martes, diciembre 1, 2020
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LA ACTUALIDAD DEL CAMBIO CLIMÁTICO

– Autor: Ladislao Martínez López –
 
Se me pide una contribución para Éxodo sobre “políticas medioambientales, retos y propuestas para un programa político”. Desde hace años, los principales grupos ecologistas (Greenpeace, WWF, SEO, Amigos de la Tierra y Ecologistas en Acción) venimos presentando a todos los partidos que se presentan a elecciones un catálogo de demandas a incorporar en sus programas. Para cualquier persona interesada, ahí hay una indicación bastante exhaustiva de los contenidos de un programa ambiental para empezar a transitar hacia una sociedad sostenible.

No obstante, espero no abusar en exceso de la amabilidad de los editores de esta revista si me permito focalizar la atención en un problema que a algunos ecologistas nos coloca al borde de la angustia: el cambio climático. Y ello por tres motivos complementarios: su alcance y gravedad, su dramática inminencia e irreversibilidad y la especial responsabilidad en su génesis de las sociedades industrializadas.

Y una cosa es clara, el cambio climático no es ni una especulación ni un problema lejano, antes al contrario, es un fenómeno bien documentado y claramente perceptible. Ya ni el presidente Bush se atreve a negarlo.

A lo largo de los últimos años los informes de los científicos del Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) han probado hasta la saciedad su existencia y la responsabilidad de la especie humana en su génesis. Pero ha sido en el último año y medio cuando el problema ha aparecido reflejado en los grandes medios de comunicación con la extensión que merecía desde hace mucho tiempo. A ello ha contribuido la aparición del informe “Stern” auspiciado por el gobierno de Tony Blair, la implicación del ex vicepresidente de los EE.UU. Albert Gore en su divulgación y la obtención del reconocimiento a través de un Oscar en la Meca del cine, y después, y compartiéndolo con el IPCC, de un premio Nobel de la Paz. A resaltar que se trata de instituciones y personas (incluido el IPCC) que no son especialmente críticos con el orden social establecido, por lo que no puede adjudicárseles la consabida historia de exagerar un problema cuando lo que en realidad pretenden es criticar el sistema social. Para ellos se trata de justo lo contrario, de una verdad incómoda de la que científicos y ecologistas veníamos hablando desde hace más de 20 años.

Se aleja de los objetivos de estas notas describir minuciosamente las consecuencias del cambio climático. Pero creo que es útil mostrar algún aspecto menos resaltado. El primero de ellos es que el cambio climático ya afecta y afectará más a los países pobres. Por señalar sólo unas muestras, se prevé que el calentamiento resulte en cambios repentinos en las tónicas meteorológicas regionales, tales como las lluvias monzónicas del sur de Asia o el fenómeno de El Niño, cambios que tendrían graves consecuencias para la disponibilidad de agua y para las inundaciones en las regiones tropicales, además de amenazar los medios de subsistencia de millones de personas. Parece claro también que como consecuencia de la reducción en el rendimiento de las cosechas, especialmente en África, cientos de millones de personas podrían quedar sin capacidad para producir o adquirir alimentos suficientes. Se prevé además que inicialmente, la fusión de los glaciares aumentará el peligro de inundaciones y, a continuación, el suministro de agua se verá considerablemente reducido y que, no mucho después, ello amenazará al 16,5% de la población mundial y, en particular, a la del subcontinente indio, ciertas partes de China y la región andina de Sudamérica. Según datos aportados por la OMS el cambio climático provoca en la actualidad más de 160.000 víctimas cada año. No parece por tanto en modo alguno exagerado afirmar que se trata de una agresión de los países industrializados a los países pobres comparable a la que representa el pago de la deuda.

