectificar en su intento de desafiar a la política económica dominante; en que, a pesar del meritorio resultado de Corbyn, no se pudo evitar el triunfo de los conservadores y en la polarización en Francia entre el gran centro y la ultraderecha. A la luz de este balance, no es extraño que haya tenido mucho más impacto en las elecciones catalanas Manuel Valls que Melenchon. Valls forma parte de la coalición victoriosa de Macron, y Melenchon no pudo conseguir que la FRANCIA INSUMISA pasara a la segunda vuelta de las elecciones francesas. Al no existir ejemplos gubernamentales europeos de una política distinta, y al estar tan polarizado el ambiente por el choque entre los dos nacionalismos, la apuesta por poner en un primer plano una política económica alternativa por el momento ha fracasado.

Este es el punto importante del que hay que partir. La exacerbación de la pasión indentitaria ha sido la gran protagonista de lo ocurrido en Cataluña. ¿Cómo es posible que la misma persona (Xavi Domenech) que encabeza una candidatura ganadora en dos ocasiones en unas elecciones generales, y al que todo el mundo reconoce una gran capacidad, sea la quinta fuerza en unas autonómicas?; ¿cómo es posible que la candidatura de la alcaldesa de la ciudad de Barcelona sea también la quinta fuerza en su propia ciudad? La desigualdad no ha desaparecido, ni la brecha generacional, ni el precariado, pero cuando los sentimientos ocupan el primer plano es muy difícil introducir otros elementos en la pugna.

El 15M auspició la aparición de una nueva generación que deseaba irrumpir con fuerza en el mundo político sin hacerse cargo del pasado, sin heredar la lógica de los protagonistas de la transición y sin pretender resarcir a los marginados de la misma; no quería heredar los valores de los vencedores, pero tampoco deseaba hacerse cargo de los agravios de los principios de los vencidos. Pretendía dirigirse a todos los que sufrían la crisis más allá de su pasado ideológico, o de sus adscripciones político-partidistas.

Lo ocurrido en Cataluña responde a una lógica completamente distinta. Si en un caso se trata de un proyecto adanista, en otro se trata de establecer una continuidad con el pasado que dé sentido a las tareas del presente y a las perspectivas de futuro. No es extraño que al tratar de establecer una continuidad entre Felipe IV, Felipe V y Felipe VI la irrupción del 15M fuera vista como una perturbación. Poner el foco en la Europa del Euro hacía perder el rumbo. Lo importante no era el neoliberalismo, la globalización sin control o el dominio del Capital financiero; lo importante era resaltar una y otra vez que el lastre era España y el sueño ser un nuevo Estado europeo como Austria o como Dinamarca.

Este esfuerzo por centrar todas las energías en conseguir ser un nuevo Estado en Europa ha marcado la agenda política en las Diadas realizadas desde 2012, en el referéndum del 9 de noviembre, en las elecciones del 27 de septiembre de 2015, y en las elecciones del 21 de diciembre de 2017. No se puede decir que no haya habido una continuidad en todo el proceso. Tras la Diada de 2012, Artur Mas se presenta en Madrid y pide una nueva financiación para Cataluña. Ante la negativa del gobierno es aclamado a su regreso a la plaza de San Jaume por destacados miembros de la sociedad civil catalana que le animan a continuar la batalla. Decide romper su pacto con el partido popular e ir a unas elecciones autonómicas donde espera alcanzar un apoyo inequívoco que le dé fuerzas para afrontar su desafío con el Estado. No logra la mayoría absoluta y tiene que formar gobierno con el apoyo de Esquerra Republicana.

En mayo de 2014 se producen las elecciones europeas, la irrupción de PODEMOS, la abdicación del rey, la dimisión de Rubalcaba y la confesión de Jordi Pujol sobre una cuenta no declarada en Andorra. Esta confesión que afecta a la credibilidad del padre de la patria catalana no impide que Artur Mas decida incrementar la pulsión independentista y proponer un referéndum ilegal el 9 de noviembre de 2014. Logra una movilización importante de personas que van a alcanzar una cifra en torno a los dos millones. Dos millones que vuelven a aparecer en las elecciones de 27 de septiembre de 2015 y en las elecciones del pasado 21 de diciembre. Estamos ante un movimiento muy amplio, que ha superado muchas pruebas y que no parece permeable a otras perspectivas. Es el movimiento que ha alcanzado la mayoría absoluta en estas elecciones y que ha propiciado, a su vez, el ascenso imparable de una fuerza política que comenzó con 3 diputados y hoy tiene 36, y ha sido el partido más votado. Unos proponen la secesión; otros celebran la victoria con el canto eufórico de ser españoles. Unos representan el 47%; Ciudadanos con el PP, aproximadamente, el 30%; el PSC y los Comunes, el 22%.

