domingo, agosto 1, 2021
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Memoria subversiva de la vida subversiva de Casaldáliga

Juan José Tamayo
Profesor emérito de la Universidad Carlos III de Madrid
Juan José Tamayo, Pedro Casaldáliga. Larga caminada con los pobres de la tierra, Ed. Herder 2020

He escrito este libro para mantener viva la memoria subversiva de la personalidad y la vida evangélica y políticamente subversivas de Pedro Casaldáliga. A él se accede entrando por un “Pórtico: Yo me atengo a la Justicia… y a la esperanza” –palabras de uno de sus poemas–, en el que explico el título: “Larga caminada con los pobres de la tierra”. La palabra “caminada” significa el proceso de las comunidades de base y de las luchas políticas en el caminar del pueblo hacia su liberación. Pero “caminar con” no es liderar, ni protagonizar, sino acompañar a las comunidades campesinas, afrodescendientes e indígenas con las que Pedro vivió y con-vivió más de medio siglo en el Mato Grosso (Brasil).

El protagonismo le corresponde al pueblo. Lo tenía muy claro y siempre se presentó como acompañante en la caminada. La más importante para él y en la que siempre participó fue la de las personas mártires, perseguidas y asesinadas por luchar por justicia en aplicación de la octava bienaventuranza: “Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos serán llamados hijos de Dios (Mt 5,10). El adjetivo “larga” expresa su permanencia ininterrumpida y sin desfallecer de 52 años al lado de las mayorías populares y en lucha contra los fazendeiros. Tomo la expresión “con los pobres de la tierra” de un verso del poeta cubano José Martí: “con los pobres de la tierra mi suerte yo quiero echar”, que el obispo-profeta del Mato Grosso puso en práctica de manera ejemplar.

En el libro hago un detallado recurrido por el itinerario vital de Pedro, que comienza con su compromiso con los sectores más vulnerables de las ciudades españolas donde ejerció su trabajo socio-pastoral durante las décadas cincuenta y sesenta del siglo pasado y continúa con la llegada con su compañero Manuel Luzón en 1968 al Mato Grosso, una tierra sin ley, en la que el derecho era el del más fuerte “o del más bruto” y donde “nacer, morir, matar eran los derechos básicos”. Fue un viaje sin retorno –nunca volvió a España, ni cuando falleció su madre– y dando un salto en el vacío del otro mundo.

Llegó en plena dictadura a la que fustigó con severas denuncias y actuaciones proféticas en defensa de los derechos humanos y del derecho a la tierra de las personas y colectivos humanos a quienes se les negaban sistemáticamente. Tal actitud de desafío político y económico provocó constantes amenazas de expulsión del país por parte de la dictadura y de muerte por parte de los fazendeiros. Allí se encarnó y se identificó con las causas de los pobres, que, por muy difíciles que fueran, nunca dio por perdidas. No cambió de lugar social durante cincuenta y dos años hasta su muerte el 8 de agosto de 2020.

 Des-colonizador y des-evangeliador

En la personalidad de Casaldáliga convivieron dimensiones difícilmente armonizables en una sola persona, pero que él consiguió unir de manera auténtica y coherente. Son las que desarrollo en el libro siguiendo su itinerario vital y que a continuación resumo.

Pedro fue una persona creyente en el Dios de la vida, Padre y Madre, “que en el vientre de María se hizo hombre y en el taller de José se hizo clase”, como afirma en el poema que abre el libro Fuego y ceniza al viento. Antología espiritual, ilustrado por su entrañable amigo y colaborador Mino Cerezo Barredo. Pero no un creyente fundamentalista, sino interreligioso, macro-ecuménico, en el “Dios de todos los nombres”, expresión con la que se dirige a él en la Misa de los Quilombos. Tradujo su fe no a través de prácticas rituales desvinculadas de la vida, sino en el seguimiento de Jesús de Nazaret “pro-siguiendo” su causa liberadora.

