LA FAMILIA: «UNA GRACIA DE DIOS»

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– Autor: Evaristo Villar –
 
Así rezaba la convocatoria para la celebración de este año en la madrileña Plaza de Colón. La mañana, encapotada y fría, invitaba a calentar las manos con largos aplausos. Pero no hubo lugar. Ni la afluencia fue masiva como el pasado año, ni los puyazos contra el gobierno Zapatero (salvo la breves referencias al aborto que convierte a los fetos en “los santos inocentes de hoy” y a la cultura de la muerte, del miedo y del relativismo egoísta) dieron para más. Eso sí, con dos muñidores consagrados como el cardenal Rouco y el neocatecumenal Kiko Arguello, la liturgia prevaticana estuvo en todo su esplendor y la ideología muy conservadora asomó por todos los costados.

Antes de expresar mi desacuerdo con este tipo de convocatorias, quiero expresar la confusión que consciente o inconscientemente se ha creado con la de este año. ¿Quién ha sido en realidad el convocante: la diócesis de Madrid o la Iglesia española? Si ha sido la diócesis de Madrid, ¿qué hacen aquí los mil autocares que han venido de fuera? Pero si quien ha convocado ha sido la Iglesia española en su conjunto, ¿dónde están las Comunidades Autónomas que han declinado acercarse a Madrid: Andalucía, Cataluña, Galicia Euskadi, por ejemplo?

¿Por qué no me gustan este tipo de convocatorias, además de la forma piramidal y predemocrática en que se hacen? Por varios motivos:

Por la visión parcial que reflejan de la realidad. Las agrupaciones de convivencia o “familias de hecho” (homosexuales, lesbianas, transexuales, bisexuales, monoparentales, etcétera) que, además de la pareja heterosexual, también existen y están legalmente reconocidas en España; son, en su identidad, una “gracia de Dios” y están llamadas a vivir con honestidad el Evangelio.

Por la confusión que introduce entre medios y fines. Si el fin último que persigue la familia es el bien del individuo, su maduración y realización personal, ésta no es más que un medio; necesario, es verdad, para la introducción y socialización del individuo. Pero en la Iglesia las cosas son distintas. En la iglesia se entra y se sale individual y libremente, no por necesidad. Y ocasiones hay en que esta entrada supone una ruptura con la familia o círculo de pertenencia anterior. Así le paso al mismo Jesús: Ante la llamada del Reino de Dios, tuvo que romper con la propia familia de Nazaret que no entendía lo que estaba haciendo (“lo tenían por loco”) y que, ante la presencia de su Madre y hermanos que lo buscaban dijo: “¿Quien es mi madre y mis hermanos? Y mirando en torno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos” (Mc 3).

Tampoco me gusta por el lugar céntrico y el ámbito político de la convocatoria. Tanto el lugar como el ámbito son políticos (aunque no se quiera confesar). Y esta forma de estar en la política “confunde” la verdadera naturaleza y finalidad de la Iglesia. Es verdad que la Iglesia no puede renunciar a su “dimensión pública”, pero ésta se entiende mejor en el “medio público social” que en “el político”. Es decir, se entiende mejor a la Iglesia entre los inmigrantes (de Lavapiés), de los sintecho, de los excluidos y marginados (la Cañada Real, San Carlos Borromeo), que en el Centro o Plaza de Colón donde fácilmente se identifica con una opción política partidista de derechas. Y este tipo de presencia no es precisamente muy evangélico.