viernes, mayo 20, 2022
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Juan José Sánchez Bernal: testigo de la fe cristiana

  1. Una persona buena

El día 20 de abril de 2020, con motivo de la muerte, por COVID, de José María Calleja, un admirado y querido periodista, me escribía Juanjo: “La noticia, ayer, de la muerte de José María Calleja me golpeó tremendamente. ¿Cómo es posible que no pudieran salvarlo? Me golpea internamente y me deja ‘temblando’… ¿Por qué él y no nosotros (hasta ahora)? Teodicea viva”.

Juanjo, testigo de feEse “hasta ahora” saltaría por los aires unos meses después, el 8 de febrero de 2021, cuando Juanjo, víctima también del COVID-19, emprendía lo que E. Trías llamó “el más arriesgado, inquietante y sorprendente de todos los viajes”. Un viaje que, al comienzo de esta terrible pandemia, emprendió también otro querido amigo, Juan Martín Velasco. Recuerdo que Juanjo me llamó para compartir nuestro dolor. Todos los que nos dedicamos al estudio del hecho religioso estaremos siempre en deuda con Juan Martín Velasco. Y hay algo que vincula estrechamente a Juanjo con nuestro fenomenólogo de la religión: los dos encarnaban a la perfección el hecho religioso. Es más: ambos eran una especie de hecho religioso ambulante. Vivían y practicaban lo que enseñaban. Ahora, ausentes ya los dos, me viene a la memoria un texto que Juanjo citaba con frecuencia: “Raquel llora por sus hijos” (Jeremías, 31,15). También se llora, lloramos, por los amigos desaparecidos. “Raquel –escribió Juanjo– sigue llorando”. Ahora llora también por él.

Puedo dejar constancia de que ha sido una de las mejores personas que he conocido

Ahora que Juanjo ya no le va a dar un cambiazo a nuestra conversación –algo que solía hacer cuando se le elogiaba– ni se va a poner “colorado”, puedo dejar constancia de que ha sido una de las mejores personas que he conocido. Siempre me impresionó su capacidad para hacer el bien a todos los que nos hemos cruzado en su camino. Decía Antonio Machado que el principal talante ético es “el de la bondad”, una frase por la que Aranguren, el gran maestro de la ética entre nosotros, sentía predilección. Juanjo la encarnaba con naturalidad y humildad.

De los grandes pensadores de la Edad Media se decía que les adornaban dos cualidades: la curiositas y la humilitas, es decir, la pasión por conocer y la llaneza, la humildad, para transmitir el saber adquirido. No sé si me ciega el cariño, pero pienso que Juanjo buscó siempre el conocimiento y lo transmitía con humildad y generosidad. De hecho, nuestros alumnos de Filosofía de la Religión de la UNED, donde compartimos la docencia, elogiaban su extraordinario conocimiento de la materia y su disponibilidad para escucharlos, atenderles y dirigir sus trabajos académicos. Al enterarse de su fallecimiento se volcaron en sinceras muestras de pesar. Uno de ellos me escribió que Juanjo le recordaba la definición de “persona buena” de Platón: aquella que prefiere sufrir la injusticia a infligirla a otros.

Una “persona buena” es una persona solidaria que, como san Pablo, puede decir “¿quién sufre que yo no sufra con él?”. Fue también Platón quien dejó constancia de que todos somos “vulnerables”, “indigentes”. Juanjo tenía una antena especial para captar la vulnerabilidad e indigencia de los que le rodeábamos. Era especialmente sensible al sufrimiento de los demás, intentaba aliviarlo dedicándoles su tiempo y sus energías. A lo mejor se acuerdan todavía en La Cañada Real de Madrid de los años en los que Juanjo, su mujer Charo y su hijo Javier intentaron aliviar las necesidades de aquel lugar tan “indigente”. Sus vecinos afrontan aún los rigores del invierno sin suministro eléctrico…

