sábado, septiembre 24, 2022
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Nuestro querido Juanjo

Conocimos a Juanjo en los años 80, cuando llegó a la Parroquia de San Federico. Eran los años en los que Carlos Martín y Pepe Álvarez compartieron la función de párrocos en ella, adscrita igual que en la actualidad a la congregación MSC. Existía por entonces en la parroquia un grupo de reflexión cristiana, formado principalmente por personas que habíamos vivido o vivían en el barrio de la Dehesa de la Villa, grupo al que pronto se incorporó Juanjo. Para ello tomábamos como referencia algún libro que se elegía previamente y que enmarcaba el tema de la reflexión. Los conocimientos de Juanjo, tanto filosóficos como teológicos, dejaron desde el inicio en el grupo una impronta, que todos los componentes del mismo aún guardamos en nuestra memoria.

Nuestro querido JuanjoCuando en la década de los 90 la congregación MSC adjudicó a Carlos y a Pepe un nuevo destino, el grupo siguió operativo en la parroquia, de una forma más autónoma con una participación de Juanjo aún mayor como referente del mismo.

Juanjo era un hombre de profundas convicciones sociales y religiosas, con una vocación innata por transmitirlas con sus palabras siempre sabias, pero también vividas. Así nos solía decir que “para las víctimas de la historia, la Resurreción era necesaria e imprescindible”.

Este “anhelo de justicia” recibido seguramente de su maestro Max Horkheimer, cuya obra tradujo del alemán, le llevó a principios de la década de los 2000 a comentar con nosotros e invitarnos a conocer la existencia, a 14 Km de Madrid, en la Cañada Real Galiana, de una parroquia donde un jesuita, Vicente Pascual, acudía cada domingo como voluntario a celebrar la Eucaristía, porque la parroquia, por no tener, no tenía en aquel entonces ni siquiera un cura adscrito. La misa dominical era la única actividad en aquella Parroquia de Sto. Domingo, a donde un grupo de feligreses acudía cada domingo y celebraba la Eucaristía, tras una labor de limpieza tanto del templo como sobre todo de sus alrededores, que los propios feligreses realizaban en un vano intento por conservar la parroquia y su entorno como un “punto limpio” en aquella zona tan degradada. A esta tarea, que en aquella época del SIDA hubiera requerido mejor equipamiento higiénico y sanitario del que se disponía, se apuntaba también Juanjo cada domingo con máxima dedicación. Resulta difícil decir qué era lo más atrayente de aquellas eucaristías: si el formato de la liturgia, menos concurrida, pero más participativa que muchas otras, o el lugar de la celebración, que te transportaba a una realidad distinta que interpelaba, aunque pasara desapercibida, el resto de la semana.

Juanjo era subdirector del Colegio Mayor Empresa Pública, propiedad de la Fundación de la SEPI. El hecho de vivir en un pequeño apartamento anejo al edificio principal y propiedad de la empresa, le suponía tener una disponibilidad permanente para afrontar cualquier eventualidad que pudiera surgir en cualquier momento tanto del día como de la noche. A pesar de ello, dedicaba gran parte del tiempo que podía quedarle libre a organizar para los colegiales actos culturales como conciertos y conferencias-debate sobre temas de máxima actualidad. Por el Colegio pasaron grupos musicales que seleccionaban los propios alumnos, y también políticos, científicos y literatos, a quienes Juanjo contactaba y convencía para ir al Colegio.

Toda esta actividad no alejó a Juanjo de la Cañada y de la Parroquia de Sto. Domingo. Muy al contrario, tenía reservado un día a la semana para llevar en su coche a un grupo de colegiales que hubieren aceptado su invitación para conocer aquella realidad de desigualdad social que ni podían imaginar. Con ellos organizaba en la parroquia clases de alfabetización, apoyo escolar o simples encuentros de acompañamiento con los más pequeños.

Finalmente, al jubilarse, tuvo que abandonar el apartamento que tenía en el Colegio e irse a vivir a Alcorcón en el otro extremo de la Comunidad de Madrid, lo que le supuso un alejamiento forzoso de la que en un tiempo fue su parroquia.

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