miércoles, septiembre 22, 2021
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LAICIDAD COMPARTIDA: RELIGIÓN Y DEMOCRACIA

Número 80 (sept-.oct.’05)
– Autor: José María Mardones –
 
¿La religión ayuda a crear una sociedad laica, pluralista y democrática? ¿O necesariamente la religión es un apéndice retrógrado de una época histórica y social superada, cuyo destino es el olvido y la desaparición? He aquí la cuestión que nos planteamos y que lejos de ser retórica tiene la punzante realidad de unas sociedades democráticas que no terminan de saber qué hacer con la religión y de una religión que no termina de saber estar en estas sociedades denominadas laicas y democráticas.

Sin hablar de un mundo globalizado que nos sorprende cada día con noticias terribles donde el mundo de la democracia parece compadecerse muy poco con la justicia, con comportamientos imperialistas de puro interés y de violencia mortífera inhumana y la religión aparece implicada, al menos como incentivo, presunto legitimador ideológico o motivador de comportamientos fanáticos y barbaros.

¿Qué se requiere para que democracia y religión compartan un camino de humanización?

LA RELIGIÓN EN LA DEMOCRACIA

Para avanzar una respuesta positiva acerca de la colaboración entre religión y democracia en nuestras sociedades llamadas occidentales y modernas, tenemos que tener en cuenta cuál es, al menos en sus grandes líneas, la situación de la religión en la democracia. Los artículos anteriores ya han dejado claro la serie de vicisitudes de un proceso histórico-social que ha desembocado en la democracia y en unas sociedades laicas y pluralistas. Recojamos en breves afirmaciones los elementos positivos de una sociedad laica y democrática que son aportaciones para la convivencia entre las creencias y abren el camino hacia una religión potenciadora de la laicidad y de la democracia.

Un Estado democrático es un Estado laico

La modernidad nos condujo al aprendizaje de que un Estado democrático es un Estado laico. Es decir, un Estado que no está vinculado con una determinada religión o cosmovisión; más aún, no interviene a la hora de determinar el sentido último de la realidad y de la vida. Estas cuestiones quedan reservadas al individuo. Éste puede sostener cualquier ideología y visión del mundo, metafísica o religión, que juzgue oportuna para orientar su vida y proporcionarle sentido en medio de los interrogantes que suscita un mundo radicalmente ambiguo y una vida atravesada por la contingencia y la no disponibilidad.

El Estado moderno y democrático es, por tanto, pluralista desde el punto de vista de las religiones y cosmovisiones y se comporta neutralmente desde su postura respecto a las mismas. Convive con una pluralidad de visiones y no funciona como instancia determinante de su verdad o falsedad -algo dejado a la libre discusión de los individuos-, sino como mero regulador de una convivencia entre los ciudadanos poseedores de diversas orientaciones religiosas, existenciales o ideológicas.

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