domingo, noviembre 29, 2020
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La autogestión de la muerte

Éxodo 152
– Autor: Diego Gracia –

El principio moral de la autonomía puede aplicarse a diferentes ámbitos… Últimamente la autonomía ha ganado un nuevo espacio: el de la gestión de la vida y la muerte… Aquí nos interesa ahora la autogestión del final de la vida, o si se quiere, de la muerte.

La teoría del consentimiento informado es el primer paso, y quizá el fundamental, en el proceso de gestión autónoma de su cuerpo y su vida por parte de los ciudadanos.

Hoy resulta imposible prohibir un espacio de autogestión de la vida y la muerte a los ciudadanos. Se ha acabado la tesis de que estas cuestiones no pueden quedar al arbitrio de las personas vulgares y corrientes, y que tienen que ser gestionadas por los sacerdotes, los médicos o los jueces… Evidentemente, el espacio de autogestión habrá de tener límites, pero en la definición de esos límites hemos de participar todos. No está dicho en ningún lado que sean los técnicos quienes hayan de marcar esos límites. Ni los médicos, ni los jueces, ni tampoco los sacerdotes son quiénes para establecerlos. Los límites hemos de marcarlos entre todos… No es verdad que los ciudadanos no tengan capacidad para gestionar esas dimensiones de sus vidas. Eso es considerarlos menores de edad. Eso es, por tanto, puro paternalismo.

¿Cuáles serán los pasos a dar en la autogestión de la muerte? Una vez que se ha aceptado el rechazo voluntario, por parte de los pacientes, de las medidas clásicamente denominadas extraordinarias, es decir, de lo que tradicionalmente se ha llamado eutanasia pasiva, el paso siguiente es la llamada eutanasia activa, es decir, la eutanasia propiamente dicha, aquella que consiste en actuar en el cuerpo de otra persona con el objeto de poner fin a su vida, a petición expresa y reiterada de ésta. Será difícil no llegar ahí… La autonomía tiene su lógica. Y esa lógica lleva hasta ahí.

Hay un texto sumamente importante para fundamentar la lógica de la autonomía. Es del filósofo ilustrado Fichte, discípulo de Kant. Lleva el relevante título Reivindicación de la libertad de pensamiento y está dirigido contra dos edictos promulgados por el rey Federico II de Prusia, uno contra la libertad en asuntos de religión y el otro contra la libertad de pensamiento. En él Fichte sostiene que el ser humano es autónomo y todo intento de coartar su autonomía moral debe considerarse ilegítimo. “Declarad la guerra implacable -escribe-… al principio según el cual la misión del Príncipe es velar por nuestra felicidad… que nosotros no sabemos lo que promueve la felicidad, sino el Príncipe, y por eso es él el que ha de guiarnos a ella…” Pero Fichte responde: “No, Príncipe, tú no eres nuestro Dios. De Dios esperamos la felicidad, de ti solo protección de nuestros derechos. Con nosotros no debes ser bondadoso, debes ser justo.”

 

Podría pensarse que con esto Fichte está pensando que el Príncipe no tiene la autoridad de gobernar nuestras vidas, pero sí la tiene la autoridad espiritual: el Papa. Pero no es así…. Su tesis, como la de Kant, es que la voz de Dios está en nuestra conciencia, y que eso es precisamente lo que nos hace autónomos.

La autonomía moral es la propiedad divina que habita en el interior del ser humano… Este lleva en lo más profundo de su corazón una chispa divina: la conciencia. Esta le ordena absoluta e incondicionalmente esto y no aquello libremente y motu proprio, sin ninguna coacción externa… Por eso, nadie que no sea él puede gobernarle. Es libre y debe permanecer libre. Nadie puede darle órdenes, sino la ley que tiene en sí mismo.

Por supuesto, esto no le permite hacer lo que quiera, sino aquello que es conforme a la ley moral; por tanto, lo que no está prohibido por el imperativo categórico.

Pues bien, según Kant, la disposición de la propia vida es incompatible con el imperativo categórico… “Uno que por una serie de desgracias lindantes con la desesperación siente desapego de la vida tiene aún bastante razón para preguntarse si no será contrario al deber para consigo mismo el quitarse la vida… Pruebe a ver si la máxima de su acción: “hágame por egoísmo un principio de abreviar mi vida cuando ésta…me ofrezca más males que agrado” puede convertirse en ley universal, y pronto verá que tal principio de egoísmo sería contradictorio con el fomento de la vida… De ahí que, para Kant, acortar la propia vida, incluso en el caso de que ésta se halle amenazada por múltiples sufrimientos… es incompatible con el imperativo categórico y no puede convertirse en ley universal. Eso, dice Kant, es actuar por egoísmo.

Pero el modo de razonar de Kant en este ejemplo dista mucho de ser convincente. ¿Es verdad que el móvil de una persona en esa situación… es necesariamente el egoísmo? Y tampoco es verdad que poniendo fin a la propia vida en esas circunstancias… la sociedad se autodestruiría. Es más, hay razones para creer que el gestionar autónomamente no solo la propia vida, sino también la propia muerte, es la culminación natural de una ética verdaderamente autónoma…

La ética no consiste en el “deber ser”, decía Ortega, sino en el “tener que ser”. Y hay no solo un “tener que” vivir, sino también un “tener que” morir… Cuando se han perdido las ilusiones, cuando ya no hay otro horizonte que el de seguir vegetando, la vida biográfica ha terminado…, el personaje ha muerto… La muerte es también una empresa, una tarea, tanto vital como moral. Morir, en ciertos momentos, es una obligación. En el caso Sampedro que popularizó el film de Amenábar, se advierte claramente algo que en su vida fue muy claro, a saber, que él “tuvo que” morir, tuvo que poner fin a su vida para llevar a cabo su propio proyecto vital. La muerte verdadera, plena, auténtica, no es un mero acontecimiento biológico ajeno a nosotros mismos, sino un momento fundamental de nuestra biografía. Lo mismo que hay obligación de personalizar la vida, la hay también de personalizar la muerte…

Ni que decir tiene que con esto no se está diciendo que todo está permitido, ni que cualquier modo de limitar la propia vida pueda considerarse correcto. Todo lo contrario. Lo que estamos diciendo es que se necesitan ciertos requisitos para que el acto sea auténticamente moral. Y que estos requisitos pasan por la responsabilidad y la prudencia extrema. Cualquier otra cosa sería por completo inaceptable.

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