Otro asunto no demasiado reflejado es su inminencia e irreversibilidad. Fue en 1988 cuando un grupo de expertos climáticos planteó la necesidad de reducir las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero para no afectar al clima. En concreto se pronunciaban por reducir, en 2005, las emisiones mundiales en un 20% con respecto a los niveles existentes en ese momento para no alterar el sistema climático. Ya hemos superado 2005 y las emisiones mundiales, lejos de descender, se han incrementado. El Protocolo de Kioto era un muy tímido acuerdo internacional que planteaba reducciones de las emisiones sólo de los países industrializados, en 2012, en poco más del 5% con respecto a 1990. Pero el acuerdo estaba lleno de trampas a través de los llamados mecanismos de flexibilidad y cómputo de carbono en sumideros, por lo que la reducción real de emisiones muy probablemente será inferior a lo previsto. Además la desvinculación de EE.UU. de dicho acuerdo y el incumplimiento de bastantes de los países firmantes hace temer que se avanzará muy poco. Hoy, habida cuenta que el cambio climático ya está en marcha, que los países no parecen dispuestos a adoptar las medidas de reducción necesarias y la propia inercia del sistema climático, las pretensiones son mucho menores. Ya no se aspira a no provocar cambio climático, sino a mantenerlo dentro de márgenes tolerables. Se pretende que la temperatura media de la tierra no aumente más de 2ºC. Una subida que se sabe que dará graves problemas, pero que se espera (por parte de los conservadores científicos del IPCC) que sean menores que los que provocaría una actuación rápida para limitar el problema. Pero tampoco esto es fácil. Se estima que hay una probabilidad de entre el 26 y el 78% (con un máximo de 50%) de que una concentración atmosférica de 450 partes por millón (ppmv) se traduzca en una subida de 2ºC. Y en la actualidad la concentración atmosférica de gases de invernadero es de 430 ppmv y la velocidad de incremento de dicha concentración es de 2-3 ppmv al año. Toda esta ristra de datos tiene como objetivo evidenciar que estamos a menos de 10 años de superar las concentraciones atmosféricas de gases de invernadero para las que, lo más probable, es que el cambio climático supere lo tolerable. No es que esa subida se vaya a producir de forma inmediata (hay una cierta inercia del sistema climático), ni que 2ºC sean intolerables y 1,9ºC sea tolerable (la cifra tiene bastante de arbitraria), ni tampoco que una vez alcanzada no pueda volver a bajarse la temperatura si se reducen las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero sí es cierto que se trata de un incremento de temperatura en el que el empeoramiento de las condiciones de vida de buena parte de la población mundial es muy visible, más allá del cuál es bastante posible que se desencadenen las “sorpresas climáticas” que convertirían la tierra en un planeta mucho más cálido6 y del que retornar a condiciones climáticas similares a las conocidas es muy difícil sin un gran coste social, con independencia del modelo social imperante.

Existe además otro factor que hace más complejo el problema: las consecuencias más dramáticas se manifestarán aplazadas. Es decir, que no se percibirá en el corto plazo una gran diferencia entre empezar a reducir significativamente las emisiones mundiales antes del plazo de 10 años, o mantener las tendencias actuales. Pero si se transita por el primer camino de forma continuada es posible mantener un clima que no sea muy distinto al actual con un coste social y ambiental no desmedido. Mientras que si se opta por el itinerario de aplazar las soluciones necesarias por su complejidad y coste, hacia el tercer o cuarto decenio de este siglo se manifestarán consecuencias dramáticas por el cambio climático y las probabilidades de retornar hacia un clima “seguro” serán muy bajas y de altísimo coste… o nulas.

Saber que la mejor ciencia disponible en la actualidad7 hace tales predicciones es lo que nos desazona a los ecologistas. Porque además el ecologismo social de los países industrializados es plenamente consciente de que las responsables de la génesis de estos problemas son las sociedades en las que viven. Y por tanto es un puro alarde de cinismo pedir un esfuerzo igualitario a todos los países. Las responsabilidades son claramente diferentes.

Precisamente porque los países industrializados somos los principales responsables de esta situación y por tanto es inmoral plantear que la respuesta deben darla los países pobres, la suerte del futuro se decidirá en las “opiniones públicas” de nuestros países. Son además las únicas capaces de entender la gravedad del problema y de identificar las vías de salida. En otras sociedades (India, China…) existen problemas igualmente graves y más inminentes que impiden pensar el futuro. También son las sociedades ricas quienes pueden pagar con menor sufrimiento el coste de la transición económica. De lo que se deriva una responsabilidad especial para el ecologismo social que debe dinamizar con urgencia los procesos de transformación. No encarar el problema e intentar “combatirlo con armas adecuadas” es no estar a la altura de la responsabilidad histórica.

¿QUÉ SE HA HECHO?,

¿QUÉ PIENSA HACERSE?,

¿QUÉ DEBERÍA HACERSE?

Creo que la mejor prueba de que el cambio climático es “una verdad incómoda” para los gobiernos de las sociedades opulentas y para los poderes económicos es ver el comportamiento que frente a él han mostrado.

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