Es ley de vida que todo empiece y termine, pero el final de Juanjo, tan prematuro e inesperado, duele especialmente. Estaba lleno de proyectos para los próximos años. Libre ya de compromisos laborales y académicos, tenía la ilusión de leer y escribir en su casa de Alcorcón, en Madrid. Nos ha dejado magníficos textos sobre los grandes pensadores de la Escuela de Frankfurt, pero deseaba aprovechar el sosiego de la jubilación para volver sobre ellos y regalarnos nuevas recreaciones de su pensamiento y de sus biografías. Sabía hacerlo: escribía muy bien, con gran precisión conceptual y finura literaria. De todas formas, lo que nos ha dejado es una invitación a seguir pensando con él. Juanjo se convirtió en uno de nuestros mejores conocedores de la Escuela de Frankfurt.

Sócrates nos advirtió de que “una vida no examinada no merece ser vivida”. Juanjo ha sido un hombre de reflexión, un pensador atento a los enigmas y misterios de la historia humana. Los encuentros con él, aunque fuesen para ver juntos un partido de fútbol o una proeza de nuestro admirado Rafael Nadal, siempre acababan remontando el vuelo y aterrizando en asuntos trascendentes. Juntos hemos pasado ratos inolvidables. Al recordarlos me viene a la memoria una de las últimas frases que Adolfo Suárez, antes de sumergirse en su triste noche oscura, nos legó: “Creo firmemente en la amistad”. Juanjo tenía muchos amigos, la amistad era uno de sus postes sagrados.

Los antiguos romanos pensaban que morir era pasarse a la mayoría. Pero Juanjo se sentía muy bien en la minoría: con su familia, con sus amigos, con los objetivos que se había propuesto para los próximos años. Es significativo que su último trabajo conocido haya sido la traducción del libro-entrevista de Moltmann, Esperanza para un mundo inacabado (Trotta, 2017). Y es que Juanjo no fue solo una persona buena, sino un gran creyente, un fiel testigo de la esperanza cristiana.

 

  1. Testigo de la esperanza cristiana

Ser una persona buena es algo diferente de ser cristiano. Por suerte para la humanidad, la bondad, la generosidad, la búsqueda de la justicia y el amor al prójimo son muy anteriores al nacimiento del cristianismo. Todas las religiones y filosofías anteriores al cristianismo predicaron a sus seguidores: haz el bien y evita el mal. Desde la noche de los tiempos nos llegan los cuatro preceptos que han hecho posible la convivencia humana: no matar, no robar, no mentir, no cometer actos deshonestos. En la defensa de esos imperativos se dan la mano todos los fundadores de religiones y grandes filósofos de la Antigüedad. Bien pronto se fue consciente de que, sin la regla de oro, no era posible la vida sobre la tierra. Regla de oro que ha conocido variadas versiones, la más sencilla tal vez sea esta: trata a los demás como desees que te traten a ti. Y del rabino Hillel nos llega esta entrañable versión: “sé bueno, hijo mío”.

Estoy profundamente convencido de que también en Juanjo convivían amigablemente el técnico y el amigo

Pero, en las religiones, no todo es moralidad, no todo culmina en ser buena persona. Lo religioso es, como nos enseñó M. Eliade, “encuentro vivencial con lo sagrado”. Juanjo, buen conocedor de los fenomenólogos de la religión, sentía especial predilección por el relato en el que R. Otto nos cuenta la conmoción interior que experimentó al entrar en una sinagoga de Tánger y escuchar el canto del tres veces santo de Isaías. Y es que Juanjo vivenció en profundidad la experiencia religiosa, ha sido un sincero testigo de la fe cristiana, siempre abierto al Misterio que nos envuelve y sobrecoge.  Alguna vez comentamos la diferencia entre técnico y testigo. El técnico conoce, analiza, argumenta; el testigo, en cambio, experimenta, vivencia, da testimonio de lo vivido. En su humildad, K. Rahner solía decir que él era solo un técnico, pero hizo muy bien J. B. Metz, su discípulo más cercano, en aplicarle en su elogio fúnebre la categoría de testigo. Rahner, el más importante teólogo católico de la segunda mitad del siglo XX, fue tan buen técnico como ejemplar testigo de la fe cristiana. De hecho, Heinrich Fries, director de la tesis doctoral de Juanjo en la Universidad de Múnich, se refirió a Rahner en estos conmovedores términos: “Nunca debe ser olvidado el más grande testigo de la fe de nuestro tiempo”.

