domingo, agosto 1, 2021
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Líquida Esperanza

Líquida experanzaDicen que estamos en los últimos meses. Aunque no está claro si, en el horizonte al que transitamos, podremos permitirnos el lujo de olvidar este largo y traumatizante año. Porque nadie puede afirmar que lo que nos espera, olvidadas las mascarillas, se parecerá a lo que recordamos como “vida normal”. Aquella furia ruidosa en constante movimiento que no concebía diversión, sin trajín ni multitud. Nostalgia de conciertos abigarrados, ruidosos restaurantes, aceras llenas de gente, fiestas, abrazos compartidos, humano y eléctrico caos.

Saldremos de la pandemia, agotados, desesperanzados y muchos, irreparablemente rotos. Su impacto está siendo brutal sobre nuestro descanso y estado de ánimo; modula los recuerdos, ralentiza el corazón y lesiona cada impulso vital, haciéndolo girar en torno a la enfermedad y la muerte. Más de un tercio de los españoles confiesa que le ha hecho llorar. Y un 53% se muestra convencido de que ya no seremos los mismos.

A falta de certezas, proliferan los estudios, encuestas y análisis de expertos que intentan anticipar qué nos dejará el virus; probablemente, un viejo conocido, ese otro agente patógeno letal e invisible que llamamos tristeza. El psicoanalista Juan David Nasio se refiere a él como “tristeza del covid-19”, y dice que, lo que la diferencia de cualquier otra, es su carácter ansioso y que produce enojo y cansancio. Cree que también afectará a los niños y adolescentes, aunque se adaptan a la adversidad mejor que los adultos.

Las ansiadas vacunas, con sus diversas procedencias, grados de fiabilidad y su buena maraña de fakes, han devuelto la ilusión a los ancianos que, en el ocaso de sus fuerzas, habían logrado salir victoriosos de esta desigual pelea. Pero no habrá inmunización, de momento, para los jóvenes, el sector donde, tal vez, la erosión moral y emocional tendrá peores consecuencias. Su salud mental está en juego.

Los que han crecido entre la crisis de 2008 y la del Coronavirus, no han conocido período expansivo, tiempos de vacas gordas, ni un mercado laboral optimista, voraz y urgente. Las referencias de sus hermanos mayores o de sus padres, todo lo que habían leído y aquello para lo que se estaban preparando… no les sirve, no se va a producir. Forman parte consustancial de la realidad híper conectada, pero se sienten aislados, como si algo hubiera interrumpido de golpe la cadencia natural de las cosas. El mundo ha cambiado tanto en tan poco tiempo que ha dejado obsoletos los consejos y experiencias ajenas, arrinconados como las cintas de cassette, los libros de la EGB o los parámetros espacio temporales de aquella sociedad ya pleistocénico-analógica. Un entorno nuevo y lleno de interrogantes les genera desesperanza. El coronavirus ha “congelado” sus vidas y ha cambiado las reglas del juego. No pueden socializar como antes, y la incertidumbre hace mella en su estado de ánimo.

Todas las batallas de la vida
Todas las batallas de la vida sirven para enseñarnos algo, incluso si las perdemos, Paulo Cohelo

Según las encuestas, el 30% de los jóvenes siente ataques de pánico que pueden derivar en fobia. El 24% se reconoce muy triste o deprimido; casi en la misma proporción tienen miedo a morir, pero el porcentaje sube al 68,6% si piensan que la víctima puede ser alguien muy querido.

Inestabilidad, precariedad laboral, frustración y dependencia de las nuevas tecnologías son un cóctel letal para esa generación que ahora tendría que estar inspirando sueños, a pleno pulmón. No pueden desarrollar todas sus capacidades y muchos no tienen energía para desfogar su naturaleza rebelde. Refugiados en tabletas, teléfonos móviles y redes sociales, el infinito abanico de opciones por segundo que ofrecen no garantiza amigos verdaderos, no favorece planes estimulantes, ni satisface su sana y profunda curiosidad, más allá de una consulta a alta velocidad.

