martes, diciembre 7, 2021
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La Iglesia-Pueblo que deseamos y hacemos

La Iglesia-Pueblo que deseamos y hacemos es un tejido de pequeñas comunidades que se articulan entre sí y son ejes de conocimiento interpersonal, espiritualidad y plegaria, amor cercano y compromiso social liberador.

«Una comunidad es una persona nueva que une a las personas por el corazón. No es una multitud. Cada cual conserva su originalidad irreductible y el conjunto es como una orquesta. No se une a las personas ni por sus intereses, ni por sus impulsos, emociones, envidias y prejuicios, ni por sus servidumbres. No se les une más que por sus vidas interiores, que van desde ellas mismas a la comunidad» (E. Mounier).

1. Vida y misterio

Es un aspecto central que cuidamos, pues es fundamental mantener una relación viva con el Misterio Amoroso que nos habita y al que Jesús de Nazaret nombraba como “Padre”. Relación que se nutre principalmente en la oración-meditación-contemplación vivida como un “estar” amistoso y amoroso. Sabemos que descuidar tal relación íntima y también comunitaria reduciría paulatinamente nuestra vida cristiana a una ética o ideología más entre otras.

Nos adentramos en niveles de espiritualidad e intimidad con el Misterio, como pedían los discípulos a Jesús: «Maestro, enséñanos a orar». La plegaria comunitaria es precisa, mas en ella no se agota nuestra relación con la Presencia. En nuestra oración apofática es esa Presencia misma –“la soledad sonora”– la que se nos comunica. Claro que para oírla bien hemos de silenciar nuestro incesante parloteo mental: «Cuando oréis, no uséis de muchas palabras como los charlatanes»… Por eso, hacemos un aparte de tiempo y sitio para estar a solas, pero sin caer en una separación entre oración y vida.

2. Vida comunitaria

Cualquier agrupamiento no es una comunidad, ni cualquier comunidad es enseguida cristiana. Hacerla y vivirla como tal es un proceso lento y cuidadoso, poniendo sus cimientos sobre los siguientes pilares básicos:

a) Comunión de vida

«La experiencia de la comunidad es en primer lugar una experiencia de alteridad. No se ha dicho: amarás al Hombre (ni tampoco a los hombres, ni al prójimo) como a ti mismo, sino: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, es decir, dándote a él como a la realización de tu persona: sin medida» (E. Mounier).

En Iglesia-Comunidad nos sentimos queridos, aceptados, reconocidos. Ahí vivimos cercanía y preocupación recíprocas; podemos hablar, expresarnos, ser conocidos y aceptados sin caretas. La Comunidad es Iglesia-Pueblo cuando se hace espacio humano cálido y afectuoso, libre y cordial, atento y preocupado unos por otros. Eso es lo que entendemos por compartir la vida en comunión.

b) Comunión de bienes

«Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común» (Hechos 2,44). Intentamos compartir nuestros dineros y nuestras cosas hacia dentro y hacia fuera de la comunidad. El primitivo “Todo lo tenían en común” ha de ser el objetivo último, pero hoy día eso requiere formas nuevas que tratamos de inventar en cada comunidad con su peculiar estilo y dinámica propia.

c) Comunión de acción

La comunidad cristiana está abierta y comprometida en la transformación de la realidad. Evitamos un riesgo: la comunidad no se presenta como un grupo más frente a otros grupos, ni tiene propias y exclusivas alternativas sociales. Porque el compromiso es secular, profano, autónomo y no necesita agua bendita. Queremos estar presentes allí donde la gente de buena voluntad construye una sociedad-humanidad digna con sus propias organizaciones y soluciones. La comunidad nos estimula precisamente a estar ahí, al tiempo que ella misma queda enriquecida con cuanto ahí vivimos sus miembros. «Así, como luz para los hombres, debéis vosotros alumbrar: ellos deben ver que hacéis el bien y así dar gloria a vuestro Padre Dios» (Mt.5,16).

d) Con opción por los excluidos y últimos

En comunidad desarrollamos la dimensión política del amor cristiano. Un amor de ojos abiertos, lúcido y eficaz que quiere no solo cambiar las condiciones de vida de los excluidos, sino transformar las estructuras sociales productoras de pobreza y marginación en cadena. La llamada “opción por los pobres” no es trabajar para ellos, sino con ellos, puesto que «Nadie libera a nadie; nos liberamos juntos» (Paulo Freire). La fe cristiana nos mueve para salir al encuentro de los demás. Abrir un Pentecostés permanente para vivir con Espíritu la historia humana como historia de liberación-salvación. Por eso, nos comprometemos allí donde se quiera cambiar la situación dominante de injusticia y desigualdades.

e) Con igualdad transversal

El concilio Vaticano II quiso deshacer el esquema clerical-piramidal-eclesiástico cuando optó por una Iglesia como Pueblo de Dios. Tímidamente y con grandes cautelas algo se avanzó, pero aún queda mucho por cambiar, e incluso hay un fuerte retroceso en los logros obtenidos hacia la tan deseada igualdad transversal.

Sostenemos que la comunidad cristiana es una Asamblea (“Ecclesia”) de bautizados/as, no de clérigos supremacistas, y ninguna función debería absorber a las demás. Leer el capítulo 12 de I Corintios es fundamental para comprender que la comunidad no es algo desordenado, informal, sino un colectivo estructurado fraternalmente. Con una estructura hecha por el Espíritu y no por la Ley, ni el derecho canónico, ni los varones en exclusiva. Una estructura igualitaria, democrática y fraternal; no jerárquica, ni monárquica, ni absolutista, ni patriarcal. 

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