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Nicolás Castellanos

Éxodo 118 (marz.-abril) 2013
 
¿Quién es Nicolás Castellanos?

1935: Nace en Mansilla del Páramo (León). _ 1953: Religioso agustino. _ 1959: Sacerdote. _ 1973: Provincial de los agustinos. _ 1978: Obispo de Palencia. _ 1991: Renuncia a la diócesis de Palencia. _ Marcha como misionero a los barrios pobres de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) _ Crea y preside la Fundación Hombres Nuevos, con y para las poblaciones más desfavorecidas, con el objetivo de erradicar la injusticia y la pobreza que:

– Cuenta con la ayuda de diversos Organismos (Autonomías, Diputaciones, Ayuntamientos, Empresas,…).

– Y gestiona: _ + Más de 100 colegios. _ + Concede becas a 500 universitarios. _ + 1 hospital. _ + 5 comedores infantiles. _ + 2 centros de día para niños trabajadores. _ + 1 hogar para invidentes. _ + 1 vivero de microempresas. _ + Etc.

En 1998 es galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. _ En 2002, la Comunidad de Castilla y León le concede el premio Valores Humanos. _ En 2006, el Gobierno español de Rodríguez Zapatero le otorga la Medalla de Oro al Trabajo.

ALGUNOS LIBROS PUBLICADOS _ – Utopía y Realidad, Hombres Nuevos // PPC, 2001, 2ª Edición. _ – Memoria, Profecía y Liberación hacia el Reino. // Paulinas, 2007. _ – Ser cristiano en el Norte, con el Sur al fondo // PPC, 2011, 2ª Edición. _ – Resistencia, Profecía y Utopía en la Iglesia hoy // Herder– Religión Digital, 2012. _ – Año de la Fe: Creyentes Nuevos, Convertidos // Verbo Divino, 2012. _ – Iniciación al Concilio Vaticano II // Verbo Divino, 2013-04-25.

¿Qué te movió, Nicolás, a hacer la renuncia a la diócesis de Palencia?

Llegó cierto momento en que mi amistad con Jesús me llevó a poner en la práctica lo que siempre había predicado: LA OPCIÓN POR LOS POBRES. Además pesaba en mí el imperativo cordial de Agustín de Hipona: “Sólo preside el que sirve”. No me veía de pastor–obispo, siendo mayor. Mi renuncia a obispo de Palencia es un paso más en mi itinerario, como persona humana, creyente, agustino–sacerdote–obispo. Un paso lógico, progresivo, consecuente con mi pasión por Jesús y pasión por la justicia en el mundo.

Desde 1992 estás en Bolivia (Santa Cruz de la Sierra). ¿Qué has encontrado en esta etapa que no tuvieras en la anterior?

La fe, en donde quiera que se practique, multiplica, enriquece, es un plus, una luz y visión nuevas. Lo mismo en el NORTE, paralizado por la cultura del miedo y de la insolidaridad, que en el SUR, que se desangra entre pobrezas, corrupción, injusticias, desigualdades, narcotráfico. Dios siempre añade, fortalece, pone gracia, nos hace agraciados, mujeres y hombres nuevos, sea en la realidad de pastor o de misionero entre los pobres.

Me sentí feliz de pastor en Palencia y soy dichoso en este barrio marginal del Plan 3000, en Santa Cruz de la Sierra, en el que el 60 % son pobres y el 40 % viven en la miseria. Allí y aquí todo es Don y todo es Gracia.

¿Qué ha supuesto para ti el haber compartido tu ministerio en dos situaciones tan diferentes?

Ha sido enriquecimiento y complementariedad de valores, de visiones, de mundos distintos, ambos con valores y contravalores.

Descubres que en el NORTE vivís bien porque en el SUR malvivimos. Nada más pisar América Latina te surgen dos preguntas: ¿Dónde dormirán esta noche los pobres? ¿Cuándo dejará la pobreza de ser la ignominia de la humanidad?

La pobreza ya no es un problema, sino el problema planetario de la humanidad. ¿Qué son los 38 millones de pobres de la Europa Comunitaria, comparado con los 1.000 millones que viven en condiciones de extrema pobreza? Este problema se resolvería si los países ricos dieran el 1% de su renta.