Al inicio de la democracia, el PSC y el PSUC representaban casi el 50%. Hoy no llegan al 25%. Están en medio entre dos nacionalismos que reparten sus acusaciones. Para los nacionalistas catalanes los socialistas son simple y llanamente traidores al pueblo de Cataluña. Para los nacionalistas españoles los Comunes y Podemos no se distinguen de los independentistas. Pero la cosa no queda ahí, ya que para los nacionalistas españoles los socialistas son ambiguos, poco claros, excesivamente condescendientes con el nacionalismo catalán; mientras que para los nacionalistas catalanes los comunes son equidistantes, miran para otro lado, no son capaces de asumir que el deber de todo demócrata autentico es apoyar inequívocamente a la futura república catalana.

  1. Qué podemos esperar

Dos absolutos chocan y saben que mientras la alternativa sea el otro sus electores se ven reconfortados. En este laberinto invito a los lectores de Éxodo a analizar el uso de las categorías religiosas en este conflicto.

La fuerza que triunfa en Cataluña es un partido que tiene poco o nada que ver con el conservadurismo español tradicional, y mucho menos con el nacional-catolicismo. Si nos fijamos con atención al análisis del papel de los símbolos religiosos, siempre se achaca a la otra parte, al otro nacionalismo. Ciudadanos se presenta como centrista-liberal-relativista-europeo-modernizador. Es el otro nacionalismo el que es caracterizado como conservador-reaccionario-dogmático-antieuropeo-anacrónico. Es el nacionalismo catalán el que es estigmatizado como la peste, la guerra, la violencia, la exclusión, la peor herencia del siglo veinte; esa herencia que recoge a su vez lo peor de las religiones, la absolutización de la política, la exaltación de un pueblo elegido, que sigue fanáticamente a un mesías y está dispuesto a cualquier clase de sacrificio hasta alcanzar la tierra prometida.

Por ello no estamos ante una contraposición entre la racionalidad y los sentimientos como se ha dicho por distintos analistas. Ciudadanos ha sabido movilizar los sentimientos de una identidad nacional española que se ha visto reconocida, representada, encarnada, en una candidata joven, atractiva y solvente, que defendía la combinación de la identidad española con la catalana y la europea, y que no quería nuevos pasaportes ni nuevas fronteras; era una candidata que devolvía su orgullo a los “otros catalanes”, a los que viniendo de otras tierras de España han contribuido decisivamente a la prosperidad de la sociedad catalana y se han sentido maltratados, despreciados y vilipendiados por el secesionismo.

Al mantener los independentistas la mayoría absoluta y al alcanzar la victoria electoral Ciudadanos, se visualiza un empate permanente, que puede dificultar cualquier acuerdo o aproximación. Las dos posiciones no pueden estar más alejadas porque ambas tratan de superar el modelo autonómico que ha durado muchos años; el problema es que estamos ante una superación de sentido contrario. Ciudadanos considera que el origen de todos los problemas vividos en Cataluña se centra en la dejación de una izquierda acomplejada ante la hegemonía del nacionalismo. Estamos ante un partido que nace en Cataluña como crítica al tripartito y como respuesta a lo que consideran benevolencia, complicidad o traición de los socialistas catalanes.

La otra cara de la moneda son los catalanistas que han optado por el independentismo. No hay ninguna lógica inexorable que plantee que todo aquel que apuesta por la lengua y la cultura catalana, que todo aquel que piense que Cataluña es una Nación por su personalidad histórica debe dar el paso a afirmar, a postular, a defender, que esa Nación para poder desarrollarse necesita tener un Estado propio. La posición autonomista-posibilista-constitucionalista ha sido hegemónica en Cataluña durante muchos años. Tanto la antigua Convergencia, como el PSC, como el PSUC compartían el modelo en un contexto donde Esquerra Republicana y el Partido Popular eran fuerzas minoritarias. Minoritarias incluso cuando se produjo la votación en referéndum de 2006 sobre el nuevo Estatut y votaron en contra los separatistas y los separadores. Hoy los separatistas son hegemónicos en Cataluña y los separadores tienen una minoría muy importante en Cataluña, y pueden ser ampliamente hegemónicos en España si el debate sobre la unidad nacional sigue centrando los próximos meses y la izquierda no logra hacer creíble un relato alternativo del pasado y una propuesta creíble de futuro.

Estamos ante un choque entre dos nacionalismos que no tienen incentivos para llegar a acuerdos. A los dos les conviene seguir acumulando fuerzas de cara al futuro. A Ciudadanos, para disputar el liderazgo al Partido Popular en España; a los independentistas catalanes, para ir acumulando fuerzas mientras se resuelven los procesos judiciales y se despeja el tipo de organización política que agrupe sus ideas de cara al futuro. Los dos piensan que no es el momento de negociar ni de ceder, que hay que seguir polarizando para seguir sumando en cada uno de los bandos, por tanto que hay que seguir cavando trincheras, considerando y propagando, eso sí, que es el otro el único responsable de todo lo ocurrido. Ni los unos están dispuestos a asumir que recurrir el Estatut ante el Constitucional fue un error, ni los otros a reconocer que no deben propiciar la ruptura unilateral de un país cuando no llegan al 50% de apoyos.

