¿Acaso no soy persona como tú?

Corremos por la playa de callaos y guijarros con todo lo que nos da el cuerpo y el alma, saltando de piedra en piedra a punto de perder el equilibro. La frágil barcaza neumática se mueve de manera errática desde que la avistamos en el point view. A mi lado, Ghias nos alienta con sonoros “come on! Armano di alma! quickly! quickly”. Detrás resoplan varios camarógrafos, sanitarios, socorristas y un grupo multicolor de bienintencionados.

Aunque los escarpines agarran bien, caerse es un riesgo que hay que asumir, pues se trata de una situación que puede conllevar peligro de muerte. La barcaza, sin control, toma rumbo hacia la parte menos accesible de la costa. Finalmente encalla en los riscos, bajo el cantil, con un metro y medio de profundidad. Dentro de la barca hay nervios y el oleaje no ayuda a calmar al grupo de unas setenta personas, formado por bebés, niños y niñas, adolescentes, hombres, mujeres, ancianos, algún enfermo y un herido.

Espontáneamente, los voluntarios comenzamos a organizar una cadena humana, desde la barca hasta tierra firme, para salvar el inestable y escarpado terreno. Se forma así una serpiente multicolor e internacional de voluntarios, que en un esfuerzo colectivo, poco a poco y uno a uno, va rescatando a todas las personas que acaban de cruzar el mar buscando seguridad y libertad.

Aquel momento no podía ser más especial y emocionante. Allí estábamos decenas de personas de orígenes y condiciones diversas, dispares y distantes que no nos conocíamos, trabajando, codo con codo, para ayudar a otras personas que tampoco conocíamos. Eran momentos de actuar, de sentir. No había juicios, sino un objetivo y una voluntad común. Afloraba el corazón, el entusiasmo, el amor, la entrega, la caridad; lo mejor de la humanidad.

Ocurría esta escena en la costa norte de la isla griega de Lesbos, en el otoño de 2015, en plena crisis migratoria de refugiados sirios, y también afganos, iraquíes, yazidíes, kurdos, iraníes, somalíes o eritreos. Y, al calor de éstos, todo un flujo de inmigrantes de África y Asia.

Hasta allí me desplacé como voluntario independiente, movido por el insoportable impacto de la imagen del niño Aylán, y por una voluntad interior que no soy capaz de acertar a describir. Ese misterioso impulso íntimo e individual, superior a cualquier resistencia, me llevó a unirme a los grupos de rescate y atención a pie de playa de los centenares de personas que cruzaban desde la costa turca, a colaborar en su organización y gestión por distintos puntos de Grecia, a difundir y sensibilizar sobre lo que allí estaba ocurriendo. Aunque, sobre todo, a sentir y dejarme sentir. Porque sin los sentidos y sentimientos, la acción solo es un trámite. Y los trámites se deben dejar para los despachos. Como activista, como voluntario independiente, es necesario sentir a las personas.

¡Qué importante es para un refugiado saberse sentido! Jamás podré olvidar la cara de aquel afgano, que con terror infinito sacaba del interior de la barca a su hijo de apenas un par de años de edad y me lo entregaba para que lo llevara a tierra cuanto antes. Se producía un entendimiento instintivo, un cruce de miradas y gestos, una desesperada complicidad. No podré quitarme la impresión que provocaba ver aquellos niños, de menos de diez años, que no lloraban, pero su cara era de un trauma superior a las lágrimas. Lágrimas que derramaban sin cesar no pocos hombres de porte imponente, que, al pisar tierra, caían derrumbados, a plomo sobre sus rodillas, inconsolables.

Permanecerá en mi memoria tanto agradecimiento; el beso de la mujer siria, que sabía igual que el de una madre; los besos del padre iraní, que sonaban como los de un hermano; los abrazos de la anciana kurda, que se sentían como los de una abuela; y las caricias de aquel señor afgano, ya mayor, vestido con ropa artesana de oscura lana cachemir, que, mientras clavaba sus ojos en los míos, posaba sus manos ásperas en mis mejillas y recitaba en un murmullo, versos y letanías. Siempre recordaré, en los campos informales en el puerto del Pireo o en la frontera con Macedonia, los juegos con los más pequeños, sentarte en aquellos paupérrimos espacios que las familias llenaban de dignidad, las largas tertulias acompañados de un té, las risas, los enfados y la frustración, la escucha y el recuerdo. ¡Qué importante entonces el valor de la comensalidad en su sentido profundo!

Son experiencias en el terreno del encuentro, en la frontera de la dignidad, en el lugar en el que se escribe la Historia, en el espacio que nos da la medida de nosotros mismos, como individuos y como sociedades. Más aún cuando se trata de movimientos de refugiados, pues éstos trascienden las migraciones para conllevar un deber moral, casi sagrado.

Me decía Helal en aquellos días “¿Cuánto vale mi vida? ¿Cuánto mi libertad? ¿Acaso no soy persona cómo tú?”.