sábado, noviembre 28, 2020
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PODEMOS IMPEDIR LOS DESAHUCIOS. UN CASO PARADIGMÁTICO

Éxodo 117 (en.-feb) 2013
– Autor: Javier Baeza –
 
Aparece una mujer pequeña, de América del Sur, reclamando alguna ayuda. Cuando la necesidad embarga toda la vida, a veces es difícil determinar qué se necesita, cuál es la urgencia. En este caso la excusa, para comenzar, son unos papeles judiciales que no acaba de entender.

En la conversación con el equipo jurídico, la confianza ofrecida y el acercamiento personal, esta mujer va ganando soltura y la timidez inicial deja paso a un torrente de desgracias y penurias que provoca, aún más si cabe, cierta compasión ante esta mujer.

Se casó con el padre de sus dos hijas. Este, con problemas de alcohol y una violencia ante el mundo que reflejaba en malos tratos a su mujer, acaba desapareciendo de su vida. El intento de homicidio acabó con dicho personaje masculino entre rejas. La mujer, de esos hechos, acabó postrada en una silla de ruedas. El cuerpo y corazón lleno de cicatrices y magulladuras difíciles de reparar. Las externas más cicatrizables que las del corazón.

La mujer trabaja limpiando portales y distintas casas. Los papeles administrativos producen la tranquilidad de no ser continuamente molestada por redadas policiales racistas que sortean su barrio diariamente. Ella misma reconoce que, en esos tiempos, gana dinero. Esta situación económicamente boyante le permite intentar comprar un piso.

Como tantas otras, la entidad bancaria parece ser su mejor aliada ante la cifra astronómica de ceros que vale su vivienda 208.000 €. Con papeles, trabajo e irresponsabilidad bancaria financiera, le ofrecen la hipoteca. Esta asciende a más de 1475 €. Cantidad de dinero que va afrontando, cada vez más, doblando el lomo en la limpieza de portales y casas. Pero, dice, es joven y puedo hacer frente a ello. El sacrificio actual, sigue relatando, nos asegurará una vejez tranquila y cómoda en nuestra casa. El marido no es de arrimar mucho el hombro con el trabajo pero ella siente que tiene una familia como “dios manda”.

Llegan los tiempos de recesión. La limpieza se torna más dura porque los lugares de trabajo se van cerrando. Cuesta más llegar a las horas necesarias que posibiliten pagar la hipoteca y sobrevivir. Las hijas van creciendo y su independencia se vive, a pesar de las dificultades económicas, como una liberación. Se negocia con la entidad bancaria y esta acepta reducir la cuantía de la deuda mensual que la mujer ha de satisfacer por la hipoteca.

Tras abonar más de 50.000 €, al padre de sus hijas se le sube el alcohol y acaba dando una paliza grave a la mujer. Él acaba en la cárcel y ella presa de una silla de ruedas. El castillo de ilusiones, más parecido a uno de naipes con vendaval, se desmorona de la noche a la mañana. La imposibilidad de trabajar mientras dura la recuperación de la invalidez provocada por el intento de homicidio oscurece el futuro. Las mensualidades no pueden satisfacerse y la deuda acumulada con la entidad bancaria crece como la bola de nieve en caída libre.

Intenta negociar, siendo evidente su situación personal e incapacidad laboral, los pagos de la hipoteca. El banco no escucha. La desesperación se suma al dolor y hacen invivible esta difícil existencia.

La entidad bancaria comienza a presionar y le llega la notificación judicial de desahucio. Junto a sus hijas acuden a la sucursal de la entidad bancaria que les ha concedido el crédito hipotecario con el fin de negociar una solución que no pase por el abandono de la casa y la pérdida del dinero abonado. Cuestión esta que el director de la sucursal de secha al no estar, dice, en sus manos negociar una demora o una paralización del desahucio.

Quedan escasamente nueve días para la ejecución del desahucio y la mujer, en paro y con las heridas en vías de sanación, aparece por la parroquia.

