miércoles, diciembre 2, 2020
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¿PUEDE LA DEMOCRACIA VOLVER A SER ALEGRE? (SI ALGUNA VEZ LO FUE)

Éxodo 92 (ener.-feb.’08)
– Autor: Toni Comín –
 
1. LOS VERICUETOS DE LA DESAFECCIÓN Y DE LA(S) ABSTENCIÓN(ES)

Nuestras democracias están, dicen los sociólogos que saben del asunto, afectadas por un mal llamado “desafección”. La gente ya no cree en los partidos, ni en los políticos, como se supone que había creído alguna vez. Los acepta como un mal menor. Pero el vínculo entre los ciudadanos y sus representantes legítimos parece que se va debilitando. Más allá de estudios empíricos, lo que sí podemos constatar en nuestra cultura política actual son una serie de sentimientos que, a menudo, están instalados en la mirada de la opinión pública hacia la cosa política:

. desinterés por una política que no es vista como la representación de la cosa pública, de la cual en principio parece que todos, en tanto que ciudadanos deberíamos sentirnos responsables, sino como una lucha entre partidos, por conseguir el poder, no se sabe muy bien con qué propósito

. aburrimiento ante un debate político en el cual los partidos no confrontan propuestas de manera constructiva, sino que se dedican a la descalificación cotidiana del adversario, espoleados en tan poco creativa tarea en los medios de comunicación

. cansancio de una vida política que en España, en la última legislatura, se ha instalado en la crispación, fundamentalmente por obra y arte de la oposición

. pasividad derivada de la posición de espectadores en la cual la democracia mediática –o, mejor, hipermediática– sitúa a los ciudadanos

. aceptación resignada y pragmática de la democracia como un mal menor, sin épica ninguna, que permite que haya una cierta renovación de las elites que controlan y ejercen el poder político.

Esta lista de sentimientos nos proporciona una foto en blanco y negro, deliberadamente parcial, tópica si se quiere, del actual estado de ánimo de la ciudadanía en nuestras democracias avanzadas. Al lado de estos sentimientos encontramos muchos otros de compromiso político activo, de participación, de confianza en el sistema de partidos. Los partidos, por ejemplo, siguen teniendo miles de militantes; y sería injusto decir que todos acuden a ellos en busca de cargos o de carreras profesionales particulares. Por otro lado, somos los mismos ciudadanos quienes, al tiempo que criticamos la conversión de la política en un espectáculo mediático, reclamamos que los medios de comunicación construyan una narración pública de la vida política sin la cual el debate democrático sería, simplemente, imposible.

Sin embargo, estos sentimientos negativos existen. Probablemente en mayor intensidad que hace unos años. La fe (laica) en la democracia representativa parece que no va a más. Si acaso va a menos o, por decirlo metafóricamente, ha quedado trasmutada en un cierto agnosticismo. Los niveles de abstención son un síntoma bastante irrefutable de esta tendencia. Aunque también es cierto que a la hora de hablar de la abstención olvidamos que se trata de un fenómeno altamente complejo, con múltiples causas y de difícil encasillamiento.

Hay, por ejemplo, una abstención que procede de nuestra cultura consumista, de la lógica del individualismo posesivo, aquella que basa todas sus decisiones en el cálculo interés-beneficio. A partir del momento en que la lógica del mercado coloniza en las demás esferas sociales, las disfunciones están servidas. La ciudadanía debería basarse en el sentido del bien común, de la misma manera que las relaciones personales se basan, en principio, en el compromiso vital y la reciprocidad afectiva. Sin embargo, el funcionamiento del consumidor ha penetrado, sin apenas darnos cuenta, en todas las esferas de nuestras vidas: se construyen las relaciones personales como si de contratos mercantiles se tratase, se mira a los partidos como empresas que ofrecen unos productos (promesas electorales) susceptibles de ser comprados por los consumidoresciudadanos. Los propios partidos han contribuido a ello a partir del momento en que han aceptado gestionar la democracia de acuerdo con el paradigma del “mercado político” y han entendido la competencia electoral como si de la competencia empresarial se tratara.