Desde mi situación, aportaría algunos retos que son deberes a cumplir: 1. Condonación de la deuda externa, “el rostro mortífero del sistema neoliberal”. 2. Apoyar la protección liberal de los países del SUR, que es practicar los derechos humanos, sobre todo, los derechos laborales y sindicales. 3. Creación de un fondo mundial contra la pobreza y de un sistema fiscal mundial del 1% del producto mundial y dedicarlo a la satisfacción de las cinco necesidades básicas: Alimentación, salud, agua potable, educación básica–erradicación del analfabetismo y la vivienda. 4. Reformar y democratizar las Naciones Unidas. 5. Supresión de los paraísos fiscales. 6. Cambio de las reglas del comercio internacional. 7. Pagar la deuda ecológica. 8. Suprimir toda violencia y empeñarse en la cultura de la Paz. 9. Justicia global y diálogo de civilizaciones. 10. Acabar con la corrupción y extorsión.

En tu nueva situación, ¿tiene algo que ver el Evangelio con las tareas culturales, sociales y políticas que manejas?

Por supuesto. Recuerdo a un amigo, Miguel, de Palencia, que había estado siete años en la cárcel, sólo por ser comunista, en tiempos de la dictadura, y me decía: “Estoy contigo, obispo Nicolás, los dos luchamos por el pueblo, tú desde Jesucristo y yo desde Marx, y lo hacemos como amigos”.

La primera exigencia es formar la conciencia social de los cristianos, que incluye el respeto a la persona humana y el servicio a los más pobres y marginados. Como Pueblo de Dios, podemos ayudar a rescatar proféticamente el ejercicio honesto de la política en beneficio del bien común, de los pobres, evitando caer en las simas de la corrupción. Un elemento esencial de toda evangelización es la promoción integral de TODO el hombre y de TODAS las mujeres y hombres. Entonces crear escuelas, hospitales, espacios para el tiempo libre forma parte del anuncio liberador de Jesús de Nazaret.

Tú eres hijo del concilio Vaticano II. ¿Cómo has vivido el inicio PRIMAVERAL que él supuso y la posterior involución programada por el pontificado de Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger?

Los que vivimos ese kairós, el Concilio Vaticano II, quedamos marcados y señalados en actitudes y comportamientos. Recuerdo que cuando me llamó el nuncio Luigi Dadaglio para comunicarme mi nombramiento de Pablo VI como obispo de Palencia, ante mi resistencia habitual, me dijo: “Pablo VI nombra obispos a presbíteros que hayan asimilado las coordenadas del Concilio Vaticano II”.

Lamentablemente en los últimos 35 años: “Se ha difundido la impresión de que el impulso conciliar se ha diluido y frenado en todas direcciones, la reforma litúrgica es mutilada en su horizonte de participación. La elección de los pastores es sustraída a cualquier tipo de implicación de los fieles. La responsabilidad de los obispos reunidos en las Conferencias Episcopales está circunscrita por todas partes, humillando tradiciones venerables y carismas que podían verificar las comunidades”. Así se expresa Giuseppe Alberigo, el mejor conocedor del Concilio Vaticano II.

¿La restauración paralizó e hizo retroceder en América Latina las propuestas y avances del Vaticano II, de Medellín…?

La gran intuición de la Iglesia en América Latina y el Caribe fue la gran Asamblea de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano, reunido en Medellín, en 1968, tres años después del Concilio Vaticano II; seguidas luego de Puebla, Santo Domingo, Aparecida. Allí asumen, disciernen e impulsan el camino pastoral y eclesiológico de Vaticano II, fieles al Espíritu Santo y fruto de su creatividad.

No se puede negar que ha habido muchas persecuciones, presiones, reprimendas, caminos cortados, documentos, como el de “Aparecida” aprobados por la colegialidad de los obispos de Latinoamérica, y sin embargo fueron corregidas y suprimidas algunas afirmaciones por parte de la Curia vaticana. No han faltado acosos a muchos teólogos latinoamericanos. Todo eso es cierto. Pero no hay camino teológico o teologal sin las huellas martiriales de la Cruz, como aconteció con Jesús de Nazaret.

