martes, diciembre 1, 2020
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Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI

Éxodo 128
– Autor: Miguel Ángel de Prada –

Ha sido fulgurante el éxito editorial del texto y su autor en España: en un solo año, 2014, ha tenido la primera edición y una reimpresión. Llega a la reseña de Éxodo por el contenido que aborda, un tema central en las preocupaciones de la revista como es el de las desigualdades. El autor lo investiga tanto en el reparto de los ingresos por trabajo como en el de la propiedad del capital. El esfuerzo investigador recoge aportaciones de múltiples equipos y más de 15 años de trabajo del autor, recopila información sobre los últimos tres siglos principalmente en el continente europeo, EEUU y Japón. Su repercusión mediática se observa en los debates suscitados, como el del 1% más rico frente al 99%, convertido en lema del movimiento social (‘somos el 99%’), o el más sangrante de la acumulación por el 0,1% de la población frente al 99,99% restante.

Incitación a la lectura

¿Habría algún argumento que motive la lectura de un tomo de economía con más de 660 páginas? Veamos si las últimas palabras del texto lo consiguen: Principalmente todos los ciudadanos deberían interesarse seriamente por el dinero, su comportamiento, los hechos y las evoluciones que lo rodean. Quienes tienen mucho nunca se olvidan de defender sus intereses. Negarse a usas cifras rara vez favorece a los más pobres” (p. 649). En suma, es una cuestión de interés propio y, en mayor medida, en cuanto de menos recursos se disponga; es lo que denomina el juego de los más pobres (p. 647). Y, para facilitar esta tarea, T. Piketty comienza por reconocer la pretenciosidad del propio título, que en su opinión tendría que haberse titulado más directamente El capital a principios del siglo xxi, dada la incapacidad para predecir la forma que adquirirá el capital porque en su perspectiva la historia de los ingresos y de la riqueza siempre es profundamente política, caótica e imprevisible, y nadie puede saber qué forma adquirirán los cambios. Sin embargo, enfatiza la utilidad del estudio histórico de las desigualdades, señalando que el objetivo del libro es tratar de extraer “de la experiencia de siglos pasados algunas modestas claves para el porvenir, sin una ilusión excesiva sobre su utilidad real, pues la historia siempre inventa sus propios caminos” (p. 50).

Del mismo modo, Piketty expone su argumentario sin recurrir a complejas fórmulas matemáticas, como suelen hacer los economistas, a quienes considera distraídos de los verdaderos problemas de la gente e interesados en resolver o plantear pequeñas fórmulas que solo les interesan a ellos. Cuando recurre a ellas (en muy pocas ocasiones), las expone de modo que pueda entenderlas cualquier lector interesado sin formación especial. Según Piketty, el economista, la economía, lo mismo que cualquier ciudadano, debe estar al margen de las preocupaciones de la vida, ni separar éticamente los medios de los fines. La democracia jamás puede ser competencia de expertos, como tampoco la economía. El asunto de la distribución es demasiado importante para dejarlo en manos ajenas, atañe a todo el mundo. El papel de la investigación es informar el debate pero no pondrá fin al conflicto social.

Pero no busque el lector una posición radical en este autor, ni siquiera en el tema de la desigualdad. Para él mismo, puede haber distinciones sociales si se fundan en la utilidad común porque las desigualdades no plantean problemas en sí (p. 46) y, en todo caso, no se trata de cuestionar el capitalismo, aunque solo funcione en base a la desigualdad, sino sus disfunciones excesivas. El autor trata de contribuir modestamente a determinar los modos de organización social, las instituciones y políticas más apropiadas para instaurar real y eficazmente una sociedad justa en el marco de un Estado de derecho.