Benjamín Barber explica que en una encuesta a los ciudadanos de un barrio de una gran urbe de los EE.UU. se les hacía dos preguntas: en primer lugar, cuál es el coche que más desearían y, en segundo, cómo es el barrio donde les gustaría vivir. La respuesta era contradictoria, sin que los encuestados pudieran saberlo: querían coches de gran potencia, con un alto nivel de contaminación acústica; pero querían barrios con muchas zonas verdes, poco asfalto y silenciosos. Ante la primera pregunta, los encuestados habían respondido como consumidores y ante la segunda lo habían hecho como ciudadanos, porque son las propias preguntas las que les inducen a ellos: el barrio es, por definición, una realidad colectiva, mientras que el coche es un bien individual. Concluye Barber que el problema no es de los ciudadanos, que de manera natural tenemos intereses incoherentes entre sí, sino de las instituciones y del equilibrio entre política y mercado: ¿cuáles son las preguntas que nos inducen a hacernos nuestras instituciones?, ¿nos inducen a pensar como ciudadanos o como consumidores?

El problema es doble. Por un lado, el mercado ha arrinconado a la política, a los gobiernos democráticos, a un rincón del escenario. Por el otro, esta política arrinconada funciona, ella misma, cada vez más con la lógica y los parámetros del propio mercado. Es una doble colonización. No es de extrañar, pues, que si los partidos se dirigen a los ciudadanos como consumidores, éstos actúen como tales. Si hacen el cálculo coste-beneficio, en una sociedad con un alto nivel de vida medio, hay muchas personas que concluyen que el voto no les reporta ningún beneficio individual, directo. Aunque ellas no voten, habrá igualmente gobierno y administración pública que se ocupe de los intereses generales. La política, piensan, no desaparecerá aunque ellos desaparezcan de la política. Y, por tanto, no votan.

Esta abstención, pues, pasa de la política, no porque esté desencantada con el funcionamiento de los partidos, por las insuficiencias del sistema democrático, sino porque “no le sale a cuenta”, porque el hecho político en sí mismo no le interesa –en el sentido más mercantil del la palabra “interés”–. Pero al lado de esta abstención hay muchas otras. Hay una abstención que, de hecho, es la abstención de la que menos se habla y, en cambio, desde una perspectiva progresista, es la que más nos debería preocupar: aquella que viene a ser un síntoma, uno más, de la exclusión social, del hecho de vivir en la periferia del sistema. Todos los estudios muestran que la participación electoral aumenta con el nivel de renta y disminuye cuando menor es éste. Esto ocurre por igual en España, en Estados Unidos, en Dinamarca o en la India. La ciudadanía política, pues, está determinada intensamente por el factor clase social.

Por un lado, parece lógico: si hay unos ciudadanos en la base de la pirámide de la distribución social, en la periferia del mercado de trabajo, excluidos de las ventajas del sistema económico, estos ciudadanos tampoco participan de la vida política. La marginación socioeconómica va de la mano de la marginación política. Por otro lado, si se mira bien, es una dramática paradoja. En un sistema capitalista, la política es el único recurso que le queda al eslabón más débil del sistema productivo para defender sus derechos. Aquello que el sistema de mercado no les proporciona por sí mismos –como por ejemplo, derechos sociales, seguridad vital y económica, etc.– lo pueden conseguir a través de la política, del Estado. La democracia se funda en un principio de igualdad, mientras que el capitalismo basa su éxito en unos incentivos basados en la desigualdad. Por esto, la democracia, la política debería ser, como decimos, el “refugio de los perdedores” del sistema socioeconómico. Pero los hechos son los hechos, y todos los estudios empíricos nos demuestran que no es así.

2. VOTAR SÍ, SIEMPRE QUE SEA POR ALGUIEN QUE PINTE ALGO

Pero hay un tercer tipo, como mínimo, de abstención. No es la abstención de aquellos que se autoexcluyen por tener una mirada mercantil sobre la democracia. Ni la de aquellos que se autoexcluyen de la vida política porque han sido, previamente, excluidos de la vida económica. Hay una tercera abstención que siente un malestar con el funcionamiento del sistema democrático, precisamente porque mantiene intacta la fe en los principios que lo fundan.

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