“Medellín es el Pentecostés del Vaticano II en América”. Y Gustavo Gutiérrez señala: “Medellín fue una pronta y creativa recepción de la Asamblea conciliar”. Últimamente, Aparecida sigue la tradición profética de Medellín y nos deja oír la voz de nuestros obispos que nos invitan a ser cristianos y apóstoles con libertad, humildad, valentía y audacia en actitudes de hijos, samaritanos, y nunca esclavos.

¿A qué se debe la frecuente alianza de la Jerarquía con el poder y la derecha?

¿Se da una política que se pueda definir químicamente pura y sobre todo en una política liberadora?

Hoy tenemos tres propuestas:

Primera, la Iglesia tiene que aceptar la autonomía de los poderes temporales y someterse a ellos (Concilio Vaticano II);en consecuencia, hay que ir construyendo una nueva convivencia ciudadana teniendo bien claros los conceptos de laicidad, laicismo, estado laico y también el modo de estar y de actuar de la Iglesia en una sociedad democrática, laica, pluralista.

Segunda, la Iglesia, aunque ya no ejerza roles en la política, puede jugar un gran papel en la democracia. Tiene tarea en los mismos límites de la democracia, toca temas de valores, de sentido, al tomar decisiones en políticas sociales.

No basta la ingeniería social para resolver los casos de soledad de los ancianos, enfermos de sida. Las tradiciones religiosas son las que aportan esa sensibilidad y motivación para la solidaridad, honestidad, generosidad, desprendimiento, gratuidad. Deben saber los políticos y los laicismos excluyentes que la sola política no produce los valores que sostienen la misma democracia: responsabilidad, solidaridad, ética, participación… El estado neutral no ofrece visiones últimas, deja un vacío, y ahí la religión puede aportar algo con su sentido último y totalizante.

Nuestros responsables eclesiales deberían ser los que mejor cuiden de este potencial político ciudadano y los políticos no ignorarlo. Una laicidad ilustrada y responsable sabe que tiene en la Iglesia una aliada para forjar una democracia adulta y madura. Es falso que el estado laico sea ateo o esté en contra de la religión. Eso sería una perversión de la laicidad. Otra cosa es el laicismo, que llamamos excluyente, porque es beligerante, marginador y agresivo.

Por otra parte, la Iglesia tiene que respetar el Estado, sin pedir privilegios, ni mantener controles morales en una sociedad laica y democrática. Siempre existen cuestiones fronterizas, que pueden crear conflictos. No queda más remedio que llegar a un entendimiento sabio entre la Iglesia y el Estado.

Tercera, la Iglesia debe saber estar en la sociedad civil. Ya no tiene poder para intervenir en una sociedad democrática y pluralista, pero sí tiene muchas posibilidades en capacidad educativa en valores, en cuestiones de sentido, de derechos humanos, del cuidado de la naturaleza, de las causas de las justicias y atención a las personas más vulnerables.

Pero es muy importante y decisivo el modo como lo haga: de forma democrática, de igual a igual, ofreciendo y no imponiendo, desde la racionalidad, tolerancia y bondad del corazón.

La sociedad civil tiene un papel emergente. Y en ese terreno debe “jugar” el cristianismo. Si quiere mantenerse lúcido tiene que desembarazarse del mercado y del Estado y “jugar” en la sociedad civil emergente, con libertad y para la justicia; solo así es posible la fraternidad cristiana y solo así es “significativo” lo “diferencial cristiano”.

¿Estarías de acuerdo con Casaldáliga en traansferir del centro eclesial a la periferia el 70 % de las cuestiones?

Por supuesto. Se trata de un imperativo teológico, pastoral y sociológico, que nace de la eclesiología de comunión y del principio inspirador de la colegialidad. Además del Concilio, deberíamos recuperar el gesto asambleario en la Iglesia, que fue normal en los primeros siglos de la comunidad cristiana. “Lo que es de todos, tiene que ser resuelto por todos”, del Derecho Romano que pusieron en práctica hasta los papas medievales más autoritarios, Inocencio III, Gregorio VIII.