Marco de comprensión y principales resultados

El interés de T. Piketty es volver a situar el tema de la distribución en el centro del análisis económico, como lo fue en los clásicos desde Ricardo, pasando por Marx, hasta el más optimista Kuznets en plena época de la guerra fría. El tema tiene gran importancia en el momento actual porque los resultados del estudio de las fuentes indican que “desde la década de 1970, la desigualdad ha crecido significativamente en los países ricos (…), donde en la década 2000-2010 la concentración de los ingresos recuperó el nivel récord de la década de 1910-1920” (p. 29); con un siglo de diferencia, la situación vuelve a ser insostenible. En el momento actual se puede hacer con mayor precisión este tipo de análisis gracias al fácil manejo informático de ingentes fuentes de datos sobre los ingresos del trabajo y sobre los patrimonios en muchos países durante décadas y, en algunos casos, siglos.

La primera conclusión del estudio de fuentes históricas inéditas sobre ingresos y patrimonios es “que hay que desconfiar de todo determinismo económico: la historia de la distribución de la riqueza es siempre profundamente política y no podría resumirse en mecanismos puramente económicos (…); depende de las representaciones que se hacen los actores económicos, políticos y sociales, de lo que es justo y de lo que no lo es, de las relaciones de fuerza entre esos actores y de las elecciones colectivas que resultan de ellos; es el producto conjunto de todos los actores interesados” (p. 36).

La segunda conclusión constituye “el quid del texto y es que la dinámica de la distribución de la riqueza pone en juego poderosos mecanismos que empujan alternativamente en el sentido de la convergencia y de la divergencia, y que no existe ningún proceso natural y espontáneo que permita evitar que las tendencias desestabilizadoras y no igualitarias prevalezcan permanentemente” (p. 36). La principal fuerza de convergencia (para la reducción de la desigualdad) es para el autor “el proceso de difusión de los conocimientos y de inversión en la capacitación y la formación de habilidades”; este sería el mecanismo central que permite, al mismo tiempo, el aumento general de la productividad y la reducción de las desigualdades, tanto en el interior de cada país como entre países. Lo que advierte el autor es que la fuerza de convergencia puede ser dominada por fuerzas de sentido contrario, divergentes, que amplifican las desigualdades. Así, la falta de inversión en la formación de habilidades puede impedir que grupos sociales completos gocen del desarrollo o que sean desplazados por otros grupos. Por tanto, las fuerzas convergentes sólo son parcialmente naturales, también dependen de las políticas seguidas en materia de educación, de acceso a la formación y a cualificaciones apropiadas, como de las instituciones creadas en dicho campo (p. 38).

Entre las fuerzas divergentes netas, Piketty señala las más inquietantes, en la medida en que pueden producirse en un momento en el que todas las inversiones adecuadas en competencia se hayan realizado y cuando todas las condiciones de la eficacia de la economía del mercado estén presentes. Dos son las principales: las personas con remuneraciones más elevadas, que pueden separarse rápidamente del resto; y las fuerzas vinculadas al proceso de acumulación y concentración de la riqueza en un mundo de bajo crecimiento y un elevado rendimiento del capital (pp. 38-43). Este proceso es potencialmente el más desestabilizador y la principal amenaza para la dinámica de la distribución de la riqueza a largo plazo. La explicación, según el autor, es por la vuelta a un régimen de crecimiento relativamente lento, dado que entonces la riqueza originada en el pasado adquiere naturalmente una importancia desproporcionada (p. 41). En el esquema propuesto, las fuerzas de divergencia no son perpetuas, son una de las trayectorias probables, pero no tiene que ver con la imperfección del mercado. Antes al contrario, mientras más perfecto sea el mercado del capital, más posibilidades hay de cumplirse la desigualdad. Es lo que denomina “el pasado devora al porvenir” (p. 643) y que se presenta como la gran contradicción lógica del capitalismo.