Personalmente estoy profundamente convencido de que también en Juanjo convivían amigablemente el técnico y el testigo. Hegel afirmaba que el cristiano dice la verdad, pero no sabe lo que dice. Y, a su vuelta de un viaje por América Latina, W. Pannenberg confesaba sentirse emocionado y triste. Le emocionaba el alto grado de compromiso cristiano con los más excluidos y necesitados que había observado; y le entristecía que, si se preguntaba a esos mismos cristianos qué era el cristianismo, “enmudecían”. Eran testigos comprometidos, pero no se les podía aplicar la categoría de técnico. Juanjo ha sido un testigo comprometido y un destacado conocedor de la entraña teórica del cristianismo. Pienso que todos los que lo hemos conocido de cerca hemos admirado esta doble vertiente.

Vertiente que, en realidad, viene de lejos. La teología cristiana distingue entre el contexto de descubrimiento y el contexto de fundamentación. El primero es el ámbito de la experiencia religiosa directa, inmediata, espontánea¸ es la actitud del testigo que descubre, que se topa con lo “totalmente otro”. El contexto de fundamentación, en cambio, tiene la misión de dar razón de la experiencia de descubrimiento, de dar nombre a lo experimentado y procurar fundamentarlo. Es el ámbito del técnico. A veces -decía K. Barth- la experiencia religiosa es tan avasalladora, tan plena, que sobran los intentos de fundamentación. Con todo, él se lució en los dos frentes. El caso paradigmático de experiencia religiosa no necesitado de ulterior fundamentación teórica sería el de los místicos. “No es eso, no es eso”, replicaban ante los intentos de fundamentación.

Los amigos de Éxodo, con los que Juanjo, con su acostumbrada generosidad y entrega tan estrechamente colaboró, me piden que aluda a la relación de Juanjo con Dios. Es un asunto delicado, muy personal, sobre el que apenas me atrevo a pronunciarme. Como sentenció Kierkegaard, esas cosas se dilucidan “en la interioridad apasionada” de cada persona.  “A Dios –escribió el torturado pensador danés– nos tenemos que acercar de uno en uno”. Únicamente puedo indicar que me impresionaba profundamente la firme convicción y naturalidad con la que Juanjo vivía su fe en Dios. Tengo la impresión de que ha llegado al final de su vida con la fe de su niñez intacta.

Naturalmente, el camino no ha sido fácil y se han hecho presentes muchas “noches oscuras”. He recordado al comienzo de esta evocación que la muerte de José María Calleja le suscitó la pregunta por una “teodicea viva”. Es lo que Juanjo siempre practicó: una teodicea viva, necesaria, imprescindible para todo creyente cristiano. Pero su teodicea nunca fue desgarrada ni, mucho menos, desesperanzada. Sus finos análisis de los melancólicos y desesperanzados alegatos de los pensadores de la Escuela de Frankfurt, especialmente de Horkheimer y Adorno, no le condujeron a compartir su desesperanza. Es más: procuró agarrarse a los atisbos de esperanza que estos testigos de dos guerras mundiales le ofrecían. De ahí que citara con frecuencia la conocida sentencia de Adorno: “El pensamiento que no se decapita desemboca en la trascendencia”, o “el anhelo por lo totalmente otro”, de Horkheimer.

