domingo, abril 11, 2021
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PROFUNDIZAR LA DEMOCRACIA

Éxodo 89 (may.-jun’07)

«CUANDO te parezca que las cosas van mejor, es que se te ha pasado algo por alto”, nos advierte un corolario de Murphy. Y la oposición política española, secundada por la jerarquía católica, se lo han tomado tan en serio que cada día nos obsequian con alguna solícita advertencia del tenor siguiente: estad alerta, porque “nada es tan malo nunca como para que no pueda empeorar”. Quizás lleven algún punto de razón, pero no es bueno pasarse de la raya porque te pueden tomar, como ya está ocurriendo, por el aguafiestas de turno. Pues, en situaciones como esta, la gente tiende mayormente a dar crédito a la filosofía del propio Murphy que dice: ” no discutas nunca con un tonto, puede que la gente no aprecie la diferencia”.

“Profundizar, como pretendemos, la democracia” en nuestro país cuando los comportamientos y las instituciones se están devaluando, parece una tarea ímproba y urgente. Ímproba porque, instalados como estamos en la bronca permanente, esto nos va a exigir un esfuerzo sobrehumano para vencer las resistencias y urgente porque una buena terapia como la que socialmente estamos necesitando no se puede aplazar “sine die” sin poner en peligro la misma convivencia.

Un buen diagnóstico de lo que nos está pasando nos encamina directamente a las causas. Y en este camino no valen atajos que, frutos de la ideología o de la pasión, nos impidan un análisis riguroso. Partir apresuradamente de la convicción de que el deterioro actual de la democracia se debe exclusivamente a los “cuadros dirigentes”, por mayoritario que parezca, no deja de ser un mal punto de partida. Ni todos los dirigentes son iguales ni todos buscan exclusivamente su propio interés.

Tampoco se explica la crispación y malestar actual echando la culpa a la imperfección de “las mediaciones institucionales”. Es verdad que todo colectivo político o religioso tiende por naturaleza a institucionalizarse y a convertir los nobles fines que inspiraron su nacimiento en defensa de su propia permanencia. En este sentido, no se puede disimular fácilmente el lamentable espectáculo que en ocasiones ofrecen los partidos políticos, los sindicatos y las mismas iglesias defendiendo casi borreguilmente intereses corporativos.

Las mediaciones constitucionales sobre las que se asienta la democracia necesitan evidentemente un bautismo transformador para ponerse al ritmo de las exigencias y cambios sociales. Esto es verdad. Y quizás los obispos también necesiten alguna pasada por el Evangelio.

Pero, ¿es esto todo? ¿Explican estas cusas toda la realidad? Creemos que no. Los síntomas están apuntando a un mar más de fondo. Muy brevemente, digamos que la terapia política o religiosa, aplicada en otros tiempos y en otras situaciones, ya no basta. Ni valen ya los acuerdos que hicieron posible la instauración de la democracia, ni en la Iglesia los intentos de renovación surgidos al calor del Vaticano II son hoy suficientes. La nueva realidad, surgida después de treinta o cuarenta años, está exigiendo otro tipo de respuestas. Se acabó el continuismo, es preciso poner en marcha la imaginación.

Traigamos ante los ojos tres síntomas que, a nuestro modo de ver, apuntan a la base de la actual debilidad de la democracia y del conflicto ideológico existente: el rescate de “la memoria histórica”, tanto en la sociedad como en la Iglesia, para hacer justicia a los que sucumbieron defendiendo la legalidad y la dignidad de la conciencia, en primer lugar. Ya no se puede escribir hoy la historia de este país sin integrar la memoria de nuestros vencidos. Por otra parte, tampoco será posible construir un proyecto político o religioso que sirva para todos y todas sin “integrar las diversas identidades” que reclaman un reconocimiento en el marco estatal o eclesial. Y, finalmente, “nuestras alianzas políticas o religiosas” con el mundo exterior ya no pueden establecerse de espaldas a la justicia y a la paz.

Porque a estas alturas, ni el imperio, ni el Vaticano, dada su trayectoria, merecen sin más nuestra confianza.

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1 COMENTARIO

  1. Las soluciones no vendrán de mayores conocimientos (por ejemeplo de meros estudios «formales» de la Constitución)ni de mejoras formales en las instituciones o en las leyes,sino de la EDUCACIÓN en comportamientos democráticos.

    Ésta educación supone RESPETO al otro y RESPETO a los derechos humanos. Supone también poder descubrir la necesidad de comportamientos democratícos más alla de las puras exigencias formales.

    Desgraciadamente muchos de nuestros políticos y más concretamente un importante partido de la oposición no parecen dar ejemplo de práctica democrática al negarse, por ejemplo, a la sutitucíón de los vocales del Poder Judicial o al presentar recusaciones en el Tribunal Constitucional. Otros ejemplos podrá haber también en el partido gobernante.

    Lo perverso de tales comportamientos es que «educan» (mal-educan)a los ciudadanos sobre la verdara percepción de lo que es un comportamiento democrático.

    Sentir la democracia real, material, respetarla por encima del puro respeto a la formalidad legal democrática, es un aspecto esencial para lograr una convivencia democrática y el ejemplo del comportamiento político es un factor fundamental en la educación ciudadana.

    Pero tambien la exigencia ciudadana a los políticos, denostando la práctica tan extendida de respeto formal a la democracia contradiciendo su sentido real y profundo es un elemento fundamental para que ello sea posible.

    Hay que respetar las leyes en democrácia no sólo en su formulación estrictamente formal (agarrandose al sentido literal si nos favorece) sino tambien en su finalidad y sentido.

    Volvamos a la educación: la educación en valores democráticos es el eje de toda esta história.

    Hay otro efecto perverso de los comportamientos sólo formalmente democráticos sin respetar los principios de fondo: No ayudan a consolidar las democracias emegentes en otros países, (especialmente en Asia y Africa e Hispanoamerica)que tienden a copiar las formalidades olvidando el fondo.

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