LACRISIS DE LA DEMOCRACIA Y LA BÚSQUEDA DE NUEVOS RUMBOS

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Éxodo 104 (may.-jun)
– Autor: José Comblin –
 
LA democracia está en crisis en el mundo entero, en primer lugar en Europa y en los Estados Unidos. Es un clamor universal. En América Latina también la democracia está en crisis, aunque las manifestaciones puedan ser un poco diferentes.

Para nosotros cristianos, esta crisis no nos sorprende tanto, porque el concepto de democracia vigente en el mundo occidental siempre nos pareció superficial y destinado a ocultar un problema mucho más fundamental. El concepto de democracia pertenece al universo cultural de la modernidad. Ésta se inspira en la filosofía y la política de la antigua Grecia. El problema griego era el de saber cuál sería el mejor sistema de orden en la ciudad: que las decisiones sean tomadas por uno solo, el rey, o bien por una aristocracia, o bien por todos los ciudadanos. De todos modos, los esclavos y los extranjeros no participan, pues no eran ciudadanos, lo que significa que aun en la democracia solamente una pequeña minoría participaba en las decisiones. Los que no tenían poder ninguno no participaban.

En la tradición cristiana que se inspira en la Biblia, la cuestión fundamental es justamente lo que pasa con los que no tienen ningún poder. El punto de partida no es una reflexión teórica sobre el modo de gobernar que sea más eficaz. El punto de partida es el hecho social básico, que es la dominación de la muchedumbre de los sin poder por las minorías que tienen todo el poder, aunque la distribución pueda ser variable entre ellos.

La Biblia nos presenta una visión del mundo en la que una minoría detenta todos los poderes y oprime a las mayorías, exigiendo de ellas que trabajen en favor del crecimiento de su poder: la sociedad se divide entre dominadores y dominados. Es lo que la modernidad quería negar: creían que la democracia instituida después de las revoluciones en Inglaterra, Estados Unidos y Francia iba a constituir una sociedad de hombres libres, iguales y fraternos (¡no pensaban en las mujeres!). En la sociedad moderna ya no existiría la dominación. Mejor dicho, no se consideraba el problema de la dominación, sino más bien el problema de la división del poder entre todos los poderosos.

Jesús piensa lo siguiente de la situación política del mundo: “Sabéis que los jefes de las naciones las gobiernan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder” (Mt 20,25). Esta es la situación y el desafío de la política. Hay una minoría que oprime y una mayoría que es oprimida. Jesús lo constata en su tiempo. No inventa porque se ubica en la línea de los profetas. Todavía es el problema actual.

El desafío es: ¿cómo superar la situación de dominación, que es el primer problema de la política? Pues, para gobernar con justicia, es necesario reprimir a los dominadores y liberar a los dominados.

Esto es lo que se explicita en la figura del rey en el Salmo 72. En una sociedad de dominación, el papel del rey, o sea, de la autoridad política es reprimir a los poderosos y levantar a los oprimidos.

Esta doctrina estuvo en la base de la doctrina política de la cristiandad. La Iglesia creó la figura del rey cristiano y el rey cristiano era el defensor de los pobres y el que reprimía a los señores de la tierra que dominaban a los pobres campesinos.

La figura del rey cristiano es parte de una ideología más completa que es el código del caballero cristiano. Éste es el defensor de las viudas y de los huérfanos. Su espada está al servicio de los oprimidos y su arma ayuda a luchar contra los opresores del pueblo. El ideal del caballero cristiano fue enseñado a los hijos de la nobleza, aunque no siempre los niños aplicaban en su edad adulta las lecciones que habían aprendido sobre el noble caballero.

La ilusión fue que durante siglos el clero creyó que podría por ese medio buscar la justicia. Creyó que su influjo sobre la nobleza y los monarcas sería suficiente para garantizar la justicia. Sin embargo la alianza entre la jerarquía y la nobleza era demasiado estrecha. Casi todos los obispos eran de familias nobles y no tenían voluntad de exigir la aplicación del ideal de justiciero que su familia no aplicaba. Sin embargo, es bueno saber que durante toda su historia algunos no perdieron de vista que el problema político básico era la lucha contra los poderosos, contra los dueños de la tierra y todos sus poderes. Defendió esa doctrina aunque no logró realizarla en la práctica.

Vino la democracia moderna con su ideología optimista. Creyeron que por una Constitución se podía establecer la igualdad entre todos los habitantes del país. Creyeron que los tribunales aplicarían las leyes de la misma manera a todos y creyeron que la elección de representantes sería la garantía de que los pobres podrían exigir justicia porque ellos mismos harían las leyes.