Nuestros jóvenes necesitan ayuda. Habían crecido con la leyenda de que, a estas alturas, les tocaría improvisar mochila y aventurarse a recorrer Asia o subir al avión rumbo a Londres o Berlín para estudiar con la beca Erasmus. Sin embargo, el virus ha arrojado sal sobre los sueños, ha triturado sus expectativas, les mantiene en un circuito limitado, conscientes de su vulnerabilidad, con contactos considerados seguros, y ha ido echando el cierre a tantos negocios que la prometida oportunidad ha ido mermando ante sus ojos, hasta desaparecer.

Generación MillennialLes llaman Generación Millennial y Centennial. Abarcan desde la adolescencia al umbral de la cuarentena, y han crecido con la bajada de persianas, el declive económico y la sucesión de escaparates y empresas intermitentes que parecían tener la obsolescencia programada. Perciben certeza de volatilidad, y la sensación de que ninguna de las referencias que conocen, sobrevivirá. La experiencia les ha obligado a adaptar sus aspiraciones a la cruda realidad, sometida a una sucesión de emergencias. Curtidos en la cadena de trabajos precarios, no conocen el sentimiento de pertenencia a ninguna compañía, pero aprecian las que, más allá del beneficio económico, ambicionan mejorar la sociedad. Muchos han encontrado en las luchas ecologista, feminista y por la diversidad, un estímulo para aportar algo, esa natural aspiración de dejar, al menos, huella.

Cuando lo que les tocaba era salir del “nido”, se han visto obligados a intensificar la relación con padres, hermanos o abuelos, en unos pocos metros. Ha habido roces, la convivencia se ha resentido. Durante la pandemia ha aumentado la violencia intrafamiliar tanto de hijos a padres como de padres a hijos y entre miembros de la pareja. La claustrofobia familiar no ha sido fácil. Según los psicólogos, los niveles de ansiedad y estrés de los jóvenes se han elevado de forma alarmante. No siempre ha sido posible negociar los espacios, acordar horarios, actividades, gestionar lo común. Y, sin embargo, era muy importante evitar que quedaran encerrados en su habitación, que escaparan por la pantalla del ordenador, que se dejaran vencer y emprendieran una huida virtual y desesperada. Hay estudios que indican afectación mental en muchos colectivos, más en los que están en situación de precariedad. Y el abuso de ordenadores, tabletas y el consumo de videojuegos en serie puede derivar en conductas adictivas, dependencia y cambios de humor. Ahí la familia es fundamental. El coronavirus nos ha arrojado en brazos de la red cercana, ha desnudado las limitaciones del hasta ahora sagrado individualismo, ha puesto en evidencia nuestra vulnerabilidad. Los próximos años son esenciales para protegernos en tiempos imprevisibles.

Aunque para los que tienen problemas de integración social, la pandemia ha supuesto un engañoso respiro. Menos riesgo de rechazo, ninguna necesidad de socializar, más seguridad y control. El aislamiento alejó su temor a ser marginados.

Los jóvenes necesitan caminar por sí mismos, hacer su ruta. Pero no pueden moverse un metro. Escuchan consejos de los mayores con la impertinencia inherente al miedo, pero intuyen que no les sirven. Hablan sin certezas, buscan. No quieren parecerse a sus padres o abuelos. De ellos depende nuestro futuro, pero están siendo estigmatizados durante la pandemia. A los requiebros incomprensibles de la adolescencia se suma lo inesperado de una situación que nos ha obligado a hacer extraños contorsionismos.

Les llaman Generación Millennial y Centennial. Abarcan desde la adolescencia al umbral de la cuarentena, y han crecido con la bajada de persianas, el declive económico y la sucesión de escaparates y empresas intermitentes que parecían tener la obsolescencia programada.

Están por ver las consecuencias de todo esto. Dentro de meses, quizá años, seamos capaces de perimetrar el daño de esta pandemia letal. Pero hasta entonces lo mejor que podemos hacer por ellos es escucharles. Sus padres siguen siendo el mayor pilar que tienen. Aún en las peores circunstancias, es a ellos a quienes recurren, es en ellos en quienes confían.

