LAICIDAD Y CREENCIAS EN LA BIOÉTICA

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Número 80 (sept.-oct.’05)
– Autor: Lydia Feito Grande –
 
LA bioética es una disciplina que nació en los años 70 del siglo XX para ofrecer algunas respuestas a los interrogantes surgidos en la aplicación de las nuevas tecnologías biomédicas. Su espectacular desarrollo y el hecho de afrontar problemas de la humanidad de tan grave calado hace que la bioética no pueda considerarse como una disciplina o movimiento limitado a un campo profesional o a una cultura. Algunos autores llegan incluso a afirmar que la bioética, en tanto que ética de la vida, es la ética civil de todas nuestras sociedades. Ello es así porque resulta difícil encontrar un problema importante de nuestra sociedad (biológico o de otra índole: económico, social, político, científico o cultural) que no esté relacionado con la bioética.

La bioética nos hace pensar qué significa la vida humana, qué significa ser persona, qué responsabilidad tenemos ante el futuro, cuáles son las vías legítimas para lograr objetivos moralmente defendibles. Por eso tiene un calado filosófico indudable. La biomedicina está implicada ahora en asuntos que antes eran privados y personales, como los procesos del nacimiento y la muerte. También nos interroga acerca de qué intervenciones son correctas y cuáles no, especialmente cuando nos referimos a la investigación biomédica.

Es este terreno de la investigación el que, además de ofrecer prometedores resultados, nos coloca en difíciles situaciones, en las que se impone la necesidad de un análisis cuidadoso de las opciones posibles, sus consecuencias, su viabilidad. De ahí que sea una importante fuente de debates y dilemas bioéticos, puesto que supone una reflexión sobre los valores de nuestra sociedad, sobre el modo de asumir una realidad siempre cambiante con criterios que podamos compartir en una sociedad plural. Y la tarea no es nada fácil, pues, además de los argumentos racionales que podamos aducir en la discusión, es claro que también pesan en nuestras posiciones las creencias, ya sean políticas, religiosas o de cualquier otra índole. Y, como ya subrayara Ortega y Gasset, las creencias son el fundamento sólido de nuestra vida, sobre el que actuamos y pensamos.

Será insuficiente todo el énfasis que se haga en la importancia de hacer explícitas y razonables las creencias. Por más que cada uno considere que existen verdades evidentes, en una sociedad diversa y multiforme es preciso distinguir aquello que forma parte de una creencia personal, de los valores que pueden consensuarse como mínimos de convivencia, basados en la garantía de la libertad de opción para cada uno, precisamente como salvaguarda de esas creencias. En temas tales como, por ejemplo, la investigación con células troncales, donde se plantea la posibilidad de utilizar embriones, se hace palpable la necesidad y la dificultad de articular las diferentes creencias. Tal cosa es comprensible, ya que la determinación del momento en que comienza la vida humana necesita de los datos científicos, pero ciertamente no puede reducirse a ellos. Es, por tanto, objeto de análisis desde posiciones filosóficas, religiosas, etc., que abordan las cuestiones del sentido y el valor de la vida, y que son, en definitiva, las que proponen definiciones de la dignidad de la persona como elemento a proteger y respetar.

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