III.  Qué podemos hacer

Si la polarización ha avanzado y el choque de trenes ya se ha producido, solo cabe reconocer lo evidente. Todos los que apostamos por un federalismo plurinacional, pluricultural y por una tercera vía entre los dos nacionalismos estamos en minoría. Estamos en minoría porque apostar por el acuerdo, por el diálogo, por el consenso ¡no digamos por la reconciliación! es visto como una posición ambigua, poco clara, perturbadora, en momentos en los que se trata de vencer, de ganar, de derrotar al otro.

Dos hechos operan en este debate que hacen casi imposible la tercera vía. El primero es el de los que afirman que no se trata de hacer una reforma de la constitución para dar satisfacción a los que han roto las reglas de juego. No hay que reformar la constitución para satisfacer los deseos de los independentistas. Dos millones de catalanes no pueden imponer su voluntad a cuarenta millones de españoles. Esta posición liberal-conservadora deja intacto el problema a la espera de que algún día la pesadilla desaparecerá y las aguas volverán a su cauce. Por el momento, no parece que sea así. Este inmovilismo provoca el segundo hecho que hace imposible la tercera vía; va creciendo la desafección y el sentimiento de que en España no hay federales, que es más utópica la España federal que la Cataluña independiente y, por tanto, que es la hora de romper y de abandonar a su suerte a un Estado fallido. No hay que seguir siendo parte de un todo, sino de formar un todo aparte.

Ante una polarización tan aguda, el problema no se resuelve atendiendo únicamente a lo procedimental. El problema no es únicamente pactar el tipo de consulta que pueda ser asumida por todas las partes y que permita resolver democráticamente el litigio. A la altura en la que estamos, la apuesta por un referéndum a lo sumo resuelve una parte del problema pero no afronta el núcleo del contencioso. Se pueden buscar fórmulas para ver cómo sería la consulta (Rubio Llorente ofreció formulas en este sentido), pero el problema es que un referéndum implica una opción donde tienes que elegir, y aquí es donde está el problema. Un problema que las izquierdas, sean clásicas o emergentes, no pueden soslayar. Puedes defender el derecho a decidir, pero tienes que definir con claridad cuál es tu propuesta si optarás por la independencia o por el federalismo.

Cabe imaginar (porque lo han dicho públicamente), que la estrategia de Esquerra es ir incrementando el 47% hasta llegar al menos a un 60% de independentistas; cabe imaginar igualmente (porque también lo han dicho), que la apuesta de los socialistas es propiciar una reforma constitucional donde se consiga un encaje satisfactorio de Cataluña que haga descender el independentismo desde su techo actual hasta un apoyo que no supere el 30%.

Unos y otros tienen que disputar un electorado que está confuso, dubitativo, disponible. Esquerra para conseguir aumentar su apoyo considera imprescindible entrar en el electorado de la izquierda, bien en el electorado de origen castellano, que se suma al independentismo como Gabriel Rufián, o el de los antiguos líderes de Podemos que apoyan a la CUP o a Esquerra, como su antiguo líder Albano Dante. En esa posición es decisiva la postura que adopte la actual alcaldesa de Barcelona Ada Colau. No podemos olvidar que Podemos no tiene fuerza orgánica propia en Cataluña.

La postura de los independentista de intentar sumar a sus filas al electorado de los comunes no se puede realizar sin costes, como hemos visto ante la postura tomada por referentes de la izquierda como Francisco Frutos, Carlos Jiménez Villarejo, Lydia Falcón o Salvador López Arnal; tampoco será fácil esa ampliación del espectro si pensamos en la posición que mantienen revistas como Mientras Tanto o El Viejo Topo.

Todo lo ocurrido nos recuerda lo acontecido en el PSC. También en el PSC una parte importante de los electores se fue a Ciudadanos en 2015 y no han vuelto a los socialistas (a pesar de que la brillantez y contundencia de Borrell ha evitado que la hemorragia sea mayor), y los que marcharon al independentismo siguen apasionadamente la nueva ruta como es el caso de Toni Comín o de Ernest Maragall.

Esta dificultad no implica que los principios defendidos por los Comunes y por el PSC no sean dignos de aprecio y no hayan encontrado el apoyo de muchos referentes muy valiosos de la izquierda que han intentado abrir brecha en un marco tan polarizado. Subrayaría en este sentido las propuestas de los Federalistas de izquierda, las reivindicaciones del Estado plurinacional de las jornadas de Podemos en Córdoba, las lúcidas notas de campaña de Raimon Obiols publicadas por Nou Cicle, o las reflexiones llenas de interés de Jordi Amat en su obra La Conjura de los Irresponsables.

