sábado, noviembre 28, 2020
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LOS HOMOSEXUALES Y LA IGLESIA

Éxodo 82 (ener.-febr.’06)
– Autor: Francecs Xavier Martí i Juan –
 
Nunca ha sido fácil la situación de los homosexuales en la Iglesia. Ahora tampoco lo es. En otros tiempos la homofobia eclesiástica se daba en una sociedad homófoba y una alimentaba a la otra. Ahora, en cambio, en el mundo occidental no solamente se tolera la existencia de gays y lesbianas, sino que se reconoce su derecho a establecer uniones civiles y a adoptar niños. Por eso la persistente beligerancia de la Iglesia contra las personas “diferentes” contrasta mucho más en la actualidad.

De momento – y esto no parece que vaya a cambiar en este pontificado – si usted es homosexual, habrá de cargar con el yugo de ser considerado una persona que tiene una inclinación objetivamente desordenada. Así pues, su entrada en el Reino de los Cielos se hace por una puerta más estrecha que la de los heterosexuales.

Con todo, a muchos homosexuales cristianos no nos preocupa tanto cómo vamos a entrar en el cielo, cosa que en gran parte no depende de nosotros, sino cómo estamos en la Iglesia que ahora peregrina en la tierra.

Si usted es un cristiano que no acepta su orientación homosexual, es decir, que no cree que Dios le haya creado así, que más bien cree que usted es un defecto de la naturaleza, entonces puede sintonizar con la teoría y la práctica actual de la Iglesia respecto a los homosexuales. Puede participar activa y visiblemente en la vida eclesial y eclesiástica. Sin embargo, es mi obligación decirle que tendrá que pagar un precio muy alto: ha de abstenerse de cualquier relación sexual fuera del matrimonio canónico y no puede hacer patente su tendencia ni su conformidad con ella. Experiencias propias y ajenas demuestran que esto conlleva graves perjuicios para su salud psicológica y espiritual que en nada favorecen una vida iluminada por el Espíritu.

Si usted, en cambio, es un cristiano que se reconoce homosexual y se acepta así, tal como es, y tiene la firme convicción de que Dios le ha creado así y no le exige el celibato obligatorio a cambio de su amor, entonces – también tengo obligación de decírselo – tendrá serias dificultades para vivir en comunión plena con la Iglesia. La cosa es más grave si usted hace pública y notoria su homosexualidad o simpatiza con la “cultura homosexual”. Y más aún si forma parte de una asociación de gays y lesbianas o decide unirse civilmente con otra persona de su mismo sexo. Entonces puede que se le nieguen algunos sacramentos, que no pueda realizar actividades pastorales y que se cuestione su vinculación con la Iglesia.

Lamento la crudeza de la exposición, pero la realidad es así. A pesar de todo, hay muchos homosexuales cristianos, autoaceptados y visibles, que vivimos las dos identidades en armonía, alegría y esperanza. Con dificultades, como todos los demás; pecando, como todos los demás, pero sin llevar fardos añadidos. Desde hace unas cuantas décadas han surgido en las iglesias cristianas diversos movimientos que viven y reivindican la compatibilidad entre la fe cristiana y otras formas distintas de sexualidad. En estos movimientos consideramos que es el Dios vivo el que nos da el ser y el pertenecer a la Iglesia, más allá de las estrechas reglas eclesiásticas sobre la sexualidad, el matrimonio y la familia. Consideramos que Dios tiene un proyecto humanizador universal, basado en el amor, y que nosotros formamos parte de él. En España muchos de estos grupos están integrados en asociaciones de gays y lesbianas y coordinados por el Área de Asuntos Religiosos de la Federación Española de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales. Entre sus componentes hay laicos con distintos grados de compromiso eclesial e, incluso, algunos sacerdotes.

Creemos que el Espíritu Santo, que actúa invisiblemente y suscita en todos la verdad y el bien, reconducirá la situación de los homosexuales en la Iglesia. Mientras tanto nosotros vivimos ya en plenitud nuestra condición de homosexuales y cristianos con la mirada puesta en Cristo Jesús.

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