Su condición de creyente no impidió a Juanjo asomarse a las razones de los increyentes. Las analizó, desde la comprensión y el respeto, con rigor filosófico y teológico. Sentía especial apego a los guiños de Horkheimer a la teología. No pocas veces nos recordó este: “La teología está detrás de todo actuar realmente humano”. Era evidente su predilección por este pensador, objeto de su brillante tesis doctoral, tesis que lleva este título: “Contra la lógica de la historia. La crítica de la religión y la pregunta por Dios en la obra de Max Horkheimer”. Y a Horkheimer estaba dedicando sus últimos esfuerzos el bueno de Juanjo cuando, hace hoy un año, el 8 de febrero de 2021, le sorprendió la muerte. Ese día, su felicidad, la de su familia, y la de todos los que le queríamos, se vio truncada. Juanjo, que tanto había hablado y escrito sobre la “felicidad incumplida y truncada de las víctimas de la historia”, se nos ha ido ya con ellas.

 

  1. La última carta

Lo que mantenía viva la fe confiada de Juanjo en Dios era la luz que recibía de Jesús de Nazaret. Sabía que los cristianos solo conocemos a Dios tal como este se ha revelado en la vida y muerte de Jesús.  El 24 de diciembre de 2020 me felicitaba la Navidad con estas palabras: “Querido Manolo: te deseo un chorro sostenido del gozo mesiánico de Jesús el Mesías”. Solo desde una profunda fe en Dios y en su Cristo es posible expresarse con tanta pasión.

Finalmente: con cierta frecuencia, hablábamos sobre la otra vida, sobre el posible nuevo escenario que seguirá a la muerte. Lo llamábamos “la última carta”. Juanjo creía firmemente en la resurrección anunciada por el cristianismo y otras religiones. Le entristecía la posibilidad de que tuviera razón el poeta José Hierro: “Después de todo, todo ha sido nada”. Desde que se fue Juanjo me pregunto qué habrá sido de su inquietad, en definitiva, de él. Unos meses antes que él falleció otro gran creyente cristiano, Hans Küng, cuya esperanza en la resurrección, en la otra vida, era tan firme que casi se sintió “ofendido” un día que, mientras escribía el libro ¿Vida eterna?, una de sus hermanas le preguntó inocentemente: “Pero, Hans, ¿tú crees realmente en la vida eterna, en la resurrección de los muertos?” A H. Küng le sorprendió, y dolió, que una persona de su entorno familiar albergase dudas sobre su fe en la otra vida. Además, le tocaba uno de sus postes sagrados: la resurrección. Küng escribió páginas memorables contra “la nada” como destino final de los seres humanos. Concebía la muerte como “ingreso en la luz”. Ahora, ambos, Juanjo y Küng, sabrán más sobre el tema. Nuestro poeta, José Ángel Valente, nos legó este verso: “Murió, es decir, supo la verdad”.

Tengo que decir ya adiós a Juanjo. Lo hago recordando el asombro que a los dos nos producía la enigmática frase del filósofo Heráclito: “A los hombres, tras la muerte, les aguardan cosas que ni esperan ni imaginan”. Todas las religiones anuncian futuros luminosos, nuevas vidas, libres ya de las precariedades del vivir presente. Eso sí: las religiones no informan sobre lo que “saben”, sino sobre lo que “creen y esperan”. La otra vida, la última carta, no es objeto de saber alguno, su nombre es esperanza. Y el cristianismo nos ha dado su “palabra de honor” de que existe. Nada tan firme, y tan frágil, como una palabra de honor. Juanjo creyó firmemente en ella. Ojalá no se haya “truncado” su esperanza.

A Juanjo le encantaban los versos que leemos en el humilde nicho de Unamuno en el cementerio de Salamanca. Versos que ojalá también él haya podido recitar al final de su camino.

Méteme padre eterno en tu pecho
misterioso hogar,
dormiré tranquilo pues vengo
deshecho
del duro bregar.

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