Llevado a la práctica este principio deberíamos llegar en la Iglesia a constituir LA ASAMBLEA DE TODO EL PUEBLO DE DIOS, con participación de todos. No hablo de memoria. Así lo practiqué en mis años de obispo de Palencia, con reconocimiento de todos. En “Hombres Nuevos” defendemos que hay que establecer puentes no del centro a la periferia, sino de la periferia al centro.

Hoy la Iglesia no tiene que aparecer excesivamente jerarquizada, clericalizada y centralizadora. Resulta más pedagógico no imponer, sino más bien proponer cambios de estructuras, como pide reiteradamente el documento de “Aparecida”, desarrollar otras formas para devolver el protagonismo a los laicos, a la mujer, a los jóvenes, a los movimientos sociales. Sigue vigente el símbolo Juan XXIII de abrir ventanas, porque la Iglesia huele a viejo.

¿Qué REFORMAS debieran ahora impulsarse bajo la inspiración del Papa Francisco?

Repaso y sugiero algunas de mayor calado.

– Retomar y aplicar el Concilio Vaticano II: el retorno a las fuentes, la eclesiología de comunión, mayor énfasis en el protagonismo de los laicos, que la mujer pueda intervenir a la hora de tomar decisiones en la Iglesia.

– Recuperar la preocupación de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II de dialogar con el mundo, “coger al mundo en su carrera”. Y en este diálogo con el mundo, hacer un discernimiento sobre los nuevos signos de los tiempos: la descentralización del poder, el ecumenismo, el diálogo interreligioso, la escasez de vocaciones sacerdotales, religiosas, de compromiso laical, servicio de la comunidad cristiana en el mundo moderno, ¿y de la parroquia, qué?

– Desde el Concilio Vaticano II tenemos pendiente responder a esta pregunta: ¿Iglesia, qué dices de Dios? La cuestión de Dios tiene que pasar a primer plano. Y la respuesta tiene que ser colegial desde toda la geografía eclesial.

– La Iglesia debe, en opinión de muchos, hacer una hermenéutica integral del kerigma cristiano, desde el logos de la modernidad.

– Desde el SUR estimo que un capítulo fundamental de la agenda pastoral y social del nuevo sucesor de Pedro tiene que ser la JUSTICIA EN EL MUNDO y el PROBLEMA PLANETARIO DE LA POBREZA, IGNOMINIA DE LA HUMANIDAD.

– Como pastor, al obispo de Roma le puede la “Salus animarum”, que empieza con la promoción integral, desde ahora y desde aquí, de TODO el hombre y de TODAS las mujeres y hombres y culmina en el cielo.

– Como pastor bueno y samaritano se pregunta todas las noches: ¿Dónde van a dormir los pobres en esta excluyente civilización? Y no puede menos de reafirmar la opción preferencial por los pobres.

– Será crítico con la economía globalizada del mercado, con la violación de los derechos humanos y defensor del 75% de empobrecidos y excluidos. Todo esto exige ser audaz y valiente como María de Nazaret en el Magníficat.

– Debe pesar más su densidad de pastor que la burocracia de la Curia imponiendo un poder centralizador. Se espera que sea el obispo de Roma, en colegialidad con todos los obispos del mundo, que también son sucesores de los apóstoles.

– Hoy, que se habla de la muerte de las utopías y el fin de la historia, es la gran oportunidad de presentar la oferta gratuita no impuesta de la utopía de Jesús, la mística del Evangelio, libro abierto a la vida, a la personalización y a la más exquisita humanización, alma de esta sociedad de tecnologías punta.

No puede faltar en su agenda promover un ecumenismo real desde las bases eclesiales y en la cúspide, en donde se dé un real diálogo de escucha, compartir y decidir juntos. El diálogo con las grandes religiones pueden servir de antídoto a algunos fundamentalismos reinantes.