Casaldáliga fue un des-colonizador de los colonialismos de ayer desde la conquista violenta del territorio de los pueblos originarios de Abya-Yala, así como de los neocolonialismos de hoy causados por la globalización neoliberal e impuestos a dichos pueblos a través de la apropiación de sus territorios, del extractivismo y del modelo de desarrollo científico técnico de la modernidad. Inseparable de su compromiso descolonizador fue su papel de des-evangelizador de la primera evangelización hecha con la cruz y la espada en alianza sacrificial, y de evangelizador “con solo sandalias y Evangelio”, poniendo en práctica las instrucciones de Jesús a sus seguidores y seguidoras: “No os procuréis oro, ni plata, ni cobre en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón”, (Mt 10,10). Él mismo describe esa forma de vida caracterizada por el desprendimiento en el poema “Pobreza evangélica” del libro Clamor elemental:

“No tener nada. / No llevar nada. / No poder nada. / No pedir nada. / Y, de pasada, no matar nada. /. No callar nada. / Solamente el Evangelio, como una faca afilada. / Y el llanto y la risa en la mirada./ Y la mano extendida y apretada./ Y la vida, a caballo, dada / y este sol y estos ríos/ y esta tierra comprada/ para testigos de la Revolución ya estallada./ Y mais nada”.

Teo-poeta de la liberación e intelectual compasivo

Fue “poeta de vida y palabra consustanciadas”, como le definiera el poeta y catedrático de Estética en la Universidad de Barcelona José María Valverde, y “teo-poeta de la liberación”, como lo califico yo, creo que certeramente, junto con Rubem Alves y Ernesto Cardenal. Fue esteta de la palabra encarnada, maestro del bien decir, que en él es “ser”, “vivir”, y “hacer”. Su poesía no es evasiva, sino que hace pie en la realidad, está transida de indignación y de dolor por la injusticia y el hambre que sufría –y sigue sufriendo– la mayoría de la población mundial.

Analizó la realidad con los ojos de los pobres, ojos, que como él dice, “ven con otra luz”. Fue la luz que le llevó a criticar el neoliberalismo, al que calificó de “la gran blasfemia del siglo xxi”. Pero no se quedó en la crítica y la denuncia, sino que en plena era neoliberal fue “obrero de la utopía” de Otro Mundo Posible, en sintonía con la propuesta del Foro Social Mundial, que celebró precisamente siete encuentros en Brasil. Utopía de la liberación, que no consideraba un ideal irrealizable, sino la meta que puede lograrse a través del compromiso por el camino de la “esperanza contra toda esperanza”.

Fue también un profeta de ojos abiertos que despertó las conciencias adormecidas de muchos ciudadanos y ciudadanas conformistas y de cristianos y cristianas que, al decir del escritor francés Georges Bernanos, son “capaces de instalarse cómodamente bajo la cruz de Cristo”. Era un revolucionario universalista, que creía “en la Internacional de las frentes levantadas, de la voz de igual a igual y de las manos entrelazadas”, y acompañó las revoluciones producidas en América Latina, incluso con su presencia física, como en el caso de la Revolución sandinista.

Casaldáliga fungió como intelectual crítico, inconformista y compasivo con las víctimas del colonialismo, el capitalismo, el patriarcado, la aporofobia y la explotación de la Tierra. Fue, sin duda, uno de los más lúcidos intelectuales de América Latina, que ofreció narrativas alternativas a los relatos oficiales del sistema, construyó espacios de con-vivencia y de diálogo simétrico en vez de campos de batalla y monólogos, desestabilizó el (des)orden establecido y revolucionó las mentes instaladas. Fue crítico de todos los poderes: político, religioso, económico, incluidos los poderes ocultos de la “Santa Sede”, hasta tener la osadía de pedir al Papa Juan Pablo II que abandonara el Vaticano y siguiera la senda del Evangelio. Se enfrentó y desnudó a los grandes sistemas de dominación con solas la palabra y la ejemplaridad de vida.

Otras de sus opciones fundamentales fue la ecología, siguiendo al ecologista Francisco de Asís. Junto a su colega y entrañable amigo Tomás Balduino, obispo de Goiás, creó la Comisión Pastoral de la Tierra en la Conferencia Episcopal Brasileña, que apoyó las luchas y reivindicaciones del Movimiento Sin Tierra (MST). Reclamó el derecho de los pueblos originarios, los primeros ecologistas, a su territorio, del que se apropiaron los terratenientes, que los explotan sin mostrar compasión alguna con la tierra ni con sus legítimos moradores. Exigió el reconocimiento de los derechos de la Madre Tierra (Pachamama), que los pueblos originarios consideran sagrada y con la que forman una comunidad eco-humana. La mejor representación simbólica de su conciencia ecológica fue la Misa de la Tierra Sin Males.

