LA IGLESIA ONLINE…ENTRE EL QUIERO Y NO PUEDO

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Éxodo 95 (sept.-oct.’08)
– Autor: José Manuel Vidal –
 
Internet es el presente más rabioso de la comunicación. Sobre todo para la galaxia juvenil (y no tan joven) que juega, se divierte, se forma, se informa y casi vive online. Para la Iglesia, la Red es una enorme oportunidad y un evidente riesgo. La oportunidad de disponer de un púlpito planetario de fácil acceso y amplísima penetración. El riesgo de no saber, no querer o no poder aprovecharlo a fondo. Con la profesionalidad y dedicación que exige. Como un instrumento mayor de evangelización.

En teoría, la Iglesia parece tenerlo claro, como siempre. No en vano es un hecho manifiesto que la Iglesia ha sido a lo largo de la historia pionera en los medios de comunicación. En todos. ¿También en la Red? “Internet puede ser un nuevo camino hacia Dios, una llamada a la Iglesia para interrogarse sobre las oportunidades que ofrecen los nuevos medios para informar, educar, rezar y evangelizar, para llevar a todo lugar la Palabra de Dios, para llegar incluso a quien vive en la soledad y que quizá no abriría nunca la puerta de su casa”. Palabras sensatas del hasta hace poco máximo responsable de las Comunicaciones Sociales del Vaticano, el arzobispo americano John O. Foley.

Y añade: “La Iglesia, en cuanto transmisora de la Revelación de Dios, tiene la tarea de comunicar la Palabra y debe alentar el uso de Internet para el bien común, para el desarrollo de la paz y de la justicia, en el respeto de la dignidad personal y con espíritu de solidaridad”.

A su juicio, la Red es “el areópago de nuestro tiempo, el instrumento para difundir el mensaje cristiano, pero es necesario educar en su utilización, pues al igual que en toda realidad que nos rodea, el elemento positivo se contrapone al negativo, creando confusión y falsos valores”. Y concluye: “Sí, Dios puede encontrarse en la red. Y entre los millones de personas que todos los días navegan en Internet, muchos pueden encontrar palabras de esperanza, confrontarse con otras experiencias culturales y espirituales, abatiendo las barreras ideológicas, hasta descubrir nuevos horizontes”.

DEL DICHO AL HECHO

En la Iglesia, las grandes proclamas de cualquier tipo no suelen plasmarse en la realidad. Entre otras cosas, porque las bonitas ideas y las sensatas manifestaciones no van acompañadas de medios humanos y materiales. Señal evidente de que no hay “voluntad política” de hacerlas realidad. Además, nadie evalúa ni pide cuentas a los encargados de hacerlas carne. Todo se queda, muchas veces, en el limbo del desideratum.

La presencia de la Iglesia en la Red adolece también de estos mismos “pecados”. Se quiere estar sin estar de verdad. Sin invertir de verdad. Proliferan las páginas web eclesiales. Cualquier institución, hasta las más pequeñas, tienen ya su página web. Miles y miles de páginas sin eco alguno y sin incidencia. Reinos de taifas. Cantidad, asombrosa cantidad, pero sin la más mínima calidad.

La presencia de la Iglesia en la Red es, pues, abundante pero mala. Mala en contenidos y hasta en estética. La mayoría de las páginas webs eclesiales adolecen de estos dos grandes defectos: acumulación exagerada de contenidos, sin apenas imágenes; lenguaje desfasado y estética ñoña y superada. Huelen demasiado a sacristía y a incienso, en el mal sentido de la palabra. Repelen en vez de atraer a los que entran en ellas en busca de algo o a los que simplemente pasaban por allí… y no volverán.

Muchos eclesiásticos, hijos de la galaxia Gutemberg, diseñan sus páginas web como hojas diocesanas pero en la Red. Y como en la Red cabe todo y no hay problemas de espacio, sucumben casi siempre a la tentación de llenarlo todo de contenidos largos, densos, sesudos, prolijos y… repelentes.

OCASIÓN DESAPROVECHADA

Internet es un medio fácil, de acceso universal y, sobre todo, económico. En estos momentos supera ya, por ejemplo, en Estados Unidos, a la prensa tradicional como fuente de información. A medida que en los países sube el nivel económico y se instalan líneas de alta velocidad, la Red se impone.

La irrupción de Internet en la sociedad de la información supuso sin duda uno de los saltos cualitativos más importantes de la historia de la comunicación humana. Auténticas autopistas informativas recorren la superficie del planeta conectando mundos hasta ahora desconocidos. Un verdadero laberinto en el que todo cabe y en el que nada se filtra. Con sus enormes ventajas y sus grandes servidumbres.

Entre las ventajas, las ya citadas: accesibilidad, gratuidad, información de ida y vuelta. Una casa planetaria. Sin tejados ni paredes. El ciberespacio como casa global. Gracias a Internet hemos podido estrechar lazos con gente con la que antes nos hubiera sido imposible mantener ningún tipo de contacto. Conocer gente, por ejemplo, hoy es mucho más fácil que en ninguna otra época de la historia del hombre. Internet lo favorece y potencia. El correo electrónico, chats, grupos de discusión y distintos sistemas para encontrar gustos e ideas similares en gente con la que difícilmente podríamos establecer contacto de otra forma. O lo último, las redes sociales.

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