jueves, diciembre 3, 2020
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UNA LÚCIDA OSADÍA: TRATADO DE LA INJUSTICIA

– Autor: Juanjo Sánchez –
 
El título que lleva este número de ÉXODO: “¿A quién sirve la justicia?” brota del profundo desasosiego que produce en la ciudadanía percibir que la justicia en muchas de sus decisiones escucha no tanto la insobornable voz del derecho cuanto el canto de sirena de otras instancias al parecer más contundentes, pero no precisamente más justas, como son el poder, la posición o la riqueza.

Pero la justicia no se agota en esa parcela fundamental de nuestras sociedades democráticas, el sistema judicial. La justicia atañe a la entera organización de la sociedad, a todas sus instituciones, a la política, a la economía, a las relaciones humanas, sociales, laborales y culturales… El sentido y la orientación de una parcela determinada, como es nuestro tema en este número, se juega por eso en el marco global de la sociedad y su justicia. Las “teorías de la justicia” son, en definitiva, propuestas de modelos globales de sociedad. Así, por ejemplo, las de Rawls y Habermas, por citar dos de las más influyentes en nuestros días, o la más reciente de Amartya Sen, que introduce una variante sumamente rica frente a ellas. Conviene tenerlas en cuenta para replantear el sentido de nuestra parcela.

Pues bien, mientras se preparaba este número aparecía una nueva “teoría de la justicia”, singularmente nueva, una verdadera alternativa frente a las existentes, cuya provocación se anunciaba ya en su mismo título: Tratado de la injusticia, el último libro de Reyes Mate. En línea con la lógica crítica, de ruptura con la lógica dominante, que inspira y atraviesa su obra entera, desde La razón de los vencidos hasta La herencia del olvido, pasando por Mística y política, Memoria de Occidente, Memoria de Auschwitz o Medianoche en la historia, este sorprendente texto venía como anillo al dedo para ser presentado en la sección de libros de este número.

Se trata, en efecto, de una teoría provocadora porque es radicalmente nueva, es decir, nueva desde la raíz. Y la raíz está en su punto de partida, en tomarse absolutamente en serio el hecho y la experiencia de la injusticia, que es lo primero que se da y lo que suscita la indignación en la que se expresa la exigencia de justicia: “¡No hay derecho!”. La injusticia antecede a toda reflexión sobre la justicia. Y solo desde ella, desde su experiencia y herida, se pone ésta en movimiento.

Pero la injusticia no solo es primera temporalmente a la reflexión sobre la justicia: es también primera lógicamente. La injusticia y su experiencia no solo ponen en movimiento esa reflexión, sino que la atraviesan, la modulan y estructuran, la inspiran u orientan en su desarrollo. La novedad de esta nueva teoría de la justicia radica justamente ahí: en “reconocer el núcleo semántico de la injusticia”, es decir, su significado profundo, “y hablar desde ahí de la justicia”, es decir, definir desde ahí la justicia, desarrollar una teoría de la justicia. Una teoría que no podía ser, por eso, sino un Tratado de la injusticia.

Ciertamente, una teoría nueva y provocadora, “una osadía”, reconoce su autor, “casi un atentado a la razón”, evidentemente, matizo, a la razón “dominante”, a la lógica que se impone incluso a las teorías de la justicia más abiertas, progresistas y críticas, como las arriba reseñadas, lógica que o bien sobrevuela la experiencia de la injusticia, o bien termina relegándola al olvido sin que llegue a permear el edificio de la teoría de la justicia. La misma lógica que empuja a la historia a avanzar, como decía Walter Benjamin, por encima de las ruinas del sufrimiento acumulado y condenado al silencio de las víctimas. La misma que hace brotar aquel desasosiego en la ciudadanía que lleva a preguntar: ¿a quién sirve la justicia?

“Contra esa lógica está escrito este Tratado de la injusticia”, afirma contundente su autor. Y lo hace confrontándose tanto con la “justicia de los antiguos” como con la “justicia de los modernos”, mostrando con sorprendente agudeza y lucidez –y posiblemente para sorpresa de muchos– en qué medida la primera contiene intuiciones válidas que se pierden en la segunda y cómo en una y otra aquella lógica fatal termina imponiéndose a la voz interpelante que se alza desde la injusticia y a la mirada que desde ella permite dibujar un horizonte diferente de justicia. Un horizonte como el que emerge de las prioridades que restablece este Tratado: de la fundante experiencia de la injusticia y el sufrimiento del otro, de las víctimas, frente a la constitutiva fuerza autorreferencial del sujeto pensante, de la visión de la desigualdad como injusticia frente a la reducción de la injusticia (histórica) a mera desigualdad (natural), de la solidaridad y la compasión con las víctimas de la injusticia frente a la imparcialidad y neutralidad sospechosamente abstractas que permite el consenso de los que triunfan y tienen voz, de la memoria incansablemente provocadora de la dicha incumplida, de la justicia pendiente, frente a “la peste del olvido” que solo conduce a la justicia de los vencedores…

Está claro que esta nueva, provocadora, teoría de la justicia pivota justamente sobre la singular potencialidad de la memoria: “sin memoria no hay injusticia; sin memoria tampoco hay justicia”, sostiene con fuerza y razón el autor. La memoria es la categoría básica de la teoría de la justicia desde la injusticia. Ella constituye por eso el contenido del capítulo central del libro. Un capítulo rico, denso, profundo, donde Reyes Mate hace ver que la memoria no es meramente un sentimiento, sino, más radicalmente, un conocimiento, una mirada, un modo de ver y entender el mundo en su totalidad… de modo diferente. El modo en que se ve desde la experiencia de la injusticia.

De forma breve pero densa, el autor despliega en este capítulo la incidencia transformadora de esta nueva mirada, de este conocimiento diferente, sobre algunas realidades sustanciales de nuestro mundo: sobre el idolatrado progreso, sobre la permanente vigencia del Holocausto -de los holocaustos-, sobre la memoria histórica de los otros, es decir, de los vencidos, sobre la justicia verdaderamente universal, sobre la primacía de la víctima dañada, sobre la ineludible condición de pedir perdón y la gratuidad de donarlo, sobre el horizonte utópico de una posible reconciliación…

Una mirada ciertamente nueva, singular, provocadora sobre el mundo y todas sus parcelas. También sobre la justicia y el derecho. Una mirada, un conocimiento desde la memoria de la injusticia que abre el horizonte a otra justicia y otro derecho posibles. En una de las tesis finales de su libro recoge Reyes la provocadora intuición de W. Benjamin: “La memoria abre expedientes que la ciencia da por archivados”. Y explicita a renglón seguido: también la “ciencia jurídica”, también el derecho. La memoria (de la injusticia) también revoluciona el derecho y la justicia que se imparte… en orden a una justicia nueva, que alcance a las eternamente ignoradas víctimas de la historia. No se podrá pasar al margen de este libro… si se quiere acercar el horizonte de “otro mundo, otra justicia posible”.

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