¿Hay salidas que eviten la desigualdad en esta competencia entre fuerzas hacia la convergencia o hacia la divergencia? En opinión del autor “es posible imaginar instituciones políticas públicas que permitan contrarrestar los efectos de esta lógica implacable, como sería un impuesto mundial y progresivo sobre el capital, pero su instrumentación plantea problemas considerables en términos de coordinación internacional” (p. 43). También plantea en la 3ª Parte el esbozo de un Estado social en el siglo xxi y aborda el tema de la deuda pública y su correlato, la acumulación óptima del capital público. En último término, “para retomar el control del capitalismo, verdaderamente no hay más opción que apostar por la democracia hasta sus últimas consecuencias” (p. 645), lo que implicaría “contener el crecimiento sin límite de las desigualdades patrimoniales mundiales que hoy crecen a un ritmo insostenible a largo plazo, algo que debería preocupar incluso a los fervientes defensores del mercado auto-regulado” (p. 644). Fortunas tan desmesuradamente desiguales tienen poco que ver con el espíritu empresarial y carecen de utilidad para el crecimiento. De este modo se vuelve al comienzo del texto, cuando se citó el art. 1º de la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano para señalar que solo las distinciones sociales pueden fundarse sobre la utilidad común. Pero si abre la puerta a pensar las desigualdades con utilidad común, ¿quién lo determinaría?

Guía de lectura. Aquí y ahora

El texto es largo. Si el lector cuenta con poco tiempo la propuesta es que se aproxime a la Introducción y a la Conclusión. En la primera, en 35 páginas (pp. 15-50) el autor expone los objetivos de su trabajo, los resultados principales y las bases en que se asienta. Y de modo más resumido aún, en apenas 7 páginas (643-649) la Conclusión vuelve a repetirlo. Si el lector cuenta con más tiempo, le será de interés trabajar las dos últimas partes de las cuatro en que se divide el texto: la tercera aborda el tema de “La estructura de las desigualdades” y la cuarta, las propuestas para “Regular el capital en el siglo xxi”. Para los más interesados se ofrece la posibilidad de ampliar el texto completo con la consulta a las bases de datos en línea (piketty.pse.erns.fr/capital21c).

Las categorías que emplea el autor sobre las clases patrimoniales o rentistas y la de los nuevos salarios de los super-ejecutivos, ya habían sido adelantadas años ha por el sociólogo e historiador Alfonso Ortí al enfrentar las viejas clases patrimoniales y las nuevas clases funcionales (para la gestión del capital). Del mismo modo, el lector puede aprovechar las claves que ofrece el sugerente texto de L. E. Alonso y C. J. Fernández sobre Los discursos del presente. Un análisis de los imaginarios sociales contemporáneos, Siglo XXI. España, 2013. Aproximación desde la economía a la sociología y que trata de desvelar la articulación de sentido que engarza las expectativas de individuos y grupos en las últimas décadas para la construcción de identidades y de futuros. Esas expectativas a las que se refiere frecuentemente Piketty como factores que explicarían la historia de la distribución del capital y el ingreso más allá de factores economicistas, pero de las que nunca dice nada y podría darse a entender que se desarrollan fuera de la historia social.

Se trata de un estudio sobre el capital casi a escala mundial, pero ¿se dice algo sobre la situación en España? Las bases completas de datos, que pueden consultarse en la red, reúnen datos de los principales países con series históricas y fuentes fiables sobre ingresos y patrimonio y, entre ellos, se recogen los de España. No se alude a lo que ocurre en España en el texto, mientras que se exponen ampliamente los casos de Francia, Reino Unido y Alemania, entre los continentales y Estados Unidos y Japón. Sin embargo, el lector puede consultar el Barómetro social de España (www.barometrosocial.es) para verificar cómo el crecimiento del capital ha sido muy superior al del trabajo en toda la serie considerada de las dos últimas décadas: 1994-2013 y cómo los salarios ven disminuida su parte en el reparto del ingreso nacional; también se podrá observar cómo la distribución desigual de los salarios se agranda por seis en la del patrimonio.

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