Un papa libre, en fidelidad al Evangelio, en esta sociedad cambiante no puede acosar a los teólogos sino instaurar un diálogo y comunión dialéctica, entrañable, crítica y profética. Los jóvenes de hoy le piden que preste atención a los cambios radicales y permanentes de la sociedad para que no se desenganchen de la Iglesia.

En el inicio de su itinerario apostólico tras las huellas de Pedro sería bueno recordar aquel axioma del gran teólogo y cardenal, Y. Congar: “La labor reformadora nace del amor a la Iglesia”.

¿Para cuándo la investigación interdisciplinar en el campo de la bioética, de la familia, de la moral sexual? ¿Por qué sobre estos temas (igualdad de la mujer, lo masculino y lo femenino, homosexualidad, aborto, divorciados dentro de la Iglesia), la Jerarquía impone un pensamiento uniforme al margen de la cultura y paradigmas actuales y se aleja de la ciencia?

El cambio cultural, introducido por la modernidad está reclamando una actualización, iniciada en el Concilio Vaticano II, tanto en la antropología como en la teología, pastoral y praxis pastoral. Las referencias tanto a la Sagrada Escritura como a las ciencias antropológicas son el gran motor de la renovación de la moral sexual.

En los temas de la sexualidad, de género, no podemos seguir anclados en el discurso medieval. Hoy existe una fuerte crisis de la moral sexual cristiana, que está pidiendo un replanteamiento serio y profundo del sentido de la sexualidad y de las normas sexuales. Se espera haya un momento de renovación. Sorprende que la voz ofiecial de la Iglesia se muestre “progresista” en moral social y en cambio, “conservadora” en cuestiones de bioética y moral sexual.

Se espera que el aire renovador del sucesor de Pedro, Francisco, aborde estos temas relacionados con la sexualidad, el tema de los divorciados, presbíteros casados, que lo podían ser aquellos “viri probati”, que durante años han acompañado a la comunidad en la fe, todo menos en celebrar la eucaristía y el sacramento de la reconciliación.

Creo, con Marciano Vidal, que “se puede explicitar en una apretada síntesis, ahora teológicamente, la cosmovisión cristiana de la sexualidad humana, con un conjunto de orientaciones, que constituirían los ‘puntos firmes’ de la visión cristiana sobre la sexualidad”.

Los responsables de la Iglesia no deben estar encerrados sobre sí mismos, sino como los profetas pensar más allá de su propia institución; tienen que “atreverse a pensar”, hablar con libertad, ser voz crítica en la Iglesia. Su fidelidad creativa no les impida hacer preguntas.

¿Cómo ves el resurgir emancipatorio de muchos países latinoamericanos?

Existen muchos signos de esperanzas y de preocupación. Resulta altamente significativo que los indígenas, las culturas originarias, se levanten y adquieran protagonismo esos pueblos y los movimientos sociales recuperen su lugar en la historia.

El objetivo hoy apunta hacia una América Latina y Caribeña unida, reconciliada e integrada; la casa común habitada por un complejo mestizaje y una pluralidad étnica y cultural. Se trata de un proceso lento, que exige mucho discernimiento entre todos, diálogo, escucha, sentarse juntos en la mesa, sin querer imponer tu visión política. Tienen que prevalecer lo que decía Aparecida: “Una y plural, América Latina es la casa común, la gran patria de hermanos”. Somos la patria grande, pero no llegaremos a serlo del todo hasta que la justicia social llegue a todos los pueblos.

La Iglesia goza de credibilidad en América Latina y el Caribe por tradición y, sobre todo, desde Medellín, ha sido morada de todos los pueblos, la casa de los pobres, sin discriminaciones ni exclusiones por motivos de sexo, raza, condición social o pertenencia nacional.

La Iglesia está presente en ese proceso de integración. Pese a muchas ambigüedades políticas, sociales, económicas, la iglesia sigue al pie del pueblo, de los excluidos y empobrecidos, proclamando la justicia social, las libertades, el estado de derecho y la opción por los pobres, hasta derramar su sangre por ellos.

En Bolivia la Iglesia es la institución junto con los Medios de Comunicación que goza de mayor credibilidad.

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