La primera medida es acercarnos a la sucursal de la entidad bancaria. Acompañamos a la mujer. Solicitamos hablar con el director de la entidad y no saben si “nos podrá atender”. Esperamos y aparece el señor director. Pretende recibirnos, mal encarado con la mujer, en el pasillo de la sucursal. Le pregunto si no podemos pasar a un despacho y, de mala gana, accede.

La entrevista se desarrolla de manera tensa. No dirige ni una palabra a la mujer, a quien yo acompaño. Mirándome a mí, todo su discurso es que esta mujer “no ha querido pagar”, que incluso “apareció en una ocasión con muletas” y “que si todos -incluido yo mismo, dice- dejásemos de pagar nuestras deudas sería la hecatombe”. Todo el argumento es que él, y tampoco ya la entidad bancaria, no puede hacer nada porque ya está sometido al criterio del juez que es “quien ordena el desahucio”. Ante nuestra insistencia, a lo más que llegan sus competencias es volver a “llamar a sus jefes” advirtiéndonos, nuevamente, que la entidad bancaria ya no tiene ningún poder sobre la ejecución del desahucio. “Todo depende del juez”, es su despedida.

En esa misma mañana contactamos con un medio de comunicaión de tirada nacional y ponemos en su conocimiento el caso de esta mujer. Inmediatamente se traslada un periodista y un fotógrafo a la casa donde la familia -ahora vuelven a vivir las dos hijas, más un yerno y un nieto con ella- vive y la casa es objeto del desahucio.

Al día siguiente la situación es publicada en dicho periódico, identificando a la entidad bancaria y reflejando la intención de hablar con el director de la sucursal, rechazada por este, con el fin de reflejar las razones bancarias para no aceptar una modificación del pago de la deuda ante una situación tan delicada.

Curiosamente, ante la aparición en un periódico de tirada nacional, el letrado de la entidad contacta con nosotros para ver qué ocurre. Tras el relato pormenorizado que le hacemos de las circunstancias actuales de la mujer, las gestiones realizadas ante la sucursal bancaria y la petición de modificar el pago de la deuda… el letrado toma nota y queda en “hacer gestiones”.

Una vez más parece que la presión social, utilizando en este caso la exposición mediática, abre alguna puerta a la solución de otra familia en la calle con una deuda estranguladora.

Finalmente, tras la intervención del letrado de la entidad bancaria y la presión social ejercida, ésta se aviene a rebajar la cantidad mensual a pagar así como a desistir del de sahucio de dicha familia. Es importante señalar que, en ningún caso, la mujer se negó ni se negaba a pagar la deuda. La única pega era que los intereses bancarios van siempre más deprisa -más aumentados- que las horas de trabajo posibles y la cuantía económica de estas.

Hemos asistido a muchos desahucios. Situación terrorífica que “enajenan” socialmente a las familias o personas que las sufren. Creo que hoy podemos hablar de creación de pobreza y exclusión social a los desahucios. Es una realidad tan evidente, tan explícita, que resulta inexplicable la tibieza de muchos de nuestros dirigentes políticos, sociales o religiosos en la condena de semejante acto terrorista.

Las personas desahuciadas de sus viviendas, inmediatamente pasan a conformar también esa larga lista de de sahuciados sociales. Situación que va a provocar el agravamiento de las dificultades para poder solventar los problemas que, seguramente, causaron las situaciones que han impedido satisfacer las deudas de quien fue -en muchos casos- presionado o engañado con unos créditos enormes que había, de la manera que fuese, que satisfacer.

Además los desahucios señalan, claramente, aquellos responsables que han colaborado necesariamente en el desmantelamiento del estado de bienestar. Las entidades crediticias que nos vendieron un paraíso alcanzable sin contarnos que -era posible y no a muy largo plazo- estuviéramos inconscientemente colaborando en nuestra propia condena deudora con nulas posibilidades de satisfacción. Como la fábula del burro persiguiendo la zanahoria, pusieron el caramelo en la boca sin contar que éste vendría cargado de amargura.

La amargura de tener una deuda económica insalvable que condiciona no sólo el presente: el desahucio en sí mismo, sino el futuro teniendo que satisfacer una deuda económica que estrangula cualquier proyecto de futuro en dignidad.

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