 Espiritualidad contra-hegemónica

En la esfera religiosa destacó como misionero al servicio de los sectores más vulnerables de la sociedad, místico solidario con los procesos revolucionarios, contemplativo en la liberación, obispo en rebeldía e insurrección evangélica, pastor al servicio del pueblo. Vivió una espiritualidad contra-hegemónica y anti-imperial. “Cristianamente –afirma– la consigna es muy clara (y muy exigente) y Jesús de Nazaret nos la ha dado…: contra la política opresora de cualquier imperio, la política liberadora del Reino. Ese reino del dios vivo, que es de los pobres y de todos aquellos y aquellas que tienen hambre y sed de justicia. Contra la agenda del imperio, la agenda del Reino”. Predicó el Reino de Dios en lucha contra el Imperio y criticó a la Iglesia “cuando no coincide con el Reino”.

 Padres y madres de la Iglesia latinoamericana

Pedro CasaldáligaCasaldáliga siguió la senda de los obispos que José Comblin llama “Padres de la Iglesia de América Latina”, que pusieron en práctica el Pacto de las Catacumbas firmado por cuarenta obispos en la catacumba de Santa Domitila de Roma en noviembre de 1965 durante la cuarta sesión del Concilio Vaticano II, al que luego se adhirieron más de quinientos. Optaron por una Iglesia pobre y de los pobres, denunciaron las dictaduras, fueron perseguidos, pusieron en riesgo sus vidas y algunos fueron asesinados convirtiéndose en mártires, como monseñor Romero, José Gerardi, Angelelli… Fueron sometidos a procesos judiciales, vigilancia policial, investigaciones inquisitoriales por parte de las Congregaciones del Vaticano, sufrieron condenas e incluso fueron destituidos de sus funciones episcopales.

Al final del libro me pregunto si ha habido y sigue habiendo “Madres de la Iglesia de Amerindia”, y respondo afirmativamente, si bien no son reconocidas como tales. La falta de reconocimiento es la mejor prueba de la pervivencia del patriarcado incluso en el cristianismo liberador.

 “Mis causas son más importantes que mi vida”

Pedro Casaldáliga afirmó en reiteradas ocasiones: “Mis que sus causas son más importantes que mi vida”. Y así fue. En el libro dedico un capítulo extenso a dichas causas entre las que destaco cinco que considero las más importantes:

  • La causa de las comunidades afrodescendientes, indígenas y campesinas, sometidas al colonialismo, racismo y capitalismo salvaje. Su Misa de la Tierra Sin Males es la mejor expresión de su solidaridad e identificación con los pueblos indígenas. Su Misa de los Quilombos constituye el mejor reconocimiento de la dignidad de los pueblos afrodescendientes sometidos a esclavitud desde siglos y todavía hoy, de la defensa de su identidad cultural y religiosa y de sus territorios.
  • La causa de las mujeres discriminadas por ser mujeres, por ser pobres, por pertenecer a las clases populares, culturas y etnias originarias, despreciadas y sometidas a violencia por el patriarcado político y religioso hasta llegar a los feminicidios, y por practicar espiritualidades y religiones que no se corresponden con las llamadas “grandes religiones”. Hizo suya la causa de las mujeres campesinas, indígenas, negras, prostitutas, cuya marginación social denunció.
  • La causa de la Tierra, considerada sagrada por las comunidades indígenas, sujeto de derechos y no venal.
  • La causa del diálogo interreligioso, intercultural, e interétnico. No impuso su fe, ni afirmó que la religión cristiana fuera la única verdadera, sino que respetó y compartió las cosmovisiones, espiritualidades y sabidurías de las comunidades originarias, dialogó con ellas sin arrogancia ni complejo de superioridad y sin establecer jerarquías, al tiempo que reconoció a sus deidades.
  • La causa de los mártires, empezando por el protomártir del cristianismo Jesús de Nazaret y siguiendo por el padre Joâo Bosco, asesinado en su presencia por la policía, monseñor Romero, arzobispo profético de San Salvador, a quien declaró santo en el memorable poema “San Romero de América, Pastor y Mártir Nuestro”, y por el martirio colectivo de los “indios crucificados”, sobre el que escribió un dramático y denunciante artículo en la Revista Internacional de Teología Concilium en 1983.

Casaldáliga es uno de los símbolos más luminosos del cristianismo liberador en pleno auge de los movimientos religiosos fundamentalistas que están cambiando el mapa religioso de América Latina. Se ha convertido en faro iluminador en la oscuridad del presente y en pleno protagonismo de la extrema derecha política a nivel local y global, que está cambiando el mapa político y constituye una amenaza para la democracia.

Ignacio Ellacuría dijo: “Con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”. Yo me atrevo a afirmar: “Con Pedro Casaldáliga, ‘el Dios de todos los nombres’ pasó por Brasil”.

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