La mirada mutua ha cambiado. Ahora que pasan muchas más horas en casa, ven a los adultos luchar, reajustar gastos, priorizar, teletrabajar, discutir, repartirse las tareas para atender las rutinas familiares, adaptarse a nuevos desafíos, afrontar un despido o calmar su frustración. La obligada convivencia ha diluido la jerarquía familiar y nos ha convertido en testigos de las vidas que nos rodean, hemos presenciado las fortalezas y debilidades de nuestra familia, sus gestos generosos, nobles o ruines. La pandemia ha roto el cristal que separaba generaciones convivientes que, en otras circunstancias, habrían concebido, con la mayor naturalidad, ser tan distintas como distantes. Y no nos ha quedado más remedio que conocer, descubrir y escuchar. Reconocer a los jóvenes que continúan dentro de nuestros padres. Intuir los ancianos que serán.

La Organización Internacional del Trabajo asegura que el impacto de la pandemia en la llamada “generación del confinamiento” ha sido sistemático, profundo y desproporcionado. Las restricciones impuestas para frenar la expansión del Covid-19 han tenido consecuencias en todos los ámbitos, del educativo o laboral a la salud mental. La OIT cree que las secuelas serán graves y duraderas, aunque mucho peores en los países pobres, en los niños y en las mujeres. La pérdida de horas de trabajo, ingresos y productividad, expone a los jóvenes a riesgos en el mercado de trabajo a una escala sin precedentes.

Las cifras de Cáritas son rotundas. La demanda de ayuda en nuestro país se ha incrementado un 57%. Y una de cada tres personas que acudía a pedirla, lo hacía por primera vez. Un 12,5% de las familias no tiene ningún ingreso, frente al 7,5% de hace un año.

La brecha digital también ha sido evidente. El curso pasado sólo fue posible seguir las clases online en zonas con buena cobertura de internet y en viviendas con varios dispositivos electrónicos, es decir, en los hogares de mayor renta. Uno de cada ocho niños tuvo que dejar de estudiar durante el confinamiento. Y el 65% de los que acabaron las clases de forma virtual reconoce haber aprendido mucho menos que con las presenciales. La pandemia ha señalado que ese es otro de los retos urgentes que no había destacado con tanta claridad hasta ahora: lograr un modelo educativo y digital accesible para todos.

Los jóvenes luchan, además, contra el estigma. Se les señala como insolidarios y responsables del aumento de contagios. Aunque no son, ni mucho menos, un colectivo uniforme. La mayoría se ha adaptado a las restricciones, pero no son ellos los que salen en los Telediarios ni los que sonríen, desinhibidos, en las imágenes de cualquier sábado noche.

Miles de fiestas ilegales proliferan los fines de semana en todo el país, convocadas con desesperación, como si el fin del mundo hubiera activado su temporizador de cuenta atrás. Llamadas a las que grupos de jóvenes, a veces muy numerosos, acuden estimulados por su carácter clandestino y prohibido. En Madrid es habitual ver entre ellos a chavales franceses. La capital se ha convertido en el epicentro del llamado “turismo de diversión”. Un escape impensable en el país vecino, donde el gobierno ha decretado el cierre de la hostelería y centros de reunión.

No parece, con todo, algo improvisado. Tras los miles de festejos en pisos turísticos y locales aparentemente cerrados, hay toda una organización especializada en fiestas off. En Madrid la pandemia se ha cargado el turismo, que ha caído casi un 80% con respecto al año anterior. La policía ha llegado a desalojar, en un mes, más de 400 fiestas. Los pisos de turistas se han quedado vacíos y algunos propietarios los han reconvertido en caseras pistas de baile.

Ser joven es un lujo reciente. Que no han disfrutado tantas generaciones. Un regalo que hubo que pelear y que parecemos haber olvidado. Los ancianos de hoy no lo tuvieron.

También grupos de jóvenes de Madrid han decidido montárselo por su cuenta. Entre varios alquilan una vivienda por una noche, pagan alrededor de 200 euros y después cobran la entrada a los invitados. El virus también acude, claro está. Pero gratis. Un negocio boyante e insolidario que transforma salita y cocina en territorio clandestino y sin reglas, mascarilla, ni distancia de seguridad. El lucrativo desafío de chulear a la pandemia bajo un irresistible y nostálgico reclamo: disfrutar una fiesta “de las de antes”. Nada, de momento, lo para. Ni siquiera las multas que van de 100 a 600.000 euros. Tampoco faltan los enfrentamientos con la policía que, alertada por los vecinos, ha sido recibida, en varias ocasiones, a pedradas y botellazos.