La democracia sería el advenimiento de la libertad, igualdad, fraternidad, el reino de la razón sobre la fuerza, el Estado en manos de la nación, y la nación una sociedad justa. El poder estaría en manos de la nación, y, por lo tanto, ya no habría problema de dominación. Las antiguas clases privilegiadas que mantenían un poder dominante, el clero y la nobleza, habían perdido su fuerza, ya no había clase privilegiada.

Sin embargo durante todo el siglo XIX en las naciones que habían adoptado un régimen republicano y proclamado una constitución democrática, la burguesía se reservó a sí misma todas las facultades inscritas en la estructura del Estado. Desde el principio del siglo XX la clase obrera pudo conquistar ciertos derechos y una condición que estuvo mejorando progresivamente aunque en nivel diferente según los Estados. Durante un cierto tiempo los trabajadores de la industria tuvieron a su disposición el arma de la huelga. Eran indispensables para la producción y los patronos tuvieron que hacer concesiones. Sin embargo esta situación que hizo posible el Estado de Bienestar social entre 1945 y 1975, no sobrevivió.

La modernidad imaginó que bastaría suprimir la monarquía absoluta y las clases privilegiadas, el clero y la nobleza, para establecer el reino de la política. Las instituciones políticas democráticas podrían actuar con plena libertad.

Sin embargo se puso de manifiesto muy pronto que el poder de las fuerzas económicas que eran del clero y de la nobleza no había desaparecido, sino que había sido reemplazado por nuevos actores. La sociedad industrial dio origen a nuevas clases dominantes: los señores de la industria, del comercio, de los bancos. Éstos aprendieron el arte de manipular las instituciones democráticas para que fueran instrumento de su poder creciente.

A partir de la década de los 70 la nueva revolución industrial permitió la constitución de nuevas fuerzas económicas mundiales, multinacionales de un poder inimaginable. Empezó un movimiento de concentración de la riqueza en pocas manos. Los Estados fueron perdiendo poco a poco cualquier posibilidad de controlar las fuerzas económicas. La economía está en manos de grupos mundiales que hacen de los Estados la garantía de su autonomía y de su total libertad de movimientos. El papel del Estado consiste en mantener la tranquilidad de la población para que las empresas y las instituciones financieras puedan funcionar sin problema.

Desde entonces la democracia se transformó en una teoría política vacía de contenido real, porque las fuerzas económicas imponen su voluntad a los Estados. Los Estados nuevos son más vulnerables porque no pueden contar con el apoyo de organizaciones ciudadanas fuertes. Los Estados nuevos fueron en poco tiempo conquistados por las grandes fuerzas multinacionales. Fue lo que sucedió en América Latina.

La democracia quedó vacía de contenido porque el Estado fue obligado a conceder la plena autonomía a las multinacionales. Éstas pueden mover sus capitales en el mundo entero sin control. Disponen de 37 paraísos fiscales en los que todas las transacciones son posibles sin que los Estados lo sepan. Los paraísos fiscales disponen de la protección de las grandes potencias que se han colocado a su servicio.

Las multinacionales mueven el comercio que es principalmente comercio interno dentro de ellas, lo que no permite ningún control. Las multinacionales se unen, las más fuertes conquistan las más débiles de tal modo que puedan constituir casi monopolios. Las grandes compañías pueden contar con la exención de los impuestos y reciben innumerables ventajas de los Estados. Si un Estado no les concede las ventajas ambicionadas, las multinacionales amenazan: pueden inmediatamente trasladar sus medios de producción, sus fábricas para otro país que les ofrece las ventajas que fueron rechazadas.

Las multinacionales han logrado que se impusiera en la conciencia del mundo que los Estados no podían tomar iniciativas económicas y debían entregar toda la economía a empresas privadas. Con esa privatización, los Estados han perdido la fuerza económica que les daban las empresas estatales. Fue un extraordinario éxito de una inmensa campaña de publicidad que logró convencer a la gran mayoría de la clase intelectual y a casi todos los economistas. El mayor triunfo de las multinacionales fue el haber conquistado las mentes de las clases dirigentes y de sus asesores intelectuales. Los partidos políticos se han transformado en movimientos de divulgación de la ideología neoliberal, funcionan como funcionarios de las multinacionales, que además les dan buenas retribuciones.

En Europa, los gobiernos nacionales han perdido el 80% de su autonomía porque las grandes decisiones son tomadas por las instituciones de la Unión Europea que no han sido elegidas democráticamente y en donde los pueblos no tienen ni voz, ni voto. En los Estados Unidos la mitad de los electores no vota: son los pobres. Ya saben que nada va a cambiar y que de todos modos los que gobiernan son las fuerzas económicas.

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