No todo ha sido en vano y no cabe afirmar masoquistamente que no hay ningún asidero al que agarrarse, pero para dar continuidad a esta batalla, para que no todo sea desolación y quepa atisbar alguna esperanza, hay que construir un relato propio y no permitir que las palabras pierdan su sentido. Las izquierdas que quieren ser españolas-europeas y catalanas o si se prefiere catalanas-europeas y españolas no pueden, o al menos para ser más modestos, no deben tolerar que su legado republicano y su combate antifranquista queden olvidados, marginados o tergiversados por este debate. Pondré dos ejemplos para terminar y recordaré una experiencia que puede ser bueno rememorar y reactivar para alimentar lo realizado en otros tiempos igualmente difíciles, aunque la situación no llegara ni de lejos a la polarización actual.

Ante los encarcelamientos de los líderes independentistas, estos supieron articular con gran intensidad muchas protestas en la calle. En una de ellas María del Mar Bonet recordó la canción que había compuesto en pleno franquismo “Quien es esta gent que viene de matinada”, pero no recordó que el motivo de aquella composición era homenajear a Enrique Ruano, un estudiante madrileño muerto a manos de la policía. Si la memoria es tan selectiva como para olvidar un hecho tan significativo, tan relevante, tan decisivo, no es extraño que muchos jóvenes catalanes hayan llegado a creer que se trata de un conflicto entre España y Cataluña, y que no existieron dos Españas.

Un segundo ejemplo. Durante la campaña saltó el insulto homófobo contra Miquel Iceta de un profesor de la Universidad de Barcelona que tuvo que dimitir de su puesto como director de un departamento universitario. Son muchos los que desconocen curiosamente cómo había empezado todo; el twit del profesor iba dirigido a un colega que había criticado a Iceta. El profesor dimitido instaba al otro profesor a que no polemizara con Iceta al que acusaba de incompetente, ignorante, traidor y otras lindezas; todo era porque Iceta había afirmado que “no quería renunciar a los poetas españoles como elementos centrales de su cultura”. Uno se pregunta: ¿podremos convivir en el mismo Estado, y compartir una identidad nacional si muchos catalanes no sienten como propios a Machado o a Cernuda, a Lorca o a Aleixandre? Igual podríamos decir pensando en Josep Pla o en Salvador Espriu.

Sin esa memoria cultural compartida y compleja no es posible una convivencia a medio plazo. Esa memoria no se mantiene desde una perspectiva liberal-cosmopolita ni desde una ciudadanía abstracta. Necesita de una memoria republicana. Una memoria que sí estaba presente hace años cuando era inconcebible que en Sabadell un responsable político propusiera borrar la calle de Antonio Machado.

Por ello, para terminar, quiero recordar a una persona y a una iniciativa. Se ha puesto hoy de moda, siguiendo el canon positivista-liberal-modernizador, hoy hegemónico, hablar de los efectos patológicos de la religión; todos los errores de la modernidad parecen vinculados a un mundo de sentimientos desbocados fruto de una herencia religiosa de la que todavía no nos hemos emancipado accediendo a una racionalidad utilitarista-economicista-positivista. La izquierda no debe seguir ese camino; no es su modelo de laicismo. La izquierda debe recordar que también hay efectos religiosos que fueron muy positivos en el antifranquismo y en la construcción de la democracia. En plena hegemonía del pujolismo en Cataluña y del Felipismo en Madrid, cuando la modernización económica y el liberalismo campaba a sus anchas, cuando los sindicatos libraban una lucha dura y con pocos apoyos, hubo alguien que decidió constituir una fundación en la que convivían el PSC y el PSUC, UGT y CCOO. La fundación se llamaba Utopia, y el promotor era Juan García Nieto que había sido uno de los fundadores de Cristianos por el Socialismo. La fundación se creó en Cornella, en esa zona donde hoy separatistas y separadores tratan de hacerse fuertes.

En aquella fundación fui invitado a intervenir en aquellos debates con personas como Paco Fernandez Buey, Raimon Obiols o Jose Mará Zufiaur. Es un recuerdo que no quería olvidar. Solo recogiendo aquel espíritu internacionalista, socialista, republicano, tendremos futuro. Es un espíritu hoy desgraciadamente minoritario, pero es tarea nuestra recoger lo mejor de aquella tradición, de aquella tradición que tiene huellas religiosas que no debemos olvidar. Pocos lugares tan apropiados como la revista Éxodo para realizar esa tarea y no hacer que todo sea desolación y no atisbemos ni un pequeño resquicio para la esperanza.