Es esa parte de la juventud insolidaria, hedonista, pasota, lamentable; los asiduos a fiestas ilegales, ebrios con mascarilla colgante que abarrotan las puertas de los restaurantes, fumando, gritando y bebiendo, pretendidamente ajenos al drama colectivo. Ellos han puesto a su generación en el punto de mira, y han convertido su desesperación en el kilómetro cero del egoísmo, en un extemporáneo atracón de viejunas Nocheviejas.

“Yo lo que quiero es beberme hasta el último trago de mi juventud” dice Lalo, uno de los estudiantes que ideó Alejandro Casona para protagonizar “Nuestra Natacha”. La combativa obra teatral sobre una juventud alegre, responsable y solidaria, que se estrenó sólo seis meses antes de que estallara la Guerra Civil española. Hoy a Casona le hubiera costado inspirarse en estas pandémicas noches de ruidosos encuentros con código secreto, donde los porteros automáticos multiplican timbrazos a deshoras, cual persistente S.O.S de un buque a la deriva.

Ese minúsculo aunque ruidoso espectáculo de descarada negligencia, es un regalo para la transmisión de la enfermedad. Algunos incluso cuelgan su hazaña para la posteridad, copa en ristre, en sus redes sociales. Tal vez dentro de diez años, cuando aspiren a ser responsables y brillantes ejecutivos en una empresa comprometida con el bienestar y el medio ambiente, el Director de Recursos Humanos les pregunte durante la entrevista cómo vivieron la pandemia y de qué parte se pusieron. Malditas fotos en internet. Malditas noches de pedo y virus.

El coronavirusCuando pasan estas cosas una tiene la sensación de que desperdiciamos la juventud. Y la memoria. Apenas caemos en que ser joven es, todavía hoy, un privilegio de países ricos. Dicen que el concepto de juventud tiene apenas 200 años. Quedó definido de forma genérica cuando los que acababan de salir de la estricta niñez pudieron permitirse dejar de trabajar para ir a la escuela. Fruto de muchas circunstancias y conveniencias, ser joven todavía hoy está vetado para los niños de la guerra, millones de menores explotados en todo el mundo a cambio de comida o para tantas niñas cosificadas, a las que arrancan las muñecas de los brazos y obligan a casarse, sufrir y envejecer pariendo. Qué no harían todos ellos con esos años de aprendizaje, diversión, crecimiento y comprensión del mundo, si no estuvieran condenados a ser exprimidos al servicio de sociedades corruptas.

Ser joven es un lujo reciente. Que no han disfrutado tantas generaciones. Un regalo que hubo que pelear y que parecemos haber olvidado. Los ancianos de hoy no lo tuvieron. Fueron niños en la España pobre de postguerra, obligados a trabajar para ayudar a sus familias. Sin acceso a la educación y en plena adolescencia, los varones de familias humildes estaban destinados a ser mano de obra. Se les “bautizaba” cualquier domingo, con un cigarro y un vino y así, sólo dejando pasar el tiempo, se convertían de golpe en hombres, sin derecho a soñar en exceso. Necesitaron un enorme esfuerzo personal y el empuje de una sociedad con ansias de prosperidad, para romper el techo de plomo y los prejuicios que les condenaban.

Ahora sus nietos y bisnietos crecen rodeados de todo lo necesario pero desorientados, en eso que llamamos “modernidad líquida” donde lo que parecía inamovible o perdurable se ha desvanecido. Y nos preguntamos si la generación que nació y aprendió bajo principios rígidos y asfixiantes, la que ahora asiste perpleja al fenómeno, será capaz de ayudar a esta otra, marcada por la provisionalidad y el relativismo.

El coronavirus nos ha obligado a comprimir vidas y experiencias, a expandirnos de manera telemática en una sucesión mareante de vídeoconferencias.

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